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AMISTAD FUNESTA
(NOVELA)
de José Martí
Por José
Martí
Biblioteca
Independiente
"Eduardo Facciolo Alba"
La
Nueva Cuba
Sea su novela
Amistad funesta el décimo volumen de las obras del
Maestro.
Es milagro que
ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido.
Se publicó en 1885, en varias entregas, en El Latino Americano,
periódico bimensual, de vida efímera- órgano
de la Compañía Hecktograph, de New York- que
no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna. Además,
no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo
de «Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aun más
difícil su hallazgo.
Afortunadamente,
un día en que arreglábamos papeles en su modesta oficina
de trabajo, en 120 Front Street- convertida, en aquel entonces,
en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y
administración de Patria- di con unas páginas
sueltas de El Latino Americano, aquí y allá
corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué
es esto Maestro?» «Nada- contestome cariñosamente- recuerdos
de épocas de luchas y tristezas; pero guárdelas para
otra ocasión. En este momento debemos solo pensar en la obra
magna, la única digna; la de hacer la independencia».
En efecto; esta
novela vio la luz a raíz de fracasados intentos para levantar
en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoyó
Martí estimando que el plan no era suficiente ni el momento
oportuno; brotó de su pluma cuando- en desacuerdo con
los caudillos prestigiosos, únicos capaces, con sus espadas
heroicas y legendarias, de despertar el alma guerrera cubana- parecía
oscurecido, para siempre, en la política; fue engendrada
en horas de la mayor penuria, en las que, no obstante, rechazando
las tentaciones de la riqueza y sin otra guía que su conciencia
ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad, sus principios
no capitularon.
A una miseria
por palabra se pagó este trabajo, elevado de pensamiento,
galano de estilo, con enseñanzas- como todo lo suyo- para
sus compatriotas; con algo de su propia existencia.
No sé
que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;
pero su traducción de Called back, de Hugh Conway- por
la cual una casa editora le concedió, como gran generosidad,
cien pesos- , luego con brillante vestidura y el nombre de
Misterio vendida por millares, y la versión suya,
que talmente parece un original, amorosa y admirable, de Ramona
de Hellen Hunt Jackson- buscada en vano en las librerías- ,
son prueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego
para ello, hubiera, también, triunfado en la Novela. No le
faltaban elementos por su conocimiento de la realidad del mundo
y sus pasiones, anhelos y torturas; le sobraba fantasía para
hacerla resaltar; espléndido lenguaje con que exponerla.
Ni sus versos,
ni parte de su correspondencia, ni sus artículos de doctrina
y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografía he olvidado;
pero cumpliendo con lo principal que él nos enseñó- el
servicio de Cuba- poco se ha podido terminar y solamente ha
habido tiempo para este volumen- y reunir los homenajes a su
memoria que van en el mismo prenda de que aquí, en los lejanos
montes de Turingia, donde aun vibran entre pinos seculares las liras
de Goethe, Schiller y Wieland, ¡pienso en él y en la
patria!
Oberhof, 4 de
julio de 1911.
Gonzalo
de Quesada
La
Nación, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909
A principios
del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de
una misión profesional, y una de mis primeras diligencias
fue [ir] a buscar a Martí cuyas correspondencias a La
Nación me habían impresionado vivamente, revelándome
un talento superior y un alma eminentemente americana. Encontrele
en su despacho del consulado oriental en Front Street, una de las
antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé
a la puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es
usted el señor Tedín? (un amigo común le había
anticipado la visita), a la vez que me extendía ambas manos
con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretón
selló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran
ciudadano ha podido cortar.
Era Martí
de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeaba una
frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,
tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote
negro y crespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía
armoniosa y vivaz. En su cuerpo delgado predominaba el temperamento
nervioso, que hacía rápidos todos sus movimientos
y sus manos finas y alargadas revelaban al hombre culto consagrado
a las tareas intelectuales. Llevaba como único adorno en
uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabada la
palabra «Cuba».
Cubrían
los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas
de las cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios
libres que ellas dejaban colgaban retratos de los héroes
de la revolución cubana que terminó con la paz del
Zanjón, y entre los de varios literatos ocupaba lugar preferente
el de Víctor Hugo.
Constituían
su biblioteca, en primer término, las publicaciones que se
hacían en la América latina, cuyo progreso intelectual
seguía con avidez, habiendo escrito juicios sobre muchas
de ellas; pero tampoco faltaban los de la literatura norteamericana,
cuya lengua conocía profundamente, aunque no fuera inclinado
a hablarla. Su mesa de trabajo, sumamente sencilla, estaba siempre
repleta de papeles que formaban sus numerosos trabajos de correspondencia
para los periódicos de Cuba, Méjico, Guatemala, Argentina,
y las revistas que bajo su dirección se publicaban en Nueva
York, aparte de los documentos oficiales de su consulado. El único
ornamento de ella era un tosco anillo de hierro que tuvo de grillete
durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun era un
niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado
por su señora madre después de su deportación
a España, para que le sirviera de amuleto en su peregrinación
por la libertad de su patria.
En aquel modesto
despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de la independencia
cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer ni las disidencias
entre sus propios amigos, muchos de los cuales creían utópica
la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que
se acumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligencia
y su autoridad a los negocios comerciales.
Allí
llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanos
que deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos
de la vida americana, sino todos los cubanos interesados en la política
de su país. Allí conoció a Estrada Palma, que
a la sazón ganaba su vida manteniendo un pensionado de enseñanza
en el estado de Nueva Jersey, y a muchos otros después actuaron
en la revolución. A todos recibía con los brazos y
el corazón abiertos y para todos tenía no solo las
hermosas palabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus
modestos recursos.
Su fisonomía
moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad en
todos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus
propios intereses en favor del ideal a que había consagrado
su existencia, la libertad de Cuba. Su espíritu eminentemente
altruista, se asociaba a todos los dolores ajenos y a ellos llevaba
el consuelo de su palabra inspirada; lo mismo compartía las
alegrías de sus amigos. Su alma sensible y delicada sufría
con las asperezas del alma yanqui, y nunca pudo fundirse en los
moldes de ambición en que esta está vaciada. Recibió
ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor al servicio
de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar
su pluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana
y para luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro
(palabra que se encuentra en casi todos sus escritos) antes que
sacrificar sus convicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que
aquella en que se había empeñado.
Poseía
un raro talento de asimilación y de generalización
que le permitía abordar con brillo y con criterio sólido
todos los problemas que en el orden político o sociológico
entrañan el desenvolvimiento de las naciones y su memoria
privilegiada le permitía recordar todo cuanto había
pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de un
libro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre
el cual pudiera expresar su propio juicio; así como conocía
a todos los hombres que habían desempeñado un papel
prominente en la vida de las naciones latinoamericanas.
Su palabra era
suave, fluida, límpida como su pensamiento, sin afectación
ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuente cristalina
que desciende en su curso halagando los sentidos. Cuántas
veces en los días festivos, solíamos atravesar el
río Hudson e internarnos en las hermosas arboledas de las
Palisades o recorríamos las avenidas del Parque Central,
y allí transcurrían insensiblemente las horas, bajo
la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidar
el bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y
rica en imágenes brillantes se derramaba como raudales de
perlas y de flores, y su auditorio quedaba siempre cautivado por
el encanto de ella. Recuerdo que en una conferencia que dio sobre
Guatemala, con el propósito de reunir y vincular a los latinos
residentes en Nueva York, tomó como tema las flores y los
pájaros que adornaban el sombrero de una señorita
allí presente, y sobre él hizo la pintura más
hermosa que jamás haya leído de la naturaleza y de
la sociedad centroamericana.
La impresión
que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que nos hallábamos
bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a
los trópicos, y solo volví a la realidad de nuestra
existencia cuando sentí un «hurry up»,
pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes
que pasaban a mi lado.
Era un trabajador
infatigable y desde el alba que empezaba su labor con la lectura
de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hasta la
nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él
decía, se hallaba engolosinado por algún estudio en
que ponía toda su alma para transmitirla a los lectores que
el obligado por las visitas de sus amigos a quienes recibía
con solícito cariño.
Y no eran solo
los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Las dividía
entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, en
las que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los
de las clases superiores, porque unos y otros debían servir
para preparar la revolución cubana que era el objeto de su
permanencia en Estados Unidos.
A pesar de los
largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse
con la vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado
era refractario a los procedimientos egoístas que constituyen
el fondo del carácter de ese pueblo. Desconfiaba con las
tendencias imperialistas de esa nación y creía que
abrigaba propósitos absorbentes, contra los cuales las repúblicas
latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,
solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una política
hábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión
de intereses americanos. Consideraba la conferencia monetaria internacional,
iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por el Uruguay,
y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecer
los intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar
los vínculos de todas las naciones de América. Carece,
pues, completamente de fundamento la versión de un escritor
franco-argentino, de que Martí fuera partidario de la anexión
de Cuba a los Estados Unidos, cuando, por el contrario, veía
en ellos un peligro para la independencia. Creo, sin embargo, que
sus temores eran infundados a este respecto, como lo ha demostrado
la conducta de aquella nación, para terminar la guerra y
establecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que
no tienen ambiciones de predominio sobre la América latina.
Mr. Elihu Root me dijo durante su visita a esta capital, que los
Estados Unidos nunca anexionarían a Cuba y tengo la más
absoluta confianza en la sinceridad de este gran estadista americano.
Los últimos
años de la vida de Martí en Nueva York me son poco
conocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido
por el exceso del trabajo, que había creado en su organismo
una excitación nerviosa. «Tengo horror a la tinta,
me decía, y desearía huir a los bosques, aunque me
crecieran las barbas verdes, para no ver papeles ni sentir las fealdades
de las gentes». Pasaron algunos años, durante los cuales
solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando
un día recibí un telegrama en que me decía:
«deberes ineludibles me llaman a mi patria y necesito su ayuda,
mándeme por cable quinientos dólares». Mi situación
en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.
Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma
a la independencia de Cuba, puesto que en esos días salía
Martí de Nueva York para reunirse con el general Máximo
Gómez e invadir la isla, iniciando la nueva insurrección
que dio por resultado la terminación del dominio español.
La noticia de
su muerte en los primeros combates librados entre cubanos y españoles
me produjo hondo pesar. Consideraba a Martí uno de los hombres
de más talento que me había sido dado tratar y su
muerte representaba no solo una pérdida irreparable para
Cuba, de la que habría sido uno de sus preclaros presidentes,
sino para la América latina toda, pues desaparecía
el escritor genial en quien el fuego de la solidaridad americana
brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.
Notas
de Arte (Colombia), agosto 15 de 1910
Le conocí
y traté en New York el año de 1891.
Me consagró
su amistad. La amistad es la única rosa que no tiene espinas.
La única fuente arrulladora que no tiene lodo.
Fui su amigo- en
el trajín social- de pocos meses.
Soy su amigo
perdurable por el recuerdo y la memoria.
Su recuerdo
es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades
de mi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila
que despierta- en horas de abatimiento- a picotazos mi
alma.
Fui, con varios
condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casa humilde
y vivía modestamente.
Enamorado yo
de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo de cóndores
de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el
pensamiento en las nubes y el corazón en los labios.
Eran días
tétricos para los colombianos residentes en New York, días
en que un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido,
había llevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.
Fue ese el tópico
obligado, y Martí me decía: «los suramericanos
enviamos trozos humanos putrefactos para que estos países
los escarben y examinen, mandamos el rostro ensangrentado de la
Patria para que estos países lo abofeteen».
Sobre Cuba exclamaba:
«Estoy
desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en la cumbre
inaccesible.
»En mi
tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo,
y una bandera: yo.
»A ellos
los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos
han dejado solos.
»Aquí,
en los momentos de angustia, en esos días lóbregos
en que en vano lucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar
al papel mis pobres pensamientos, no me explico, no comprendo cómo
no se transforma en Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en
bayoneta.
»Ustedes,
los colombianos, tienen aun esperanzas de redención: allí
hay vida, hay savia, hay esplendor.
Nosotros no
tenemos nada.
»Cuba
es una tumba muy grande que guarda un cadáver más
grande que ella: la raza india muerta.
»Esa raza
me alienta, y la máxima de Bolívar me conforta: '¡Venceremos!'».
Calló,
inclinó la cabeza meditabundo, me pareció escuchar
el ruido estruendoso de las armas en la manigua, y comprendí
que aquel hombre era algo más que tribuno, algo más
que genio: ¡era la Libertad!
La América
latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como el célebre
arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino
muy de tarde en tarde.
Ha habido ilustraciones
altas y macizas, pensadores vastos y profundos, prosistas, oradores
y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero el genio auténtico,
la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, la lengua de
fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante que vierte
a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos,
han sido muy raros en América.
Genio Montalvo;
genio José Martí.
El primero con
una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sin manchas.
La estulticia
de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso
de nuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el
coro vacuo y frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer
en ocasiones como lumbreras a seres que apenas han tocado los primeros
peldaños de la gloria.
Entes grandes
y pomposos- como la encina de Lebes- , pero huecos.
Árboles
corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados
a la tierra.
Hoy la serie
de pensadores es como una serie de montañas, pero sin cumbres
que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.
La constante
difusión de las luces, el espíritu incansable e investigador
del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones, la escuela,
el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esas eminencias,
cúspides de la humanidad.
Con la abundancia
de las colinas han desaparecido los Himalayas.
Con la dilatación
ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se ha perdido la altitud.
El peñón
abrupto es arena rutilante.
El nido es colmena.
La altura es
extensión.
La cima ha sido
cubierta por la arboleda en marcha: no se ven más que árboles.
La roca altísima
ha sido invadida por el mar: no se ven más que olas.
Hoy es plaza
lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cielo inconmensurable
lo que fue astro esplendoroso.
«Las cumbres
se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.
»Son muchos
los poetas secundarios, escasos los poetas eminentes solitarios.
»El genio
va pasando de individual a colectivo.
»El hombre
pierde en beneficio de los hombres.
»Se diluyen,
se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa».
Las golondrinas
se han elevado y los cometas han descendido.
Las legiones
han subido y Júpiter ha bajado.
El mérito
de Martí consistió precisamente en eso: haber dado
sombra a tantas grandezas.
En época,
en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, él fue
Argos impoluto, gigante, solo, y ¡único!
Todo tiene en
la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, su faz grave
y severa: la selva, el roble centenario; el océano, la ola
inmensa de cresta arrebolada; el desierto, el león hirsuto
y arrogante; y la sociedad, el genio.
¡Y genio
fue José Martí!
Murió
a los 42 años y es asombrosa su labor política y literaria.
A la edad en
que otros comienzan a ascender, ya él traía guirnaldas
del Olimpo.
En un mismo
día, y en ocasiones en una misma hora, escribía un
discurso, redactaba una carta, pergeñaba una revista, otorgaba
una clase, leía un libro, hojeaba un folleto, traducía
una fábula, hablaba de cosas fútiles con su familia
y de cosas lisonjeras con sus amigos.
Tenía
el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de la centuplicación.
Un caso de polizoísmo.
Trabajaba en
una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y magazines,
sostenía incansable correspondencia con sus adictos, enseñaba
a los desgraciados, meditaba, discutía, exaltaba a los pusilánimes,
asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, se erguía
ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tenía un
báculo para cada caída, una esperanza para cada lacería,
un bálsamo para cada dolor, una rosa para cada beldad, un
pensamiento dulce para cada párvulo, y aun le quedaba tiempo
para ser rendido y galante con la esposa y cariñoso y afable
con los hijos.
Séneca,
Aristóteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massillón,
San Agustín, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda
una legión, se agitaba, bullía, vibraba en aquel cerebro
poderoso, hecho para los torneos y las epopeyas, para las recias
batallas y las hondas lucubraciones.
En sus manos
eran a diario: el Tratado de la Naturaleza de Malebranche,
Los Pensamientos de Marco Aurelio, la Historia de España
de Mariana, los Epigramas de Marcial, las endechas de Massinger,
el Capital de Marx, las elegías de Propercio, los
Ensayos de Macaulay, las Observaciones de Llorente,
el Catecismo de Lutero, todo le era familiar, conocido, íntimo,
y consideraba los periódicos como soldados y los libros como
hermanos.
Para él
todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todos los
guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.
El reptil, a
sus ojos, se convertía en ave; el barro en oro; el erizo
en flor; el espectro en ángel.
Su voluntad
era granito; su espíritu, llama.
Unía,
a la calma de Massena, el arrojo de Murat.
Aunaba, al candor
de Carlos Dickens, la precisión de Víctor Hugo.
Odiaba el estilo
misoneico y la poesía macróstica.
Admiraba más
a Martos que a Castelar.
Para sus compañeros
y admiradores era inofensivo como la malva; para sus enemigos, venenoso
como el quedec.
Polígloto,
enciclopédico, polílogo.
En aquellos,
atardeceres mincosos de la gran Metrópoli, en que Martí
solía pasearse por las alamedas de Green Wood, ¡quién
iba a imaginarse que de aquella mano tan sencilla pendía
un mundo, que tras aquella cabeza silenciosa iba una bandada de
águilas libertadoras!
Su erudición,
pasma. Si todos van contra él, él va contra todos.
Tiene del ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja
y del rayo. Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta
el abismo. Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su
palabra, ora corre mansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan,
ora estallan. Algo como un trueno avanza por entre sus frases calológicas.
Se siente calor de nube y rodar de cañones. Esculpe de una
plumada; retrata de un brochazo. Tiene arranques sublimes en que
parece que la tierra se levanta o el cielo se desploma. Tiene voces
que gimen, términos que gritan, giros que rimbomban. Se escucha
vuelo de pájaros y fuego de fusilería. Su dibujo es
línea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel.
Es terso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que
se aleja; su dialéctica, escuadra que combate. Por entre
la malla de su prosa hay pueblos que se hunden, ejércitos
que se destrozan, mares que se revuelcan, bosques que caminan. Es
raso y es acero. Es guzla y es clarín. Es halago y es centella.
Escribe versos que enamoran, filípicas que entusiasman, libros
que glorifican. Es diminuto y es excelso. Sencillo y complicado.
Es león y paloma. Oruga y colibrí. A veces se detiene,
como ante un precipicio; a veces corre veloz, como una locomotora.
Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa y el estiércol,
la mirla y el escarabajo, el dicterio y la canción.
Todo sale embellecido
y purificado de aquella péñola incomparable, péñola
que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.
Su vida fue
un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta a todas
las iniquidades.
Fue mentor augusto,
patriota insigne.
Fue principio
y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apóstol. Mecenas y Catón.
Sufrió, amó, creó. Conoció lo pasado,
vislumbró lo porvenir. Fue artista, gladiador, vidente. Se
echó un mundo a la espalda y con él se le vio, radioso
y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante los obstáculos
se duplicaba; ante los imposibles, no cedía. Enérgico,
rápido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumergía.
Para él era pira la existencia, átomo el universo,
minutos las edades. Limpiaba, talaba, esclarecía. Hacía
surgir proclamas de los muertos, lanzas de las tumbas, auroras de
los antros, escuadrones de las piedras. Brotaba chispas su espada;
relámpagos, su pensamiento.
Dominó,
coronó, ascendió.
Y al caer, rota
la frente, en un charco de sangre, hubo irrupción de llamas
en el cielo, aglomeración de palmas en la tierra, condensación
de recuerdos y sentimientos en el corazón de los americanos.
Para llorar
a Martí no son suficientes las lágrimas de todos los
hombres ni el grito clamoroso de todos los siglos.
¡Santa
memoria de Martí, bendita seas!
En
la Cámara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910
Señor
Presidente y señores Representantes:
Cuantos aquí
nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesión
análoga a esta- igual a esta diría mejor- en
el año precedente. El entonces designado para hablar de Martí,
fue el señor Miguel Viondi, y los que aquí estamos
y estábamos aquella tarde, recordamos cuán gratamente
nos entretuvo; dando a su disertación el interés de
la relativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del
Padre de nuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se
encontraba el señor Viondi en ventajosas condiciones para
ello: amigo íntimo de Martí, lo había tratado
durante largo tiempo y de la manera más estrecha y podía
referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero que
mejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condición
peculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa
clase, podía entretenernos con algo nuevo que no supiéramos
los demás, que pudiera servir para rectificar algún
juicio de detalle y para confirmar, como no podía, menos
de resultar confirmado, el juicio que en conjunto formáramos
todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos en estos
instantes.
En cambio, el
que se ha designado para que lleve la palabra en el día de
hoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más
desventajosas, porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista;
y porque de él sabe lo que sabemos todos; y de él
no puede decir otra cosa que lo que está en la mente y en
el corazón de todos. No era posible que en Cuba se ignorara
quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál
su representación entre nosotros. Desde los más humildes- desde
el punto de vista de la inteligencia- hasta los que pueden
decirse próceres de esa inteligencia, muchos han hablado
entre nosotros de aquel que por antonomasia se ha llamado el Maestro.
Historia de su vida, antecedentes de su carrera política,
antecedentes de la agitación que organizara y todos los detalles
relativos a su participación en el movimiento revolucionario
que definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos
aquí estamos, cosas sabidas; e igualmente son sabidas por
todos los cubanos. En tal concepto, al que no pueda referir algún
aspecto de la vida personal de aquel gran cubano, a un auditorio
distinguido como este, se le coloca en una situación verdaderamente
difícil cuando se le hace hablar de Martí. El tema
es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido tema
atractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo han
desarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por
completo; y yo he de recomendarme a la benevolencia de ustedes para
que con esa benevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso
no puede menos de ser una repetición.
Pudiéramos
dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discurso como
el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede
hablar de la vida de Martí; en otra, de su carácter
y de los rasgos prominentes del mismo; en la tercera, de su obra.
Digo que no pueden ser iguales, porque acaso algo pueda decirse
más extensamente, con un relativo aire de novedad de la segunda
y de la tercera; de la primera, imposible. Hacer aquí un
resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacer
perder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia;
su juventud, pobre y agitada, mucho más que su infancia;
su amor al estudio; las deficiencias de sus medios económicos;
la consagración de toda su vida al logro de un ideal; su
paso por España, sus pasos en Cuba, su residencia en las
repúblicas de la América latina, su residencia en
los Estados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación
en el movimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones
cubanas, su recorrido por todos los países en los cuales
creyó que podía encontrar un eco simpático
al pensamiento revolucionario y su dedicación absoluta y
definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño,
¿qué son sino una cosa que está en la memoria
y en el corazón de todos nosotros y que no necesita ser repetida,
que no debe ser repetida, porque la repetición no sería
ciertamente excusable, sería incuestionablemente vana y presuntuosa?
No hablemos,
por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parece destacarse
de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamente habré
de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue
una vida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola
dirección; y todas las vicisitudes y agitaciones de aquella
existencia, realmente tormentosa, vinieron al cabo a culminar en
un mismo punto y en el sentido de una sola vía, por la que
se encaminaron en definitiva sus pasos. Donde quiera que encontró
cualquier oficio por el cual trató de librar su subsistencia,
la adopción de ese oficio no tuvo más objeto sino
el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que
su vida se prolongara, se realizase la obra que se había
impuesto. La tarea que desde sus tiempos de muy joven concibió
en su espíritu, despertó en el mismo el propósito
de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente, su vida fue,
en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración. Naturalmente,
en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer
que providencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué
lo digo, no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo
y constante en la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí
mismo semejante misión, todo lo que no fuera el cumplimiento
de ella, tenía que ser accesorio para él y accidental.
Era preciso vivir; no tenía fortuna y era preciso buscar
el pan de todos los días. Un hombre de inteligencia suficiente
para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si no francamente
lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no se podía
ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no
le fue dable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido
que radicar en un mismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española,
que someterse a la mirada recelosa de la policía española,
que prescindir de todo lo que él entendía que constituía
su destino. Era preciso que librara la subsistencia con oficios
que le permitieran al propio tiempo viajar, moverse de acá
para allá, preparar el movimiento revolucionario en definitiva.
Y tan es así, que una especie de visión, de destino
providencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría
de sus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos,
entendió que estaban maduros los tiempos, cuando todo el
mundo pensaba que su tentativa habría de abortar como extraña
aventura de dementes.
A veces sucede
esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia de la humanidad:
no son precisamente los hombres de mayor reposo en el carácter
y más serena cultura mental los que han decidido a las multitudes
a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino de su destino
verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre una obsesión
pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtud
de ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa
y hacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar;
aun muchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál
es el estado de la subconciencia, el deseo íntimo y verdadero
de una agrupación de hombres, para llevarlos a que ejecuten
lo que quisieran ejecutar, pero lo que no se atreven siquiera a
pensar en ejecutar. De aquí el que fiel a su destino, Martí
viviera como corresponsal de periódicos, moviéndose
de acá para allá, remitiendo correspondencias a un
diario denominado El Partido Liberal y después a La
Nación de Buenos Aires, ganándose su subsistencia
modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,
aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos,
procurando contar con la colaboración de los que podían
ponerse al frente del movimiento, y no desmayando nunca ante ningún
desastre, ni ante ningún desengaño. ¿Para qué
dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentes de
la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto
que he indicado como su conjunto general.
Discurrir ahora
acerca de su temperamento y de su carácter, de su papel y
de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para
mí también un relativo inconveniente. Hace poco más
de un año, cuando, en la próxima ciudad de Matanzas
se inauguraba, por iniciativa de un hombre a quien vi entonces por
última vez, el doctor Ramón Miranda, un artístico
monumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había
comprometido de antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer
uso de la palabra en la ceremonia de inauguración. Entonces,
refiriéndome en un breve discurso dicho en la plaza pública,
y que por ello no podía ser ni largo, ni reposado, ni serenamente
meditado, a aquello que para mí constituía carácter
típico y saliente de Martí, señalaba estas
dos circunstancias que no diré que sean absolutamente exclusivas
de él, pero que en realidad son en él más prominentes
que en ningún hombre que haya podido vivir una vida análoga
a la suya y que se haya impuesto una misión como la que él
se impuso.
En primer lugar,
un hombre que movía a los demás a pelear, que encendía
en su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sus
hermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al
propio tiempo animado de un amor sin límites a la humanidad
y de una benevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen
o por errados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente,
para los que consideraba sus enemigos. Y además hubo en él
rasgo peculiar de su tarea y de su esfuerzo: de todos los hombres
que han podido determinar a una colectividad, grande o pequeña,
a realizar una obra común, un propósito general, quizás
él sea el que representa en esa obra común una parte
más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí,
en efecto, fue el determinante principalísimo de la revolución
cubana. El pueblo cubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en
aquella época lo sabemos, no quería en su mayoría
al menos, la revolución. El Gobierno de España nos
había dejado entrever una mejor condición política,
sin sacudidas ni agitaciones violentas. Tan cierto es que aquello
hubiera podido contener la obra revolucionaria que, como se ha dicho
después y repetido muchas veces, la actitud que tomó
el Gobierno español por la iniciativa del Ministro Maura
contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y
su tarea corrían peligro si aquellas reformas políticas
se implantaban en Cuba de buena fe y eran generalmente aceptadas
por el pueblo cubano, en virtud de lo cual él ya no tendría
ambiente adecuado para poner por obra sus propósitos. Fue
la obcecación de los políticos españoles, de
acá y de allá, la que se levantó como una barrera
ante el Ministro que acabo de indicar y dejó el terreno aun
más preparado que antes lo estaba para que pudiera fructificar
la semilla. No obstante, el Gobierno español, volvió,
como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan
del señor Maura se desechó; pero se planteó
otro nuevo, que llevó el nombre de Abarzuza; y aun cuando
la generalidad entre nosotros creyó que se iba a obtener
menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obtener
aquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de
ninguna agitación, de ninguna revolución, de ninguna
lucha. Yo recuerdo que no ya entre los elementos españoles,
sino aun entre los elementos cubanos, y muy cubanos, y muy probados,
pero que no se encontraban en la conspiración que estallaba
en aquellos instantes, fue un efecto terrible el que produjeron
los primeros movimientos. He tratado a algunos, emigrados de la
guerra de los diez años, de aquellos que desde su principio
marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las Repúblicas
Hispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se
iniciaba en aquellos días. Creyeron que todo lo que se había
adelantado, en 17 años de predicación pacífica,
por el Partido Autonomista, iba a ser irremediablemente perdido;
y un amigo particular mío, que se hallaba en Madrid cuando
los primeros sucesos estallaron, que salió de España
muy poco después y regresó a Cuba, hubo de declararme
que en una entrevista que tuvo pocos días antes de embarcarse
con el famoso tribuno español don Emilio Castelar, este le
significó que en Cuba, se había cometido un acto de
demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que
no lo cometían, en virtud de irremediable consecuencia de
la solidaridad, verían perturbado el sistema político
de Cuba, ya que aquellos sucesos lo harían volver mucho más
atrás de donde se encontraba en el momento en que se iniciaron
los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa idea de don Emilio
Castelar era la idea que aquí tengan todos los que no estaban,
diré mejor, los que no estábamos comprendidos en la
conspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente
pude desempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario,
he de declararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario,
en la conspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado;
hasta el punto de que, no sospechando que yo podía ser capaz
de semejante cosa, el señor Juan Gualberto Gómez,
a pesar de haber llevado su defensa ante la Audiencia de la Habana
cuando se le procesó por la publicación de un artículo
titulado «Por qué somos separatistas», jamás
contó conmigo y aun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos
encontramos, que él se hubiera dirigido a mí si hubiese
sabido que yo era susceptible de ser inyectado con semejante virus;
a lo que le contesté que quizás, en aquellos momentos,
no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto, la inyección.
En tales condiciones
se encontraba la población de Cuba cuando Martí empezó
la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía,
en el suelo no se advertían los brotes primeros de la planta,
pero él sintió lo que pasaba en el subsuelo, y en
el subsuelo estaba ya preparada la semilla; prueba cómo ella
fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial, se
sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos)
inmediatamente arrastrados por él; de tal manera que aun
antes de que la invasión de las provincias occidentales diera
grave y decisiva importancia al guante arrojado al Gobierno de España,
ya habíamos sentido muchos, que veíamos venir la ola
arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos
en Cuba sería que ese Gobierno de España aplastara
militarmente a la revolución; y aun algunos, sin creer que
aquella revolución podía tener un éxito, mucho
menos cercano; sin pensar que en el período relativamente
corto de tres años se triunfara; pensaron que era necesario
un movimiento general para prestar auxilios a dicha revolución,
procurando al menos colocar el pleito en condiciones de transacción
que a España resultara irremediable; primera victoria, que
había de ser victoria definitiva, un poco más tarde,
de Martí ya muerto, sobre nuestros corazones.
Era, indudablemente,
un hombre extraordinario el que llegó a producir en un pueblo,
pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como
el que acabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que
había en realidad en su vida toda algo que indica que él
se consideraba providencialmente destinado a semejante misión.
Esa impresión, mucho tiempo después de muerto él,
la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la
obra de menos importancia de todas aquellas que ha publicado el
señor Gonzalo de Quesada, piadoso recolector de sus escritos;
en una que se titula La Edad de Oro y que es un volumen que
contiene los trabajos que insertara Martí en cuatro o cinco
números, muy pocos, de una revista que publicó, dedicada
a los niños, y de la que él era el director y el redactor
casi único. En uno de esos artículos, que se encuentra
al principio, el que se denomina «Tres Héroes»,
Martí habla a los niños, en sencillo lenguaje, de
Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose
al primero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y
en las que entiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y
en síntesis, un poco de autorretrato:
«Bolívar
era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las
palabras se le salían de los labios. Parecía como
si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era
su país, su país oprimido, que le pesaba en el corazón,
y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como
despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo
entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa,
y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen
que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos
tienen muchos hombres, y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue
el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear
por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela
se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo
habían echado del país. Él se fue a una isla,
a ver a su tierra de cerca, a pensar en su tierra».
