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Cuba: Historia y Cultura La Cuba de ayer. Historia de Cuba en general, temas históricos, personalidades, hechos, etapas históricas de Cuba. Cultura cubana: música, cine, teatro, poesias...

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Predeterminado Batalla navel de Santiago de Cuba. Fin de un Imperio.

El desastre naval de Santiago de Cuba (3 julio 1898).
Por Ricardo Peytaví:

Salida a plena luz del día:

Eran las nueve y media de la mañana cuando el crucero acorazado Infanta María Teresa, buque insignia del almirante Pascual Cervera, abandonaba la bahía de Santiago de Cuba. La batalla comenzó inmediatamente: a las 9,35 el "Teresa" abrió fuego sobre un acorazado norteamericano, aunque su intención era dirigirse a toda máquina hacia el Brooklyn, al que interesaba poner fuera de combate enseguida por ser el navío más rápido de la escuadra enemiga. Detrás del "Teresa" salieron en fila india (no había otra posibilidad por las características de la bahía) los también cruceros acorazados Vizcaya, Cristóbal Colón y Almirante Oquendo, con la intención de huir rápidamente hacia el oeste. Por último se hicieron a la mar los destructores Furor y Plutón, que no tenían ninguna opción ante la potencia de fuego de Estados Unidos.




El único barco que podía, en principio, ponerse a salvo era el Cristóbal Colón, al ser el más rápido de ambas flotas. Estuvo a punto de conseguirlo, pero al consumir todo el carbón de calidad, tuvo que emplear otro de menor poder calorífico; perdió velocidad y fue alcanzado por los acorazados enemigos. Su comandante decidió embarrancarlo a las 13,54 en las proximidades de la desembocadura del río Turquino, a 48 millas (89 kilómetros) de Santiago. La suerte de los otros cruceros fue similar. El "Teresa", aunque en principio hizo huir al Brooklyn, sucumbió bajo el fuego del Indiana y el Oregon. El "Oquendo" y los dos destructores sufrieron un intenso castigo desde que abandonaron la bahía y quedaron fuera de combate en poco tiempo. El Vizcaya, alcanzado por varias andanadas, decidió encallar en el Aserradero, donde le explotaron las calderas y los pañoles de munición poco después de las once de la mañana. En algo más de cuatro horas, la escuadra española del Atlántico quedó aniquilada.



Aunque la cifra de bajas nunca se han considerado muy exactas, en el bando español hubo 332 muertos y 197 heridos; en el norteamericano un muerto y unos pocos heridos. Los daños que sufrieron los navíos de EE.UU. fueron escasos. Jamás se había visto algo parecido en la historia naval. Muchas toneladas de papel se han impreso en los últimos cien años para tratar de explicar lo sucedido aquel día. En la parte española siempre ha prevalecido la idea de que la escuadra del almirante Cervera se enfrentaba a una fuerza infinitamente superior, y que sus barcos eran viejos y estaban mal equipados, pero eso no es del todo cierto. El "Teresa", el Vizcaya y el "Oquendo" habían entrado en servicio en 1893, sólo cinco años antes, mientras que el "Colón", el Furor y el Plutón fueron botados el año anterior. Los barcos españoles tenían una coraza y armamento más ligeros que los norteamericanos, pero también eran más rápidos. Se trataba en ambos casos de flotas modernas aunque construidas con una concepción distinta. España necesitaba buques capaces de trasladarse con rapidez a sus posesiones de ultramar, no sólo en el Caribe, sino también al otro lado del mundo, en Filipinas. Estados Unidos, al carecer de un imperio ultramarino, optó por barcos más pesados pero también menos ágiles. En principio, ninguna de las dos armadas tenía ventaja sobre la otra. Todo dependía del tipo de combate naval que se entablase, pero tanto en Cavite (Filipinas) como en Santiago de Cuba, las circunstancias le dieron una ventaja aplastante a los navíos yanquis.
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El justificado pesimismo de Cervera:


