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Predeterminado la obra de Emilio Ichikawa

La florista
Emilio Ichikawa
Fue mi gran amiga en los meses que estudié en Georgetown University. Había nacido en un pequeño pueblito de Asia donde abundan las grullas y los cerezos; allí forjó su cuerpo saludable, sus labios gruesos y esa manera discreta y cariñosa de querer que encontramos en las almas con muchísimo fondo.
No puedo decir que le conocí alguna carcajada descomunal o un chiste rotundo; pero había en ella algo semejante a la felicidad, a la alegría. Entrega, pero, además, contención, que es lo que llamamos decencia. El día que fuimos al Museo de Historia se limitó a comentar con la tolerancia que dan milenios ancestrales: “Sí, es tiempo también.”; y me tomó por el brazo para salir a caminar.
Llegó a Washington después de una estancia efímera en Seúl y otra en Tokio. Era invierno cuando nos conocimos. Me presenté: “Soy cubano, pero no vivo en Cuba. ¿Qué dónde está Cuba? Bueno. Estudié Filosofía Marxista-Leninista. Mucho gusto.” Hablé de mi titulación sin los complejos que pudieran asistirme en Miami o La Habana; en algunos medios intelectuales norteamericanos el marxismo no es necesariamente un pecado. Tampoco el leninismo, y mucho menos el castrismo.
Así que estaba fermentando un poco mi orgullo cuando vino el derrumbamiento. “Soy Kyu-Ming, coreana, y estudié arreglos florales. Es una tradición en mi familia y, además, hice estudios postgraduados en Japón. Mi especialidad son los ramos de rosas. Bouquet, como dice la profesora Catherine.”
Al lado de lo que me enseñó Kyu, las decenas de libros sobre filosofía con que me había formado eran poco menos que una grosería.
De las flores, y no del papel, salía su manera de andar, su voz susurrante, los colores que vestía y hasta el ladeo artístico de una gorra de los Yanquees de New York que le regaló una amiga.
Siempre estuvimos juntos. Sorteamos los rubores de la iniciación universitaria en Norteamérica con una gran complicidad. Solíamos pedir lo mismo en los restaurantes; los fines de semana imaginábamos historias que después contábamos en la clase como vivencias reales y molestábamos a todos los vecinos del Distrito de Columbia para que nos retrataran juntos.
Nuestro gran confesor fue Taras Sevchenko, el bardo de Ucrania, como está inscrito al pie de la estatua que le erigieron allí donde la Q Street deja Dupont Circle para correr hacia la Universidad. A él le rogamos ayuda para traer a su abuela a conocer América, lo que hizo de inmediato, y para que nos lanzara un puente de reencuentro. Lo que parece haber olvidado.
Hay tres fotos donde se nos ve juntos que son emblemas de mi cuarto. Una en Georgetown University, bajo la nieve, con nuestro gran amigo Ishiro Maruyama. Ella viste su jean azul pálido y la gorra de los campeones. Otra, en el bus que nos conducía a Mount Vernon, la residencia de George Washington, donde la convergente inclinación de nuestras cabezas delata la intimidad de las preferencias, y la última, en un restaurante de Anápolis, donde comimos pastel de cangrejos a “mano alzada”; es decir, prescindiendo de la mesa para irnos a conversar junto a los charcos.
La reunión de graduación fue a bordo un barco que surcaba las desheladas corrientes del Potomac. Ella no asistió. Nos vimos el día antes en la biblioteca de la universidad donde me entregó una postal con un mensaje en caligrafía coreana. Y yo le ofrecí la página de mi libro donde una vez hicimos la transferencia mutua de nuestros vocabularios.
No sé lo que dice su mensaje. Tampoco quiero traducirlo. Me gusta, a veces, tocar su postal; imaginarla entre abejas y flores manipulando la más genial de las combinaciones, mientras la abuela le corrige con alguna observación definitiva. Así la pienso… y me hace feliz. Iowa. Sept. 2001.
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