Cuando esto
leí hace poco más de un año, poco antes de
que el señor Viondi pronunciara aquí el discurso del
año anterior, me pareció que en estas palabras Martí
se retrataba a sí mismo. No era él de aventajada estatura,
era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la
propia estatura de Bolívar); era nervioso también,
como a Bolívar pintara; sus ojos, todos los que lo conocieron
lo dicen, relampagueaban; las palabras asimismo se salían
de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado de pelear,
él no se había cansado del propósito de iniciar
una nueva lucha; él había decidido la guerra solo,
porque solo a sí mismo se consultaba; no necesitaba consultar
a su pueblo y le parecía también muy difícil
consultar la opinión de muchos. Y tan había decidido
la guerra él solo, que a los jefes principales de aquella
lucha, a los generales Máximo Gómez y Antonio Maceo,
los fue a buscar; y lo que no habían decidido ellos, él
hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó
de su inacción a tales hombres y en la aventura los embarcó.
Cuando escribía tales palabras de Bolívar, es probable
que pensara en sí mismo; es probable que no quisiera establecer
una franca comparación, cosa que su propia modestia había
de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo haya conocido, de que
nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de él
tanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar
su propio espíritu, su propio temperamento, la condensación
de su carácter y de su historia, en esas líneas en
que él trataba de pintar a los niños al que fue el
Libertador de la América, Central y Meridional.
Aquel otro rasgo
del que hablara hace poco ya se señalaba en los momentos
mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí
que debía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible
y absurda (no hay un solo renglón en el documento a que voy
a referirme en que tal propósito aparezca), hasta a los propios
soldados españoles que estaban en Cuba; y en una especie
de alocución y manifiesto que de antemano publicara, les
decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentía
por ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos
a la deserción, no; les advertía el noble propósito
de la lucha; y antes de comenzarla, él, el más débil,
el que solo contaba con su esfuerzo, el que bien se daba cuenta
de lo áspera y difícil que iba a resultar, en el momento
en que el encono es más natural en el espíritu del
hombre, proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario
y de antemano quería asegurar para un mañana más
o menos incierto, pero en el cual él tenía mucha fe,
un programa de perdón, de ausencia total de rencores, de
olvido de la lucha misma.
Y en efecto,
ese espíritu que dominaba a toda su tentativa revolucionaria,
se vio reproducido en el momento de la victoria al final de la guerra
de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignar una cosa
que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad
a que antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos
en que tal fuera el resultado de la revolución y de su triunfo,
no solo los cubanos no tuvimos, salvo alguna que otra manifestación
aislada, que nunca pudo traducirse en hechos, el propósito
vindicativo de las ofensas pasadas, sino que tampoco dieron los
españoles muestras de despecho o de inconformidad con los
hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de la situación
la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservas que
tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y
así nunca, manifestaron expresa y públicamente, ni
aun durante el tiempo intermedio de la Intervención primera,
que, contentos con tal fracaso de la Revolución vencedora,
ellos deseaban que no triunfaran sus ideales definitivos. De este
modo, y con la discreción de un lado y del otro, se ha podido
lograr que la República, ni antes ni después de constituida,
se mirara por esos hombres como una condición de cosas en
la cual la vida era para ellos imposible, y tanto los unos como
los otros, los que habían triunfado con el auxilio americano,
y los que habían sido vencidos por las fuerzas unidas de
cubanos y americanos; aceptaron como cosa definitiva el nuevo orden
político, cooperando todos a mantenerlo, cada cual como ha
querido, como ha podido o como ha debido.
Ese amor de
Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomar
como lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues
que nada que fuera humano, en efecto, le era extraño, se
manifiesta muy principalmente hacia los pobres, hacia los humildes,
hacia los débiles. Martí se abría muy fácilmente
camino en el corazón de ellos. Cuando en compañía
del que fue primer Presidente de nuestra República, ya constituida
en definitiva y reconocida por todas las naciones, don Tomás
Estrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución,
en la época en que en el puerto de la Habana voló
el acorazado americano «Maine», hice yo un viaje a Tampa
y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención.
En las casas más pobres había uno o más retratos
de Martí. No se contentaban generalmente con tener uno solo.
Si lo tenían pequeño buscaban uno más grande
y conservaban el pequeño para trasladarlo a otra habitación.
Si lo tenían de busto, querían tenerlo también
de cuerpo entero. Si lo tenían a él solo, querían
otro en que Martí estuviese fotografiado en compañía
de algún amigo. Y en todas las casas, por humildes que fueran,
se encontraba su imagen repetida, no una sola vez. Así la
veía uno por todos lados; la veía en el exterior de
los edificios como en el interior de los mismos; en la sala en donde
se recibía al huésped como en las habitaciones privadas;
en los talleres de tabaquería, en número bastante
considerable, hasta el punto de haber podido yo contar seis retratos
en un mismo taller. Y en todas partes le hablaban a uno de Martí.
Y había gentes que se sabían de memoria el primer
discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión
política en que alguien no se encargara de recitarlos, como
la obertura obligada de la función de que se trataba; y las
palabras de él, lo que había dicho, lo que había
indicado en las conversaciones particulares, el consuelo que había
prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes se repetían
diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella época
sin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras
y sus ideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil
sustraerse a la ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente
mucho más vivo entonces que cuando real y efectivamente vivía!
Otro de sus
caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto un testimonio
constante) fue la elevación de su mente, su perenne altura
mental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de su
carácter, cualquiera la facilidad con que se le podían
acercar, altos o bajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin
embargo, un hombre alegre. No podía serlo, puesto que tenía
la obsesión de una triste idea, la idea de una misión
dura y difícil, no solo para él, sino también
para sus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto,
a ser causa de que se derramara sangre. Su misión no se podía
realizar si no a costa de sangre y de lágrimas; y un hombre
que tenía en el corazón tan abundante piedad para
todos los hombres, condenado a realizar obra semejante, no podía
ser jovial, no podía abundar en él la alegría.
Por consiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas
que a veces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un
nivel normal humano, nos proporcionan esa frívola, pero grata
impresión que hace reír. No tenía, no podía
tener lo que un amigo mío suele llamar «el sentido
cómico de los acontecimientos». Y así a veces,
ante cosas verdaderamente cómicas, su espíritu encontraba
siempre un aspecto sobre el cual se podía discutir seriamente,
abandonando la broma, como algo incompatible con su temperamento,
y contemplando tan solo el lado serio y elevado a que la cosa misma
pudiera prestarse.
Mi compañero
de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me ha referido
lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete
del señor Viondi, en donde se encontraba Martí. En
aquella época el Liceo de la Habana se hallaba establecido
en la Calzada de la Reina. Era antes de la revolución, durante
un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes de que el
movimiento revolucionario estallara, sino también antes de
aquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición
de Antonio Maceo en La Habana. Y resultó ser que llegó
al bufete del señor Viondi un empleado suyo, un hombre sencillo
y bueno, pero sin gran cultura, y declaró, en medio de la
mayor jovialidad, que el doctor José Antonio Cortina disertaría
aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «un inglés»
que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí
se indignó en medio de la risa general. Comenzó por
advertir a aquel pobre hombre estupefacto que no volviera nunca
a expresarse en ese tono de semejante inglés. «Ese
hombre de quien usted habla, le dijo, se llama Carlos Darwin, y
su frente es la ladera de una montaña»; y continuó
disertando en este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le
interrumpieron para hacerle comprender lo perdido e inútil
de aquella disertación.
En ese estado
de excitación mental y con su espíritu en ese plano
intelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que
se halla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste,
la de lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa
ruidosa y la franca alegría. En efecto, si es cierto que
su papel en la iniciativa y en el desarrollo de la revolución
fue individualmente tan decisivo como he podido indicar (y creo
que de ello no cabe duda); si se estima que todo lo que se hizo
posteriormente no fue más que consecuencia de su energía,
de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entre
otras cosas, y principalmente porque él los lanzó
a la muerte, porque a ella los mandó; y aun así, cuantas
viudas, cuantos huérfanos lloraron, derramaron lágrimas
por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantas propiedades
se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobre nuestros
campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo,
fueron ruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él
pueden referirse como a su causa. Todo eso fue realmente obra suya.
Y hubiera podido pasarse un balance de pro y de contra, de cargo
y de data, de debe y de haber, para saber cuál era su saldo,
si no hubiera él comprendido la triste tarea que se impusiera
y decretado que ella reclamaba su propio sacrificio. Y en efecto,
tanto como el que más, mucho más que otros revolucionarios
de su índole, no tan solo entendió que debía
lanzar a su pueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó
por lanzarse con él; y aun creo que pensó que, inmolándose
en holocausto voluntario, debía morir a las puertas mismas
de la revolución.
¿Quién
podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que
se derramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo
lo que pudo suponer aquella lucha postrera de la actual generación
cubana, cuando él fue la primera víctima, prestándose
a su propia inmolación? De ese modo, redimió todo
lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra, aceptando
para él, espontáneamente, la parte más sombría.
Ya antes había hecho un sacrificio prolongado, que no había
sido cruento, pero que había sido tan duro, por lo menos,
como aquel que hiciera en el momento de morir. Como dije antes,
todos los halagos de la existencia fueron cosas por él renunciadas.
La estabilidad de la residencia en un punto determinado; los lazos
establecidos, cada día más firmes, y que hubieran
sido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que
tan fácilmente cautivaba el corazón de los otros;
la posibilidad de una posición económica relativamente
holgada, que para ello tenía aptitudes, condiciones, simpatía,
relaciones e inteligencia bastantes, aunque tal vez no el carácter
que se necesita para estas apacibles empresas, un tanto vulgares;
todo esto lo renunció, momento tras momento, un día
tras otro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los
placeres del propio hogar. Errante siempre, de acá para allá;
en la propia España, en Cuba solo de paso, en los Estados
Unidos, en las tierras todas de la América latina; lo principal
de su existencia fue preparar y hacer estallar la revolución
cubana. Todo lo demás que hizo fue perfectamente secundario
en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantes sacrificios.
Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciara
en 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad Literaria
Hispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador,
terminaba el señor Enrique José Varona declarando
que su carrera podía sintetizarse «en la palabra gloriosa
que pone un nimbo resplandeciente en torno de unos cuantos grandes
nombres, en la que inmortaliza a los Prometeos, clavados en su roca,
y a los Cristos, clavados en su cruz, la palabra Sacrificio».
En ello, señores,
no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradición
de sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya
que la firme decisión del sacrificio había de ser
la única arma de bastante temple para proporcionar a los
cubanos la victoria, remota y casi inasequible. Cuando se recuerdan
los días preliminares del conflicto, se comprende que todo
el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica
o sin esa exaltación y contemplando el espectáculo
desde fuera, en que Cuba iba a luchar contra España, en que
una revolución no bien organizada iba a lanzar el guante
a un Estado organizado y con recursos, no podría nunca concebir
que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo
y rápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que
prolongarse. Se tenía el ejemplo de los diez años
de martirio anterior, y aquellos diez años de combate habían
producido el efecto de que la riqueza se escapara al pueblo cubano
y pasara a otras manos, de que no quedara más que un residuo
de su anterior preponderancia económica. Empeñar una
nueva lucha era consumar la ruina completa, porque aquella debilidad
frente a aquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas)
no podía aspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino
mediante una perseverancia constante en el sacrificio.
Algunas veces,
en medio del combate, la posición respectiva de los adversarios
se exageraba por unos y por otros; y de aquí que la revolución
tropezara con algunos inconvenientes propios de la exageración
natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que el general
Máximo Gómez penetró un día en la ciudad
de Santa Clara, y estuvo durante algunas horas en la ciudad, y se
surtió y surtió a sus tropas de calzado y víveres,
y ocupó ropas y municiones, y armamentos, y caballos, y medicinas;
y al fin tuvo que marcharse, porque no podía sostenerse a
pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dado
lo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella
era, para tal guerra, una brillante operación militar; pero
si realmente se le anunciaba al mundo, como se le anunció,
que el Ejército cubano se había apoderado de Santa
Clara, de la capital de la provincia central de la isla y que allí
se había hecho fuerte contra las tropas españolas,
la noticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia;
y cuando se supo después lo que había pasado realmente,
la cosa pareció pequeña, precisamente en virtud de
su exageración; y el resultado fue que los periódicos
franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias
por nuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla,
«Source Cubaine», para dar a entender que todo
aquello era sospechoso de exageración, si no de mentira.
Por eso, y antes
de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera ha estado en el tesón
del sacrificio. De todos aquellos que han abrigado ese empeño
del sacrificio para conseguir la realización de un ideal,
ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y
más decisión que Martí; muchos han sido inferiores,
ciertamente, a él en este terreno. Por eso creo que el señor
Varona tenía razón cuando afirmaba que aquella palabra
era la síntesis más cabal de toda su existencia: en
el tiempo de su vida, haciéndola penosa, mirándolo
todo como secundario, salvo aquel propósito fundamental y
esencial de todos sus días, uno tras otros; y después,
al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscando
la muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue
más que un sacrificado consciente y espontáneo, desde
el primer momento hasta el último!
Nosotros somos
los herederos de esa obra suya, como de otras obras que se han unido
a la de él en una tarea común; y una herencia como
esta, no es lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus
herederos deben aceptarla sin ninguna especie de restricción,
con las ventajas y con los inconvenientes, con los bienes y con
las cargas. Por eso yo, que he pasado muchas veces como un pesimista,
solo porque he visto acaso de un modo más claro, y he tenido
un tanto más de atrevimiento para decirlo en alta voz, lo
que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me he
dado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción,
declarándome, cuando otros me llamaban pesimista, un optimista
fundamental. Hasta tal punto, que un amigo que me conoce me reprochaba
una vez diciéndome que la lectura de los sucesos pasados
iba a producir en mi espíritu una peculiar atonía,
porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeando un libro
de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época, encontraba
en sus páginas el relato de una situación infinitamente
peor. Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo
una vez en la colección de monografías históricas
publicada bajo la dirección del profesor Oncken, de Berlín,
una Historia del Islamismo en Oriente y Occidente, encontré
un pasaje en que el autor habla de los Emiratos independientes que
surgieron de la primera invasión mogola, en el Asia Menor
y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda
aquella historia tuvo una trágica monotonía desesperante:
degüellos de poblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades,
exterminio de sus habitantes sin perdón ni aun para niños
ni ancianos, lucha incesante de los pueblos entre sí y contra
los invasores comunes; tales son las simétricas y feroces
alternativas de aquella historia. Esta no tiene más sucesos
que referir que esos que he indicado; y el autor del libro declaraba
que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente iguales
y horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta
el año tantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron
en todo ese tiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía
los turcos encuentran armenios que degollar!»; y recordaba
con cuánta razón, aunque el consuelo aparezca, viniendo
del diablo, Mefistófeles adoctrinaba a Fausto diciéndole:
«En vano un día tras otro amontono torbellinos, huracanes,
incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creo extirparlo,
de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro en definitiva,
porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece
y siempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre
vigorosa y nueva!».
Ese debe ser,
ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar en toda
su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo por llegar
a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnos
cuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana
nos esperan, tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán
tan solo los que vengan detrás de nuestra generación.
¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba la generación
que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastante
premio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible,
si no nos ha de ser posible llegar también a conseguir la
felicidad, pensemos que esta será sin duda el premio de una
generación posterior: el nuestro lo tenemos ya, lo hemos
conseguido!
¿No somos
felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa para serlo
en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlo nosotros
mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos. ¿Qué
mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para el esfuerzo
definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente, persuadidos
de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que la generación
que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho más
sacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros.
Los que la componían se arruinaron por completo, siendo ricos;
sufrieron lo indecible, habiendo nacido felices; y en medio del
vigor de la humana fortaleza, a la mitad del camino de la vida,
tristemente se desangraron y murieron; ¡y no tuvieron la compensación
que nosotros hemos tenido, la de ver tremolando sobre el suelo de
su patria la bandera de sus ilusiones y de sus ensueños!
Si nosotros
lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo en una
realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he
dicho esto a mí mismo, y realmente no he pedido mucho más.
Creo, sí, que cuanto haga el hombre por señalar a
sus compatriotas las deficiencias del presente en que vive, es bueno
y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira, cumpliendo
con su deber de heredero de herencia semejante con tesón
y energía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que
el mal es humano y que de él no se podrá jamás
desligar la humanidad. Porque hay que tener en cuenta que el hombre,
considerado como colectividad, progresa solo muy lentamente y adelanta
de una manera análoga a aquella empleada para cumplir su
voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo el
juramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos hacia
adelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete
pasos tan solo adelantaba uno. No marcha más rápidamente
la humanidad. Al contrario, aun me parece que marcha con mayor lentitud;
pero adelanta al fin, y eso es lo único que podemos pedir
al Destino. Así el mañana será ciertamente
mejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos
de nuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de
cosas no como algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como
algo transitorio que tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos
que las condiciones políticas del presente no son buenas,
comprendamos que todo lo que en ellas nos parezca malo ha de ser
cosa modificable y mejorable; y cada cual desde su punto de vista,
harmonizando cuanto quepa su interés personal con el interés
colectivo, haga todo lo que pueda para conseguir ese mejoramiento.
En suma, si
pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos la aspiración
ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudad más
perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla,
¿qué nos impedirá ser más felices, como
premio de tal esfuerzo en el futuro? Y así pudiera terminar
estas reflexiones con que he entretenido la atención vuestra,
repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido, una frase
que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos:
«No tenemos aquí por cierto una residencia duradera,
permanente; es una residencia futura, una ciudad futura, la que
debemos buscar». «Non habemus hic manentem civitatem
2, sed futuram inquirimus!».
El
Fígaro, noviembre 30 de 1910
Martí
Ante su
mármol
Para Manuel
Sanguily, grande de corazón y pensamiento.
Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima
el dolor y el desaliento que florecen en tu sima
cuando evoca la tristeza la visión de la contienda,
y fecundo rompa el brote vigoroso del ensueño
con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño
5
y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.
Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura
desolada la memoria que en un vuelo de amargura
reconstruye la sangrienta florescencia de tu duelo,
no perturbe de tu llanto la corriente inagotable
10
la salmodia del tributo que se eleva inmensurable
de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.
Si inextinto el sedimento doloroso de la brega
engañosos espejismos simulando dulce entrega
fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones,
15
rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste
cavilar en la tragedia de tus lágrimas, y asiste
con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.
¡Cuán
radiante en la lejana perspectiva del pasado,
como lampo que emergiera de las ondas de un nublado
20
se destaca luminosa de la pálida penumbra,
la apostólica figura del vidente mensajero
del amor y la justicia, con su rostro de lucero
y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!
De la gloria a los destellos la romántica silueta
25
del creyente que adunaba sus lirismos de poeta
con la viva llamarada de sus trágicos lirismos,
resplandece como un astro que las almas ilumina
con el fuego milagroso de su bíblica doctrina,
como un rayo de la aurora diafaniza los abismos.
30
Soñador de rara estirpe de sublimes soñadores
que persiguen la anhelada redención de los dolores,
heredad fosca y estéril de los seres infelices,
fue su vida inmaculada de fecundas enseñanzas,
en los tristes vencimientos alentar las esperanzas
35
y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.
Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida,
desterrado que en la playa de región desconocida
inició su apostolado domeñando adversidades,
al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces
40
prendió el sol que disipara las profundas lobregueces
que opusieran a su empeño las humanas tempestades.
Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas
guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas
forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa,
45
y en la gama de su verso melancólico y flexible
hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible,
y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.
Incansable peregrino de un errante y largo viaje,
fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje
50
en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima,
su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento,
al lanzar, transfigurado, su profético lamento
en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.
Con su influjo persuasivo de amoroso misionero,
55
anunció la buena nueva prodigando en el sendero
de su gracia luminosa floraciones tempraneras,
y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo
un radiante Nazareno de exaltado iluminismo
de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas.
60
De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones
la piedad acariciaba los heridos corazones
como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras,
y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias,
fulguró como la estrella que orientaba las conciencias
65
a las márgenes lustrales de las iras redentoras.
Paladín de una cruzada de gloriosos caballeros
que oficiaron por la patria con la cruz de sus aceros,
ofreciose en holocausto como símbolo y proclama,
y cayó como una torre que alevoso el rayo asedia,
70
reflejando en la pupila la visión de la tragedia
y prendiendo un meteoro del zodiaco de la fama.
Oración
pronunciada el día 23 de febrero de 1911, en el Ateneo de
La Habana
Señoras
y señores: o mis buenos amigos y buenos compañeros,
Jesús Castellanos y Max Henríquez Ureña, entusiastas
organizadores de estas hermosas lides del pensamiento, me hicieron
el honor de invitarme para que consumiera un turno en ellas, consulté
la mente, y no hallé tema que me subyugara: consulté
luego el corazón, y hallé, José Martí.
Con este amado nombre por bandera y por escudo, escalo esta tribuna.
Pero yo no vengo aquí como juez a juzgar su personalidad,
ni como crítico a analizar su obra letra luego difundir por
los aires el juicio que lo rebaje o enaltezca. No es ese mi propósito:
quede tarea tan difícil como ingrata, para quien tenga más
ambición que la mía y menos temor de su saber y su
persona. Yo vengo aquí, sin más autoridad que la del
limpio corazón enamorado de lo sublime, a rememorar, siquiera
sea brevemente, la vida meritísima y gloriosa, la vida llena
de infinitas ternuras y cruentos martirios de ese enorme soñador
melancólico, caballero de todas las justicias, que sufrió
por la patria al través de los años de su existencia,
cuanto hombre puede sufrir, y cayó desplomado de su corcel
de guerra, para no levantarse jamás, como un Aquiles de poema,
en la trágica hermosura del combate, peleando como simple
soldado por la libertad, en un luminoso mediodía de mayo....
Yo vengo aquí a recordar sus doctrinas, su bello y magnífico
ideal: la República con todos y para el bien de todos, la
República de «ojos abiertos» y sin secretos,
la República equitativa y trabajadora, ancha y generosa,
altar de sus hijos y no pedestal de ellos, la República cuya
primera Ley fuera el amor y el respeto mutuo de todos los derechos
del hombre, la República culta, con los libros de aprender
al lado de la mesa de ganar el pan, la República con su templo
orlado de héroes, la República sin camarillas, sin
misterios y sin calumnias, ¡la República! y no la mayordomía
espantada o la hacienda lúgubre de privilegios y monopolios
irritantes; la República justa y real en donde fuera un hecho
el reconocimiento y la práctica de las libertades verdaderas.
Yo vengo aquí, hoy que crece en nuestro suelo el manzanillo
enfermo del pesimismo, y en que diríase que se está
pudriendo y desmigajando por momentos el alma nacional, a evocar
su memoria sagrada, y al evocarla, a pedir a vosotros todos- y
en vosotros a todos mis conciudadanos- , menos política
aleve, menos intriga sutil, menos ambiciones, menos complicidades,
menos emboscadas tenebrosas: y más piedad para los yerros
y ofensas, y más respeto para todos los preceptos constitucionales,
y más rectitud para rechazar a los que sean capaces de invitar
al deshonor y al crimen, y más pureza para defender los principios
patrios, y más voluntad para no codearse con los viles, y
más valor para sacarlos por el cuello y ponerlos adonde el
sol los queme y los destruya.... Yo vengo aquí, a rendir
el tributo infeliz de mis palabras, al literato insigne, al poeta
sincero, al orador maravilloso, al hombre tierno y sonoro, grande
y bueno, que despertó en mi alma, ya con las armonías
incomparables de su joyante prosa, ya con los trinos melodiosos
de sus versos, ya con el himno triunfal de su voz pitonisaria, el
amor inextinguible por la Libertad y la Belleza; al hombre cuya
cabeza ya está hueca, cuyos labios ya están mudos,
cuya mano está ya deshecha, al apóstol y al mártir
que reposa para siempre en la almohada eterna y en el inmortal silencio....
Vengo aquí, en fin, trémulo y reverente, como hijo
agradecido y amoroso, a ofrendarle mis pobres flores, mis flores
descoloridas y sin perfume, mis pobres flores que acaso manos traidoras
arrebaten y despedacen, atendiendo al dolor que en algunos vivos
proporciona la glorificación de aquellos muertos cuyas virtudes
no saben; o no quieren imitar.... Sí, porque es triste cosa,
pero es lo cierto; todo aquel que posee una cualidad extraordinaria,
lástima, sin más que eso, al que no tiene ninguna:
no hay bien de uno que no traiga la tristeza de otro; no se rinde
homenaje a un muerto que no vaya acompañado por malignas
lágrimas o malignas sonrisas. El mundo rebosa de gentes que
sufren con todo triunfo ajeno y quisieran ir por él con una
pica derribando cuanto les sobresale: y de gentes parasitarias que
se ríen de todo lo que no comprenden. Pero... desprecio para
ellos los envidiosos y desdeñosos de oficio, ¡lástima
de sus humanas envolturas tan vilmente rebajadas! Aunque, quién
sabe si por ello son más grandes los grandes de la tierra,
los que han pasado sin doblar las rodillas por el mundo. Ellos son
la espuma que salpica la barca y también la ola que la lleva
a seguro puerto; la nube que oculta la estrella y también
la sombra que la hace resaltar; el puñal que hiere y que
envenena y la mano que venda y que restaura; el chiste raquítico
que rebaja y la oda resonante que eleva y dignifica; la multitud
que recrimina y aplasta y el pueblo que corona y premia; los gusanos
que destruyen el cadáver y las flores que crecen sobre las
sepulturas. Ellos son la consagración: no hay gloria completa
sin el beso de una hermosa y sin la mordedura de un malvado; nadie
puede llamarse francamente triunfador si no ha sentido posarse sobre
su frente tiernas miradas de mujeres y crueles y sarcásticas
miradas de hombres... ¡Ah! quién diera a mis palabras
la pujanza de águilas bravías o potros cerriles, para
pregonar con ellas a despecho de afilados dientes y rastreros silbidos,
y no ya por la isla infeliz, sino bajo todos los techos del mundo,
el genio y la bondad del divino maestro. Pero mis palabras, débiles
mariposas, apenas si podrán en su vuelo llegar hasta vosotros,
y apenas si podrán expresar el sobrenatural trastorno que
de mí se ha apoderado, desde que sé, porque lo he
prometido, que es deber mío rememorar su vida llena de sacrificios
y perdones, recordar sus doctrinas bañadas de fe y amor,
decir algo que sea de su literatura y poesía originales,
rendir mi homenaje de admiración y de cariño entrañable
al hombre sin tacha, a pesar de fealdades e impurezas de la tierra,
al hombre dulce y amable, que es hoy, al cabo de quince larguísimos
años de desaparecido, luz serena y deleitosa en mi cerebro,
ternura y bondad y alas en mi corazón... ¡Su vida!
¿Y podrá el pensamiento desbordado seguirla en su
carrera de gloria y de dolor? ¿Podrá la palabra humana,
humo y cáscara, y vestidura tantas veces de las más
bajas pasiones, relatar tanta grandeza como encierra su vida? Nació
José Martí en cuna humilde, en La Habana, el 28 de
enero de 1853, en la casa marcada con el n.º 102 de la calle
de Paula. Nació en plena corrupción colonial, cuando
era Cuba mártir, el vertedero de todo lo podrido, el refugio
de todos los estorbos, de todos los hambrientos y desocupados de
España, cuando era nuestra tierra, el criadero de una milicia
viciosa y enfermiza, robada a la Agricultura y a la Industria de
su país; cuando era esta ciudad, jardín de América
hoy, corral blando y holgado de Capitanes Generales infecundos,
logreros e imperiosos; cuando la bandera roja y gualda flotaba sobre
nuestra casa y a su sombra los cubanos estaban condenados a perpetua
cobardía y los españoles autorizados para enriquecerse
y engordar sus vicios insolentes; cuando el criollo moría
en la miseria y el peninsular paseaba satisfecho en el carruaje
comprado con el oro que manaba del crimen; cuando había más
cárceles que escuelas, y el látigo infamante chasqueaba
sobre las espaldas de los hombres de una raza tan necesitada de
justicia como la nuestra; cuando el cubano que no se sometía
a servir de celestino al pisaverde madrileño que lo solicitara,
iba a purgar su osadía en el presidio; cuando el talento
de los nativos dormía echado bajo la bota del déspota
ceñudo, y la capa torera sobre los hombros y la cinta de
hule en el sombrero, eran los únicos pasaportes de honor
y las únicas cédulas de vida, verdaderas. Entonces
nació Martí. Fue su padre don Mariano, español,
y Sargento cumplido del Ejército; y su madre, doña
Leonor Pérez, hija de Canarias. El sábado 12 de febrero
del mismo año en que naciera, fue bautizado en la iglesia
del Santo Ángel Custodio por el presbítero don Tomás
Sala y Figuerola. Al nacer Martí su padre desempeñaba
el cargo de Celador de Policía, o lo que es lo mismo, tenía
título sobrado para matar o encarcelar a los que no creyera
fieles a la madre patria. Pero don Mariano era un hombre
honrado aunque de escasa inteligencia y maneras rudas y despóticas.
Cuando Martí tenía un año de nacido, lo llevaron
a España a donde fueron sus padres a visitar unos parientes.
Cerca de diez meses estuvieron por Valencia, al cabo de los cuales
regresaron a La Habana, continuando don Mariano en el desempeño
de su antiguo destino. Los padres, pues, de Martí, españoles,
lo educaban en el amor a España y en la sumisión más
absoluta a su Gobierno. Y la aspiración más ardiente
de ellos era el ver algún día a su «Pepe»- así
lo llamaban- empleado en la misma faena policiaca que el viejo.
Pero aunque el hombre no viene al mundo hecho, sino que se hace
y se moldea al calor de los acontecimientos, Martí, rebelde
desde niño a freno y reclusiones, fue como esos robles vigorosos
que levantan su copa robusta a pesar de la enredadera que los envuelva
y de los gusanos que lo roan. Verdad que Martí fue un genio,
y los genios como los volcanes traen sus entrañas hechas:
ellos mismos se tejen el amor y se acrisolan la capacidad. Se nace
rey como se nace esclavo, pero quien lo nace no se da cuenta de
ello hasta que no manda y es obedecido, o hasta que no lo mandan
y obedece. Martí, dijérase que trajo al nacer la infinita
comprensión del porvenir. En él se realizó
el milagro: de un huevo de paloma nació un águila;
en el áspero huerto creció el lirio perfumador....
En una escuela
de barrio, de la que contaba él que no podía olvidarse,
porque a su maestro le debía que sus orejas estuvieran más
separadas de la cara que lo regular, aprendió las primeras
letras. De allí salió a los nueve años para
el colegio «San Anacleto», que en aquel entonces dirigía
en esta capital el culto educador Rafael Sixto Casado. Y fue en
este colegio donde comenzó a sobresalir, siendo el primero
en las clases y el ganador de todos los premios; donde comenzó
a mostrar que no era aire lo que traía en la cabeza sino
pensamiento y acción. De esa niñez suya, estudiosa,
contaba Fermín Valdés Domínguez y cuenta todavía
el doctor Eduardo F. Plá, sus condiscípulos dichosos
en las aulas felices, rasgos asombrosos de inteligencia y de carácter.
Y fue de ese colegio de donde su padre, creyéndolo ya bastante
ilustrado lo sacó para emplearlo de Escribiente en la Celaduría.
Y acaso si se hubiera sepultado allí y se hubiera malogrado
el grande hombre, si Francisco Arazoza, un buen amigo de don Mariano,
a espaldas de este, no le hubiera dado dinero para matricularse
en el Instituto de Segunda Enseñanza, y lo hubiera alentado
para que siguiera en sus estudios. Estos los tuvo que abandonar,
empero, meses después, hostigado por el autor de sus días
que no estimaba necesario para desempeñar su empleo, ni para
aspirar al de Celador, saber más de lo que él ya sabía.