A estas alturas, los historiadores tienen pocas dudas de ue el pesimismo secular de Pascual Cervera fue decisivo no ya para la derrota en sí (algo difícil de evitar), sino para la forma tan rápida con que ésta se produjo. Cervera fue a Cuba a regañadientes. El 20 de abril de 1898, cuando la flota española se reunió en las islas de Cabo Verde, le recomendó al ministro de Marina que en vez de zarpar rumbo al Caribe, resultaba más aconsejable trasladar la escuadra a Canarias, para defender este archipiélago (e incluso costas peninsulares) de un posible ataque norteamericano. Sin embargo, el 24 de abril el Gobierno le ordenó que saliese hacia las Antillas. En el mismo mensaje se le informó que la bandera de estados Unidos era enemiga. Cervera preparó los barcos y zarpó el 29 de abril. Antes, le escribió una carta a su hermano en la que, entre otras cosas, le decía :
  • "Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil; y si en él muero, como parece seguro, cuida de mi mujer y de mis hijos.
El pesimismo de Cervera contrasta con la euforia que se vivía en España- la población, enardecida por una prensa patriotera, estaba convencida de que la escuadra española no sólo derrotaría a la norteamericana, sino que incluso bombardearía y bloquearía algunos puertos de ese país. El 19 de mayo la escuadra norteamericana arribó al puerto de Santiago de Cuba. Era un lugar seguro, donde al enemigo le resultaba casi imposible entrar, pero del que resultaría muy difícil salir si la escuadra norteamericana establecía un bloqueo, como así fue. El 25 de mayo, Cervera envió un telegrama al ministro de Marina en estos términos:
  • "Estamos bloqueados. Califiqué de desastrosa la venida para los intereses de la Patria. Los hechos empiezan a darme la razón. Con la desproporción de fuerzas, es imposible ninguna acción eficaz. Tenemos víveres para un mes".
Lo que ocurrió entre esa fecha y el 3 de julio ha dado pie a debates apasionados a lo largo de un siglo. La pregunta es por qué salió Cervera si las posibilidades de escapar eran mínimas, y la respuesta siempre es la misma: porque se lo ordenaron. La propia defensa de la ciudad ya resultaba delicada. Parte de la dotación de los barcos fue desembarcada para apoyar a la infantería y luego reembarcada justo antes de que la escuadra se hiciera a la mar. Se corría el riesgo de que las tropas yanquis, apoyadas por los mambises, se apoderasen de la entrada de la bahía y encerrasen a la escuadra. Otros historiadores, como el cubano Enrique Pérez-Cisneros, hablan de que el Gobierno de Madrid temía que Cervera se rindiera sin combatir. En la metrópoli se prefería una derrota honrosa en el mar. Sea como fuese, resulta incomprensible que los barcos españoles zarpasen a primera hora de una larga jornada de verano, en vez de aprovechar la oscuridad de la noche o incluso un día de mal tiempo que dificultase el bloqueo. Lejos de eso, se enfrentaron a una poderosa escuadra en el peor momento, eso sí, después de haber asistido a misa y de gritar "¡Viva España!". Lo que sucedió inmediatamente fue una derrota que nadie trató de evitar. De hecho, cuando el Cristóbal Colón fue hundido por sus tripulantes para que no fuese apresado por el enemigo, apenas había sufrido daños. (Ricardo Peytaví)

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Gracias por todos los aportes Martin, los sigo leyendo.

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Un corresponsal de guerra en la Isla

Cuba y el conflicto bélico hispano-americano ocuparon un espacio muy significativo en la vida y la obra literaria de Stephen Crane.

Carlos Espinosa Domínguez, Nueva Jersey
lunes 29 de enero de 2007 6:00:00

Stephen Crane en Grecia, en 1897.