Sin embargo, el ansia de ilustrarse lo llevó más tarde,
cuando solo contaba catorce primaveras, al plantel de educación,
«San Pablo», colegio de Segunda Enseñanza que
fundó y dirigió en aquel tiempo, el culto y valiente
poeta Rafael María de Mendive. En él se ganó
el cariño y la estimación de su Director y estrechó
la amistad con Fermín Valdés Domínguez, quien
le abrió su casa acomodada, le prestó sus libros y
le colmó de sincero afecto. De los más dulces tiempos
de su vida fueron esos: y del solaz de ellos, del gozo de ellos,
vino a sacarlo, sacudiéndole las más recónditas
fibras del corazón, el grito de independencia lanzado en
Yara, en la madrugada heroica del 10 de octubre de 1868, por el
varón ilustre, por el caudillo insigne, por Carlos Manuel
de Céspedes. Días después redujeron a prisión,
en el Castillo del Príncipe, a Rafael María de Mendive,
más tarde deportado a Santander: y cuentan que Martí,
ansioso de ver a su amado maestro, se fue al Gobierno, y sin más
recomendación que su persona, consiguió un pase para
poderlo visitar: y allí iba él diariamente, al calabozo
del cubano prisionero, a llevarle el consuelo de su agradecimiento
y su ternura. El toque de clarín de Yara, primero, haciendo
vibrar su joven alma de patriota, la prisión de su viejo
amigo, los sucesos de Villanueva, y otros desmanes y abusos cometidos
por el Gobierno de España en Cuba, fueron seguramente los
que fijaron en su mente la divina idea de libertad y la necesidad
de conquistarla. Fue entonces como su despertar glorioso. Fue entonces
acaso que se juró en secreto a ella y celebró sus
bodas con la patria: fue entonces que recibió esa consagración
del dolor que sublima el alma y señala cumbres desconocidas
al pensamiento....
Cuando Mendive
salió para España a cumplir condena, Martí,
a quien la existencia se le quedó por esa causa como sin
luz y sin guía y sin amparo, empleose, con el fin de ayudar
a su padre, siempre gruñón y descontento de él,
en el escritorio de don Cristóbal Madan, antiguo amigo del
bardo desterrado. A su vez, Martí seguía sus estudios
en el Instituto de Segunda Enseñanza. Y cuentan que en las
horas que mediaban de clase a clase, se reunía un grupo de
estudiantes para hablar de política: y que era siempre Martí,
el que más hablaba y con más entusiasmo, de los problemas
de la patria, y que daba gusto oír de sus labios infantiles,
sentencias y frases hermosas, como de adulto hecho ya a manejar
los tiempos y a crearlos: como de hombre hecho a clamar, a desatar
batallas y a desplegar victorias.... En esa misma época,
y como Domingo Dulce, Capitán General de la Isla, decretara
la libertad de imprenta, comenzó Martí a publicar
en compañía de Valdés Domínguez un periódico
titulado El Diablo Cojuelo, al mismo tiempo que dirigía
La Patria Libre, siendo este último el periódico
donde publicó por vez primera su poema «Abdala»,
canto brioso y fulgurante de levantado espíritu patriótico.
Para él fue un día de júbilo casi celestial,
un día de esos en que el sol parece como que retoza en las
almas, aquel en que vio publicado sus versos. Mas, poco le duró
este contentamiento, pues cuando llegó a su casa mostrando
su producción, los padres, que no estaban de acuerdo con
esos juegos de la fantasía y viriles arranques de cubanismo,
lo castigaron severamente. Otros han tenido los besos de los padres
como el aplauso primero a sus demostraciones de hombría,
de saber y de talento: Martí no; Martí no tuvo en
el hogar más que áspera voz, seca riña, cruel
amenaza, injusta reprensión de la mano como única
recompensa a sus precoces anhelos de gloria y honores....
Y llegó
el momento aciago en que había de sufrir el primer castigo,
en que había de comenzar a descender la cuesta de la vida,
por amar a su patria, ser hombre, y negarse al serrallo. Corría
el año de 1869. Era el 4 de octubre. Acusados por unos voluntarios,
Eusebio Valdés Domínguez, hermano de Fermín,
Manuel Sellén y Atanasio Fortier, del enorme delito
de haberse burlado de ellos al pasar de regreso de una gran parada,
por la casa de la familia de Valdés Domínguez, vinieron,
ya entrada la noche, a prenderlos. Con ese motivo efectuaron un
registro en la casa ya citada, ansiosos, seguramente, aquellos forajidos,
de hallar algo que sancionara la matanza. En el registro llevado
a cabo, encontraron, entre otras cosas, una carta cuyo sobre estaba
todavía sin cerrar, y que habían escrito y firmado
Martí y Fermín Valdés Domínguez, para
mandársela a un condiscípulo de ellos que había
cometido la mala acción de apuntarse como oficial de un regimiento,
siendo criollo, para ir a combatir a sus hermanos que en esos momentos
bregaban y sangraban por conquistar para ellos y para todos, casa
libre y justa. La breve carta, escrita por Martí, estaba
redactada en estos términos: «Señor Carlos de
Castro y de Castro: (así se llamaba el traidor) Compañero:
¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de
los apóstatas? ¿Sabes tú cómo se castigaba
en la antigüedad la apostasía? Esperamos que un discípulo
de Rafael María de Mendive, no dejará sin contestación
esta carta». Este hecho determinó la prisión
de Martí y de Fermín Valdés Domínguez,
siendo ambos juzgados en consejo de guerra. Ante el Tribunal fueron
llamados los dos. Valdés Domínguez, primero, declaró
que él había sido el autor de la carta y de las dos
firmas. Pero cuando Martí fue interrogado, jadeante y como
si llevara en el pecho una montaña, se acercó a los
jueces, y afirmó con enérgica y vibrante voz que él
si era el único y verdadero autor de la carta citada. Y para
corroborar de manera elocuente su aserto, formuló duros ataques
contra la dominación española, su tiránica
política y sus hombres nulos e infames. Este fue el primer
discurso de Martí y la primera demostración pública
de su talento y su carácter irreductibles. Hay hombres que
vienen al mundo como los huracanes y las avalanchas, purificando
y retumbando desde que nacen. Así Martí. Diez y seis
años contaba entonces, «el bozo en flor y el pájaro
en el alma» y España quiso matarlo. El Fiscal pidió
para él la pena última y para Fermín Valdés
Domínguez diez años de presidio. Pero el fallo fue:
seis años de prisión para Martí y uno para
su camarada de infortunios e ideales. Y Martí fue a presidio.
Lo que allí sufrió él, lo dijo en páginas
que todavía gotean sangre, en su folleto «El presidio
político en Cuba» y en el que exclamaba: «Dante
no estuvo en presidio. Si hubiera sentido desplomarse sobre su cerebro
las bóvedas oscuras de aquel tormento de la vida, hubiera
desistido de pintar su infierno. Lo hubiera copiado y lo hubiera
pintado mejor. Si existiera el Dios providente, y lo hubiera visto,
con una mano se habría cubierto el rostro y con la otra habría
hecho rodar al abismo aquella negación de Dios». Y
fue luego deportado a Isla de Pinos y más tarde enviado a
España en calidad de deportado. Para ella embarcó
el 15 de enero de 1871. Momentos antes de salir le escribía
a su benefactor señor Mendive: «De aquí a dos
horas embarco desterrado para España. Mucho he sufrido, pero
tengo la convicción de que he sabido sufrir. Y si he tenido
fuerzas para tanto, y si me siento con fuerzas para ser verdaderamente
un hombre, solo a usted lo debo y de usted y solo de usted es cuanto
de bueno y cariñoso tengo. Diga usted a Micaela que si he
tenido muchas imprudencias, la bondad con que las disculpa me hace
quererla más. Y a Paulina y a Pepe y a Alfredo, y a todos
mi afecto. Muchísimos abrazos a Mario: y de usted toda el
alma de su hijo y discípulo». Así escribía
a su viejo amigo, poco antes de salir para el destierro, poco antes
de abandonar su patria y su hogar y sus libros el mancebo estupendo
que había de ser más tarde el Libertador de su pueblo,
y el que le arrancara su última presa en América a
la hambrienta monarquía española.
A España
llegó Martí, apesadumbrado, pobre, comido de pesar
el corazón. A causa del grillete que había llevado
se le formó un tumor del cual lo operaran dos veces y las
dos sin éxito. Primeramente vivió en Madrid del escaso
producto de unas clases que daba a los niños de don Leandro
Álvarez Torrijo y a los de la Viuda del General Ravenet.
Vivía, como es de suponerse, miserablemente. Viviendo así
se lo encontró, cuando fue deportado a España por
los sucesos del 27 de noviembre de 1871, Fermín Valdés
Domínguez, su amigo, o más bien, su hermano. Y como
Valdés Domínguez llevaba en la bolsa, oro bastante,
se instalaron juntos en amplias habitaciones, bien situadas. Y Martí
comenzó una nueva existencia. Mejoró de salud, se
le animaron los ojos tristes, y de nuevo emprendió sus estudios.
En esa época y no obstante estudiar sin descanso, el tiempo
no le faltaba para escribir folletos, para pronunciar discursos
desde la tribuna de la logia «Armonía», para
hacer versos, y para hablar con sus paisanos de las enfermedades
de la patria y de sus curas posibles y necesarias. Una noche en
que para tratar sobre el asesinato de los Estudiantes de Medicina,
se reunieron los cubanos allí residentes, Martí habló:
y recuerda uno que estuvo en aquella reunión memorable, que
fue su discurso relampagueante, encendido, arrebatador; y recuerda
también, que sucedió esa noche una cosa sobrenatural.
Colgando de la pared, sobre la tribuna, había una mapa de
Cuba, y cuando Martí, lleno del más tierno lirismo
hacía una invocación a su patria llorosa y rodeada
de cadenas, cuando la concurrencia, suspensa de su palabra, temblaba
de emoción, el mapa cayó como una corona sobre su
cabeza. ¡Fue como si su tierra toda entera, respondiera a
su llama miento! Y cuando la proclamación de la República
en España- golondrina fugaz como un suspiro- ,
Martí puso en manos de Estanislao Figueras, un largo escrito
abogando por la independencia de Cuba. Y cuando los federales en
sesión solemne celebrada en la Academia de jurisprudencia,
quisieron hacer declarar a los cubanos de Madrid que se contentaban
con la República federal española, Martí, allí
presente, se opuso a ello, y en un debate que lo mantuvo en pie
siete horas, echó por el suelo esos propósitos. Martí
se opuso también a la creación en Madrid de un Casino
Cubano. Por eso y por otros rasgos más, fue a sus pocos años,
y en plena Corte de España, como el verbo y el alma de su
pueblo atormentado y miserable....
Debido a que
Fermín Valdés Domínguez enfermó gravemente
y los médicos le recomendaron que cambiara de aires, pasaron
Martí y él a Zaragoza en donde apenas llegados, se
ganaron el afecto y la estimación de los hijos de aquel noble
pedazo de España. Los insurrectos los llamaban en
Aragón, pero los llamaban así, sin ira y sin odio.
Martí en Zaragoza lo fue todo, el orador en las reuniones,
el escritor en los periódicos, el poeta siempre. En una velada
organizada para recoger fondos con que aliviar la miseria de las
viudas y huérfanos de los bravos que sucumbieron por defender
el honor que un rey criminal quiso asesinarles, Martí pronunció
una oración bellísima, y el señor Leopoldo
Burón recitó unos versos, también suyos, alusivos
al acto. En Zaragoza obtuvo Martí, el grado de doctor en
Derecho a título de suficiencia, y el de doctor en Filosofía
y Letras, a pesar de la marcada oposición del claustro de
aquella Universidad carlista. Así, a puro esfuerzo, entre
flaquezas e impulsos, entre dentelladas y sonrisas, sin morder el
mérito ajeno, caminando siempre del lado de los pobres, y
sin andar de pedigüeño por entre bastidores y escaleras,
se hizo hombre, ¡grande hombre!, el niño bondadoso
del hogar infeliz, el sufrido presidiario de las canteras de Medina,
el joven enfermizo y desterrado de la península ibera, nuestro
José Martí....
Y con sus títulos
de Abogado y doctor en Filosofía y Letras, dejó la
nación hispana, en 1873, y se fue a visitar a París,
Londres y otras importantes ciudades de Europa, siguiendo luego
viaje a México, en donde le esperaban, ansiosos de abrazarlos,
sus padres y hermanas. En México, tierra ancha y generosa
en la que los cubanos han hallado siempre alegría y calor
de propio hogar, lo recibieron con marcadas demostraciones de aprecio.
A poco de estar Martí entre los mexicanos, era altamente
conocido y admirado como periodista, profesor, dramaturgo, orador
y poeta. Durante los cuatro años que en esa República
permaneció, fue Director de La Revista Universal,
la cual se escribía a veces desde el fondo hasta las gacetillas;
conferencista en el Liceo Hidalgo y en otras Sociedades;
autor dramático en los principales teatros. Los trabajadores
de Chihuahua lo nombraron Diputado al Congreso de Obreros y el Gobierno
lo colmó de atenciones a cada instante. Martí, sin
el grande amor por su patria, hubiera sido en México, como
en cualquier otro país, conductor de conciencias. Pero la
estrella heráldica que lo llevó a morir entre el humo
y el fragor de la metralla, le seguía como un lamento y como
el grito de una madre: de ahí que ese hombre que pudo ser
monte coronado de flores, viviera por mucho tiempo, errante y vagabundo,
sin plantar su tienda, fija la mirada en la isla hermosa, donde
no había justicia sin soborno, ni honor sin castigo, ni pan
sin mancha.
En México,
trémulo de femenil pasión y llena el alma como siempre,
del ansia de morir a caballo, peleando por su país, escribió
él, aquella composición suya, titulada «Patria
y mujer»; composición que expresa bien, la grandeza
de su alma, arrullada por suspiros de amor y agitada por gritos
desesperados de deber. Lleno de ternura el corazón y poblada
la mente de trágicas visiones, escribió sin duda esa
valiente poesía de la que yo recuerdo estas estrofas:
«Otra
vez en mi vida el importuno
suspiro del amor, cual si cupiera,
triste la patria, pensamiento alguno
que al patrio suelo en lágrimas no fuera.
.........................................
»Y
¿con qué corazón, mujer sencilla,
esperas tú que mi dolor te quiera?
Podrá encender tu beso mi mejilla,
pero lejos de aquí, mi alma me espera.
.........................................
»Miente
mi labio si se acerca al tuyo,
mienten mis ojos si de amor te miran;
de mujeril amor mis fuerzas huyo:
en incorpórea agitación se inspiran.
»Amo
yo más el árbol que sombrea
la tumba incierta del guerrero hermano,
que ese nido de perlas que hermosea
blonda más débil que tu amor liviano.
.........................................
»Sus
cuerdas una la robusta lira,
y el corazón sus átomos perdidos:
a un solo amor mi corazón aspira,
para un solo guarda latidos.
.........................................
»Este
cuerpo gentil rebosa vida,
y cada árbol allá cobija un muerto:
a todo goce esta mujer convida,
a toda soledad aquel desierto.
.........................................
»No
habla de amor mi corazón que late:
cuando en mi corazón hay un latido,
es que me anuncia que en algún combate
un héroe de la patria ha perecido».
.........................................
De la tierra
del padre Hidalgo, el cura heroico, pasó a principios de
1877, a Guatemala, deteniéndose antes en La Habana, a recoger
unas cartas de presentación para distintas personalidades
del Gobierno de aquella República. Allí, apenas sacudido
el polvo del camino, fue nombrado Catedrático de Derecho
Político, y Director de la Revista Guatemalteca. Allí
escribió, a petición del Gobierno, un drama histórico
en cuatro actos y en versos, y también allí, una angelical
alma de niña, sintió por él la más purísima
de las pasiones. Era una distinguida señorita, hija de un
General ilustre de aquel país, que lo amó locamente.
Y dicen que Martí sufría como de un crimen, al tener
que mostrarse indiferente ante aquel amor primaveral. Pero él
cuando fue a Guatemala, ya estaba comprometido en México
con Carmen Zayas Bazán, a quien hizo luego su esposa y es
hoy su viuda respetada: por eso no amó Martí aquella
criatura tan tierna y talentosa. Martí salió a México
de nuevo a contraer matrimonio, y volvió casado a Guatemala.
Y dicen que la pobre enamorada murió entonces de dolor, del
dulce mal de sentir demasiado las ingratitudes de la vida. Martí,
años después, pensando sin duda en esa historia romántica
que estremeció su existencia, escribió estos divinos
versos de ternura y melancolía:
«Quiero
a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.
»Eran
de lirio los ramos,
y las orlas de reseda
y de jazmín: la enterramos
en una caja de seda....
»Ella
dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado:
ella se murió de amor.
»Iban
cargándola en andas
Obispos y Embajadores:
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores
»...Ella,
por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador:
él volvió con su mujer;
ella se murió de amor.
»Como
de bronce candente
al beso de despedida
era su frente, ¡la frente
que más he amado en mi vida!
»...Se
entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío:
yo sé que murió de amor.
»Allí,
en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.
»Callado,
al oscurecer,
me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor!».
Otras pasiones
inspiró Martí, a otras mujeres, pero acaso ninguna
tan pura y tan hermosa como esa que inspiró a la niña
de Guatemala, la de las manos de lirios y la frente purísima:
luz y música hecha carne.... Y cuando de orden del señor
Ministro de la Guerra se le quitó la dirección de
la Escuela Normal de aquel país, a su amigo y paisano José
María Izaguirre, renunció puestos y honores y vino
a Cuba, ya firmada la paz del Zanjón, en 1878. La Habana
lo recibió afectuosamente. Primero se puso a trabajar como
abogado, aunque sin jurar su título, en los bufetes de don
Nicolás Azcárate y Miguel Viondi, dándose luego
a conocer de sus paisanos como orador, en notables discursos y conferencias
pronunciadas en el Liceo de Guanabacoa, y en un brindis que hizo
en un banquete celebrado en honor del genial periodista Adolfo Márquez
Sterling. Cuatro fueron las veces que habló Martí
en el Liceo de Guanabacoa. La primera sobre el realismo en el Arte;
la segunda sobre su amigo, el poeta Alfredo Torroella, en que arrancó
lágrimas; la tercera sobre los dramas de don José
Echegaray, y la cuarta, sobre el insigne violinista Díaz
Albertini. A esta última asistió el General Blanco,
Capitán General de la Isla entonces, y notables personalidades
cubanas y peninsulares. Y dice Miguel Viondi que Martí habló
de tal manera, de patria y libertad, que el General Blanco se retiró
de la fiesta diciendo al señor Azcárate: «quiero
no recordar lo que yo he oído y que no concebí nunca
se dijera delante de mí, representante del Gobierno Español:
voy a pensar que Martí es un loco...». Y añadió:
«pero un loco peligroso». A pesar del trabajo excesivo
y de su dedicación a la literatura, Martí no dejó
un día de conspirar desde que llegó a La Habana. Su
casa era un centro de conspiración y un templo de arte: allí
se reunían tan pronto, hombres de armas y acción,
para hablar de guerra, como se reunían hombres de saber y
pensamiento para hablar de «suspiros y risas, colores y notas».
Más tarde, el mismo general Blanco, creyéndolo- como
era la verdad- complicado en aquel conato de revolución
de 1879, le pidió que hiciera pública protesta de
adhesión al Gobierno de España, a lo que él
indignado contestó: «Martí no es de la raza
de los vendibles». Y fue nuevamente deportado a España,
de donde se fugó al poco tiempo, pasando a París y
de allí a New York, lugar en que siguió conspirando,
conspiración que culminó con aquel desembarco en Cuba
de Calixto García, el glorioso General de la frente horadada.
Y cuando él vio el fracaso de aquella intentona y palpó
la dolorosa realidad, se fue a Caracas, la ciudad de Bolívar,
y allí agrupó en torno suyo numerosos admiradores
y amigos. En Caracas dio clases de oratoria a una juventud valiosa.
Varias veces a la semana y por espacio de dos horas, vibró
su voz elocuente en mitad de sus alumnos que lo escuchaban maravillados.
Y consignó uno de aquellos, que «en una de las sesiones
oratorias, le sirvió de tema el pueblo de Israel, y con lenguaje
expresivo y sublime enarró las maravillas de aquel pueblo
excepcional»: que no era posible decir cosas más hermosas
y poéticas, pero «que cuando el orador se consideró
en la cumbre del monte Nebo y presentó al pueblo israelita
y a Moisés contemplando la tierra prometida, su elocuencia
fue nueva, sorprendente, y lo sublime parecía poco ante aquel
espíritu transfigurado por el pudor cuasi divino de las ideas».
Fue en Venezuela que dijo, hablando de la independencia de América:
«El poema de 1810 está incompleto y yo quise escribir
su última estrofa». Luego Martí, no pudiendo
amoldarse a las exigencias del Gobierno de aquella República,
del cual era entonces Presidente el general Guzmán Blanco,
salió de allí, despidiéndose en una carta bellísima
de los venezolanos que amó. A esa carta pertenece este párrafo:
«Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra; vehementemente
pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus
esperanzas plácemes; sus penas, angustias; cuando se tienen
los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajero
en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones
fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades
de la vida. De América soy hijo: a ella me debo. Y de la
América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación
urgente me consagro, esta es la cuna; ni hay para labios dulces
copa amarga ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de
su cuna reniegan sus hijos fieles. Deme Venezuela en qué
servirla: ella tiene en mí un hijo». De Venezuela pasó,
de nuevo, llena el alma de tristezas y emociones viriles, a la Babel
moderna de los rubios mocetones y las nevadas inclementes: a New
York, a esa ciudad de las ansias, de las regatas, de los afanes,
de las prisas, a ese horno colosal donde se sazona el egoísmo
y se pierden entre espirales de humo y ruidos de maquinarias, los
besos y las lágrimas....
Triste, apesadumbrado,
como un náufrago que después de clamar en vano en
la noche vacía y negra, arriba a playa desconocida, así
llegó Martí nuevamente a New York. Pero tuvo un consuelo,
una medicina que de los más graves males cura al hombre:
las ternuras y cuida dos de su esposa que allí lo esperaba
y los besos de su amado chiquitín, el hoy coronel de nuestro
Ejército. Sacudió sus lágrimas calladas, escondió
sus penas hondas, y comenzó a trabajar en la tierra hostil
y ajena. El conocer a los hombres, tanto como los conocía,
lo hizo superior a todas las pasiones: de ahí que pudo, entre
gentes que miden, que desdeñan, que empujan, que desprecian,
que viven con el apetito desmesuradamente abierto, pasear su amable
cultura y oceánica bondad, y sacar a puerto y con honra,
su divina existencia. Veamos cómo se abrió paso en
el pueblo áspero y extraño. No era él de los
soberbios que se impacientan porque no le conocen el talento, aprisa,
ni de los pobres de espíritu que porque los visite el dolor,
languidecen y desmayan o se despedazan el cráneo; sino de
los de enérgica voluntad y firme intento: de los que vencen.
Las alturas se han hecho para subirlas: en lo más elevado
de ellas, crece, casi siempre, el laurel que da sombra a toda la
vida. Él lo sabía, y se sentía con la fuerza
inquieta y seductora de los que poseen la capacidad de mirar desde
lo alto. Martí fue en New York, y en el período de
diez años, dependiente de una casa de comercio en la cual
llevaba los libros de contabilidad y contestaba la correspondencia;
redactor de El Sun, el gran diario americano; corresponsal
de varios periódicos de la América Latina, para los
cuales escribía kilométricas epístolas, verdaderos
estudios filosóficos y literarios de asuntos y hombres de
los Estados Unidos; traductor de la casa editora «Appleton»;
redactor de La América, y el Economista Americano,
Director de La Edad de Oro, revista exclusivamente para niños,
a los que amaba entrañablemente; profesor en «La Liga»,
la Sociedad de los necesitados de cariño y hambrientos de
sabiduría; representante de tres naciones, Uruguay, Paraguay
y la Argentina, en la gran plaza norteamericana; y alma en pie siempre,
para responder a todo llamamiento cubano, bien fuera para remediar
miserias o para mitigar dolores. Jamás pasó una fiesta
del patriotismo, de recordación gloriosa, sin que él
tomara parte. Año tras año, cada diez de octubre,
aniversario glorioso de aquel día sublime, Martí dejaba
oír su pintoresco, brillante y enérgico lenguaje,
«flores tristes y lanzas enlutadas» que él depositaba
a los pies de los héroes muertos. En el sudor y la fatiga
del trabajo vivía, pero consagrado a Cuba, a desenterrar
su epopeya de luz y a añadirle y hacerla entender, a los
que parecían no querer entenderla: y a la América
nuestra entera, a su América enferma. En 1883, invitado para
tomar parte en la grandiosa fiesta con que los representantes de
las Repúblicas latinoamericanas, en New York, habían
de conmemorar el Centenario del nacimiento de Bolívar, Martí
asistió a ella, y habló y derramó a raudales,
en legiones de primorosas frases, los productos de su genio. Y terminó
con estas palabras: «¡Brindo por los pueblos libres
y por los pueblos tristes!» ¡Siempre pensando en Cuba!
En la «Sociedad Literaria Hispano Americana», de la
cual era Presidente, el alma toda, fueron innumerables las veces
que hizo Martí resonar su palabra portentosa. Allí
Martí habló sobre México, sobre Centro América,
sobre Venezuela, sobre Bolívar. Hablando de Bolívar
dijo, entre otras muchas cosas grandilocuentes: «¡Oh
no! En calma no se puede hablar de aquel que no vivió jamás
en ella: ¡de Bolívar se puede hablar con una montaña
por tribuna, o entre relámpagos y rayos, o con un manojo
de pueblos libres en el puño y la tiranía descabezada
a los pies!». Sobre Espadero habló, el de «El
Canto del Esclavo», «el que aprisionó en sus
notas, como en red de cristal fino, los espíritus dolientes,
que velan y demandan desde el éter fulguroso y trémulo
del cielo americano»; sobre Heredia, nuestro gran Heredia:
y donde al hablar de ese divino poeta, tuvo un arranque de patriótico
ardimiento en que exclamó: «Si entre los cubanos vivos
no hay tropa bastante para el honor ¿qué hacen en
la playa los caracoles que no llaman a guerra a los indios muertos?
¿Qué hacen las palmas que gimen estériles en
vez de mandar? ¿Qué hacen los montes que no se juntan
faldas contra faldas, y cierran el paso a los que persiguen, a los
héroes?». Y siempre, y en todos los casos, la patria
salía por sus labios a relucir, altiva y llorosa, como una
tórtola gemidora que abrigara un cóndor bravío....
Pero injustos
o malvados- que siempre ha de haber injustos o malvados cerca
de todo grande hombre- , lo tacharon una vez de mal cubano,
en 1885, cuando él se opuso a los trabajos emprendidos por
algunos jefes de la revolución del 68 para llevar una guerra
nueva a Cuba, por creerla incompleta y parcial, y por estimar que
con ella solo se lograría alarmar y ensangrentar inútilmente
el país, en vez de asegurarle su entusiasmo y confianza para
cuando se pudiera llevar a la isla la guerra pujante, digna y definitiva.
De una carta en que hacía referencia a su oposición
a ese movimiento revolucionario y al silencio en que se mantuvo
por un espacio de tiempo, es este párrafo: «Crear una
rebelión de palabras en momentos en que todo silencio sería
poco para la acción, y toda la acción es poca, ni
me hubiera parecido digno de mí, ni mi pueblo sensato lo
hubiera soportado. Ya yo me preparaba a emprender camino ¡quién
sabe a qué y hasta dónde!, en servicio activo de una
empresa, y cuando creí que el patriotismo me vedaba emprenderlo,
¡qué tristeza, qué tristeza moral de la que
nunca podré ya reponerme! ¿Cómo serviré
yo mejor a mi tierra? me pregunte: Yo jamás me pregunto otra
cosa; y me respondí de esta manera: Ahogando todos tus ímpetus;
sacrifica las esperanzas de toda tu vida; hazte a un lado en esta
hora posible del triunfo, antes de autorizar lo que creas funesto;
mantente atado, en esta hora de obrar, antes de obrar mal, antes
de servir mal a tu tierra so pretexto de servirla bien. Y sin oponerme
a los planes de nadie, ni levantar yo planes por mí mismo,
me he quedado en el silencio, significando con él que no
se debe poner mano sobre la paz y la vida de un pueblo sino con
un espíritu de generosidad, casi divino, en que los que se
sacrifican por él, garanticen de antemano, con actos y palabras,
el explícito intento de poner la tierra que se liberta en
manos de sus hijos, en vez de poner como harán los malvados,
sus propias manos, en ella, so capa de triunfadores. La independencia
de un pueblo consiste en el respeto que los deberes públicos
demuestre a cada uno de sus hijos. En la hora de la victoria solo
fructifican las semillas que se siembran en la hora de la guerra.
Un pueblo antes de ser llamado a guerra tiene que saber tras de
qué va, y adónde va, y qué le ha de venir después.
Tan ultrajados hemos vivido los cubanos, que en mí es locura
el deseo, y roca la determinación de ver guiadas las cosas
de mi tierra de manera que se respete como a persona sagrada la
persona de cada cubano, y se reconozca que en las cosas del país
no hay más voluntad que la que exprese el país, ni
ha de pensarse en más interés que en el suyo».
Una noche de conmemoración gloriosa, en ese tiempo, al ir
a ocupar Martí la tribuna, el auditorio pidió con
marcadas muestras de hostilidad, que hablara otro antes que él,
otro que era patriota. Y Martí tomó asiento
y escuchó tranquilo, de labios pálidos de cólera,
alusiones injustas; y cuando fue a la tribuna él, y el público
esperaba que se desatara en denuestos, que vaciara su ira sobre
cuantos le eran contrarios, fueron sus palabras como voces de perdón.
Sus palabras llevaban el desquite: parecía como si con un
manojo de lirios azotara las frentes de los pecadores: sus anatemas
eran alfileres con alas.... Esa noche triunfó y ya más
nunca dejó de ser el triunfador. En todo demostraba Martí
las extraordinarias condiciones que lo sacaron por encima de los
demás hombres... ¿No lo dijo él? «Si
los hombres nutren con sus manos prácticas lo que tienen
de fieras, yo haré con las mías por nutrirles lo que
tienen de palomas». Y así era, ministerio purísimo
de amor y de ternura, brazos de par en par abiertos para todos los
hombres....
Fue en ese tiempo,
durante esos años, que Martí mostró con más
pujanza la largueza de sus conocimientos y la infinita anchura de
su genio. Filósofo, poeta, economista, diplomático,
políglota, periodista, orador, legista, estadista, de todo
se mostró Martí entonces, en aquel hervidero de pasiones
e intereses. Allí se le veía tan pronto en la tribuna,
predicando, como se le veía en el periódico, en el
informe, en la revista literaria, en la traducción, en el
libro de versos. Allí publicó él su Ismaelillo,
un primoroso y pequeño volumen de composiciones breves; en
las que su alma de padre, salta y brinca y chispea, entre los cabellos
rubios y los pies ligeros de su hijo. Y también Versos
sencillos, en el que cada estrofa, responde a un estado de espíritu,
y en el que como él decía: «a veces ruge el
mar, y revienta la ola, en la noche negra, contra la roca del castillo
ensangrentado; y a veces susurra la abeja, merodeando entre las
flores».
De Ismaelillo
es este primoroso juguete:
Sé de brazos robustos,
blandos, fragantes;
y sé que cuando envuelven
el cuello frágil,
mi cuerpo, como rosa
besada, se abre,
y en su propio perfume
lánguido exhálase.
Ricas en sangre nueva
las sienes laten;
mueven las rojas plumas
internas aves;
sobre la piel, curtida
de humanos aires,
mariposas inquietas
sus alas baten;
¡savia de rosa enciende
las muertas carnes!
Y yo doy los redondos
brazos fragantes,
por dos brazos menudos
que halarme saben,
y a mi pálido cuello
recios colgarse,
y de místicos lirios
collar labrarme.
¡Lejos de mí por siempre
brazos fragantes!
Y este otro:
Por las mañanas
mi pequeñuelo
me despertaba
con un gran beso.
Puesto a horcajadas
sobre mi pecho,
bridas forjaba
con mis cabellos.
Ebrio él de gozo,
de gozo yo ebrio,
me espoleaba
mi caballero:
¡qué suave espuela
sus dos pies frescos!
¡Cómo reía
mi jinetuelo!
¡Y
yo besaba
sus pies pequeños,
dos pies que caben
en solo un beso!
Y este, que
es como un suspiro hondo:
Qué me das ¿Chipre?
Yo no lo quiero:
ni rey de bolsa
ni posaderos
tienen del vino
que yo deseo;
ni es de cristales
de cristaleros
la dulce copa
en que lo bebo.
Mas está ausente
ni despensero,
y de otro vino
yo nunca bebo.
Y estas estrofas
sueltas cogidas al azar de los Versos sencillos:
Yo sé bien que cuando el mundo
cede, lívido, al descanso,
sobre el silencio profundo
murmura el arroyo manso.
Con los pobres de la tierra
quiero yo mi suerte echar:
el arroyo de la sierra
me complace más que el mar.
Busca el Obispo de España
pilares para su altar:
¡en mi templo, en la montaña,
el álamo es el altar!
Si ves un monte de espumas
es mi verso lo que ves:
mi verso es un monte, y es
un abanico de plumas.
Amo la tierra florida,
musulmana o española
donde rompió su corola
la poca flor de mi vida.
¡Arpa
soy, salterio soy
donde vibra el Universo;
vengo del sol, y al soy voy;
soy el amor: soy el verso!
No me pongan en lo oscuro
a morir como un traidor:
¡yo soy bueno, y como bueno
moriré de cara al sol!
Hay montes, y hay que subir
los montes altos: ¡después
veremos alma, quién es
quién te me ha puesto a morir!
Cultivo una rosa blanca,
en julio como en enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni oruga cultivo:
cultivo la rosa blanca.
Yo quiero cuando me muera,
sin patria, pero sin amo,
tener en mi tumba un ramo
de flores y una bandera.
Y cuando el
destino le ofrecía el goce de una existencia bella, sosegada,
cómoda; cuando su talento reconocido y su grandeza de espíritu,
le daban asiento firme entre los que ya podían echarse a
descansar, formó con su vida una flor, y la puso a los pies
de la patria. Era el año 1891, y era el mes de octubre. Anunciado
que en una velada, patrocinada por el club «Los Independientes»
de New York, que había de celebrarse en recordación
de los héroes del 10 de octubre de 1868, tomaría parte
principal Martí, quien desempeñaba el cargo de Cónsul
General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, el
Ministro de España protestó ante los respectivos Gobiernos,
y él, con un desprendimiento asombroso, renunció a
sus cargos diciendo: «¡Antes que todo cubano!».
Hay hombres que suben, como suben las zarzas y las piedras que tienen
en su cúspide las montañas: otros son montañas
y las coronan flores y las visitan víboras. Martí
fue de esos. Hombre montaña desde la cual se puede ver pasar
hoy y se verá mejor, a medida que los años vayan limándola,
toda el alma compleja y revuelta de esa época de creación
y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba, hizo
resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que había
cubanos. Martí, si perdió con ese acto, el gusto y
el regalo de su vida, ganó en prestigio entre sus compatriotas,
para los cuales fue desde entonces, antorcha encendida de patriotismo,
brazo infatigable, el pensamiento a caballo como lo llamó
un ilustre hombre americano, el altar más hermoso y más
puro de las libertades cubanas.
Martí
supo conquistar gloria: y cuando la conquistó, no la puso
a precio en mercadería, ni se puso a vivir de ella en ocio
cobarde, sino que se consagró a sembrar con sus manos, la
buena semilla republicana entre sus compatriotas emigrados.... Así,
cuando días después de este hermoso hecho, fue invitado
por el Presidente del Club «Ignacio Agramonte» de Tampa- la
ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanos proscriptos- para
que tomara participación en una fiesta político-literaria
que dicho Club había de celebrar, él respondió
aceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de
1891, a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arribó
jubiloso a la estación, henchida de cabezas, de aquel pueblo
de hombres libres que lo amaba ya sin conocerlo y que fue, por el
sino misterioso de las cosas, cuna de la gloriosa revolución
del 95 que sacó a la vida libre nuestra nacionalidad. A la
siguiente noche, día 26, Martí dejó oír
su palabra sedosa y centelleante en aquel Liceo histórico,
que yo añoro ahora entristecido, y me veo niño, llena
el alma de ilusiones, escuchando exaltado al pie de la tribuna,
los tiernísimos acentos de su voz incomparable. Lo que allí
dijo Martí no hay frases que lo abarquen. «Por Cuba
y para Cuba» tituló él su discurso, y por ella
y para ella fue cuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora,
expresó. Su discurso fue todo amor, todo esperanza, todo
verdad. Señaló todos los males que podrían
la tierra de sus amores, los escollos con que se había de
tropezar y la manera de vencerlos. Habló de los egoístas
y los miedosos y los críticos que siempre le salen al encuentro
a toda obra cuando esta se halla en los sudores de la creación,
y dijo: «¿Pero qué le hemos de hacer? ¡Sin
los gusanos que fabrican la tierra no podrían hacerse palacios
suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa al codo como
entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo, aunque
no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta;
es fango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego
sus joyas maravillosas; de lo fétido de la vida, saca almíbar
la fruta y colores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla
del seno maternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y
las fuerzas magníficas y corrientes de fuego que en el horno
del sol se precipitan y confunden, no parecen de lejos, a los ojos
humanos sino manchas!». Hablando de los peligros que podían
hacer desfallecer y cejar al cubano en su afán de libertad,
decía entre otras cosas: «¿O nos ha de echar
atrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado
por gente impura que está a paga del Gobierno español,
el miedo a andar descalzo, que es un modo de andar ya, muy común
en Cuba, porque entre los ladrones y los que los ayudan, ya no tiene
en Cuba zapatos más que los cómplices y los ladrones?».
Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cariño al escucharlo,
y el alma de todos, como una marejada, lo envolvió y llenó
de una titánica alegría. ¡Él vio sin
duda en aquella noche radiosa, en aquella noche memorable, al terminar
su oración, a su pobre patria llorosa, entre convites y villanías,
de barragana y flor marchita por el mundo, y vio también,
alucinado por el estruendo de los aplausos y los vítores,
a caballo el ejército de la Libertad, echándose sobre
los palacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana,
símbolos de la secular dominación de España....
A la siguiente
noche, 27 de noviembre, habló sobre el asesinato de los estudiantes
del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no se secará
nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y el 28 del mismo
mes, salió de nuevo para New York, en donde a los pocos días
recibió un ejemplar del periódico El Yara,
de Cayo Hueso, que dirigía el irreductible cubano José
Dolores Poyo, y en el que se expresaba vivamente el deseo de que
les hiciera una visita. Con este motivo, Martí le escribió
el 25 de diciembre del mismo año, una carta a Poyo, en la
que le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar
a los cubanos del peñón rebelde. En esa carta le decía
entre otras cosas: «¿Pero cómo ir al Cayo de
mi propia voluntad como pedigüeño de fama que va a buscarse
amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en mí,
es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que
sus hermanos pudieran caer en la política engañosa
y autoritaria de las malas Repúblicas? Es tan dulce obedecer
el mandato de los compatriotas, como es indecoroso solicitarlo.
Es mi sueño que cada cubano sea hombre político enteramente
libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, y obre en todos
sus actos, por su simpatía juiciosa y su elección
independiente, sin que le venga de fuera de sí, el influjo
dañino de algún interés disimulado. Pues aunque
se muera uno del deseo de entrar en la casa querida, ¿qué
derecho tiene a presentarse de huésped intimo, a donde no
lo llaman? Mejor pasar por seco- aunque se esté saliendo
de cariño tierno el corazón- , que pasar por
lisonjeador, o buscador, o entrometido, que faltar con una visita
meramente personal al respeto que debo a la independencia y libre
creación de los cubanos. Pero mándenme, y ya verán
cuán viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras».
En Cayo Hueso hubo indecisión sobre si debía o no
llamársele. Pero por fin, y por acuerdo del Club «Patria
y Libertad», se le llamó. Martí salió
enseguida para Cayo Hueso, siendo acompañado en su viaje,
desde Tampa, por representantes de los Clubs «Ignacio Agramonte»,
y «La Liga Patriótica». El 25 de diciembre llegó,
mal de salud, al Cayo. No obstante, habló varias ocasiones,
arrebatando al auditorio, hasta que ya, verdaderamente enfermo,
le prohibieron los médicos que saliera de su habitación.
En cama estuvo doce días, al cabo de los cuales, un tanto
restablecido, se levantó y visitó, uno por uno, todos
los talleres, predicando la fe patriótica. Más tarde,
en una reunión a que citó y a la que asistieron varios
jefes de la guerra del 68, se expuso la idea de organizar bajo una
sola, bandera a los cubanos emigrados. Martí recogió
esa idea y redactó entonces, ese monumento de amor y de concordia
que se llama: «Bases del Partido Revolucionario Cubano».
De regreso de Cayo Hueso pasó por Tampa, siendo aprobadas
en esta ciudad las referidas bases, siguiendo a New York, en donde
lo esperaba un gran pesar: la carta denostadora que el General Enrique
Collazo, por error o ceguedad del momento, le escribiera desde La
Habana, y que firmaron con él, otras distinguidas personalidades
de la revolución. A esa carta contestó Martí
con otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara
en su corriente la hoja de una espada. Refiriéndose a los
ataques personales que se le hicieron escribió: «Y
ahora señor Collazo, ¿qué le diré de
mi persona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare
más que ella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir
que la abone. Defiéndame mi vida. Queme usted la lengua señor
Collazo, a quien le haya dicho que serví yo a la madre patria.
Queme usted la lengua a quien le haya dicho que serví de
algún modo, o pedí puesto alguno, al partido liberal.
Creo señor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conocí
la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto
a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta
el valor necesario para morir en su defensa». Este incidente
quedó satisfactoriamente arreglado para ambos servidores
de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo, y reliquia viva
el otro, escapada al peligro del naufragio y de la muerte....
A la sazón,
por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadas las
«Bases del Partido Revolucionario Cubano»: y el diario
de abril de 1892- aniversario de aquel otro 10 de abril de
Guáimaro- , quedó proclamado este y nombrado
Martí, por el cómputo de votos de todos los emigrados,
Delegado, cargo que llevaba en sí la suprema dirección
de los trabajos de esa gigantesca corporación, que fue casa,
tribuna y trinchera de las libertades cubanas en el exterior....
Desde el momento
en que asumió Martí ese cargo, comenzó la labor
más extraordinaria que pueda imaginarse la mente humana.
De New York, pasó a Costa Rica, a entrevistarse con los generales
Antonio y José Maceo, y Flor Crombet, de los cuales tuvo
la aprobación más calurosa por los trabajos emprendidos.
En Costa Rica habló y fundó Clubs, pasando luego por
segunda vez a México en donde despertó el entusiasmo
patriótico de los cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le
dirigió una carta al general Máximo Gómez,
invitándolo a que aceptara la investidura de encargado supremo
del ramo de la guerra, a que «ayudara a organizar dentro y
fuera de la isla, el Ejército Libertador que había
de poner a Cuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar
con métodos ejecutivos y espíritu republicano su deseo
manifiesto y legítimo de independencia». En dicha carta
invitaba al generalísimo, a ese nuevo sacrificio, en momentos
en que no tenía más remuneración que ofrecerle- según
sus palabras- «que el placer del sacrificio y la ingratitud
probable de los hombres»; invitación a la que el general
Gómez contestó aceptando, en noble y generosa carta,
y a la que Martí correspondió, yendo a visitarlo en
Santo Domingo, la República hermana por la gloria y el martirio.
De Santo Domingo emprendió Martí una excursión
por todos los pueblos de la Unión Americana y algunos de
América Latina, volviendo a New York. Allí su vida
era un vértigo. Se escribía Patria, el periódico
que fundó, junto con el «Partido Revolucionario»,
contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs, escribía
artículos de propaganda, en inglés, para periódicos
de Filadelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relámpagos
parecía tener aquel hombre por músculos, tal era la
prisa en que vivía. Increíble parece que aquel cuerpo
flaco y endeble, encerrara dentro de sí espíritu tan
gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias de
ala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar
el dolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad
y para echarse todo entero en el cáliz de un jazmín....
En 1893, la
intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud. Pero
no por eso se echó como débil mujerzuela a llorar
tristezas, sino que después de publicar un manifiesto de
levantado espíritu patriótico, continuó, con
más bríos si cabe, la tarea enorme de hacer patria,
tarea que fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara,
a través de su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno
de los cristianos. Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra
evidente de la inquietud que ya reinaba en la isla mártir,
los pronunciamientos de Lajas y Ranchuelo, en 1894, lo magullaron
hondamente. Pero, incansable, a cada golpe se levantaba más
potente. A fines de ese mismo año fue que, teniéndolo
ya todo dispuesto para la lucha, escribió a Eduardo H. Gato,
el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidiéndole
$5000 y otra a José María Izaguirre, cubano rico de
New Orleans, pidiéndole cantidad parecida. De la carta a
Gato son estas frases: «Todo minuto me es preciso para ajustar
la obra de afuera con la del país. ¿Y me habré
de echar por esas calles, despedazado y con náuseas de muerte,
vendiendo con mis súplicas desesperadas nuestra hora de secreto,
cuando usted con este gran favor, puede darme el medio de bastar
a todo con holgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?».
«Si le escribo más me parece que le ofendo. Usted es
hombre capaz de grandeza: esta es su ocasión. ¿Le
prestaría a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme una
razón más de tener orgullo de ser cubano». Y
de la carta a Izaguirre este es el final: «¿Me lastimará
usted mi fe? ¿Y en vano habré salido su fiador? Porque
lo garanticé desde el principio como si hubiéramos
hablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. ¿No
me la da su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que
me quiera por haber tenido esta certeza de usted, no en la hora
de la gloria, sino en la del sacrificio. Yo voy a morir, si es que
en mí queda ya mucho de vivo. Me matarán de bala,
o de maldades. Pero me queda el placer de que hombres como usted
me hayan amado. No sé decirle adiós. Sírvame
como si nunca más debiera volverme a ver». Y esos cubanos
respondieron mandándole lo que él les pedía.
¡Y cómo no! ¿Se podía negar, se podía
decir que no, a quien pedía de ese modo, resplandeciente
de limpieza y de angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa
definitiva, recorrió por última vez las emigraciones,
y cuando se detuvo en un puerto de la Florida, en enero de 1895,
ya todo lo tenía preparado para caer sobre su tierra a bandera
desplegada. Tres barcos, «Amadís», «Lagonda»
y «Baracoa», cargados de armas y pertrechos ya estaban
para salir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad,
los detuvieron. La traición de un miserable, que estará
mientras viva, libre de todo, menos del remordimiento, vendió
su poderoso plan. Entonces sí que sufrió Martí
lo indecible. Imagínenselo triste, rabioso, colérico- ¡colérico
él, Dios mío!- viendo acaso en el espanto y horror
de sus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria
como un sudario de muerte, y sobre su corazón como una mano
de hierro....
Perseguido por
los Agentes españoles salió de Fernandina y llegó
a New York. Allí le volvió la vida: ¡podía
salvar parte de las armas apresadas! Y el 29 de enero escribió
la orden de levantamiento para los jefes de la revolución
en Cuba, y el 31 salió en compañía de los generales
María Rodríguez y Collazo para Santo Domingo, con
el fin de unirse allí con Máximo Gómez. Se
detuvo en Cabo Haitiano, en donde pasó varias semanas de
verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes. Allí
fue a moverle con furia, el espíritu, la noticia del levantamiento
del 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba,
cumpliendo órdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto
lo animó y desesperó más. Después de
ese momento ni el sueño ni el descanso le hicieron falta:
vivía en una constante actividad. Así vio pasar todo
el mes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las
playas amadas, donde ya se moría como él sabría
morir. El 25 de marzo, ya en vísperas de viaje, en el pórtico
del gran deber, le escribió a su amigo, el dominicano
y poeta y escritor, Federico Henríquez Carvajal, una carta
que alguien ha llamado su testamento político, y de la cual
vienen a mi mente estos conceptos que debía grabar todo cubano
en lo más puro y bueno de sus entrañas: «Yo
evoqué la guerra: mi responsabilidad comienza con ella, en
vez de acabar. Para mí la patria no será nunca triunfo,
sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que dar
respeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable
e inexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo
único quedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome
el alma, irme lejos de los que mueren como yo sabría morir,
también tendré ese valor. Quien piensa en sí
no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más
que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas
que el interés de sus representantes ponen en el curso natural
de los sucesos. De mí espere la deposición absoluta
y continua. Yo alzaré el mundo. Pero mi único deseo
sería pegarme allí, al último tronco, al último
peleador: morir callado. Para mí ya es hora. Pero aun puedo
servir a este único corazón de nuestras Repúblicas.
Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra
América y el honor ya dudoso y lastimado de la América
inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio
del mundo. Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo
a rastras con mi corazón roto. Yo obedezco, y aun diré
que acato como superior disposición y como Ley americana,
la necesidad feliz de partir, al amparo de Santo Domingo, para la
guerra de libertad de Cuba. Hagamos por sobre la mar, a sangre y
a cariño, lo que por el fondo de la mar hace la cordillera
de fuego andino». En esta carta dejó Martí mucho
de su alma llena del himno glorioso de la naturaleza y de la íntima
majestad de lo divino. Pero donde puso todo el corazón rebosante
de ternura y amor, fue en la carta última, que le escribió
a su anciana madre, entonces aquí, al lado de los que se
sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla a comer el plato
del robo y de la villanía. Oíd esa carta: «Madre
mía: Hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje,
estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se
duele en la cólera de su amor del sacrificio de mi vida:
y ¿por qué nací de usted con una vida que ama
el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está
allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre,
en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. Ojalá pueda
algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos
de mí. Y entonces sí que cuidaré yo de usted
con mimo y con orgullo. Ahora bendígame, y crea que jamás
saldrá de mi corazón obra sin piedad y sin limpieza.
La bendición». ¡Yo no sé que se pueda
decir más y de manera más genial en tan pocas palabras!
Si Martí no hubiera escrito más que esta carta, por
ella solo tendría asiento perdurable entre los hombres que
saben lo que es un adiós, lo que es desafiar la muerte, ¡y
lo que una madre significa!...
Y llegó
por fin el momento feliz, término de todas sus angustias,
satisfacción de todos sus anhelos. Después de publicar
el grandioso manifiesto de «Montecristi» de despachar
el barco expedicionario para Maceo, de vencer cuantas dificultades
le salieron al camino, se embarcó, en unión de cinco
compañeros, Máximo Gómez, Paquito Borrero,
Ángel Guerra, César Salas y Marcos del Rosario, en
un vapor alemán que había llegado de paso a Cabo Haitiano,
y que según la promesa de su Capitán a Martí,
los conduciría cerca de las costas de Cuba y les cedería
un bote para llegar a tierra. Oíd el relato, hecho a tajos,
de esa odisea milagrosa. Era el 10 de abril, día glorioso
dos veces en los anales de la historia cubana, cuando se echaron
al mar esos hombres magníficos; y el 11, a pocas millas de
la costa, detiene el vapor que los conducía su marcha, bajan
la escala, echan al agua uno de sus botes y en él se instalan
los seis expedicionarios «con gran carga de parque y un saco
con queso y galletas». Y a las seis horas de remar, bajo un
cielo negro y tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos
sobre la costa de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro
que habían corrido y que habían de correr. Ya en tierra,
cargados como bestias, subieron los espinares y pasaron las ciénegas
y cruzaron ríos crecidos y subieron cumbres, hasta que dieron
con la guerrilla baracoana de Félix Ruenes «hombre
de consejo y moderación» como lo llamó Martí,
y a quien la gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las
impresiones primeras de Martí, en los campos de Cuba libre:
«Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado
y arrastrando la cadena de mi patria, toda mi vida. La divina claridad
del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la
constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al
sacrificio». «Es muy grande mi felicidad: sin ilusión
alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio,
ni alegría egoísta y pueril, puedo decir que llegué
al fin, a mi plena naturaleza; y que el honor que en mis paisanos
vea, en la naturaleza que nuestro valor nos da derecho, me embriaga
la dicha con dulce embriaguez. Solo la luz es comparable a mi felicidad».
Cerca, de la costa permanecieron Martí y sus compañeros
hasta el día 16 que salieron con dirección a la jurisdicción
de Guantánamo. Los españoles, sabedores de la llegada
de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, le salieron
al encuentro en número de cuatrocientos hombres. Y el día
27, por suerte, estando ya Martí y los suyos con las fuerzas
de Garzón y Mariano Sánchez y José Maceo que
asumió el mando de todas, fueron atacados por el enemigo.
De este encuentro contaba Martí: «Me siento puro y
leve, y siento en mí algo como la paz de un niño.
¿Por qué me vuelvo a acordar ahora de la larga marcha,
para mí la primera marcha de batalla que siguió al
combate victorioso con que nos recibió el valiente y sencillo
José Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes la
hubieran visto conmigo. ¿O tenía el cielo balcones
y los seres que me son queridos estaban asomados a uno de ellos?
A la mañana veníamos, aun los pocos de la expedición
de Baracoa, los seis y los que se nos fueron uniendo, revueltos
por el monte de espinas y con la mano al arma, esperando por cada
vereda al enemigo. Retumba de repente el tiroteo como a pocos pasos
de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros han vencido.
Cien cubanos bisoños han apagado treinta hombres de la columna
entera de Guantánamo: trescientos teníamos, pero solo
pelearon cien; ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados,
con los muertos en brazos, regando las armas. En el camino mismo
del combate nos esperaban cubanos triunfadores: se echan de los
caballos abajo; nos abrazan y nos vitorean; nos suben a caballo
y nos calzan las espuelas; ¿cómo no me inspira horror
la mancha de sangre que hay en el camino? ¿ni la sangre a
medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en la cartera
que le puso de almohada un jinete nuestro?». «Ya duerme
el campamento: al pie de un árbol grande iré luego
a dormir, junto al machete y el revólver, y de almohada mi
capa de hule: ahora, abro el jolongo y saco de él la medicina
para los heridos. ¡Qué cariñosas las estrellas...
a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos los ojos...».
«A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el corte
de palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera,
porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje más
remedios que ropa, y no para mí que no estuve más
sano nunca. Y ello es que tengo acierto, y ya me he ganado mi poco
de reputación, sin más que saber como está
hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo el milagro
del iodo. Y el del cariño, que es otro milagro; en el que
ando con tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecer
vergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma,
y como finura en el sentir que embellece, por entre palabras pícaras,
y disputas y fritos y guisos, esta vida de campamento». Hasta
aquí de sus cartas. Triunfal fue la marcha de Martí
por los campos de Cuba libre: por donde quiera que pasaba iba dejando- como
dicen que proclamaba José Maceo- , vergüenza
y alegría. Más de diez veces les habló
Martí a fuerzas cubanas en guerra y siempre les dejó
la mente en alto y el alma contenta. ¡Todavía viven
algunos de los que oyeron a caballo y con la mano a la cintura su
elocuencia arrebatadora: todavía viven algunos de los que
le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle al hombro
por las montañas agrias, por los pedregales ásperos,
por los ríos creídos, por las ciénegas espantables.
Y llega el 19
de mayo, el día aciago, el día tremendo. El sol lucía
en el zenit. Martí y Masó estaban acampados en Vuelta
Grande cuando llegó el General Gómez y fue como un
jubileo el campamento. Masó y Martí y Máximo
Gómez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados.
A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ríos
la proximidad del enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ríos había
poco más de una legua. Los soldados cubanos, entusiasmados
por las arengas que acababan de oír, a vuelo de caballo se
ponen frente a los contrarios. En breves momentos el combate se
generaliza; la atmósfera se preña de humo y olor a
pólvora; el aire es épico. Entonces es que Martí,
desmadejado el cabello, los ojos fúlgidos y relampagueantes,
el pecho henchido de orgullo, enardecido, arrebatado, impaciente
por el sacrificio e inquieto por la emulación, invita a la
carga a su ayudante Ángel la Guardia- aquel fiero aguilucho
caído en Victoria de las Tunas- , aviva con las espuelas
su noble bruto, y gozoso como un niño que ha crecido un palmo,
y como si hubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeñez
de un montón de carne humana, todo el Gobierno de rencores,
de insultos, de envidias, de mezquindades, de ambiciones, de la
oligarquía esquilmadora que le vejaba su tierra, se echa
sobre los rifles enemigos y cae acribillado a balazos, con la limpieza
y majestad de un Dios, del brazo de la muerte que es inmortal, y
coronado por la fulgente claridad del martirio y de la gloria....
Así terminó, así se obscureció para
siempre, la lámpara pura y serena de aquel gran cerebro,
«dictador de genio»; así dejó de latir
aquel gran corazón, profesor de virtudes; así, entre
chocar de aceros y estampidos de fusilería, pasó el
gran Apóstol a ser huésped eterno de la suprema luz.
Allí, en los campos de Dos Ríos, campos ya para siempre
memorables, se apagó aquel astro inmenso que parecía
inmortal; allí cayó peleando por la independencia
de su patria, arremetiendo contra los defensores de la tiranía,
la cabeza imperial descubierta y nutrida de leyendas y de asombros,
con el alma en el aire, el batallador infatigable que fue para los
cubanos, con sus racimos de palabras y sus manantiales de ternuras,
como otra isla sonora y espiritual.... Allí, a aquellos campos,
en silencio, que recogieron su última mirada y su último
suspiro y que supieron también del primer grito de desolación
y de angustia que arrancó a los suyos su caída; allí
debieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse
de sus culpas y pecados. Allí, a aquellos campos donde entregó
su vida el héroe más puro y grande del poema de hierro
de nuestras guerras de independencia, debieran ir los que ahora,
olvidados de todo lo que no sea su personal interés, ponen
la patria de cabalgadura y de látigo la gloria que conquistaron
en su defensa; los prácticos eternos que no piensan
ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertad
y sí en lo cómodo de vivir, aunque sea de rodillas,
a los pies de los amos del momento; los que no saben que hay algo
más triste que ser esclavo, y es mostrar que no se es digno
de ser libre... ¿Y se perderá entre los cubanos el
recuerdo de existencia tan pura, tan meritísima y ejemplar?
¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados
en buscar la comodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos
que se nos puede caer la casa de todos, la obra santa que él
coronó a costa de su sangre? ¿Será todo chiste,
ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos nuestros
agravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros,
y clavemos en lo más firme y alto de nuestra tierra la bandera
de nuestra nacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo
rojo no se salga jamás la estrella solitaria, ni para hundirse
en la nada, ni para dar su brillo, entonces más sola que
nunca, entre el montón de estrellas del pabellón americano....
Hasta aquí
de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.
Y ahora, Maestro
y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración
te siguió febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el
niño aquel que por serlo, no te acompañó en
la hora de tu muerte, se ha hecho hombre y te es fiel, y de las
semillas de amor que tú le dejaste caer en el pecho, esto
es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza, como un
faro lo guía, como un ala lo levanta. Y si es verdad que
la vida humana no es toda la vida, si es verdad que después
de ella hay otra existencia superior, ordena, que él no quiere
para sí mayor gloria que la de obedecer a tu mandato. Él
no se cansa de predicar tus doctrinas ni de continuar, a la medida
de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y de reparación
universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tu buen
Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y todas
las noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en
ti, y murmura agitado como por un temblor de héroe: Maestro
¡gloria a ti! Padre, bendito seas....
Amistad funesta
Novela
Una frondosa
magnolia, podada por el jardinero de la casa con manos demasiado
académicas, cubría aquel domingo por la mañana
con su sombra a los familiares de la casa de Lucía Jerez.
Las grandes flores blancas de la magnolia, plenamente abiertas en
sus ramas de hojas delgadas y puntiagudas, no parecían, bajo
aquel cielo claro y en el patio de aquella casa amable, las flores
del árbol, sino las del día, ¡esas flores inmensas
e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! El alma humana
tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco se oscurece,
la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas las
virtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia
de los más nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma
de un solo extravío.
Eran hermosas
de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luz azul, y por
entre los corredores de columnas de mármol, la magnolia elegante,
entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en sus mecedoras
de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas, en
sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosas
Jacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya
próxima a morir, prendida sobre el corazón enfermo,
en su vestido de muselina blanca, una flor azul sujeta con unas
hebras de trigo; y Lucía, robusta y profunda, que no llevaba
flores en su vestido de seda carmesí, «porque no se
conocía aun en los jardines la flor que a ella le gustaba:
¡la flor negra!».
Las amigas cambiaban
vivazmente sus impresiones de domingo. Venían de misa; de
sonreír en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos;
de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como flores
desatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas,
desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las habían
saludado al pasar. No había mancebo elegante en la ciudad
que no estuviese aquel mediodía por las esquinas de la calle
de la Victoria. La ciudad, en esas mañanas de domingo, parece
una desposada. En las puertas, abiertas de par en par, como si en
ese día no se temiesen enemigos, esperan a los dueños
los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se han
visto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para
ir a saludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso.
Los viejos ese día se remozan. Los veteranos andan con la
cabeza más erguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido
el puño del bastón. Los empleados parecen magistrados.
A los artesanos, con su mejor chaqueta de terciopelo, sus pantalones
de dril muy planchado y su sombrerín de castor fino, da gozo
verlos. Los indios, en verdad, descalzos y mugrientos, en medio
de tanta limpieza y luz, parecen llagas. Pero la procesión
lujosa de madres fragantes y niñas galanas continúa,
sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y los pobres
indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos a trechos
en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de las arrias
de mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos,
carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos,
y como de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietud
magna y una alegría casta. En las casas todo es algazara.
Los nietos ¡qué ir a la puerta, y aturdir al portero,
impacientes por lo que la abuela tarda! Los maridos ¡qué
celos de la misa, que se les lleva, con sus mujeres queridas, la
luz de la mañana! La abuela, ¡cómo viene cargada
de chucherías para los nietos, de los juguetes que fue reuniendo
en la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de los
mazapanes recién hechos que acaba de comprar en la dulcería
francesa, de los caprichos de comer que su hija prefería
cuando soltera, qué carruaje el de la abuela, que nunca se
vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no se sabía
si había más flores en la magnolia, o en las almas.
Sobre un costurero
abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas puso sus enseres de
coser y los ajuares de niño que regalaba a la Casa de Expósitos,
habían dejado caer Adela y Lucía sus sombreros de
paja, con cintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos
que retozan. ¡Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero
que ha estado una hora en la cabeza de una señorita! Se le
puede interrogar, seguro de que responde: ¡de algún
elegante caballero, y de más de uno, se sabe que ha robado
a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintas largamente,
con un beso entrañable y religioso! El sombrero de Adela
era ligero y un tanto extravagante, como de niña que es capaz
de enamorarse de un tenor de ópera: el de Lucía era
un sombrero arrogante y amenazador; se salían por el borde
del costurero las cintas carmesíes, enroscadas sobre el sombrero
de Adela como una boa sobre una tórtola: del fondo de seda
negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtraba oscilando
por una rama de la magnolia, parecían salir llamas.
Estaban las
tres amigas en aquella pura edad en que los caracteres todavía
no se definen: ¡ay, en esos mercados es donde suelen los jóvenes
generosos, que van en busca de pájaros azules, atar su vida
a lindos vasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores
fuertes de la vida, enseñan la zorra astuta, la culebra venenosa,
el gato frío e impasible que les mora en el alma!
La mecedora
de Ana no se movía, tal como apenas en sus labios pálidos
la afable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda,
como si siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo
se mantenía en su mecedora, que unas veces estaba cerca de
Ana, otras de Lucía, y vacía las más. La mecedora
de Lucía, más echada hacia adelante que hacia atrás,
cambiaba de súbito de posición, como obediente a un
gesto enérgico y contenido de su dueña.
- Juan
no viene: ¡te digo que Juan no viene!
- ¿Por
qué, Lucía, si sabes que si no viene te da pena?
- ¿Y
no te pareció Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame
el secreto que tú tienes para que te quiera todo el mundo:
porque ese caballero, es necesario que me quiera.
En un reloj
de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelana de ramos
azules, dieron las dos.
- Lo ves,
Ana, lo ves; ya Juan no viene- y se levantó Lucía;
fue a uno de los jarrones de mármol colocados entre cada
dos columnas, de las que de un lado y otro adornaban el sombreado
patio; arrancó sin piedad de su tallo lustroso una camelia
blanca, y volvió silenciosa a su mecedora, royéndole
las hojas con los dientes.
- Juan
viene siempre, Lucía.
Asomó
en este momento por la verja dorada que dividía el zaguán
de la antesala que se abría al patio, un hombre joven, vestido
de negro, de quien se despedían con respeto y ternura uno
de mayor edad, de ojos benignos y poblada barba, y un caballero
entrado en largos años, triste, como quien ha vivido mucho,
que retenía con visible placer la mano del joven entre las
suyas:
- Juan,
¿por qué nació usted en esta tierra?
- Para
honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado.