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Seguramente muchos lectores conocen la obra del escritor norteamericano Stephen Crane (1871-1900). La mayoría lo identificará con la novela The Red Badge of Courage (traducida como La roja insignia del valor o El rojo emblema del valor), que publicó cuando tenía veinticuatro años, y que de inmediato lo catapultó a la fama. Crane, no obstante, es también autor de otras novelas, como Maggie: A Girlf of the Streets y The Third Violet; de los volúmenes de cuentos George's Mother y The Open Boat and Other Tales of Adventure; y de una obra poética, de la cual muy poco se ha traducido al español.
Mas para el público norteamericano de su época, Crane era conocido sobre todo a través de su labor periodística. Fue una actividad con la que se ganó la vida casi hasta su muerte, y en la cual se inició a los dieciséis años, cuando empezó a redactar artículos para el New York Tribune. Entonces vivía en Nueva Jersey, su región natal, y en 1891, tras morir su madre (su padre había fallecido varios años antes), decidió mudarse a Nueva York. Allí se vinculó al Sindicato Bachellor-Johnson, para el cual pasó a trabajar como free-lance. Ganaba poco y por eso se vio obligado a residir en los barrios bajos del Bowery. En esa etapa, además de dormir en pensiones siniestras y frecuentar los antros más peligrosos, convivió con estudiantes de arte, y el conocimiento de la pintura impresionista debe haber contribuido, en parte, a su estilo como escritor. El propio Crane le comentó a un amigo: "Fue en el Bowery donde recibí mi primera educación artística".
A la fascinación que sintió por el periodismo, Crane sumó la que desde niño sentía por las historias militares. Incluso de 1888 a 1890 estudió en el Claverack College, una escuela militar. Esa pasión se refleja claramente en The Red Badge of Courage, que tiene como subtítulo An Episode of the American Civil War, y que se considera la primera novela moderna de tema bélico. Está escrita con una concisa verdad que se diría surgida de vivencias autobiográficas, aunque no era así: Crane nunca había visto una batalla, un detalle que ritualmente los críticos han destacado. Tan creíble es su descripción, que en Inglaterra muchos lectores pensaron que el autor era un soldado veterano de aquel conflicto. Éste refutó esa teoría y declaró que la idea de esa obra se le ocurrió cuando se hallaba en un campo de fútbol.
Fue el editor de The New York Press quien le ofreció la oportunidad de presenciar por primera vez una batalla, al proponerle cubrir como reportero la guerra de independencia que tenía lugar en Cuba. Crane aceptó y se trasladó a la Florida. Su plan era entrar clandestinamente en la Isla, llegar hasta los insurrectos y mandar desde allí sus artículos. Era, sin embargo, una asignación muy peligrosa, pues los españoles consideraban a los periodistas norteamericanos como espías. Habían capturado a varios, y uno de ellos, un joven de veintitrés años, había sido asesinado a machetazos. Estaban por otro lado los buques norteamericanos, que patrullaban las costas para hacer cumplir las leyes de neutralidad de Estados Unidos.
Por fin, tras cuatro intentos fallidos, Crane logró embarcar en el Commodore, un barco que llevaba armas y municiones para los mambises, además de un pequeño grupo de exiliados cubanos que regresaban a luchar contra los españoles. Posiblemente lo ayudó el dueño de una fábrica de tabacos de Jacksonville, quien organizaba expediciones de contrabando a la Isla. El Commodore partió en enero de 1897, pero veinticuatro horas después de haber zapado empezó a hacer agua. Los pasajeros y la tripulación lo abandonaron en tres botes. Crane, el capitán y dos marineros fueron los últimos en hacerlo en una chalupa. Pasaron unas treinta horas en el mar, hasta que finalmente consiguieron llegar a tierra, por un sitio cerca de Daytona. Poco antes, uno de los marineros murió.
Según contó el capitán, Crane se comportó como un verdadero marino, y tan pronto se supo que el Commodore había empezado a hundirse fue el primero que se ofreció como voluntario para ayudar. Ese coraje demostrado por él hizo que su nombre apareciese en la prensa y ocupara los titulares de los principales periódicos norteamericanos, pues para entonces gozaba de fama y notoriedad. Él mismo narró lo acontecido en un reportaje que se publicó el 7 de enero en el Press. También lo hizo en Flanagan and his Short Filibustering Adventure, una reconstrucción menos lograda de los hechos. Aquellas treinta horas que pasó en el mar sirvieron además para que el joven Crane viviera una experiencia que lo confrontó con lo que él consideraba la realidad, más intensamente que cualquiera de las experiencias vividas antes por él. Le dio también material para escribir The Open Boat, uno de sus cuentos más celebrados y perfectos, y que Joseph Conrad admiraba mucho.
El percance no lo disuadió de su propósito y trató de hallar otro modo de llegar a Cuba. Mas tras un mes de gestiones infructuosas, abandonó la idea. Ese mismo año partió hacia Europa con Cora, propietaria de un discreto burdel de Jacksonville que pasó a ser su compañera. Su objetivo era reportar la guerra greco-turca para el New York Journal. A pesar de que aquel conflicto bélico tuvo una duración cómicamente breve, le dio la oportunidad de realizar el sueño de presenciar por primera vez una batalla. Crane plasmó sus vivencias en varios artículos, luego en un cuento, Death and the Chile, que puede considerarse un testimonio autobiográfico ficcionalizado, y, por último, fragmentariamente en Active Service, una de sus novelas menos satisfactorias.