Fue la emoción
visible en el rostro del viejo; y aun no había desaparecido
del zaguán, de brazo del de la buena barba, cuando Lucía,
demudado el rostro y temblándole en las pestañas las
lágrimas, estaba en pie, erguida con singular firmeza, junto
a la verja dorada, y decía, clavando en Juan sus dos ojos
imperiosos y negros:
- Juan,
¿por qué no habías venido?
Adela estaba
prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios un jazmín
del Cabo.
Ana cosía
un lazo azul a una gorrita de recién nacido, para la Casa
de Expósitos.
- Fui a
rogar- respondió Juan sonriendo dulcemente- , que
no apremiasen por la renta de este mes a la señora del Valle.
- ¿A
la madre de Sol? ¿de Sol del Valle?
Y pensando en
la niña de la pobre viuda, que no había salido aun
del colegio, donde la tenía por merced la Directora, se entró
Lucía, sin volver ni bajar la cabeza, por las habitaciones
interiores, en tanto que Juan, que amaba a quien lo amaba, la seguía
con los ojos tristemente.
Juan Jerez era
noble criatura. Rico por sus padres, vivía sin el encogimiento
egoísta que desluce tanto a un hombre joven, mas sin aquella
angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitos de
sus dueños, con que los ricuelos de poco sentido malgastan
en empleos estúpidos, a que llaman placeres, la hacienda
de sus mayores. De sí propio, y con asiduo trabajo, se había
ido creando una numerosa clientela de abogado, en cuya engañosa
profesión, entre nosotros perniciosamente esparcida, le hicieron
entrar, más que su voluntad, dada a más activas y
generosas labores, los deseos de su padre, que en la defensa de
casos limpios de comercio había acrecentado el haber que
aportó al matrimonio su esposa. Y así Juan Jerez,
a quien la Naturaleza había puesto aquella coraza de luz
con que reviste a los amigos de los hombres, vino, por esas preocupaciones
legendarias que desfloran y tuercen la vida de las generaciones
nuevas en nuestros países, a pasar, entre lances de curia
que a veces le hacían sentir ansias y vuelcos, los años
más hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que veía
en las desigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices,
en los esfuerzos estériles de una minoría viciada
por crear pueblos sanos y fecundos, de soledades tan ricas como
desiertas, de poblaciones cuantiosas de indios míseros, objeto
más digno que las controversias forenses del esfuerzo y calor
de un corazón noble y viril.
Llevaba Juan
Jerez en el rostro pálido, la nostalgia de la acción,
la luminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberes
corrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños;
y en los ojos llevaba como una desolación, que solo cuando
hacía un gran bien, o trabajaba en pro de un gran objeto,
se le trocaba, como un rayo de sol que entra en una tumba, en centelleante
júbilo. No se le dijera entonces un abogado de estos tiempos,
sino uno de aquellos trovadores que sabían tallarse, hartos
ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla la empuñadura
de una espada. El fervor de los cruzados encendía en aquellos
breves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que
le inundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable
a la vasta amargura con que reconocía, a poco que en el mundo
no encuentran auxilio, sino cuando convienen a algún interés
que las vicia, las obras de pureza. Era de la raza selecta de los
que no trabajan para el éxito, sino contra él. Nunca,
en esos pequeños pueblos nuestros donde los hombres se encorvan
tanto, ni a cambio de provechos ni de vanaglorias cedió Juan
un ápice de lo que creía sagrado en él, que
era su juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o
por paga al servicio de ideas o personas injustas; sino que veía
Juan su inteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha
de tener siempre de manera que no noten en ella la más pequeña
mácula los feligreses; y se sentía Juan, allá
en sus determinaciones de noble mozo, como un sacerdote de todos
los hombres, que uno a uno tenía que ir dándoles perpetua
cuenta, como si fuesen sus dueños, del buen uso de su investidura.
Y cuando veía
que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombre joven,
de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por la paga
o por el puesto aquella insignia divina que Juan creía ver
en toda superior inteligencia, volvía los ojos sobre sí
como llamas que le quemaban, tal como si viera que el ministro de
un culto, por pagarse la bebida o el juego, vendiese las imágenes
de sus dioses. Estos soldados mercenarios de la inteligencia lo
tachaban por eso de hipócrita, lo que aumentaba la palidez
de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios una queja. Y otros decían,
con más razón aparente- aunque no en el caso
de él- , que aquella entereza de carácter no
era grandemente meritoria en quien, rico desde la cuna, no había
tenido que bregar por abrirse camino, como tantos de nuestros jóvenes
pobres, en pueblos donde por viejas tradiciones coloniales se da
a los hombres una educación literaria, y aun esta descosida
e incompleta, que no halla luego natural empleo en nuestros países
despoblados y rudimentarios, exuberantes, sin embargo, en fuerzas
vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas, cuando para hacer
prósperas a nuestras tierras y dignos a nuestros hombres
no habría más que educarlos de manera que pudiesen
sacar provecho del suelo providísimo en que nacen. A manejar
la lengua hablada y escrita les enseñan, como único
modo de vivir, en pueblos en que las artes delicadas que nacen del
cultivo del idioma no tienen el número suficiente, no ya
de consumidores, de apreciadores siquiera, que recompensen, con
el precio justo de estos trabajos exquisitos, la labor intelectual
de nuestros espíritus privilegiados. De modo que, como con
el cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturales
en los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas
de una niña quinceña; como en las tierras calientes
y floridas, se despierta temprano el amor, que quiere casa, y lo
mejor que haya en la ebanistería para amueblarla, y la seda
más joyante y la pedrería más rica para que
a todos maraville y encele su dueña; como la ciudad, infecunda
en nuestros países nuevos, retiene en sus redes suntuosas
a los que fuera de ella no saben ganar el pan, ni en ella tienen
cómo ganarlo, a pesar de sus talentos, bien así como
un pasmoso cincelador de espadas de taza, que sabría poblar
éstas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazos
de guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro,
no halla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz,
o al puñal o a los puños remite el término
de sus contiendas; como con nuestras cabezas hispanoamericanas,
cargadas de ideas de Europa y Norteamérica, somos en nuestros
propios países a manera de frutos sin mercado, cual las excrecencias
de la tierra, que le pesan y estorban, y no como su natural florecimiento,
sucede que los poseedores de la inteligencia, estéril entre
nosotros por su mala dirección, y necesitados para subsistir
de hacerla fecunda, la dedican con exceso exclusivo a los combates
políticos, cuando más nobles, produciendo así
un desequilibrio entre el país escaso y su política
sobrada, o, apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante
fuerte que les paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando,
molestado aquel por nuevos menesterosos, les retira la paga abundante
de sus funestos servicios. De estas pesadumbres públicas
venían hablando el de la barba larga, el anciano de rostro
triste, y Juan Jerez, cuando este, ligado desde niño por
amores a su prima Lucía, se entró por el zaguán
de baldosas de mármol pulido espaciosas y blancas como sus
pensamientos.
La bondad es
la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempre escondido
en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas se sabía
de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro y albedrío
de algún hombre hollados; aquel batallador temible y áspero,
a quien jamás se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano,
las ofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de
temple venal habían prestado oídos; aquel que llevaba
siempre en el rostro pálido y enjuto como el resplandor de
una luz alta y desconocida, y en los ojos el centelleo de la hoja
de una espada; aquel que no veía desdicha sin que creyese
deber suyo remediarla, y se miraba como un delincuente cada vez
que no podía poner remedio a una desdicha; aquel amantísimo
corazón, que sobre todo desamparo vaciaba su piedad inagotable,
y sobre toda humildad, energía o hermosura prodigaba apasionadamente
su amor, había cedido, en su vida de libros y abstracciones,
a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretar sobre su
corazón una manecita blanca. La de esta o la de aquella le
importaban poco; y él, en la mujer, veía más
el símbolo de las hermosuras ideadas que un ser real.
Lo que en el
mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por lo común,
de una parte o de otra, más que odiosas vilezas, habían
salido, una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro
venía, de los adentros del alma, la irresistible belleza
de un noble espíritu. Pero esas buenas fortunas, que en el
primer instante llenan el corazón de los efluvios trastornadores
de la primavera, y dan al hombre la autoridad confiada de quien
posee y conquista; esos amoríos de ocasión, miel en
el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda más
valiosa y más cara, la de la propia limpieza; esos amores
irregulares y sobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos,
que se aceptan por desocupación o vanidad, y roen luego la
vida, como úlceras, solo lograron en el ánimo de Juan
Jerez despertar el asombro de que, so pretexto o nombre de cariño,
vivan hombres y mujeres, sin caer muertos de odio a sí mismos,
en medio de tan torpes liviandades. Y no cedía a ellas, porque
la repulsión que le inspiraba, cualesquiera que fuesen sus
gracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo
o junto a la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor
que las penosas satisfacciones que la complicidad con una amante
liviana produce a un hombre honrado.
Era la de Juan
Jerez una de aquellas almas infelices que solo pueden hacer lo grande
y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de los espectáculos
que veía en sí mismo, y de los dolores y sorpresas
de su espíritu, unos versos extraños, adoloridos y
profundos, que parecían dagas arrancadas de su propio pecho,
padecía de esa necesidad de la belleza que como un marchamo
ardiente, señala a los escogidos del canto. Aquella razón
serena, que los problemas sociales o las pasiones comunes no oscurecían
nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a la prodigalidad de
sí mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento. Había
en aquel carácter una extraña y violenta necesidad
del martirio, y si por la superioridad de su alma le era difícil
hallar compañeros que se la estimaran y animasen, él,
necesitado de darse, que en su bien propio para nada se quería,
y se veía a sí mismo como una propiedad de los demás
que guardaba él en depósito, se daba como un esclavo
a cuantos parecían amarle y entender su delicadeza o desear
su bien.
Lucía,
como una flor que el sol encorva sobre su tallo débil cuando
esplende en todo su fuego el mediodía; que como toda naturaleza
subyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso e impaciente,
y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerza verdadera, amaba
lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballos desalados,
de los ascensos por la montaña, de las noches de tempestad
y de los troncos abatidos; Lucía, que, niña aun, cuando
parecía que la sobremesa de personas mayores en los gratos
almuerzos de domingo debía fatigarle, olvidaba los juegos
de su edad, y el coger las flores del jardín, y el ver andar
en parejas por el agua clara de la fuente los pececillos de plata
y de oro, y el peinar las plumas blandas de su último sombrero,
por escuchar, hundida en su silla, con los ojos brillantes y abiertos,
aquellas aladas palabras, grandes como águilas, que Juan
reprimía siempre delante de gente extraña o común,
pero dejaba salir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas
de cintas y de flores, apenas se sentía, cual pájaro
perseguido en su nido caliente, entre almas buenas que le escuchaban
con amor; Lucía, en quien un deseo se clavaba como en los
peces se clavan los anzuelos, y de tener que renunciar a algún
deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando el anzuelo se le retira
queda la carne del pez; Lucía que, con su encarnizado pensamiento,
había poblado el cielo que miraba, y los florales cuyas hojas
gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en que lo escribía
con lápices de colores, y el pavimento a que con los brazos
caídos sobre los de su mecedora solía quedarse mirando
largamente; de aquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas
partes por donde miraba le resplandecía, porque ella lo fijaba
en todas partes con su voluntad y su mirada como los obreros de
la fábrica de Eibar, en España, embuten los hilos
de plata y de oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado;
Lucía, que cuando veía entrar a Juan, sentía
resonar en su pecho unas como arpas que tuviesen alas, y abrirse
en el aire, grandes como soles, unas rosas azules, ribeteadas de
negro, y cada vez que lo veía salir, le tendía con
desdén la mano fría, colérica de que se fuese,
y no podía hablarle, porque se le llenaban de lágrimas
los ojos; Lucía, en quien las flores de la edad escondían
la lava candente que como las vetas de metales preciosos en las
minas le culebreaban en el pecho; Lucía, que padecía
de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojos de
Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una noche, una noche
de su santo, en que antes de salir para el teatro se abandonaba
a sus pensamientos con una mano puesta sobre el mármol del
espejo, que Juan Jerez, lisonjeado por aquella magnífica
tristeza, daba un beso, largo y blando, en su otra mano. Toda la
habitación le pareció a Lucía llena de flores;
del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró
los ojos, como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema,
tal como si la felicidad tuviese también su pudor, y para
que no cayese en tierra, los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente
que servir de apoyo a aquel cuerpo envuelto en tules blancos, de
que en aquella hora de nacimiento parecía brotar luz. Pero
Juan aquella noche se acostó triste, y Lucía misma,
que amaneció junto a la ventana en su vestido de tules, abrigados
los hombros en una aérea nube azul, se sentía, aromada
como un vaso de perfumes, pero seria y recelosa....
- Ana mía,
Ana mía, aquí está Pedro Real. ¡Míralo
qué arrogante!
- Arrodíllate,
Adela: arrodíllate ahora mismo- le respondió
dulcemente Ana, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes
cabellos castaños- ; mientras que Juan, que venía
de hacer paces con Lucía refugiada en la antesala, salía
a la verja del zaguán a recibir al amigo de la casa.
Adela se arrodilló,
cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Ana hizo como que
le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo al oído,
como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas palabras:
- Una niña
honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que no haya
recibido de él tantas muestras de respeto, que nadie pueda
dudar que no la solicita para su juguete.
Adela se levantó
riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones, en el galán
caballero, que del brazo de Juan venía hacia ellas, los esperó
de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro,
parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva
viveza. Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que
de las tórtolas, saludó a Adela primero.
Ana retuvo un
instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellos derechos
de señora casada que da a las jóvenes la cercanía
de la muerte.
- Aquí- le
dijo- , Pedro: aquí toda esta tarde a mi lado- ¡Quién
sabe si, enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no
le pesaba a la pobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar
la vida! ¡Quién sabe si quería solo evitar que
la movible Adela, revoloteando en torno de aquella luz de belleza,
se lastimase las alas!
Porque aquella
Ana era tal que, por donde ella iba, resplandecía. Y aunque
brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estaba brillando
aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad de estrella.
Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba en
presencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía
por los adentros del alma, como la luz de la mañana por los
campos verdes, dejaba en el espíritu una grata intranquilidad,
como de quien ha entrevisto, puesto por un momento fuera del mundo,
aquellas musicales claridades que solo en las horas de hacer bien,
o de tratar a quien lo hace, distingue entre sus propias nieblas
el alma. Y cuando hablaba aquella dulce Ana, purificaba.
Pedro era bueno,
y comenzó a alabarle, no el rostro, iluminado ya por aquella
luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a las almas
vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana
las últimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía,
y armaba lazos, y los probaba en diferentes lados del gorro de recién
nacido: Adela súbitamente se había convertido en una
gran trabajadora. Ya no saltaba de un lugar a otro, como cuando
juntas conversaban hacía un rato ella, Ana y Lucía,
sino que había puesto su silla muy junto a la de Ana. Y ella
también, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde.
En sus mejillas pálidas, había dos puntos encendidos
que ganaban en viveza a las cintas del gorro, y realzaban la mirada
impaciente de sus ojos brillantes y atrevidos. Se le desprendía
el cabello inquieto, como si quisiese, libre de redes, soltarse
en ondas libres por la espalda. En los movimientos nerviosos de
su cabeza, dos o tres hojas de la rosa encarnada que llevaba prendida
en el peinado, cayeron al suelo. Pedro las veía caer. Adela,
locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, ya revolvía
en la falda de Ana los adornos del gorro, ya cogía como útil
el que acababa de desechar con un mohín de impaciencia, ya
sacudía y erguía un momento la ligera cabeza, fina
y rebelde, como la de un potro indómito. Sobre las losas
de mármol blanco se destacaban, como gotas de sangre, las
hojas de rosa.
Se hablaba de
aquellas cosas banales de que conversan en estas tertulias de domingo,
la gente joven de nuestros países. El tenor, ¡oh el
tenor! había estado admirable. Ella se moría por las
voces del tenor. Es un papel encantador el de Francisco I. Pero
la señora de Ramírez, ¡cómo había
tenido el valor de ir vestida con los colores del partido que fusiló
a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partido contrario,
que firmó como auditor en el proceso del señor Ramírez.
Es muy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la señora
Ramírez ha gastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo
a siete bordadoras empleadas un mes en bordarle de oro el vestido
de terciopelo negro que llevó a Rigoletto, era muy
pesado el vestido. ¡Oh! ¿Y Teresa Luz? lindísima,
Teresa Luz: bueno, la boca, sí, la boca no es perfecta, los
labios son demasiado finos; ¡ah, los ojos! bueno, los ojos
son un poco fríos, no calientan, no penetran: pero qué
vaguedad tan dulce; hacen pensar en las espumas de la mar. Y, ¡cómo
persigue a María Vargas ese caballerete que ha venido de
París, con sus versos copiados de François Coppee,
y su política de alquiler, que vino, sirviendo a la oposición
y ya está poco menos que con el Gobierno! El padre de María
Vargas va a ser Ministro y él quiere ser diputado. Elegante
sí es. El peinado es ridículo, con la raya en mitad
de la cabeza y la frente escondida bajo las ondas. Ni a las mujeres
está bien eso de cubrirse la frente, donde está la
luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondas
naturales; pero ¿a qué cubrir la frente, espejo donde
los amantes se asoman a ver su propia alma, tabla de mármol
blanco donde se firman las promesas puras, nido de las manos lastimadas
en los afanes de la vida? Cuando se padece mucho, no se desea un
beso en los labios sino en la frente. Y ese mismo poetín
lo dijo muy bien el otro día en sus versos «A una niña
muerta», era algo así como esto: las rosas del alma
suben a las mejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo
de tenebroso y de inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela,
no, a usted le está encantadora esa selva de ricitos: así
pintaban en los cuadros de antes a los cupidos revoloteando sobre
la frente de las diosas. No, Adela, no le hagas caso: esas frentes
cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensan unas cosas, que las
mujeres se cubren la frente de miedo de que se las vean. Oh, no,
Ana: ¿qué han de pensar ustedes más que jazmines
y claveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y verá
dentro, en unos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas
secas, que dan unas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba así
ennobleciendo la conversación, porque Dios le había
dado el privilegio de las flores: el de perfumar. Adela, silenciosa
hacía un momento, alzó la cabeza y mantuvo algún
tiempo los ojos fijos delante de sí, viendo como el perfil
céltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba,
a la luz sana de la tarde, sobre el zócalo de mármol
que revestía una de las anchas columnas del corredor de la
casa. Bajó la cabeza, y a este movimiento, se desprendió
de ella la rosa encarnada, que cayó deshaciéndose
a los pies de Pedro.
Juan y Lucía
aparecieron por el corredor, ella como arrepentida y sumisa, él
como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, tal como
se venían lentamente acercando al grupo de sus amigas en
el patio. Altos los dos, Lucía, más de lo que sentaba
a sus años y sexo, Juan, de aquella elevada estatura, realzada
por las proporciones de las formas, que en sí misma lleva
algo de espíritu, y parece dispuesta por la naturaleza al
heroísmo y al triunfo. Y allá, en la penumbra del
corredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de
su brazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en
la frente de él, vasta y blanca, parecía que se abría
una rosa de plata: y de la de Lucía se veían solo,
en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes, como dos
amenazas.
- Está
Ana imprudente- dijo Juan con su voz de caricia- : ¿cómo
no tiene miedo a este aire del crepúsculo?
- ¡Pero
si es ya el mío natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme
el brazo.
- Pero
pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de las
flores, y si no la haces presa, se nos escapa.
- ¡Este
Juan bueno! ¿No es verdad, Juan, que Lucía es una
loca? Ya Adela y Pedro me están al lado cuchicheando, de
apetito. Vamos, pues, que a esta hora la gente dichosa tiene deseo
de tomar el chocolate.
El chocolate
fragante les esperaba, servido en una mesa de ónix, en la
linda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre
los jóvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor,
con dos caballeros de edad, discutía las cosas públicas
el buen tío de Lucía y Ana, caballero de gorro de
seda y pantuflas bordadas. La abuelita de la casa, la madre del
señor tío, no salía ya de su alcoba, donde
recordaba y rezaba.
La antesala
era linda y pequeña, como que se tiene que ser pequeño
para ser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos
en un ramo del techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán
simuladas en bronce, caía sobre la mesa de ónix la
claridad anaranjada y suave de la lámpara de luz eléctrica
incandescente. No había más asientos que pequeñas
mecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento
de mosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya,
tenía la inscripción «Salve» en el umbral,
estaba lleno de banquetas revueltas, como de habitación en
que se vive: porque las habitaciones se han de tener lindas, no
para enseñarlas, por vanidad, a las visitas, sino para vivir
en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lo bello. Todo
en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar el alma,
todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestros
países azules! Conviene tener siempre delante de los ojos,
alrededor, ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia
la sombra, objetos bellos, que la coloreen y la disipen.
Linda era la
antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas de flores
silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble liso dorado,
de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini, grabados
en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entre cada
dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de libros,
no más ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo
que el grupo. En la mitad del testero que daba frente a la puerta
del corredor, una esbelta columna de mármol negro sustentaba
un aéreo busto de la Mignon de Goethe, en mármol blanco,
a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana de Tokio, de ramazones
azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y de lirios.
Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de Mignon
una guirnalda de claveles encarnados. En este testero no había
libros, ni cuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida
de la triste niña, y distribuidos como un halo en la pared
en derredor del busto. Y en las esquinas de la habitación,
en caballetes negros, sin ornamentos dorados, ostentaban su rica
encuadernación cuatro grandes volúmenes: El Cuervo
de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas
de Gustavo Doré, que se llevan la mente por los espacios
vagos en alas de caballos sin freno: el Rubaiyat el poema
persa, el poema del vino moderado y las rosas frescas, con los dibujos
apodícticos del norteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar
manuscrito, empastado en seda lila, de Las Noches, de Alfredo
de Musset; y un Wilhelm Meister el libro de Mignon, cuya
pasta original, recargada de arabescos insignificantes, había
hecho reemplazar Juan, en París, por una de tafilete negro
mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claros como el
alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas,
porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus
sueños; y un rubí grande y saliente, como su corazón
hinchado y roto. En aquel singular regalo a Lucía, gastó
Juan sus ganancias de un año. Por los bajos de la pared,
y a manera de sillas, había, en trípodes de ébano,
pequeños vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo
y escaso rojo. Las paredes, pintadas al óleo, con guirnaldas
de flores, eran blancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo
influyó Juan, una impresión de fe y de luz.
Y allí
se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en sus tazas de coco
el rico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa.
No tenía mucho azúcar, ni era espeso. ¡Para
gente mayor, el chocolate espeso! Adela, caprichosa, pedía
para sí la taza que tuviese más espuma.
- Esta,
Adela- le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse,
una de las tazas de coco negro, en la que la espuma hervía
tornasolada.
- ¡Malvado!- le
dijo Adela, mientras que todos reían- ; ¡me has
dado la de la ardilla!
Eran unas tazas,
extrañas también, en que Juan, amigo de cosas, patrias,
había sabido hacer que el artífice combinara la novedad
y el arte. Las tazas eran de esos coquillos negros de óvalo
perfecto, que los indígenas realzan con caprichosas labores
y leyendas, sumisas éstas como su condición, y aquellas
pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alas y de serpientes,
recuerdos tenaces de un arte original y desconocido que la conquista
hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillos
negros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajados
en relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode
de plata, formada por un atributo de algún ave o fiera de
América, y las dos asas eran dos preciosas miniaturas, en
plata también, del animal simbolizado en la trípode.
En tres colas de ardilla se asentaba la taza de Adela, y a su chocolate
se asomaban las dos ardillas, como a un mar de nueces. Dos quetzales
altivos, dos quetzales de cola de tres plumas, larga la del centro
como una flecha verde, se asían a los bordes de la taza de
Ana: ¡el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota la
pluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Lucía
eran dos pumas elásticos y fieros, en la opuesta colocación
dedos enemigos que se acechan: descansaba sobre tres garras de puma,
el león americano. Dos águilas eran las asas de la
de Juan; y la de Pedro, la del buen mozo Pedro, dos monos capuchinos.
Juan quería
a Pedro, como los espíritus fuertes quieren a los débiles,
y como, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual
forma suavísima del pecado, la gente que no es ligera a la
que lo es.
Los hombres
austeros tienen en la compañía momentánea de
esos pisaverdes alocados el mismo género de placer que las
damas de familia que asisten de tapadillo a un baile de máscaras.
Hay cierto espíritu de independencia en el pecado, que lo
hace simpático cuando no es excesivo. Pocas son por el mundo
las criaturas que, hallándose con las encías provistas
de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay un placer
más profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos.
Pues, ¿para qué es la dentadura, se dicen los más;
sobre todo cuando la tienen buena, sino para lucirla, y triturar
los manjares que se lleguen a la boca? Y Pedro era de los que lucían
la dentadura.
Incapaz, tal
vez, de causar mal en conciencia, el daño estaba en que él
no sabía cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfacción
de un deseo, él no veía en ella mal alguno, sino que
toda hermosura, por serlo, le parecía de él, y en
su propia belleza, la belleza funesta de un hombre perezoso y adocenado,
veía como un título natural, título de león,
sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son sus
bellas criaturas. Pedro tenía en los ojos aquel inquieto
centelleo que subyuga y convida: en actos y palabras, la insolente
firmeza que da la costumbre de la victoria, y en su misma arrogancia
tal olvido de que la tenía, que era la mayor perfección
y el más temible encanto de ella.
Viajero afortunado;
con el caudal ya corto de su madre, por tierras de afuera, perdió
en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nos parecen con
justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sin el que,
por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lícito
gozar, puesto que no le es lícito creer en el amor de la
más limpia criatura. Todos aquellos placeres que no vienen
derechamente y en razón de los afectos legítimos,
aunque sean champaña de la vanidad, son acíbar de
la memoria. Eso en los más honrados, que en los que no lo
son, de tanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse
los ojos de manera que no tienen más arte ni placer que los
de estrujar frutas. Solo Ana, de cuantas jóvenes había
conocido a su vuelta de las malas tierras de afuera, le había
inspirado, aun antes de su enfermedad, un respeto que en sus horas
de reposo solía trocarse en un pensamiento persistente y
blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jamás hubiera
puesto a aquel turbulento mancebo de señor de su alma apacible,
como un palacio de nácar; pero que, por esa fatal perversión
que atrae a los espíritus desemejantes, no había visto
sin un doloroso interés y una turbación primaveral,
aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta por la
naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunos
cantantes transportar a inefables deliquios y etéreas esferas
a sus oyentes, con la expresión en notas querellosas y cristalinas,
blancas como las palomas o agudas como puñales, de pasiones
que sus espíritus burdos son incapaces de entender ni de
sentir. ¿Quién no ha visto romper en actos y palabras
brutales contra su delicada mujer a un tenor que acababa de cantar,
con sobrehumano poder, el «Spirto Gentil» de la Favorita?
Tal la hermosura sobre las almas escasas.
Y Juan, por
aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, por aquella
benignidad de los espíritus superiores, por aquella afición
a lo pintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos
de niño, que no se rompen sin gran dolor del corazón,
Juan quería a Pedro.
Hablaban de
las últimas modas, de que en París se rehabilita el
color verde, de que en París, decía Pedro, nada más
se vive.
- Pues
yo no- decía Ana- . Cuando Lucía sea ya
señora formal, adonde vamos los tres es a Italia y a España:
¿verdad, Juan?
- Verdad,
Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto. A
Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en pueblo
alguno de la tierra: cincelar en las piedras sus sueños;
a Nápoles, donde el alma se siente contenta, como si hubiera
llegado a su término. ¿Tú no querrás,
Lucía?
- Yo no
quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré en ese cuarto
la Alhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las
puertas, ¡y así viajaremos!
Rieron todos;
pero Adela ya había echado camino de París, quién
sabe con qué compañero, los deseos alegres. Ella quería
saberlo todo, no de aquella tranquila vida interior y regalada,
al calor de la estufa, leyendo libros buenos, después de
curiosear discretamente por entre las novedades francesas, y estudiar
con empeño tanta riqueza artística como París
encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que
en París generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado,
siempre adolorido; la vida de las heroínas de teatro, de
las gentes que se enseñan, damas que enloquecen, de los nababs
que deslumbran con el pródigo empleo de su fortuna.
Y mientras que
Juan, generoso, dando suelta al espíritu impaciente, sacaba
ante los ojos de Lucía, para que se le fuese aquietando el
carácter, y se preparaba a acompañarle por el viaje
de la existencia, las interioridades luminosas de su alma peculiar
y excelsa, y decía cosas que, por la nobleza que enseñaban
o la felicidad que prometían, hacían asomar lágrimas
de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela y Pedro, en plena
Francia, iban y venían, como del brazo, por bosques y bulevares.
«La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es
la más bonita de París. En las carreras es donde se
lucen los mejores vestidos. ¡Qué linda estaría
Adela, en el pescante de un coche de carreras, con un vestido de
tila muy suave, adornado con pasamanería de plata! ¡Ah,
y con un guía como Pedro, que conocía tan bien la
ciudad, qué pronto no se estaría al corriente de todo!
¡Allí no se vive con estas trabas de aquí, donde
todo es malo! La mujer es aquí una esclava disfrazada: allí
es donde es la reina. Eso es París ahora: el reinado de la
mujer. Acá, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se
da el brazo a un amigo, si se lee un libro ameno. ¡Pero esa
es una falta de respeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza!
¿Porque una flor nace en un vaso de Sevres, se la ha de privar
del aire y de la luz? ¿Porque la mujer nace más hermosa
que el hombre, se le ha de oprimir el pensamiento, y so pretexto
de un recato gazmoño, obligarla a que viva, escondiendo sus
impresiones, como un ladrón esconde su tesoro en una cueva?
Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres más lindas de
París son las sudamericanas. ¡Oh, no habría
en París otra tan chispeante como ella!».
- Vea,
Pedro- interrumpió a este punto Ana, con aquella sonrisa
suya que hacía más eficaces sus reproches- ,
déjeme quieta a Adela. Usted sabe que yo pinto, ¿verdad?
- Pinta
unos cuadritos que parecen música; todos llenos de una luz
que sube; con muchos ángeles y serafines. ¿Por qué
no nos enseñas el último, Ana mía? Es lindísimo,
Pedro, y sumamente extraño.
- ¡Adela,
Adela!
- De veras
que es muy extraño. Es como en una esquina de jardín
y el ciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen
mozo... vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos
asombrado. Acaba de romper un lirio, que ha caído a sus pies,
y le han quedado las manos manchadas de sangre.
- ¿Qué
le parece, Pedro, de mi cuadro?
- Un éxito
seguro. Yo conocí en París a un pintor de México,
un Manuel Ocaranza, que hacía cosas como esas.
- Entre
los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo que tuviese
éxito mi cuadro. ¡Quién pintara de veras, y
no hiciera esos borrones míos! Pedro: borrón y todo,
en cuanto me ponga mejor, voy a hacer una copia para usted.
- ¡Para
mí! Juan, ¿por qué no es este el tiempo en
que no era mal visto que los caballeros besasen la mano a las damas?
- Para
usted, pero a condición de que lo ponga en un lugar tan visible
que por todas partes le salte a los ojos. Y ¿por qué
estamos hablando ahora de mis obras maestras? ¡Ah! porque
usted me le hablaba a Adela mucho de París. ¡Otro cuadro
voy a empezar en cuanto me ponga buena! Sobre una colina voy a pintar
un monstruo sentado. Pondré la luna en cenit, para que caiga
de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permita simular con líneas
de luz en las partes salientes los edificios de París más
famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por el
contraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo,
con cabeza de mujer, estará devorando rosas. Allá
por un rincón se verán jóvenes flacas y desmelenadas
que huyen, con las túnicas rotas, levantando las manos al
cielo.
- Lucía- dijo
Juan reprimiendo mal las lágrimas, al oído de su prima,
siempre absorta- : ¡y que esta pobre Ana se nos muera!
Pedro no hallaba
palabras oportunas, sino aquella confusión y malestar que
la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compañía
íntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra,
a manera de visión, extinguiéndose plácidamente,
con la feliz capacidad de adivinar las cosas puras, sobrehumanas,
y la hermosa indignación por la batalla de apetitos feroces
en que se consume, la tierra.
- De fieras,
yo conozco dos clases- decía una vez Ana- : una
se viste de pieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se
viste de trajes elegantes, come animales y almas y anda sobre una
sombrilla o un bastón. No somos más que fieras reformadas.
Aquella Ana,
cuando estaba en la intimidad, solía decir de estas cosas
singulares. ¿Dónde había sufrido tanto la pobre
niña salida apenas del círculo de su casa venturosa,
que así había aprendido a conocer y perdonar? ¿Se
vive antes de vivir? ¿O las estrellas, ganosas de hacer un
viaje de recreo por la tierra, suelen por algún tiempo alojarse
en un cuerpo humano? ¡Ay! por eso duran tan poco los cuerpos
en que se alojan las estrellas.
- ¿Conque
Ana pinta, y La Revista de Artes está buscando cuadros
de autores del país que dar a conocer, y este Juan pecador
no ha hecho ya publicar esas maravillas en La Revista?
- Esta
Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz.
Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastante
acabados para resistir la crítica. Pero la verdad es, Ana,
que Pedro Real tiene razón.
- ¿Razón,
Pedro Real?- dijo Ana con una risa cristalina, de madre generosa- .
No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no son absolutamente
necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacer enteramente
bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras en lo hondo
de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, me
quedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que mis
visiones me van a castigar, y me regañan, y toman mis pinceles
de la caja, y a mí de una oreja, y me llevan delante del
cuadro para que vea cómo borran coléricas la mala
pintura que hice de ellas. Y luego, ¿qué he de saber
yo, sin más dibujo que el que me enseñó el
señor Mazuchellí, ni más colores que estos
tan pálidos que saco de mí misma?
Seguía
Lucía con ojos inquietos la fisonomía de Juan, profundamente
interesado en lo que, en uno de esos momentos de explicación
de sí mismos que gustan de tener los que llevan algo en sí
y se sienten morir, iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel,
que la tenía al lado, y pensaba en otra cosa! Ana, sí,
Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía
Juan a olvidarse tanto de Lucía, y estando a su lado, poner
tanta atención en las rarezas de Ana? Cuando ella estaba
a su lado, ella debía ser su único pensamiento. Y
apretaba sus labios; se le encendían de pronto, como de un
vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente en el
dedo índice de la mano izquierda un finísimo pañuelo
de batista y encaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo desenrollaba
con tal violencia, que yendo rápidamente de una mano a la
otra, el lindo pañuelo parecía una víbora,
una de esas víboras blancas que se ven en la costa yucateca.
- Pero
no es por eso por lo que no enseño yo a nadie mis cuadritos- siguió
Ana- ; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me
entristezco como una loca, sin saber por qué: salto de contento,
yo que no puedo saltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de
pincel le he dado a unos ojos, o a la tórtola viuda que pinté
el mes pasado, la expresión que yo quería; y si pinto
una desdicha, me parece que es de veras, y me paso horas enteras
mirándola, o me enojo conmigo misma si es de aquellas que
yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mías que tú
conoces, Juan, La madre sin hijo y el hombre que se muere
en un sillón, mirando en la chimenea el fuego apagado: El
hombre sin amor. No se ría, Pedro, de esta colección
de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son para personas mayores;
las enfermas son como unas viejitas, y tienen derecho a esos atrevimientos.
- Pero,
¿cómo- le dijo Pedro subyugado- , no han
de tener sus cuadros todo el encanto y el color de ópalo
de su alma?
- ¡Oh!
¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto ser
lisonjero. La lisonja en la conversación, Pedro, es ya como
la Arcadia en la pintura: ¡cosa de principiantes!
- Pero,
¿por qué decías, puso aquí Juan, que
no querías exhibir tus cuadros?
- Porque
como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo en ellos
tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi alma
misma, y me da vergüenza de que me la vean, y me parece que
he pecado con atreverme a asuntos que están mejor para nube
que para colores, y como solo yo sé cuánta paloma
arrulla, y cuánta violeta se abre, y cuánta estrella
lucen lo que pinto; como yo sola siento cómo me duele el
corazón, o se me llena todo el pecho de lágrimas o
me laten las sienes, como si me las azotasen alas, cuando estoy
pintando; como nadie más que yo sabe que esos pedazos de
lienzo, por desdichados que me salgan, son pedazos de entrañas
mías en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejor que
hay en mí, ¡me da como una soberbia de pensar que si
los enseño en público, uno de esos críticos
sabios o cabalierines presuntuosos me diga, por lucir un nombre
recién aprendido de pintor extranjero, o una linda frase,
que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a mi cuadrito
Flores vivas, que he descargado sobre él una escopeta
llena de colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera
yo que cada flor de aquellas es una persona que yo conozco, y no
hubiera yo estudiado tres o cuatro personas de un mismo carácter,
antes de simbolizar el carácter en una flor; como si no supiese
yo quién es aquella rosa roja, altiva, con sombras negras,
que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sin
hojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese
a hacerse pájaro y a tender a él las alas, y aquel
aguinaldo lindo que trepa humildemente, como un niño castigado,
por el tallo de la rosa roja. ¡Malos! ¡escopeta cargada
de colores!
- Ana:
yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como
una flor, y en aquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir,
te tendría perpetuamente, para que nunca se me desconsolase
el alma.
- Juan- dijo
Lucía, como a la vez conteniéndose y levantándose- :
¿quieres venir a oír el «M'odi tu» que
me trajiste el sábado? ¡No lo has oído todavía!
- ¡Ah!
y a propósito, no saben ustedes- dijo Pedro como poniéndose
ya en pie para despedirse- , que la cabeza ideal que ha publicado
en su último número La Revista de Artes....
- ¿Qué
cabeza?- preguntó Lucía- ¿una que
parece de una virgen de Rafael, pero con ojos americanos, con un
talle que parece el cáliz de un lirio?
- Esa misma,
Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino la de una niña
que va a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un
pasmo de hermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.
Se puso en pie
Lucía con un movimiento que pareció un salto; y Juan
alzó del suelo, para devolvérselo, el pañuelo,
roto.
Como veinte
años antes de la historia que vamos narrando, llegaron a
la ciudad donde sucedió, un caballero de mediana edad y su
esposa, nacidos ambos en España, de donde, en fuerza de cierta
indómita condición del honrado don Manuel del Valle,
que le hizo mal mirado de las gentes del poder como cabecilla y
vocero de las ideas liberales, decidió al fin salir el señor
don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento su humilde
mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tenía,
por moverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman allá
al policía, encima; y porque, a consecuencia de querer la
libertad limpia y para buenos fines, se quedó con tan pocos
amigos entre los mismos que parecían defenderla, y lo miraban
como a un celador enojoso, que esto más le ayudó a
determinar, de un golpe de cabeza, venir a «las Repúblicas
de América», imaginando, que donde no había
reina liviana, no habría gente oprimida, ni aquella trabilla
de cortesanos perezosos y aduladores, que a don Manuel le parecían
vergüenza rematada de su especie, y, por ser hombre él,
como un pecado propio.
Era de no acabar
de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuando con
aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buena
cerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes
como torres, los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que
auxiliando ligerezas ajenas querían hacer, por lo comunes,
menos culpables las propias; o tal historia de un capitán
de guardias, que pareció bien en la corte con su ruda belleza
de montañés y su cabello abundante y alborotado, y
apenas entrevió su buena fortuna tomó prestados unos
dineros, con que enrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y
en lo del sastre vestir de paño bueno, y en lo del calzador
comprarse unos botitos, con que estar galán en la hora en
que debía ir a palacio, donde al volver el capitán
con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en poco
estuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de
unas jiras, o fiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel,
así como de ciertas cenas en la fonda de un francés,
que cuando contaba de ellas no podía estar sentado; y daba
con el puño sobre la mesa que le andaba cerca, como para
acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abría
cuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buen
caballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego
de haberle dado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía
siempre a parar en que don Manuel tocase en la guitarra que se había
traído cuando el viaje, con una ternura que solía
humedecer los ojos suyos y los ajenos, unas serenatas de su propia
música, que más que de la rondalla aragonesa que le
servía como de arranque y ritornello, tenía
de desesperada canción de amores de un trovador muerto de
ellos por la dama de un duro castellano, en un castillo, allá
tras de los mares, que el trovador no había de ver jamás.
En esos días
la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castaño
eran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba unas
pocas habilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando
que complacería con ellas más tarde a su marido. Y
cuando en el cuarto de los libros, que en verdad era la sala de
la casa, centelleaba don Manuel, sacudiéndose más
que echándose sobre uno y otro hombro alternativamente los
cabos de la capa que so pretexto de frío se quitaba raras
veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, con
su cuerpo elegante y modesto, la buena señora doña
Andrea, poniendo mano en un pisto manchego, o aderezando unas farinetas
de Salamanca que a escondidas había pedido a sus parientes
en España, o preparando, con más voluntad que arte,
un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababan de calmar
las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle,
aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había
quemado allí, o sufrido accidente mayor: o los chorizos,
o el arroz, o entrambos. ¡Fuera de la patria, si piedras negras
se reciben de ella, de las piedras negras parece que sale luz de
astro!
Era de acero
fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos que fueran
sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos ni escasos,
al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por el
mundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las
gentes de talento menesterosas, con tal que éstas se presten
a ayudar con sus habilidades el éxito de las tramas con que
aquellos promueven y sustentan su fortuna: de tal modo que, si se
va a ver, está hoy viviendo la gente con tantas mañas,
que es ya hasta de mal gusto ser honrado.
En este diario
y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió
el señor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril
y descompuesta, sus azotainas contra las monarquías y vilezas
que engendra, y sus himnos, encendidos como cantos de batalla, en
loor de la libertad, de que «los campos nuevos y los altos
montes y los anchos ríos de esta linda América, parecen
natural sustento».
Mas a poco de
esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestra
historia tales cosas iba viendo nuestro señor don Manuel
que volvió a tomar la capa, que por inútil había
colgado en el rincón más hondo del armario, y cada
día se fue callando más, y escribiendo menos, y arrebujándose
mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegado
ya a la clemente temperatura del país y al dulce trato de
sus hijos para pensar en abandonarlo, determinó abrir escuela;
si bien no introdujo en el arte de enseñar, por no ser aun
este muy sabido tampoco en España, novedad alguna que acomodase
mejor a la educación de los hispanoamericanos fáciles
y ardientes, que los torpes métodos en uso, ello es que con
su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su Dibujo Lineal,
y unas encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando
y escapando Felipe Segundo como comido de llamas, el señor
Valle sacó una generación de discípulos, un
tanto románticos y dados a lo maravilloso, pero que fueron
a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de los gobiernos
tiránicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las
de poner en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el señor
don Manuel de ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar
en manos de los guindillas americanos «en estas mismísimas
Repúblicas de América». A la fecha de nuestra
historia, hacía ya unos veinticinco años de esto.
Tan casero era
don Manuel, que apenas pasaba año sin que los discípulos
tuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina,
cuál con un par de pichones, cuál con un pavo, la
presencia de un nuevo ornamento vivo de la casa.
- Y ¿qué
ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que
haya de librar a la patria del tirano?
- ¡Calle
usted, paisano, calle usted; un malakoff más!- Malakoff,
llamaban entonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a
lo que en llano se ha llamado siempre miriñaque o crinolina.
Y don Manuel
quería mucho a sus hijos, y se prometía vivir cuanto
pudiese para ellos; pero le andaba desde hacía algún
tiempo por el lado izquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba
de verdad, como una cestita de llamas que estuviera allí
encendida, de día y de noche, y no se apagase nunca. Y como
cuando la cestita le quemaba con más fuerza sentía
él un poco paralizado el brazo del corazón, y todo
el cuerpo vibrante como las cuerdas de un violín, y después
de eso le venían de pronto unos apetitos de llorar y una
necesidad de tenderse por tierra, que le ponían muy triste,
aquel buen don Manuel no veía sin susto cómo le iban
naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían
de ser más un estorbo que una ayuda para «esa pobre
Andrea, que es mujer muy señora y bonaza, pero ¡para
poco, para poco!».
Cinco hijas
llegó a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas le
había nacido un hijo, que desde niño empezó
a dar señales de ser alma de pro. Tenía gustos raros
y bravura desmedida, no tanto para lidiar con sus compañeros,
aunque no rehuía la lidia en casos necesarios, como para
afrontar situaciones difíciles, que requerían algo
más que la fiereza de la sangre o la presteza de los puños.
Una vez, con unos cuantos compañeros suyos, publicó
en el colegio un periodiquín manuscrito, y por supuesto revolucionario,
contra cierto pedante profesor que prohibía a sus alumnos
argumentarles sobre los puntos que les enseñaba; y como un
colegial aficionado al lápiz pintase de pavo real a este
maestrazo, en una lámina repartida con el periodiquín,
y don Manuel, en vista de la queja del pavo real, amenazara en sala
plena con expulsar del colegio en consejo de disciplina al autor
de la descortesía, aunque fuese su propio hijo, el gentil
Manuelillo, digno primogénito del egregio varón, quiso
quitar de sus compañeros toda culpa, y echarla entera sobre
sí; y levantándose de su asiento, dijo, con gran perplejidad
del pobre don Manuel, y murmullos de admiración de la asamblea:
- Pues,
señor Director: yo solo he sido.
Y pasaba las
noches en claro, luego que se le extinguía la vela escasa
que le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con
las Empresas de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles
umbrosas de la Alameda, y creyéndose a veces nueva encarnación
de las grandes figuras de la historia, cuyos gérmenes le
parecía sentir en sí, y otras desesperando de hacer
cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompía a llorar, de desesperación
y de ternura. O se iba de noche a la orilla de la mar, a que le
salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban del agua salada
al reventar contra las rocas.
Leía
cuanto libro le caía a la mano. Montaba en cuanto caballo
veía a su alcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si había
que saltar una cerca mejor. En una noche se aprendía los
libros que en todo el año escolar no podían a veces
dominar sus compañeros; y aunque la Historia Natural y la
Universal y cuanto añadiese algo útil a su saber y
le estimulase el juicio y la verba, eran sus materias preferidas,
a pocas ojeadas penetraba el sentido de la más negra lección
de Álgebra, tanto que su maestro, un ingeniero muy mentado
y brusco, le ofreció enseñarle, en premio de su aplicación,
la manera de calcular lo infinitésimo.
Escribía
Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces, unas
letrillas y artículos de costumbres que ya mostraban a un
enamorado de la buena lengua; pero a poco se soltó por natural
empuje, con vuelos suyos propios, y empezó a enderezar a
los gobernantes que no dirigen honradamente a sus pueblos, unas
odas tan a lo pindárico, y recibidas con tal favor entre
la gente estudiantesca, que en una revuelta que tramaron contra
el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, pues llevaban
consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo, quien
en verdad tenía en la sangre el microbio sedicioso; y bien
que tuvieron que empeñarse los amigos pudientes de don Manuel
para que en gracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien
su padre, riñéndole con los labios, en que le temblaban
los bigotes, como los árboles cuando va a caer la lluvia,
y aprobándole con el corazón, envió a seguir,
en lo que cometió grandísimo error, estudios de Derecho
en la Universidad de Salamanca, más desfavorecida que otras
de España, y no muy gloriosa ahora, pero donde tenía
la angustiada doña Andrea los buenos parientes que le enviaban
las farinetas.
Se fue el de
las odas en un bergantín que había venido cargado
de vinos de Cádiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba
en la costa de su patria los ojos anegados de tan triste manera,
que a pesar del águila nueva que llevaba en el alma, le parecía
que iba todo muerto y sin capacidad de resurrección y que
era él como un árbol prendido a aquella costa por
las raíces, al que el buque llevaba atado por las ramas pujando
mar afuera, de modo que sin raíces se quedaba el árbol,
si lograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y moría:
o como el tronco no podía resistir aquella tirantez, se quebraría
al fin, y moría también; pero lo que don Manuelillo
veía claro, era que moría de todos modos. Lo cual,
¡ay! fue verdad, cuatro años más tarde, cuando
de Salamanca había hallado aquel niño manera de pasar,
como ayo en la casa de un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se
murió de unas fiebres enemigas, que le empezaron con grandes
aturdimientos de cabeza, y unas visiones dolorosas y tenaces que
él mismo describía en su cama revuelta, de delirante,
con palabras fogosas y desencajadas, que parecían una caja
de joyas rotas; y sobre todo, una visión que tenía
siempre delante de los ojos, y creía que se le venía
encima, y le echaba un aire encendido en la frente, y se iba de
mal humor, y se volvía a él de lejos, llamándole
con muchos brazos: la visión de una palma en llamas. En su
tierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de
palmas.
No murió
don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bien
pudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo
supiese, se sentó un día en su sillón, muy
envuelto en su capa, y con la guitarra al lado, como si sintiese
en el alma unas muy dulces músicas, a la vez que un frescor
húmedo y sabroso, que no era el de todos los días,
sino mucho más grato. Doña Andrea estaba sentada en
una banqueta a sus pies, y, lo miraba con los ojos secos, y crecidos,
y le tenía las manos. Dos hijas lloraban abrazadas en un
rincón: la mayor, más valiente, le acariciaba con
la mano los cabellos, o lo entretenía con frases zalameras,
mientras le preparaba una bebida; de pronto, desasiéndose
bruscamente de las manos de doña Andrea, abrió don
Manuel los brazos y los labios como buscando aire; los cerró
violentamente alrededor de la cabeza de doña Andrea, a quien
besó en la frente con un beso frenético; se irguió
como si quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó
sobre el respaldo del asiento, estremeciéndosele el cuerpo
horrendamente, como cuando en tormenta furiosa un barco arrebatado
sacude la cadena que lo sujeta al muelle; se le llenó de
sangre todo el rostro, como si en lo interior del cuerpo se le hubiese
roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco, y sonriendo,
con la mano casualmente caída sobre el mango de su guitarra,
quedó muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea
a Manuelillo, a quien contaban que el padre no escribía porque
sufría de reumatismo en las manos, para que no le entrase
el miedo por las angustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas,
interrumpiendo antes de tiempo sus estudios. Y era también
que doña Andrea conocía que su pobre hijo había
nacido comido de aquellas ansias de redención y evangélica
quijotería que le habían enfermado el corazón
al padre, y acelerado su muerte, y como en la tierra en que vivían
había tanto que redimir, y tanta cosa cautiva que libertar,
y tanto entuerto que poner derecho, veía la buena Madre,
con espanto, la hora de que su hijo volviese a su patria, cuya hora,
en su pensar, sería la del sacrificio de Manuelillo.
- ¡Ay!- decía
doña Andrea- , una vez que un amigo, de la casa le hablaba
con esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz,
y nos hará aun más infelices sin quererlo. Él
quiere mucho a los demás, y muy poco a sí mismo. Él
no sabe hacer víctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque
de todos modos, por desdicha de doña Andrea, Manuelillo había
partido de la tierra antes de volver a ver la suya propia, ¡detrás
de la palma encendida!
¿Quién
que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma caída,
no piensa en las viudas? A don Manuel no le habían bastado
las fuerzas, y en tierra extraña esto había sido mucho,
más que para ir cubriendo decorosamente con los productos
de su trabajo las necesidades domésticas. Ya el ayudar a
Manuelillo a mantenerse en España le había puesto
en muy grandes apuros.
Estos tiempos
nuestros están desquiciados, y con el derrumbe de las antiguas
vallas sociales y las finezas de la educación, ha venido
a crearse una nueva y vastísima clase de aristócratas
de la inteligencia, con todas las necesidades de parecer y gustos
ricos que de ella vienen, sin que haya habido tiempo aun, en lo
rápido del vuelco, para que el cambio en la organización
y repartimiento de las fortunas corresponda a la brusca alteración
en las relaciones sociales, producidas por las libertades políticas
y la vulgarización de los conocimientos. Una hacienda ordenada
es el fondo de la felicidad universal. Y búsquese en los
pueblos, en las casas, en el amor mismo más acendrado y seguro,
la causa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean,
cuando no son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra
forma de él: la hacienda es el estómago de la felicidad.
Maridos, amantes, personas que aun tenéis que vivir y anheláis
prosperar: ¡organizad bien vuestra hacienda!
De este desequilibrio,
casi universal hoy, padecía la casa de don Manuel, obligado
con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sin ostentación
ni despilfarro, como caballero rico. ¿Ni quién se
niega, si los quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes,
aprendan esas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano,
que alegran tanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y
caen en buena tierra, el carácter de quien las posee, esas
cosas de arte que apenas hace un siglo eran todavía propiedad
casi exclusiva de reinas y princesas? ¿Quién que ve
a sus pequeñines finos y delicados, en virtud de esa aristocracia
del espíritu que en estos tiempos nuevos han sustituido a
la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta de vestirlos de
linda manera, en acuerdo con el propio buen gusto cultivado, que
no se contenta con falsificaciones y bellaquerías, y de modo
que el vestir complete y revele la distinción del alma de
los queridos niños? Uno, padrazo ya, con el corazón
estremecido y la frente arrugada, se contenta con un traje negro
bien cepillado y sin manchas, con el cual, y una cara honrada, se
está bien y se es bien recibido en todas partes; pero, ¡para
la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto! ¡para los hijos,
que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en el corazón
la embriaguez del vino, y en las manos el arma de los conquistadores!
¡para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!
De manera que,
cuando don Manuel murió, solo había en la casa los
objetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse más
el buen gusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba
la madre como pensamientos vivos de su esposo, que debían
guardarse íntegros a su hijo ausente, y los enseres de la
escuela, que un ayudante de don Manuel, que apenas le vio muerto
se alzó con la mayor parte de sus discípulos, halló
manera de comprar a la viuda, abandonada así por el que en
conciencia debió continuar ayudándola, en una suma
corta, la mayor, sin embargo, que después de la muerte de
don Manuel se vio nunca en aquella pobre casa. Hacen pensar en las
viudas las palmas caídas.
Este o aquel
amigo, es verdad, querían saber de vez en cuando qué
tal le iba yendo a la pobre señora. ¡Oh! se interesaban
mucho por su suerte. Ya ella sabía: en cuanto le ocurriese
algo no tenía más que mandar. Para cualquier cosa,
para cualquier cosa estaban a su disposición. Y venían
en visita solemne, en día de fiesta, cuando suponían
que había gente en la casa; y se iban haciendo muchas cortesías,
como si con la ceremonia de ellas quisiesen hacer olvidar la mayor
intimidad que podría obligarlos a prestar un servicio más
activo. Da espanto ver cuán sola se queda una casa en que
ha entrado la desgracia: da deseos de morir.
¿Qué
se haría doña Andrea, con tantas hijas, dos de ellas
ya crecidas; con el hijo en España, aunque ya el noble mozo
había prohibido, aun suponiendo a su padre vivo, que le enviasen
dinero? ¿qué se haría con sus hijas pequeñas,
que eran, las tres, por lo modestas y unidas, la gala del colegio;
con Leonor, la última flor de sus entrañas, la que
las gentes detenían en la calle para mirarla a su placer,
asombradas de su hermosura? ¿qué se haría doña
Andrea? Así, cortado el tronco, se secan las ramas del árbol,
un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra. ¡Pero los libros
de don Manuel no! esos no se tocaban: nada más que a sacudirlos,
en la piececita que les destinó en la casa pobrísima
que tomó luego, permitía la señora que entrasen
una vez al mes. O cuando, ciertos domingos, las demás niñas
iban a casa de alguna conocida a pasar la tarde, doña Andrea
se entraba sola en la habitación, con Leonor de la mano,
y allí a la sombra de aquellos tomos, sentada en el sillón
en que murió su marido, se abandonaba a conversaciones mentales,
que parecían hacerle gran bien, porque salía de ellas
en un estado de silenciosa majestad, y como más clara de
rostro y levantada de estatura; de tal modo que las hijas cuando
volvían de su visita, conocían siempre, por la mayor
blandura en los ademanes, y expresión de dolorosa felicidad
de su rostro, si doña Andrea había estado en el cuarto
de los libros. Nunca Leonor parecía fatigada de acompañar
a su madre en aquellas entrevistas: sino que, aunque ya para entonces
tenía sus diez años, se sentaba en la falda de su
madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o se echaba
a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyos cabellos
finos jugaba la viuda, distraída. De vez en cuando, pocas
vedes, la cogía doña Andrea en un brusco movimiento
en sus brazos, y besando con locura la cabeza de la niña
rompía en amarguísimos sollozos. Leonor, silenciosamente,
humedecía en todo este tiempo la mano de su madre con sus
besos.
De España
se trajo pocas cosas don Manuel, y doña Andrea menos, que
era de familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender
a las necesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlas
margaritas que había llevado de América a Salamanca
un tío, abuelo de doña Andrea, y un aguacate de esmeralda
de la misma procedencia, que recibió de sus padres como regalo
de matrimonio; hasta unas cucharas y vasos de plata que se estrenaron
cuando se casó la madre de don Manuel, y este solía
enseñar con orgullo a sus amigos americanos, para probar
en sus horas de desconfianza de la libertad, cuánto más
sólidos eran los tiempos, cosas y artífices de antaño.
Y todas las
maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementes compradores;
una escena autógrafa de El Delincuente Honrado de
Jovellanos; una colección de monedas romanas y árabes
de Zaragoza, de las cuales las árabes estimulaban la fantasía
y avivaban las miradas de Manuelillo cada vez que el padre le permitía
curiosear en ellas; una carta de doña Juana la Loca, que
nunca fue loca, a menos que amar bien no sea locura, y en cuya carta,
escrita de manos del secretario Passamonte, se dicen cosas tan dignas
y tan tiernas que dejaban enamorados de la reina a los que las leían,
y dulcemente conmovidas las entrañas.
Así se
fueron otras dos joyas que don Manuel había estimado mucho,
y mostraba con la fruición de un goloso que se complace traviesamente
en hacer gustar a sus amigos un plato cuya receta está decidido
a no dejarles conocer jamás: un estudio en madera de la cabeza
de San Francisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lápiz
rojo, dulce como una cabeza del mismo Rafael.
Con las cucharas
de plata se pagó un mes la casa; la esmeralda dio para tres
meses; con las monedas fueron ayudándose medio año.
Un desvergonzado compró la cabeza, en un día de angustia,
en cinco pesos. Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que,
muy mal cobrados y muy regañados, ganaban doña Andrea
y las hijas mayores enseñando a algunas niñas pequeñas
del barrio pobre donde habían ido a refugiarse en su penuria.
Pero el dibujo de Goya, ese si se vendió bien. Ese, él
solo, produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata,
y el aguacate. El dibujo de Goya, única prenda que no se
arrepintió doña Andrea de haber vendido, porque le
trajo un amigo, lo compró Juan Jerez; Juan Jerez que cuando
murió en Madrid Manuelillo, y la madre extremada por los
gastos en que la puso una enfermedad grave de su niña Leonor,
se halló un día pensando con espanto en que era necesario
venderlos, compró los libros a doña Andrea, mas no
se los llevó consigo, sino que se los dejó a ella
«porque él no tenía donde ponerlos, y cuando
los necesitase, ya se los pediría». Muy ruin tiene
que ser el mundo, y doña Andrea sabía de sobra que
suele ser ruin, para que ese día no hubiese satisfecho su
impulso de besar a Juan la mano.
Pero Juan, joven
rico y de padres y amistades que no hacían suponer que buscase
esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendió
que no debía ser visita de ella, donde ya eran alegría
de los ojos y del corazón, más por lo honestas que
por lo lindas, las dos niñas mayores, y muy distraído
el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino y generoso,
y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostraba a
su prima Lucía, ni visitaba frecuentemente la casa de doña
Andrea, ni hacía alarde de no visitarla, como que le llevó
su propio médico cuando la enfermedad de Leonor, y volvió
cuando la venta de los libros, y cuando sabía alguna aflicción
de la señora, que con su influjo, el no con su dinero que
solía escasearle, podía tener remedio.
Lo que, como
un lirio de noche en una habitación oscura, tuvo en medio
de todas estas agonías iluminada el alma de doña Andrea,
y le aseguró en su creencia bondadosa en la nobleza de la
especie humana, fue que, ya porque en realidad le apenase la suerte
de la viuda, ya porque creyera que había de parecer mal,
siendo como el don Manuel bien querido, y maestro como ella, que
permitieran la salida de sus hijas del colegio por falta de paga,
la directora del Instituto de la Merced, el más famoso y
rico del país, hizo un día, en un hermoso coche, una
visita, que fue muy sonada, a casa de doña Andrea, y allí
le dijo magnánimamente, cosa que enseguida vociferó
y celebró mucho la prensa, que las tres niñas recibirían
en su colegio, si ella no lo mandaba de otro modo, toda su educación,
como externas, sin gasto alguno. Aquella vez sí que doña
Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juan habían
más tarde de impedírselo, cubrió de besos la
mano de la directora, quien la trató con una hermosa bondad
pontificia, y como una mujer inmaculada trata a una culpable, tras
de lo cual se volvió muy oronda a su colegio, en su arrogante
coche.
Es verdad que
las niñas no decían a doña Andrea que, aunque
no las había en el colegio más aplicadas que ellas,
ni que llevaran los vestiditos más blancos y bien cuidados,
ni que, en la clase y recreo mostrasen mayor compostura, los vales
a fin de semana, y los primeros puestos en las competencias, y los
premios en los exámenes, no eran nunca para ellas; los regaños,
sí. Cuando la niña del ministro había derramado
un tintero, de seguro que no había sido la niña del
ministro, ¿cómo había de ser la hija del ministro?
había sido una de las tres niñas del Valle. La hija
de Mr. Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, la descuidada,
la envidiosa Iselda, había escondido, donde no pudiese ser
hallado, su caja de lápices de dibujar: por supuesto, la
caja no aparecía: «¡Allí todas las niñas
tenían dinero para comprar sus cajas! ¡las únicas
que no tenían dinero allí eran las tres del Valle!»
y las registraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con
la cara llena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por
fortuna la niña de otro banquero, menos rico que Mr. Floripond,
dijo que había visto a Iselda poner la caja de lápices
en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas, y serviciales fueron, tan
apretaditas se sentaban siempre las tres, sin jugar, o jugando entre
sí, en la hora de recreo; con tal mansedumbre obedecían
los mandatos más destemplados e injustos; con tal sumisión,
por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantes
del colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlas
con alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la
clase, a darles a afilar sus lápices, a distinguirlas con
esos pequeños favores de los maestros que ponen tan orondos
a los niños, y que las tres hijas de del Valle recompensaban
con una premura en el servirlos y una modestia y gracia tal, que
les ganaba las almas más duras. Esta bondadosa disposición
de las ayudantes subió de punto cuando la directora, que
no tenía hijos, y era aun una muy bella mujer, dio muestras
de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardes la
dejaba a comer a su mesa, enviándola luego a doña
Andrea con un afectuoso recado; y un domingo la sacó a pasear
en su carruaje, complaciéndose visiblemente aquel día
en responder con su mejor sonrisa a todos los saludos.
Porque los que
poseen una buena condición, si bien la persiguen implacablemente
en los demás cuando por causa de la posición o edad
de estos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el
contrario, por una especie de prolongación de egoísmo
y por una fuerza de atracción que parece incontrastable y
de naturaleza divina, en reconocer y proclamar en otros la condición
que ellos mismos poseen, cuando no puede llegar a estorbarles.
Se aman y admiran
a sí propios en los que, fuera ya de este peligro de rivalidad,
tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como una renovación
de sí mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen,
como si se viesen aun a sí propios tales como son aquellas
criaturas nuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a
sí, y las retienen a su lado, como si quisiesen fijar, para
que no se les escapase, la condición que ya sienten que los
abandona. Hay, además, gran motivo de orgullo en oír
celebrar la especie de mérito por que uno se distingue.
Verdad es que
no había tampoco mejor manera de llamar la atención
sobre sí que llevar cerca a Leonor. ¡Qué mirada,
que parecía una plegaria! ¡Qué óvalo
el del rostro, más perfecto y puro! ¡Qué cutis,
que parecía que daba luz! ¡Qué encanto en toda
ella, y qué armonía! De noche doña Andrea,
que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, no
bien la veía dormida, la descubría para verla mejor;
le apartaba los cabellos de la frente y se los alzaba por detrás
para mirarle el cuello, le tomaba las manos, como podía tomar
dos tórtolas, y se las besaba cuidadosamente; le acariciaba
los pies, y se los cubría a lentos besos.