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lunes 29 de enero de 2007 6:00:00

El Ernest Hemingway de su época

La guerra fue convirtiéndose así en el gran tema de toda su obra literaria. Su protagonismo es proclamado ya desde el título de algunos libros: The Little Regiment and Other Episodes of the American Civil War, Great Battles of the World, War is Kind. Asimismo está su labor como corresponsal de guerra, recogida póstumamente en los tres volúmenes de The War Dispatches, y que como ha comentado Harold Bloom hace de Crane el Ernest Hemingway de su época. De hecho, éste completó la obra iniciada por su compatriota, quien falleció a los veintiocho años, minado por la tuberculosis.

Tras finalizar la guerra entre Grecia y Turquía, Crane se estableció con Cora en Inglaterra. Allí tuvo en el mundo intelectual una acogida que Ford Madox Ford calificó de tumultuosa. Conoció, entre otros, a William Butler Yeats, a H.G. Wells, es probable que a Bernard Shaw, y a Joseph Conrad, con quien entabló una cálida e íntima amistad. Pero a pesar de ese prestigio, la situación económica de Crane distaba de ser buena (en realidad, nunca lo fue), y peor aún, llegó a verse al borde de la bancarrota.

En febrero de 1898, el buque norteamericano Maine explotó en el puerto de La Habana. Entonces Crane no le prestó mucha atención, pero en abril, cuando su país declaró la guerra a España, decidió regresar a Estados Unidos para reportarla. No tenía suficiente dinero y pidió ayuda a Conrad para reunir la suma del pasaje. Según testimonios del autor de Lord Jim, nada fue capaz de convencerlo y estaba dispuesto a lanzarse al océano e ir nadando. Al final, consiguió un delante de Blackwood and Company y pudo partir hacia Nueva York.

En respuesta al primer llamado del presidente McKinley, Crane se presentó como voluntario en la marina. Pero los exámenes físicos eran muy rigurosos y fue rechazado. No le quedó, por tanto, otra alternativa que aceptar ir a cubrir para el New York World la que John Hay, secretario de Estado, llamó "una espléndida pequeña guerra". De inmediato se trasladó hasta Key West, para esperar allí, como los otros ciento cincuenta periodistas, el desarrollo de las acciones. Nada más llegar, redactó su primer trabajo, un reportaje sobre el capitán del buque español Panamá, que había sido capturado el día antes. Durante el primer mes de la guerra, Crane siguió el bloqueo naval a Cuba, y para escribir sus despachos se basó en lo que presenciaba desde los buques Three Friends y New York. En las fotos tomadas entonces se le ve descalzo, con una camisa blanca que lleva por fuera, una pipa en la boca y el pelo todo revuelto, lo cual le da cierto aire de enfermo mental.

En junio, Crane desembarcó por fin en la Isla. A partir de esa fecha, envía sus trabajos desde sitios como Guantánamo, Daiquirí, Siboney, Playa del Este, El Caney y Santiago. En ellos demuestra que era inmune al chauvinismo que embargaba a sus compatriotas en aquellos meses enfebrecidos, y no deja de emplear su ironía y su tono escéptico. Por otro lado, ahora se fija más en el soldado simple, así como en detalles que revelan el absurdo y la naturaleza gratuita de los hechos bélicos.

Al igual que en Grecia, pronto se enfermó a causa de los rigores de la campaña, pero pese a ello siguió participando en peligrosas misiones. En algunas, ignoró la orden de cubrirse y se expuso al fuego de los españoles. Tras su fallecimiento, el corresponsal del Daily Chronicle contó la anécdota, presenciada por él, de cuando Crane subió a una colina cargado con unas doce botellas, para traer agua a los soldados. La temperatura era muy alta, y al regresar venía exhausto y creía que lo habían herido. Por suerte, no fue así, y sus compatriotas lo premiaron con cálidas muestras de admiración.

Mas para Crane, la experiencia en Cuba significó el principio del fin. El 6 de julio unos colegas lo encontraron en Siboney. Estaba ardiendo de fiebre y casi delirando. Tras examinarlo, el médico ordenó su evacuación inmediata. Al parecer, había contraído la fiebre amarilla, dictaminó. En realidad, tenía malaria. Fue enviado en barco a un hospital de Virginia. Tan pronto se recuperó, embarcó hacia Puerto Rico, para reportar la fase final de la guerra. Sin embargo, su estado de salud no era bueno. Físicamente estaba muy débil y parecía diez años más viejo.