Alfombra hubiera
querido ser doña Andrea, para que su hija no se lastimase
nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra, cinta
para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitase
para vivir, como si no tuviese otras hijas, quería ser para
ella doña Andrea. Solía Leonor despertarse cuando
su madre estaba contemplándola de esta manera; y entreabriendo
dichosamente los ojos amantes y atrayéndola a sí con
sus brazos, se dormía otra vez, con la cabeza de su madre
entre ellos; de su madre que apenas dormía.
¡Cómo
no padecería la pobre señora cuando la directora del
colegio, estando ya Leonor en sus trece años, la vino a ver,
como quien hace un gran servicio, y en verdad para el porvenir de
Leonor lo era, para que lo permitiese retener a Leonor en el colegio
como alumna interna! En el primer instante, doña Andrea se
sintió caer al suelo, y, sin palabras, se quedó mirando
a la directora fijamente, como a una enemiga. De pensarlo no más,
ya le pareció que le habían sacado el corazón
del pecho.
Balbuceó
las gracias. La directora entendió que aceptaba.
- Leonor,
doña Andrea, está destinada por su hermosura a llamar
la atención de una manera extraordinaria. Es niña
todavía, y ya ve usted cómo anda por la ciudad la
fama de su belleza. Usted comprende que a mí me es más
costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mi deber,
por cariño a usted y al señor don Manuel, acabar mi
obra.
Y la madre parecía
que quería adelantar una objeción; y la mujer hermosa,
que en realidad, en fuerza de la plácida beldad de Leonor,
había concebido por ella un tierno afecto, decía precipitadamente
estas buenas razones, que la madre veía lucir delante de
sí, como puñales encendidos.
- Porque
usted ve, doña Andrea, que la posición de Leonor en
el mundo, va a ser sumamente delicada. La situación a que
están ustedes reducidas las obliga a vivir apartadas de la
sociedad, y en una esfera en que, por su misma distinción
natural y por la educación que está recibiendo, no
puede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse
en mi colegio como interna, se rozará mucho más, en
estos tres años, con las niñas más elegantes
y ricas de la ciudad, que se harán sus amigas íntimas;
yo misma iré cuidando especialmente de favorecer aquellas
amistades que le puedan convenir más cuando salga al mundo,
y le ayuden a mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin más
que su belleza, en la posición en que ustedes están,
no podría llegar nunca. Hermosa e inteligente como es, y
moviéndose en buenos círculos, será mucho más
fácil que inspire el respeto de jóvenes que de otro
modo la perseguirían sin respetarla, y encuentre acaso entre
ellos el marido que la haga venturosa. ¡Me espanta, doña
Andrea- dijo la directora que observaba el efecto de sus palabras
en la pobre madre- , me espanta pensar en la suerte que correría
Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparo en que tienen
ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle! Piense
usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura.
Y la directora,
ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones de doña
Andrea, que no tenía fuerzas para abrir los labios, ya deseosa
de alcanzar con halagos su anhelo, había tomado las manos
de doña Andrea, y se las acariciaba bondadosamente.
Entró
Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si los
torrentes de llanto apretados por la agonía se saliesen al
fin de sus ojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y
se lanzó al encuentro de su hija, y se abrazó con
ella estrechísimamente.
- Yo no
iré, mamá, yo no iré- le decía
Leonor al oído- , sin que lo oyese la directora; aunque
ya Leonor le había dicho a esta que, si quería doña
Andrea, ella quería ir.
A los pocos
momentos doña Andrea, pálida, sentada ya junto a Leonor,
a quien tenía de la mano, pudo por fin hablar. ¡Porque
era ceder a cuanto le quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas
suyas de silencio, en que su alma, a solas con su amargura y con
su niña, recordaba y vivía; porque conforme se había
ido apartando de todo, en sus hijas, y en Leonor, como un símbolo
de todas ellas, se había refugiado, con la tenacidad de las
almas sencillas que no tienen fuerza más que para amor; porque
dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de la
vida!
Por fin pudo
hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla de muy lejos,
dijo:
- Bueno,
señora, bueno. Y Dios le pagará su buena intención.
Leonor se quedará en el colegio.
Y ya hemos visto
en los comienzos de esta historia que estaba Leonor a punto de salir
de él.
¿De qué
ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Era
como la mañana que sigue al día en que se ha revelado
un orador poderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo. Era
esa conmoción inevitable que, a pesar de su vulgaridad ingénita,
experimentan los hombres cuando aparece súbitamente ante
ellos alguna cualidad suprema. Después se coligan todos,
en silencio primero, abiertamente luego, y dan sobre lo que admiraron.
Se irritan de haber sido sorprendidos. Se encolerizan sordamente,
por ver en otro la condición que no poseen. Y mientras más
inteligencia tengan para comprender su importancia, más la
abominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecer
envidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes
no temer, ponen un empeño desmedido en alabar al mismo a
quien envidian, pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por
el encono común, van agrupándose, cuchicheando, haciéndose
revelaciones. Se ha exagerado. Bien mirado, no es lo que se decía.
Ya se ha visto eso mismo. Esos ojos no deben ser suyos. De seguro
que se recorta la boca con carmín. La línea de la
espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parece como
que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo.
No es lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba
en los ojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda,
¡porque la lleva en sí! Ea; eso es fijo: los hombres
no perdonan jamás a aquellos a quienes se han visto obligados
a admirar.
Pero allá,
en un rincón del pecho, duerme como un portero soñoliento
la necesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaña
su fragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido,
tres gotas de un licor misterioso. Así la necesidad de la
grandeza, como esas tres gotas exquisitas, está en el fondo
del alma. Duerme como si nunca hubiese de despertar, ¡oh,
suele dormir mucho! ¡oh, hay almas en que el portero no despierta
nunca! Tiene el sueño pesado, en cosas de grandeza, y sobre
todo en estos tiempos, el alma humana. Mil duendecillos, de figuras
repugnantes, manos de araña, vientre hinchado, boca encendida,
de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos, giran constantemente
alrededor de portero dormido, y le echan en los oídos jugo
de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en las sienes,
y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de las manos,
y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre el respaldo
del sillón, mirando hostilmente a todos lados, para que nadie
se acerque a despertar al portero: ¡mucho suele dormir la
grandeza en el alma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos,
al primer movimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de
vientre hinchado. Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada
de tanto tiempo de no haberlo sido. Solo que los duendecillos están
escondidos detrás de las puertas, y cuando les vuelve a picar
el hambre, porque se han jurado comerse al portero poco a poco,
empiezan a dejar escapar otra vez el aroma de las adormideras, que
a manera de cendales espesos va turbando los ojos y velando la frente
del portero vencido; y no ha pasado mucho tiempo desde que puso
a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos en confusión,
se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas de las
puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendo
las grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilísimamente
por las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro
se le sienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de
rata que roe, las adormideras. Tal es el sueño del alma humana.
¿De qué
ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle?
De ella, porque
hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiesta alcanzó
inesperadamente, a influjo de aquella niña ayer desconocida,
una elevación y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron
a ello volverían a alcanzar jamás. Tal como suelen
los astros juntarse en el cielo, ¡ay! para chocar y deshacerse
casi siempre, así, con no mejor destino, suelen encontrarse
en la tierra, como se encontraron anoche, el genio, y ese otro genio,
la hermosura.
De fama singular
había venido precedido a la ciudad el pianista húngaro
Keleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun más por su
arte, no viajaba, como otros, en busca de fortuna. Viajaba porque
estaba lleno de águilas, que le comían el cuerpo,
y querían espacio ancho, y se ahogaban en la prisión
de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quien creyó
amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías
de su alma no encontraban eco, de lo que le vino postración
tan grande que ni fuerzas tenía aquel músico-atleta,
para mover las manos sobre el piano: hasta que lo tomó un
amigo leal del brazo, y le dijo «Cúrate», y lo
llevó a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas músicas
se le entraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas
y con la cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron
al fin de nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que
en el barco que lo llevaba por los mares improvisaba Keleffy, las
que eran tales, que si se cerraban los ojos cuando se las oía,
parecía que se levantaban por el aire, agrandándose
conforme subían, unas estrellas muy radiosas, sobre un cielo
de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en las nubes
de colores ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas
de flores silvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos
cestos de luz: ¿qué es la música sino la compañera
y guía del espíritu en su viaje por los espacios?
Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacían
ver las fantasías que en el mar improvisaba Keleffy: otros
hay, que no ven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos
no han visto, otros lo vean. Es seguro que un topo no ha podido
jamás concebir un águila.
Keleffy viajaba
por América, porque le habían dicho que en nuestro
cielo del Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte
del cielo, y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes
como cabeza de mujer y blancas como la leche, que crecen en los
países del Atlántico, y de unas anchas hojas que se
crían en nuestra costa exuberante, y arrancan de la madre
tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella, como los brazos
de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen, perennemente
abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios y las
diosas.
Y aquel dolor
de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo ni aceptarlo,
puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aquel dolor
que no dormía, ni tenía paces, ni le quería
salir del pecho, y le tenía la fantasía como apretada
por serpientes, lo que daba a todo su música un aire de combate
y tortura que solía privarla del equilibrio y proporción
armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aquel dolor,
en un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria
que está enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había
salvado, como una paloma herida, un apego ardentísimo a lo
casto; aquel dolor, que a veces con las manos crispadas se buscaba
el triste músico por sobre el corazón, como para arrancárselo
de raíz, aunque se tuviera que arrancar el corazón
con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacía
parecer a las veces extravagante y huraño, y aunque por la
suavidad de su mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde
el primer instante, como un domador de oficio, la voluntad de los
que le veían, poco a poco sentía él que en
aquellos afectos iba entrando la sorda hostilidad con que los espíritus
comunes persiguen a los hombres de alma superior, y aquella especie
de miedo, si no de terror, con que los hombres, famélicos
de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajo la pesadumbre
de un infortunio, ni sabe dar alegrías, ni tiene el ánimo
dispuesto a compartirlas.
Ya en la ciudad
de nuestro cuento, cuya gente acomodada había ido toda, y
en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde
apenas había casa sin piano, y, lo que es mejor, sin quien
tocase en él con natural buen gusto, tenía Keleffy
numerosos y ardientes amigos; tanto entre los músicos sesudos,
por el arte exquisito de sus composiciones, como entre la gente
joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. De
modo que cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista
que se exhibe sino como un hombre que padece, determinó la
sociedad elegante recibirle con una hermosísima fiesta, que
quisieron fuese como la más bella que se hubiera visto en
la ciudad, ya porque del talento de Keleffy se decían maravillas,
ya porque esta buena ciudad de nuestro cuento no quería ser
menos que otras de América, donde el pianista había
sido ruidosamente agasajado.
En la «casa
de mármol» dispusieron que se celebrase la gran fiesta:
con un tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones,
ya en las salas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada
descanso de la escalera central había un enorme vaso chino
lleno de plantas de camelia en flor; todo un saloncito, el de recibir,
fue colgado de seda amarilla; de higares ocultos por cortinas venía
un ruido de fuentes. Cuando se entraba en el salón, en aquella
noche fresca de la primavera, con todos los balcones abiertos a
la noche, con tanta hermosa mujer vestida de telas ligeras de colores
suaves, con tanto abanico de plumas, muy de moda entonces, moviéndose
pausadamente, y con aquel vago rumor de fiesta que comienza, parecía
que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapa del piano, levantado
para dar mayor sonoridad a las notas, parecía, como dominándolas
a todas, una gran ala negra.
Keleffy, que
discernía la suma de verdadero afecto mezclada en aquella
fiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América
como si constantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes
ojos negros; Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus
últimos dolores, vaciados en sus romanzas y nocturnos, no
hubiesen encontrado manos tiernas y amigas, que se las devolvían
a sus propios oídos como atenuados y en camino de consuelo,
porque «en Europa se toca- decía Keleffy- ,
pero aquí se acaricia el piano»; Keleffy, que no notaba
desacuerdo entre el casto modo con que quería él su
magnífico arte, y aquella fiesta discreta y generosa, en
que se sentía el concurso como penetrado de respeto, en la
esfera inquieta y deleitosa de lo extraordinario; Keleffy, aunque
de una manera apesarada y melancólica, y más de quien
se aleja que de quien llega, tocó en el piano de madera negra,
que bajo sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces,
y a veces órgano, algunas de sus delicadas composiciones,
no aquellas en que se hubiera dicho que el mar subía en montes
y caía roto en cristales, o que braceaba un hombre con un
toro, y le hendía el testuz, y le doblaba las piernas, y
lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexibles fantasías
que, a tener color, hubieran sido pálidas, y a ser cosas
visibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo.
En esto, se
oyó en todo el salón un rumor súbito, semejante
al que en días de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre
de las plazas cuando rompe en un ramo de estrellas en el aire un
fuego de artificio. ¡Ya se sabía que en el Instituto
de la Merced había una niña muy bella! que era Sol
del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue
al piano; porque ella era la discípula querida del Instituto
y ninguna como ella entendía aquella plegaria de Keleffy,
«¡Oh, madre mía», y la tocó, trémula
al principio, olvidada después en su música y por
esto más bella; y cuando se levantó del piano, el
rumor fue de asombro ante la hermosura de la niña, no ante
el talento de la pianista, no común por otra parte; y Keleffy
la miraba, como si con ella se fuese ya una parte de él;
y, al verla andar, la concurrencia aplaudía, como si la música
no hubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita
de un ser de esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana,
cuando había entre los seres humanos tan grande hermosura.
¿Cómo
era? ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La miró,
la miró con ojos desesperados y avarientos. Era como una
copa de nácar, en quien nadie hubiese aun puesto los labios.
Tenía esa hermosura de la aurora, que arroba y ennoblece.
Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino la veía.
La niña, cuando se sentó al lado de la directora,
casi rompió en lágrimas. La revelación, la
primera sensación del propio poder, lisonjea y asusta. Se
tuvo miedo la niña, y aunque muy contenta de sí, halagada
por aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas,
se sintió sola y en riesgo, y buscó con los ojos,
en una mirada de angustia a doña Andrea, ¡ay! a doña
Andrea que, conforme iban pasando los años, se hundía
en sí misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera que
ya, si sonreía siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente.
Todos los ojos estaban sobre ella. ¿Quién es? ¿Quién
es? Las mujeres no la celebraban, se erguían en sus asientos
para verla; movían rápidamente el abanico, cuchicheaban
a su sombra con su compañera; se volvían a mirarla
otra vez. Los hombres, sentían en sí como una rienda
rota; y algunos, como un ala. Hablaban con desusada animación.
Se juntaban en corrillos. La median con los ojos. Ya la veían
de su brazo ostentándola en el salón, y le estrechaban
el talle en el baile ardiente y atrevido; ya meditaban la frase
encomiástica con que habían de deslumbrar al ser presentados
a ella. «¿Conque esa es Sol del Valle?». «¿En
qué casas visita?». «¿Va a casa de Lucía
Jerez?». «Juan Jerez es amigo de la señora».
«Allí está Juan Jerez; que nos presente».
«Yo soy amigo de la directora: vamos». «¿Quién
nos presentará a ella?». ¡Pobre niña!
Su alcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No
es para la mayor parte de los hombres una obra santa, y una copa
de espíritu la hermosura; sino una manzana apetitosa. Si
hubiera un lente que permitiese a las mujeres ver, tales como les
pasean por el cráneo los pensamientos de los hombres, y lo
que les anda en el corazón, los querrían mucho menos.
Pero no era
un hombre, no, el que con más insistencia, y un cierto encono
mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultad contenía
el llanto que se le venía a mares a los ojos, abiertos, en
los que se movían los párpados apenas. La conocía
en aquel momento, y ya la amaba y la odiaba. La quería como
a una hermana; ¡qué misterios de estas naturalezas
bravías e iracundas! y la odiaba con un aborrecimiento irresistible
y trágico. Y cuando un caballero apuesto y cortés,
que saludaba mucha gente a su paso, se acercó, por lo mismo
que vivía en esfera social más alta, más que
a saludar, a proteger a Sol del Valle, cuando Juan Jerez llegó
al fin al lado de la niña, y Lucía Jerez, que era
quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerró
los ojos, inclinó la cabeza sobre el hombro como quien se
muere; se le puso todo el rostro amarillo; y solo al cabo de algún
tiempo, al influjo del aire que agitaban sus compañeras con
los abanicos, volvió a abrir los ojos, que parecían
turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un ave negra.
Y Keleffy en
aquellos instantes tenía subyugada y muda a la concurrencia.
Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías
de esposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar
sereno luego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento
sombrío del alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una
como invasión de luz que encendiese la atmósfera,
y penetrase por los rincones más negros de la tierra, y a
través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul y corales;
una como águila herida, con una llaga en el pecho que parecía
una rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritos
desesperados y estridentes. Así, como un espíritu
que se despide, tocó Keleffy el piano. Jamás pudo
tanto, ni nadie le oyó así segunda vez. Para Sol era
aquella fantasía; para Sol, a quien ni volvería a
ver nunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen
en vano la pureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo
los que mueren de amor a la hermosura entienden cómo, sin
vil pensamiento, ya a punto de decir adiós para siempre a
la ciudad amiga, tocó aquella noche en el piano Keleffy.
Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta, es
todavía aquel un momento inolvidable. «Nos llevaba
como un triunfador», decía un cronista al día
siguiente, «sujetos a su carro. ¿Adónde íbamos?
nadie lo sabía. Ya era un rayo que daba sobre un monte, como
el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su dama
encantada; ya un león con alas, que iba de nube en nube;
ya un sol virgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes,
se levanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles
no tenían hojas, sino flores; ya un pino colosal que, con
estruendo de gemidos, se quebraba; era una grande alma que se abría.
Mucho se había hecho admirar el apasionado húngaro
en el comienzo de la fiesta; mas, aquella arrebatadora fantasía,
aquel desborde de notas; ora plañideras, ora terribles, que
parecían la historia de una vida, aquella, que fue su última
pieza de la noche, porque nadie después de ella osó
pedirle más, vino tan inmediatamente después de la
aparición de la señorita Sol del Valle, orgullo desde
hoy de la ciudad que todos reconocimos en la improvisación
maravillosa del pianista el influjo que en él, como en cuantos
anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola de inocencia,
ejerció la pasmosa hermosura de la niña. Nace bien
esta beldad extraordinaria, con el genio a sus plantas».
Dos amigas están
sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antigua conocida. En
un sillón está sentada Lucía. Otras sillas
de mimbre esperan a sus dueñas, que andan preparando dulces
por los adentros de la casa, o con Ana, que no está bien
hoy. Está muy pálida. No se espera gente de afuera
aquella tarde; Juan Jerez no está en la ciudad: fue el viernes
a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos de unos
indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Lucía hubiera estado
más triste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan
no puede venir. Ferrocarril no hay hoy. A caballo, es muy lejos.
A los pies de Lucía, en una banqueta, con los brazos cruzados
sobre las rodillas de la niña, ¿quién es la
que está sentada, y la mira con largas miradas, que se entran
por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella su aposento,
y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuya cabellera
castaña destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba
con mucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los
pies de Lucía está Sol del Valle.
Desde la noche
de la fiesta de Keleffy, Lucía y Sol se han visto muchas
veces. ¿De conocerla, cómo había de librarse,
en estas ciudades nuestras en que todo el mundo se conoce? Aquella
misma noche, y no fue Juan por cierto, Lucía, muy adulada
por la directora del Instituto de la Merced, de donde había
salido tres años antes, se vio en brazos de Sol, que la miraba
llena de esperanza y ternura. Se levantó la directora y llevó
a Sol de la mano a donde Lucía estaba, taciturna. Las vio
venir, y se echó atrás.
- ¡Vienen
a mí, a mí!- se dijo.
- Lucía,
aquí te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazón,
y me la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar:
tú no eres envidiosa.
Y a Sol se le
encendía el rostro, sin saber qué decir, y a Lucía
se le desvanecía el color, buscando en balde fuerzas con
que mover la mano y abrir los labios en una sonrisa.
- Pero
esto no ha de ser así, no.
Y la directora
puso el brazo de Sol en el de Lucía, y acompañadas
de miradas celosas, se refugió por algunos momentos con ellas
en un balcón, cuya baranda de granito estaba oculta bajo
una enredadera florecida de rosas salomónicas. El balcón
era grande y solemne; la noche, ya muy entrada, y el cielo, cariñoso
y locuaz, como se pone en nuestros países cuando el aire
está claro, y parece como que platican y se hacen visitas
las estrellas.
- Y ante
todo, Lucía y Sol, dense un beso.
- Mira,
Lucía- dijo la directora juntando en sus manos las de
las los niñas y hablando como si no estuviese Sol con ellas,
quien se sentía las mejillas ardientes, y el pecho apretado
con lo que la maestra iba diciendo, tanto, que por un instante vio
el cielo todo negro, y como que desde su casita la estaba llamando
doña Andrea- . Mira, Lucía, tú sabes cómo
entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Su padre
se ha muerto. Su madre está en la mayor pobreza. Yo, que
la quiero como a una hija, he procurado educarla para que se salve
del peligro de ser hermosa siendo tan pobre.
Sintió
Lucía en aquel instante como si la mano de Sol le temblase
en la suya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse
en pie.
- Señora....
- No, no,
Lucía. La que va a ser mujer de Juan Jerez....
La sombra de
una de las cortinas de la enredadera, que flotaba al influjo del
aire, escondió en este instante el rostro de Sol.
- ... merece
que yo ponga en sus manos, para que me la enseñe al mundo
a su lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan
Jerez tan bueno.
Aquí
la cortina flotante de la enredadera cubrió con su sombra
el rostro de Lucía.
- Juan....
- Juan
ha sido muy bueno- dijo como con cierta prisa voluntaria la
directora- . Él apenas conoce a Sol, porque ha ido muy
poco a casa de doña Andrea; pero como es tan generoso, se
alegrará de que tú ampares a esta niña, con
el respeto de tu casa, de los que, porque la verán desvalida....
Más blanco
que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol.
- ... querrán
faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; pero para que
mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en él como profesora,
y así ayudará a su madre a llevar los gastos de la
casa, y le hemos tomado ya a doña Andrea una casita mejor,
cerca del Instituto. Yo espero- añadió la señora
gravemente, y como si las estrellas no estuviesen brillando en el
cielo- , que Sol será una buena maestra. Yo, Lucía,
no podré llevarla a todas partes, porque ya he dejado de
ser joven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero
que tú hagas mis veces, y ya lo sabes- dijo con una
ligera emoción en la voz dando un beso en la mejilla de Lucía- ,
cuídamela. Que sientan que el que no pueda llegar hasta ti,
no puede llegar hasta ella. Cuando haya una fiesta, llévala.
Ella se vestirá siempre linda, porque yo la he enseñado
a hacérselo todo y es maestra en coser. Convídala
a tu casa, para que nadie tenga reparo en convidarla a la suya:
que el que entra en tu casa puede entrar en todas partes. Sol es
tan bonita como agradecida.
- Sí,
sí, señora- interrumpió Lucía que
en sus mejillas propias estaba sintiendo la palidez de las de Sol- .
Yo la llevaré conmigo. Yo sí, yo sí, ahora
mismo la presentaré a todas mis amigas. Iremos juntas la
Semana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre
juntas.
Y el cariño
le iba creciendo con las palabras, que decía amontonadamente,
como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiese vengarse
de sí misma.
- Bueno,
vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamos
cuchicheando tanto tiempo. Vamos.
Sol no hablaba.
Lucía, como que quería defenderla de la directora,
que entraba ya en el salón con su paso pomposo.
- Enseguida,
señora, enseguida. Entre usted y detrás vamos nosotras.
Voy a coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol- y
se la prendió con mucha ternura, mirándola amorosamente
en los ojos- ; esta, que es la menos bonita, para mí.
- ¡Oh,
usted es tan buena!
- ¿Usted?
No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice la directora.
Yo te querré siempre como una hermana- y abrió
los brazos, y apretó en ellos a Sol, a la que llevaba sin
miedo, prestísimamente.
- ¡Oh!- dijo
Sol de pronto ahogando un grito. Y se llevó la mano al seno,
y la sacó con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla
Lucía, se le clavó en el seno una espina de la rosa.
Con su propio
pañuelo secó Lucía la sangre, y de brazo las
dos entraron en la sala. Lucía también estaba hermosa.
- ¿Cómo
entenderte, Lucía?- decía Juan a su prima unos
quince días después de la noche de la fiesta, con
una intención severa en las palabras que él con Lucía
nunca había usado- . Desde hace unos quince días,
espera, creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro
tan injusta, que a veces, creo que no me quieres.
- ¡Juan!
¡Juan!
- Bueno,
Lucía: tú sí me quieres. Pero ¿qué
te hago yo que explique esas durezas tuyas de carácter, para
mí que vengo a ti como viene el sediento a un vaso de ternuras?
Más cariño no puedes desear. Pensar, yo sí
pienso en todo lo más difícil y atrevido; pero querer,
Lucía, yo no quiero más que a ti. Yo he vivido poco;
pero tengo miedo de vivir y sé lo que es, porque veo a los
vivos. Me parece que todos están manchados, y en cuanto alcanzan
a ver un hombre puro empiezan a correrle detrás para llenarle
la túnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho
a los hombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancolía
dolorosa. ¿Qué me falta? La fortuna me ha tratado
bien. Mis padres me viven. Me es permitido ser bueno. Y además,
te tengo- le dijo tomándola, cariñosamente de
la mano que Lucía le abandonó como apenada y absorta.
- Te tengo,
y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas que necesito
para que el corazón no se me espante y debilite. Cada vez
que me asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un
abismo; pero de cada vez que vengo a verte, saco un brío
para batallar y un poder de perdón que hacen que nada me
parezca difícil para que yo lo acometa. No te rías,
Lucía; pero es la verdad. ¿Tú has leído
unos versos de Longfellow que se llaman «Excelsior»?
Un joven, en una tempestad de nieve, sube por un puerto pobre, montaña
arriba, con una bandera en la mano que dice: «Excelsior».
No te sonrías: yo sé que sabes tú latín:
«¡Más alto!». Un anciano le dice que no
vaya adelante, que el torrente ruge abajo y la tempestad ¡se
viene encima: «¡Más alto!». Una joven linda,
¡no tan linda como tú!, le dice: «Descansa la
cabeza fatigada en mi seno». Y al joven se le humedecen los
ojos azules, pero aparta de sí a la enamorada y le dice:
«¡Más alto!».
- ¡Ah
no! pero tú no me apartarás a mí de ti. Yo
te quito la bandera de las manos. Tú te quedas conmigo. ¡Yo
soy lo más alto!
- No, Lucía:
los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todo el viaje.
Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. ¡No te me canses!- y
le besó la mano.
Lucía
le acariciaba con los ojos la cabeza.
- Y el
joven al fin siguió adelante: y los monjes lo hallaron muerto
al día siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la
mano asida a la bandera, que decía: «¡Más
alto!». Pues bien, Lucía: cuando no te me pones majadera,
cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frente como con
odio y te burlaste de mí y de mi bondad, y sin saberlo llegaste
hasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer,
me parece cuando salgo de aquí, que me brilla en las manos
la bandera. Y veo a todo el mundo pequeño, y a mí
como un gigante dichoso. Y siento mayor necesidad, una vehemente
necesidad de amar y perdonar a todo el mundo. En la mujer, Lucía,
como que es la hermosura mayor que se conoce, creemos los poetas
hallar como un perfume natural todas las excelencias del espíritu;
por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres a quienes
aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que no es
casi nunca la primera a quien han creído querer, por eso
cuando creen que algún acto pueril o inconsiderado las desfigura,
o imaginan ellos alguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de
sí, y sienten unos dolores mortales, y tratan a su amante
con la indignación con que se trata a los ladrones y a los
traidores, porque como en su mente las hicieran depositarias de
todas las grandezas y claridades que apetecen, cuando creen ver
que no las tienen, les parece que han estado usurpándoles
y engañándoles con maldad refinada, y creen que se
derrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque sigan
viviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca.
Los poetas de raza mueren. Los poetas segundones, los tenientes
y alféreces; de la poesía, los poetas falsificados,
siguen su camino por el mundo besando en venganza cuantos labios
se les ofrecen, con los suyos, rojos y húmedos en lo que
se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno! Vamos, Lucía,
me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo
puedo evitar. Si me oyeran otras gentes, dirían que era un
pedante. Tú no lo dices, ¿verdad? Es que en cuanto
estoy algún tiempo cerca de ti, de ti que nadie ha manchado,
de ti en quien nadie ha puesto los labios impuros, de ti en quien
mido yo como la carne de todas mis ideas y como una almohada de
estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabeza cansada,
estas cosas extrañas, Lucía, me vienen a los labios
tan naturalmente que lo falso sería no recordarlas. Por fuera
me suelen acusar de que soy rebuscado y exagerado, y tú habrás
notado que ya yo hablo muy poco. ¿Qué culpa tengo
yo de que sea así mi naturaleza, y de que al influjo de tu
cariño enseñe todas sus flores?
Y le besó
las dos manos, como pudiera un niño haber besado dos tórtolas.
Así,
aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres «vivos
y efectivos», como dicen las lápidas de los nichos
en que están enterrados los oficiales militares muertos en
el servicio de la corona española. Así exactamente,
y sin quitar ni poner ápice, era como sentía y hablaba
Juan Jerez.
- Tú
me perdonas, Juan- dijo Lucía antes de que hubieran
pasado algunos momentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito
que pide humildemente la absolución de su pecado- .
Juan yo no sé que es, ni sé para qué te quiero,
aunque si sé que te quiero por lo mismo que vivo, y que si
no te quisiera no viviría. Y mira, Juan, te miento; ahora
mismo te estoy mintiendo, yo creo que no sé por qué
te quiero, pero debo saberlo muy bien, sin notarlo yo, porque sé
por qué pueden quererte los demás. Y como si te conocen,
han de quererte como yo te quiero, ¡no me regañes Juan!
¡yo no quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo
te querría mudo, yo te querría ciego: así no
me verías más que a mí, que le cerraría
el paso a todo el mundo, y estaría siempre ahí, y
como dentro de ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! ¿Tú
me perdonas, Juan? Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo
soy hermosa: ¡tú dices que yo soy hermosa! yo sé
que fuera de mí hay muchas cosas y muchas personas bellas
y grandes; yo sé que no están en mí todas las
hermosuras de la tierra, y como a ti te caben en el alma todas,
y eres tan bueno que te he visto recoger las flores pisadas en las
calles y ponerlas con mucho cuidado donde nadie las pise, creo,
Juan, que yo no te basto, que cualquier cosa o persona hermosa,
te gustaría tanto como yo, y odio un libro si lo lees, y
un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen que es bella y puedes
verla tú. Quisiera reunir yo en mí misma todas las
bellezas del mundo, y que nadie más que yo tuviera hermosura
alguna sobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y
yo no soy mala, Juan; yo me avergüenzo de eso, y luego me entran
remordimientos, y besaría los pies de los que un momento
antes quería no ver vivos, y de mi sangre les daría
para que viviesen si se muriesen; ¡pero hay instantes, Juan,
en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y a todas las
mujeres! ¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás
a mi lado, y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar
tu pensamiento, creémelo, Juan; ¡ni sé lo que
veo, ni sé qué es lo que me posee, pero me das horror,
Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades, y te
las echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas,
y a no ser tan bueno, y si así no te quieren! Eso es, Juan,
no es más que eso. A veces, y te lo diré a ti solo,
sufro tanto que me tiendo en el suelo en mi cuarto, cuando no me
ven, como una muerta. Necesito sentir en las sienes mucho tiempo
el frío del mármol. Me levanto, como si estuviera
por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enorme por
todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte. Yo
no sé si eso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?
La magnolia,
nuestra antigua conocida oyó, a las últimas luces
de la tarde, el final de esta conversación congojosa.
Lindo es el
montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazo partido
lucharon antaño, macana contra lanza y carne contra hierro,
el jefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco
en barranco abrazados, matándose y admirándose iban
cayendo, hasta que al fin, ya exhausto, e hiriéndose con
su propia macana la cabeza, cayó el indio a los pies del
español, que se levantó la visera, dejando ver el
rostro bañado en sangre, y besó al indio muerto en
la mano. Luego, como que era recio de subir, le escogieron para
sus penitencias los devotos, y es fama que por su falda pedregosa
subían de rodillas en lo más fuerte del sol, los penitentes,
contando el rosario.