Pocas semanas después, Crane volvió ilegalmente a Cuba, haciéndose pasar por un comprador de tabaco. Al principio, se hospedó en el Gran Hotel Pasaje, uno de los mejores de La Habana. En la veintena de artículos que desde allí envió pasa a ocuparse ahora de lo que ocurría en la Isla tras la rendición de los españoles. En uno de ellos, por ejemplo, reporta casos de norteamericanos borrachos, de conductas irresponsables que provocaron tiroteos, de soldados que pidieron tragos y luego rehusaron pagarlos. Nota entre los cubanos el miedo a la rapacidad de Estados Unidos, y señala que los soldados deberían comprender que dondequiera que lleven el uniforme del ejército, tienen sobre sus hombros el peso del honor y la dignidad de su país, y por eso su responsabilidad debe ser mucho mayor.

Entre comienzos de septiembre y mediados de noviembre, Crane llevó una vida virtualmente clandestina. Cora estuvo varios días sin saber de él, y estaba tan desesperada que pensó en ir a La Habana a tratar de localizarlo. Una vez más, el escritor apareció en los titulares de los periódicos norteamericanos: "Stephen Crane Missing". En diciembre Crane dio por fin señales de vida, y a fines de mes embarcó para Nueva York. De esa ciudad viajó luego a Europa, donde año y pico después falleció.

Aparte de su labor como periodista, en Cuba Stephen Crane redactó varias páginas de su Diario, así como una buena cantidad de los textos de su poemario War is Kind (de hecho, el último manuscrito del mismo lo envió al editor en septiembre de 1898 desde La Habana). En esos meses escribió además Intrigue, un ciclo de poemas sobre su conflicto amoroso con Lily Brandon Munroe. Asimismo inició Flowers in the Asphalt, que anunció iba a ser su novela más extensa, pero que destruyó, al igual que unos poemas eróticos. Por último, unos meses antes de morir preparó para la imprenta Wounds in the Rain, un libro de narraciones ambientado en la guerra hispano-americana, que se publicó póstumamente. Su traducción al español ha demorado ciento seis años en hacerse, y hace sólo unos meses vio la luz en España.
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Excelente, Antonio, me maravillo de su erudicion, conocia a Stephen Crane, por "La roja Insignia del Coraje", incluso he visto la pelicula, pero no sabia que habia sido corresponsal de guerra en Cuba, y practicamente fallecio a consecuencia de eso.

Bueno, aqui le doy la direccion electronica para que lea su ultimo libro:

Wounds in the Rain

By Stephen Crane

http://crane.classicauthors.net/WoundsRain/
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Última edición por Martin.Fierro; 29-ene-2007 a las 15:15. Razón: add
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Cita:
Iniciado por Martin.Fierro Ver Mensaje
Excelente, Antonio, me maravillo de su erudicion, conocia a Stephen Crane, por "La roja Insignia del Coraje", incluso he visto la pelicula, pero no sabia que habia sido corresponsal de guerra en Cuba, y practicamente fallecio a consecuencia de eso.

Bueno, aqui le doy la direccion electronica para que lea su ultimo libro:

Wounds in the Rain

By Stephen Crane

http://crane.classicauthors.net/WoundsRain/
Gracias.....el merito es tuyo por iniciar el tema.......las dos epoyes cubanas: INDEPENDENCIA y ROBOLUCION, sin siquiera tratar de igualarlas, ya que una fue REAL y la otra una ESTAFA FABRICADA, han sido vistas desde el punto de vista de la prensa americana como FOLKLORICAS......casi al nivel de AVENTURAS de Robin Hood.......un hombre entero como Stehen Crane logro que sus cronicas presentaran la REALIDAD, el lado SERIO y TRAJICO de nuestra guerra de liberacion, sin intentarlo, la DIGNIFICO. Comparalo al marxista de Herber Matews del NYTimes(o los mas recientes Dan Rather, Barbara Walters) que 'doctorando' concientemente la REALIDAD y la INFORMACION de la lucha contra Batista, se hizo CREADORCOMPLICE de la gran estafa que fue el MITO de la robolucion y su 'maximo lider'......Definitivamente los cubanos en esta etapa, NO hemos contado con un Stephen Crane que ponga REAL e IMPARCIALMENTE nuestra causa y en PERSPECTIVA CORRECTA frente al pueblo americano nuestra larga lucha......

Última edición por antonio crespo; 29-ene-2007 a las 17:50.
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