Vinieron gentes
nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, y desde él
se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado, como
una gran cesta de esmeraldas y ópalos, limpiaron de piedras
y yerbajos la tierra que, bien abonada, no resultó ingrata;
y de la mejor parte del monte hicieron un jardín que entre
los pueblos de América no tiene rival, puesto que no es uno
de esos jardinuelos de flores enclenques, y arbustos podados, con
trocitos de césped entre enverjados de alambre, que más
que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio, y de los que
con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino uno como
bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores
y nuestros árboles frutales, dispuestos con tal arte que
están allí con gracia y abandono, y en grupos irregulares
y como poco cuidados, de tal manera que no parece que aquellos bambúes,
plátanos y naranjos han sido llevados allí por las
manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua, puestos como en
montón que bordan el estrecho arroyo cargado de aguas secas,
fueron allí trasplantados como en realidad fueron: antes
bien, parece que todo aquello floreció allí de suyo
y con libre albedrío, de modo que allí el alma se
goza y comunica sin temor, y no bien hay en la ciudad una persona
feliz, ya necesita ir a decírselo al montecito que nunca
se ve solo, ni de día ni de noche.
Por allí,
en la tarde en que vamos caminando, halló Pedro Real razón
para encontrarse a caballo, el cual dejó en la cumbre, mientras
que, golpeándose con el latiguillo los botines, se perdía,
sin recordar el cuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por allí,
y sin saber por cierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con
tres amigas suyas, que estrenaban unos sombreros de paja crema adornados
con lilas, de bajar del carruaje, que en la cumbre, con los caballos,
esperaba. Por allí, sin que lo supiese Adela tampoco, aunque
sí lo sabía Pedro, andaban lentamente, con las dos
niñas menores, Sol y doña Andrea: doña Andrea,
que desde que el colegio le devolvió a su Sol y podía
a su sabor recrear los ojos, con cierto pesar de verle el alma un
poco blanda y perezosa, en aquella niña suya de «cutis
tan trasparente- decía ella- como una nube que
vi una vez, en París, en un medio punto de Murillo»,
andaba siempre hablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras
regañaba por todo, ella que no regañaba antes jamás,
pues lo que quería en realidad, sin atreverse, era regañar
a Sol, de quien se encendía en celos y en miedos, cada vez
que oía preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto
no eran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña
Andrea por su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo
de Sol en el colegio había entrado en la casa, se contentaba
doña Andrea; y a veces se dio la gran injusticia de que aquella
hermosura que ella tanto mimaba, y que desde la infancia de la niña
cuidaba ella y favorecía, se la echase en cara como un pecado,
que le llevó un día a prorrumpir en este curiosísimo
despropósito, que a algunas personas pareció tan gracioso
como cuerdo: «Si Manuel viviera, tú no serías
tan hermosa». Enojábase, doña Andrea, cuando
oía, allá por la hora en que Sol volvía con
una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo de
cierto caballero que ella muy especialmente aborrecía; y
si Sol hubiese mostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver
la arrogante cabalgadura, fuera de una vez que se asomó sonriendo
y no descontenta, a verla pasar detrás de sus persianas,
es seguro que por allí hubieran encontrado salida las amarguras
de doña Andrea, que miraba a aquel gallardísimo galán,
a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán alguno
hubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la
certidumbre de que aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy
en el alma, que poseyese a su Sol, no sería de Sol nunca,
por lo alto que estaba, y porque era ya de otra. Mas aquella mansísima
señora se estremecía cuando pensaba que, por parecer
proporcionados en la gran hermosura externa, pudiesen algún
día acercarse en amores aquel catador de labios encendidos
y aquella copa de vino nuevo. Sentía fuerzas viriles doña
Andrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el caballo
de Pedro Real piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como
si los cuerpos enseñasen el alma que llevan dentro! Una vez,
en una habitación recamada de nácar, se encontró
refugiado a un bandido. Da horror asomarse a muchos hombres inteligentes
y bellos. Se sale huyendo, como de una madriguera. Y ya se sabía
por toda la ciudad, con envidia de muchas locuelas, que tras de
Sol del Valle había echado Pedro Real todos sus deseos, sus
ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballos caracoleadores,
sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico
de la afición se le conocía en que, bruscamente, y
como si no hubiera estado perturbando con vislumbres de amor sus
almas nuevas, cesó de decir gallardías, a afectar
desdenes a aquellas que más de cerca le tuvieron desde su
llegada de París, ya porque de público se las señalase
como las conquistas más apetecidas, ya porque lo picante
de su trato le diese fácil ocasión para aquellas conversaciones
salpimentadas que son muy de uso entre aquellos de nuestros caballeros
jóvenes que han visto tierras, y suplen con lo atrevido del
discurso la escasez de la gracia y el intelecto. La conversación
con las damas ha de ser de plata fina, y trabajada en filigrana
leve, como la trabajan en Génova y México.
En ser visto
donde Sol del Valle había de verlo, ponía Pedro Real
el mayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a él;
si al teatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora,
y no más que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en
Semana Santa, por donde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro,
sin piedad por Adela, aparecía. Decirle, nada le había
dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, al saludarla en público,
encogimiento y moderación mayores. Y parecía más
arrogante, porque no iba tan pulido. Ni le decía, ni le escribía;
pero quería llenarle el aire de él. A la salida del
teatro, la segunda noche que fue a él Sol, ofrecía
un pequeñuelo de sombrero de pita y pies descalzos un ramo
de camelias color de rosa, que eran allí muy apreciadas y
caras. Y en el punto en que salió Sol, y con rapidez tal
que pareció a todos cosa artística, tomó el
ramo Pedro Real, lo deshizo de modo que las camelias cayeron al
suelo, casi a los pies de Sol, y dijo, como si no quisiera ser oído
más que del amigo que tenía al lado: «Puesto
que no es de quien debe ser, que no sea de nadie». Y como
la fantasía que la hermosura de Sol arrancó a Keleffy
era ya a manera de leyenda en la ciudad, Pedro Real, con tacto y
profundidad mayores de los que pudieran suponérsele, compró,
para que nadie volviese a tocar en él, el piano en que habían
tocado aquella noche Sol y Keleffy.
Sonaban por
la ciudad alegremente las chirimías, los pífanos y
los tambores. Los balcones de la calle de la Victoria eran cestos
de rosas, con todas las damas y niñas de la ciudad asomadas
a ellos. Por cada bocacalle entraba en la de la Victoria, con su
banda de tamborines a la cabeza, una compañía de milicianos.
Unos llevaban pantalón blanco de dril, con casaquín
de lana perla, cruzado el pecho de anchas correas blancas, con asta
plateada. Otros iban de blanco y rojo, blanco el pantalón,
la casaca roja. Iban otros más de ciudadanos, y aunque menos
brillantes, más viriles: llevaban un pantalón de azul
oscuro y uno como gabán corto y justo, cerrado con doble
hilera de botones de oro por delante: el sombrero era de fieltro
negro de alas anchas, con un delgado cordón de oro, que caía
con dos bellotas a la espalda. En las esquinas iban las compañías
tomando puesto. ¡Qué conmovedoras las banderas rotas!
¡Qué arrogantes, y como sacerdotes, los que las llevaban!
Parecían altos aunque no lo fueran. No parecían bien,
cerca de aquellos pabellones desgarrados, los banderines de seda
y flores de oro en que con letras de realce iban bordados los números
de las compañías. ¡Qué correr desalados,
el de los muchachos por las calles! Verdad que hasta los hombres
mayores, periódico en mano y bastón al aire, corrían.
A algunos, se les saltaban las lágrimas. Parecía como
que de adentro empujaba alguien a las gentes. Cuando una banda sonaba
a distancia, como si estuviera yéndose, los muchachos, aun
los más crecidos, corrían tras ella, con la cara angustiada,
como si se les fuera la vida. Y los más pequeños,
cruzando de un lado para otro, mirados desde los balcones, parecían
los granos sueltos de un racimo de uvas. Las nueve serían
de la mañana, y el cielo estaba alegre, como si le pareciese
bien lo que sucedía en la tierra. Era el día del año
señalado para llevar flores a las tumbas de los soldados
muertos en defensa de la independencia de la patria. Entre compañía
y compañía, iban carros enormes en la procesión,
tirados por caballos blancos, y henchidos de tiestos de flores.
Allá en el cementerio había, sobre cada tumba, clavada
una bandera.
¿Qué
caballerín, de los elegantes de la ciudad, no estaba aquella
mañana, con un ramo de flores en el ojal, saludando a las
damas y niñas desde su caballo? Los estudiantes, no, esos
no estaban por las calles, aunque en los balcones tenían
a sus hermanas y a sus novias: los estudiantes estaban en la procesión,
vestidos de negro, y entre admirados y envidiosos de los muertos
a quienes iban a visitar, porque estos, al fin, ya habían
muerto en defensa de su patria, pero ellos todavía no: y
saludaban a sus hermanas y novias en los balcones, como si se despidieran
de ellas. Los estudiantes fueron en masa a honrar a los muertos.
Los estudiantes que son el baluarte de la Libertad, y su ejército
más firme. Las universidades parecen inútiles, pero
de allí salen los mártires y los apóstoles.
Y en aquella ciudad ¿quién no sabía que cuando
había una libertad en peligro, un periódico en amenaza,
una urna de sufragio en riesgo, los estudiantes se reunían,
vestidos como para fiesta, y descubiertas las cabezas y cogidos
del brazo, se iban por las calles pidiendo justicia; o daban tinta
a las prensas en un sótano, e imprimían lo que no
podían decir; se reunían en la antigua Alameda, cuando
en las cátedras querían quebrarles los maestros el
decoro, y de un tronco hacían silla para el mejor de entre
ellos, que nombraban catedrático, y al amor de los árboles,
por entre cuyas ramas parecía el cielo como un sutil bordado,
sentado sobre los libros decía con gran entusiasmo sus lecciones;
o en silencio, y desafiando la muerte, pálidos como ángeles,
juntos como hermanos, entraban por la calle que iba a la casa pública
en que habían de depositar sus votos, una vez que el Gobierno
no quería que votaran más que sus secuaces, y fueron
cayendo uno a uno, sin echarse atrás, los unos sobre los
otros, atravesados pechos y cabezas por las balas, que en descargas
nutridas desataban sobre ellos los soldados? Aquel día quedó
en salvo por maravilla Juan Jerez, porque un tío de Pedro
Real desvió el fusil de un soldado que le apuntaba. Por eso,
cuando los estudiantes pasaban en la procesión, vestidos
de negro, con una flor amarilla en el ojal, los pañuelos
de todos los balcones soltábanse al viento, y los hombres
se quitaban los sombreros en la calle, como cuando pasaban las banderas;
y solían las niñas desprenderse del pecho, y echar
sobre los estudiantes, sus ramos de rosas.
En un balcón,
con sus dos hermanas mayores y la directora, estaba Sol del Valle.
En otro, con un vestido que la hacía parecer como una imagen
de plata, una linda imagen pagana, estaba Adela. Más allá,
donde Sol y Adela podían verlas, ocupaba un ancho balcón,
amparado del sol por un toldo de lona, Lucía con varias personas
de la familia de su madre, y Ana. En una silla de manos habían
traído a Ana hasta la casa. Muy mala estaba, sin que ella
misma lo supiese bien; estaba muy mala. Pero ella quería
ver, «con su derecho de artista, aquella fiesta de los colores;
a la tierra le faltaba ahora color, ¿verdad, Juan? Mira,
si no, como todo el mundo se viste de negro. Quiero oír música,
Lucía: quiero oír mucha música. Quiero ver
las banderas al viento». Y allí estaba en el ancho
balcón, vestida de blanco, muy abrigada, como si hubiese
mucho frío, mirando avariciosamente, como si temiera no volver
a ver lo que veía, y sintiendo como dentro del pecho, porque
no se las viesen, le estaban cayendo las lágrimas.
Lucía
distinguió a Sol, y miró si estaba en el balcón,
o dentro, Juan Jerez. Sol, no bien vio a Lucía, no quitó
de ella los ojos, para que supiese que estaba allí, y cuando
le pareció que Lucía la estaba viendo, la saludó
cariñosamente con la mano, a la vez que con la sonrisa y
con los ojos. Prefería ella que Lucía la mirase, a
que la miraran los jóvenes mejor conocidos en la ciudad,
que siempre hallaban manera de detenerse más de lo natural
frente a su balcón. A Pedro Real, pagó con un movimiento
de cabeza, su humilde saludo, cuando pasó a caballo; y no
lo vio con pena, ni con afecto que debiera afligir a doña
Andrea, todo lo cual vio Adela desde su balcón, aunque estaba
de espaldas. Pero Lucía se había entrado por el alma
de Sol, desde la noche en que le pareció sentir goce cuando
se clavó en su seno la espina de la rosa. Lucía, ardiente
y despótica, sumisa a veces como una enamorada, rígida
y frenética enseguida sin causa aparente, y bella entonces
como una rosa roja, ejercía, por lo mismo que no lo deseaba,
un poderoso influjo en el espíritu de Sol, tímido
y nuevo. Era Sol como para que la llevasen en la vida de la mano,
más preparada por la Naturaleza para que la quisiesen que
para querer, feliz por ver que lo eran los que tenía cerca
de sí, pero no por especial generosidad, sino por cierta
incapacidad suya de ser ni muy venturosa ni muy desdichada. Tenía
el encanto de las rosas blancas. Un dueño le era preciso,
y Lucía fue su dueña.
Lucía
había ido a verla; a buscarla en su coche para que paseasen
juntas; a que fuese a su casa a que la conociera Ana; y Ana la quiso
retratar; pero Lucía no quiso «porque ahora Ana estaba
fatigada, y la retrataría cuando estuviese más fuerte»,
lo que, puesto que Lucía lo decía, no pareció
mal a Sol. Lucía fue a vestirla una de las noches que iba
Sol al teatro, y no fue ella: ¿por qué no iría
ella? Juan Jerez tampoco fue esa noche; y por cierto que esa vez
Lucía le llevó, para que lo luciese, un collar de
perlas: «A mí no me lo conocen, Sol: yo nunca me pongo
perlas»; pero doña Andrea, que ya había comenzado
a dar muestras de una brusquedad y entereza desusadas, tomó
a Lucía por las dos manos con que estaba ofreciendo el collar
a Sol, que no veía mucho pecado en llevarlo, y mirando a
la amiga de su hija en los ojos, y apretando sus manos con cariño
a la vez que con firmeza, le dijo con acento que dejaba pocas dudas:
«No, mi niña, no», lo que Lucía entendió
muy bien, y quedó como olvidado el collar de perlas. A la
mañana siguiente, a la hora de que Sol fuese a sus clases,
fue Lucía a buscarla para que diesen una vuelta en el coche
por cerca del colegio, y le preguntó con ahínco sobresaltado
y doloroso, que a quién vio, que quién subió
a su palco, que a quién llamó la atención,
que dónde estaba Pedro Real: «¡Oh! Pedro Real,
tan buen mozo; ¿no te gusta Pedro Real? Yo creo que Pedro
Real llamaría la atención en todas partes. Has visto
cómo desde que te conoce no se ocupa de nadie Pedro Real»;
pero pronto acabó de hablar de esto Lucía. Quién
estaba en el teatro, no le importaba mucho saberlo: Juan no había
estado; pero ¿a la salida quién estaba? ¿no
recuerdas quién estaba a la salida? ¿Estaba...? y
no acababa de preguntar quién había estado. Ni sabía
Sol por quién le preguntaba. No: Sol no había visto
a nadie. Iba muy contenta. La directora la había tratado
con mucho cariño. Sí, Pedro Real había estado;
pero no a saludarla: nadie había subido a saludarla. La habían
mirado mucho. Decían que el cónsul francés
había dicho una cosa muy bonita de ella. Pero al salir, no,
no vio a nadie. Sol quería llegar pronto, porque se había
quedado triste doña Andrea. Y al llegar en esta conversación
al colegio, Lucía besó a Sol con tanta frialdad, que
la niña se detuvo un momento mirándola con ojos dolorosos,
que no apearon el ceño de su amiga. Y de pronto, por muchos
días, cesó Lucía de verla. Sol se había
afligido, y doña Andrea no; aunque la ponía orgullosa
que le quisiesen a su hija; pero Lucía no: ella no veía
nunca con gusto a Lucía. Un día antes de la procesión
Lucía había vuelto a la casa de Sol. Que la perdonase.
Que Ana estaba muy sola. Que Sol estaba más linda que nunca.
«Mira, mañana te mandaré la camelia más
linda que tenga en casa. Yo no te digo que vengas a mi balcón,
porque.... Yo sé que tú vas al balcón de la
directora. Pero mira, vas a estar lindísima; ponte la camelia
en la cabeza, a la derecha, para que yo pueda vértela desde
mi balcón». Y le tomó las manos, y se las besó;
y conforme conversaba con Sol, se pasaba suavemente la mano de ella
por su mejilla; y cuando le dijo adiós, la miraba como si
supiera que corría algún peligro, y le avisase de
él, y cuando fue hacia el coche, ya se le iban desbordando
las lágrimas.
- ¡Allí
está, allí está!- dijo como involuntariamente,
y reprimiéndose enseguida que lo había dicho, una
de las hermanas de Sol, la mayor, la que no era bella, la que no
tenía más que dos ojos muy negros y acariciadores,
expresivos y dulces como los de la llama, el animal que muere cuando
le hablan con rudeza.
- ¿Quién?
- No, no
era nadie: Juan Jerez, en el balcón de Lucía.
- Sí,
ya lo veo. Lucía está mirando para acá- y
se desprendió, y volvió a prender, para que Lucía
lo notase, y supiera que pensaba en ella- . Hermanita- dijo
de pronto Sol en voz baja- ; hermanita, ¿no te parece
que Juan Jerez es muy bueno? Yo quisiera verlo más. Nunca
lo he visto cuando he ido a casa de Lucía. Yo no sé
qué tiene, pero me parece mejor que todos los demás.
¿Tú crees que él querrá mucho a Lucía?
Hermanita no
quería decir nada, hacía como que no oía.
- Juan
Jerez iba antes algunas veces a casa, antes de que yo saliese del
colegio; ¿verdad? Cuéntame, tú que lo conoces.
Yo sé que él se va a casar con Lucía, aunque
ella no me habla de él nunca; pero a mí me gusta hablar
de él. A Lucía no me atrevo a preguntarle, como ella
no me dice... Él ha sido muy bueno con mamá, ¿no?
¡La directora lo quiere tanto! Mira, allí vuelve a
pasar Pedro Real: ¡es buen mozo de veras! pero yo le hallo
unos ojos extraños, no son tan dulces como los de Juan. No
sé; pero el único que me dijo algo la noche de Keleffy,
que no se me ha olvidado, fue Juan Jerez.
Hermanita no
decía palabra. Se le habían puesto los ojos muy negros
y grandes como para contener algo que se salía a ellos.
Ella, que no
miraba hacia el balcón, sentía que Juan Jerez había
tenido puesta buen tiempo su mirada larga y bondadosa en Sol. Juan,
que acariciaba los mármoles, que seguía por las calles
a los niños descalzos hasta que sabía donde vivían,
que levantaba del suelo las flores pisadas, si no lo veían,
y les peinaba los pétalos, y las ponía donde no pudiesen
pisarlas más. De la misma manera, y con aquel deleite honrado
que produce en un espíritu fino la contemplación de
la hermosura, había Juan mirado a Sol largamente.
Lucía
no estaba allí entonces. ¡Pobre Ana! Cuando ya iban
pasando los últimos soldados, palideció, se le cubrió
el rostro de sudor, cerró los ojos, y cayó sobre sus
rodillas. La llevaron cargada para adentro, a volverle el sentido.
Parecía una santa, vestida de blanco, con su cara amarilla.
Lucía no se apartaba de su lado; Ana había vuelto
en sí; Lucía había mirado ya muchas veces a
la puerta, como preguntándose dónde estaría
Juan. «¿En el balcón? ¡Que no esté
en el balcón!». Y aun desmayada Ana, por poco no le
abandona la mano.
- ¡Vete,
vete con Juan!- le dijo Ana, apenas abrió los ojos,
y le notó el trastorno; y con la mano y la sonrisa la echaba
hacia la puerta suavemente.
- Bueno,
bueno, vengo enseguida.
Y fue al balcón
derechamente.
- ¡Juan!
- ¿Y
Ana? ¿Cómo está Ana?
El balcón
de la directora estaba ya vacío.
- Ya está
bien: ya está bien. ¡Yo no sabía dónde
tú estabas!
Y volvemos ahora
al pie de la magnolia, cuando ya llevaba días de sucedido
todo esto, y Sol estaba en una banqueta a los pies de Lucía,
sentada en un sillón de hierro. Ana, con sus caprichos de
madre, había querido que le llevasen aquel domingo a Sol.
«¡Es tan buena, Lucía! Tú no tienes que
tenerle miedo: tú también eres hermosa. Mira: yo veo
a las personas hermosas como si fueran sagradas. Cuando son malas
no: me parecen vasos japoneses llenos de fango; pero mientras son
buenas, no te rías, me parece, cuando estoy delante de ellas,
que soy un monaguillo y que le estoy alzando la cogulla, como en
la misa, a un sacerdote. Vamos, tráeme a Sol; ¿pero
es de veras que Juan no viene hoy?».
- ¡Es
de veras! Sí, sí; ahora mismo voy, y te traigo a Sol.
Sol vino, y
otras amigas de Ana, mas no Adela. Vivía ya Ana en un sillón
de enfermo, porque andar le era penoso, y reclinarse no podía.
Ya, como las tardes cuando se está yendo la luz, tenía
el rostro a la vez claro y confuso, y todo él como bañado
de una dulce bondad. Ni deseos tenía, porque de la tierra
deseó poco mientras estuvo en ella, y lo que Ana le hubiera
pedido a la tierra, de seguro que en ella no estaba, y tal vez estaría
fuera de ella. Ni sentía Ana la muerte, porque no le parecía
a ella que fuese muerte aquello que dentro de sí sentía
crecientemente, y era como una ascensión. Cosas muy lindas
debía ver, conforme se iba muriendo, sin saber que las veía,
porque se le reflejaban en el rostro. La frente la tenía
como de cera, alta y bruñida, y hundidas las paredes de las
sienes. Aquellos ojos eran una plegaria. Tenía fina la nariz,
como una línea. Los labios violados y secos, eran como una
fuente de perdón. No decía sino caridades. Sola, sí,
no quería estar ella. Tampoco se quiere estar solo cuando
se va a entrar en un viaje: tampoco, cuando se está en las
cercanías de la boda. Es lo desconocido, y se le teme. Se
busca la compañía de los que nos aman. Y más
que con otras se había encariñado Ana, en su enfermedad,
con Sol, cuya perfecta hermosura lo era más, si cabe, por
aquel inocente abandono que de todo interés y pensamiento
de sí tenía la niña. Y Ana estaba mejor cuando
tenía a Sol cogida de la mano, en cuyas horas Lucía,
sentada cerca de ellas, era buena.
Dormía
Ana en aquellos momentos, cuando en el patio hablaban Lucía
y Sol. Hablaban del colegio, que había dado su examen en
aquella semana, y dejaba a Sol libre durante dos meses: y a Sol
no le gustaba mucho enseñar, no, «pero sí me
gusta: ¿no ves que así no pasa mamá apuros?
¡Mamá!». Y Sol contaba a Lucía, sin ver
que a esta al oírlo se le arrugaba el ceño, cómo
inquietaban a doña Andrea los cuidados de Pedro Real, de
que no hablaba la señora, porque la niña no se fijase
más en él; pero ella no, ella no pensaba en eso.
- No, ¿por
qué no?
- No sé:
yo no pienso todavía en eso; me gusta, sí, me gusta
verle pasear la calle y cuidarse de mí; pero más me
gusta venir acá, o que tú vayas a verme, y estar con
Ana y contigo. Luego, Pedro Real me da miedo. Cuando me mira, no
me parece que me quiere a mí. Yo no sé explicarlo,
pero es como si quisiera en mí otra cosa que no soy yo misma.
Porque a mí me parece, ¡anda, Lucía, tú
puedes decirme de eso! a mí me parece que cuando un hombre
nos quiere, debemos como vernos en sus ojos, así como si
estuviéramos en ellos, y dos veces que he visto de cerca
a Pedro Real, pues no me ha parecido encontrarme en sus ojos. ¿No
es, verdad, Lucía, que cuando a uno lo quieren le sucede
a uno eso?
En la mano de
Lucía se encogió de pronto el cabello de Sol con que
jugaba.
- ¡Ay!
me haces daño.
- ¿Quieres
que vayamos a ver cómo está Ana?
Y ya se estaba
poniendo en pie para ir a verla, y arreglándose Sol los cabellos,
aquellos cabellos suyos finos, de color castaño con reflejos
dorados, cuando a un tiempo se oyeron dos diversos ruidos: uno en
el cuarto de Ana, como de mucha gente que se moviera y hablara agitadamente,
otro a la puerta de la calle, donde, con aire desembarazado, saltaba
un hombre opuesto, de una mula de camino.
- ¡Juan!- murmuró
Lucía, poniéndose más blanca que las camelias.
- ¿Juan
Jerez?- dijo Sol alegrándosele el rostro, y acabando
apresuradamente de sujetarse las trenzas.
Lucía,
en pie y ceñuda, y con los ojos puestos sobre Sol, a quien
turbaba aquel silencio, aguardó apoyada en la silla de hierro,
a Juan que, reparando apenas en Sol, venía hacía su
prima con las manos tendidas.
- Señorita
Sol, ¿qué me le ha hecho a mi Lucía? ¿Por
qué no sales a recibirme? ¿para castigarme porque
por verte hoy he andado veintidós leguas en mula?
A Lucía
se le veían temblar los labios imperceptiblemente, y como
crecer los ojos. Su mano se sacudía entre las de Juan, que
la miraba con asombro.
Sol hacía
como que sobre una mesita un poco alejada arreglaba las flores de
un vaso.
- Lucía,
¿qué tienes?
- ¡Sol,
Lucía, vengan!- dijo acercándose a ellas una
de sus amigas que salía del cuarto de Ana precipitadamente- .
Ah, Juan, que bueno que esté aquí. Ve, Lucía,
ve, yo creo que Ana se muere.
- ¡Ana!
- Sí,
mande enseguida por el médico.
Saltó
Juan en la mula, y echó a escape. Sol ya estaba al lado de
Ana, Lucía miró muy despacio a la puerta de la calle,
miró con ira a aquella por donde había entrado Sol,
y se quedó unos momentos de pie, sola en el patio, los dos
brazos caídos, y apretados a los costados, fijos los ojos
delante de sí tenazmente. Y echó a andar hacia el
cuarto de Ana después de haber mirado a su alrededor a todos
los lados, como si temiese.
¡Al campo!
¡al campo! Todos van al campo. Todos, sí, todos. Adela
y Pedro Real, Lucía y Juan, y Ana y Sol. Y, por supuesto,
las personas mayores que por no influir directamente en los sucesos
de esta narración no figuran en ella. ¡Al campo todos!
El médico
llegó aquel domingo en momentos en que Ana abría los
ojos, que a Sol arrodillada al borde de su cama fue lo primero que
vieron.
- ¡Ah,
tú, Sol!- y Sol le pasaba la mano por la frente, y le
apartaba de ella los cabellos húmedos.
Lucía
arreglaba las almohadas de manera que Ana pudiera estar como sentada.
Sus amigas todas rodeaban la cama, y Ana, sin fuerzas aun para hablar,
les pagaba sus miradas de angustia con otras de reconocimiento.
Parecía que era dichosa. Sol quiso retirar la mano con que
tenía asida la de Ana; pero Ana la retuvo.
- ¿Qué
ha sido, eh, qué ha sido? Sentí como si todo un edificio
se hubiese derrumbado dentro de mí. Ya, ya pasó. Ya
estoy bien. Y se le cayó la cabeza al otro lado de las almohadas.
El médico
la halló de esta manera, le puso el oído sobre el
corazón, abrió de par en par la ventana y las puertas,
y aconsejó que solo quedase junto a ella la persona que ella
desease.
Ana, que parecía
no oír, abrió los ojos, como si el aire le hubiese
hecho bien, y dijo:
- Juan
ha llegado, Lucía.
- ¿Cómo
sabes?
- Vete
con Juan, Lucía. Sol, tú te quedas.
Miró
Sol a Lucía, como preguntándole; a Lucía, que
estaba en pie al lado de la cama, duros los labios y los brazos
caídos.
Juan llamaba
a la puerta en este instante, y el médico lo entró
en el cuarto, de la mano.
- Venga
a decirme si no es locura pensar que corre riesgo esta linda niña- y
con los ojos, desdecía el médico sus palabras- .
Pero es indispensable que la enfermita vea el campo. Es indispensable.
No me pregunte usted qué remedio necesita- dijo el médico
clavando los ojos en Juan- . Mucho reposo, mucho aire limpio,
mucho olor de árboles. Llévenmela donde haya calor,
estos tiempos húmedos pueden hacerle mucho daño. Si
mañana mismo pueden ustedes disponer el viaje, sea mañana
mismo. Pero, niña, no se me vaya a ir sola. Lleve gente que
la quiera, y que la arrope bien por las mañanitas y por las
tardes. ¿Y esta señorita?- añadió
volviéndose a Sol- . Y creo que usted se me pone buena
si lleva consigo a esta señorita.
- Oh, sí,
Sol va conmigo; ¿no, Juan?
- Por supuesto- dijo
Juan vivamente, pensando con placer en que así se regocijaría
Ana, cuya afición a Sol le era ya conocida, y se daría
una prueba de estimación a la pobre viuda- : por supuesto
que la llevamos. Va a ser una gala de los ojos ver ir por un caminito
de rosales que yo me sé, cogidas del brazo, a Sol, Ana y
Lucía. Lucía, mañana nos vamos. Sol, voy ahora
a su casa a pedirle permiso a doña Andrea. ¿Te parece,
Lucía que invitemos a Adela y a Pedro Real? ¡Upa, Ana,
upa! Allá tengo unos inditos en el pueblo que te van a dar
asunto para un cuadro delicioso. ¿Vamos, doctor?- acarició
Juan una mano de Ana, besó la de Lucía, con un beso
que la regañaba dulcemente y salió al corredor, hablando
como muy contento, con el médico.
Ana llamó
a Lucía con una mirada, y así que la tuvo cerca de
sí, sin decir palabra, y sonriendo felizmente, trajo sobre
su seno con un esfuerzo las manos de Lucía y de Sol, que
estaban cada una a un lado de ella, y paseando sus ojos por sobre
sus cabezas, como conversándoles, retuvo largo tiempo unidas
las manos de ambas niñas bajo las suyas.
Y Sol miró
a Lucía de tan linda manera, que no bien Ana se quedó
como dormida, se acercó Lucía a Sol, la tomó
por el talle cariñosamente, y una vez en su cuarto, empezó
a vaciar con ademanes casi febriles sus cajas y gavetas.
- Todo,
todo, todo es para ti- y Sol quería hablar, y ella no
la dejaba- . Mira, pruébate este sombrero. Yo nunca
me lo he puesto. Pruébatelo, pruébatelo. Y este, y
este otro. Esos tres son tuyos. Sí, sí, no me digas
que no. Mira, trajes: uno, dos, tres. Este es el más bonito
para ti. ¿Oyes? Yo quiero mucho a Pedro Real. Yo quiero que
tú quieras a Pedro Real. Que te vea muy bonita. Que te vean
siempre más bonita que yo. Pero óyeme, a Juan no me
lo quieras. Tú déjame a Juan para mí sola.
Enójalo. Trátalo mal. Yo no quiero que tú seas
su amiga. ¡No, no me digas nada! sí, es chanza, sí,
es chanza. ¿Ves? Este vestido malva sí te va a estar
bien. A ver, qué bien hace con tu pelo castaño. ¿Ves?
Es muy nuevo. Tiene el corpiño como un cáliz de flor,
un poco recto; no como esos de ahora, que parecen una copa de champaña:
muy delgados en la cintura, y muy anchos en los hombros. La saya
es lisa; no tiene tableados ni pliegues; cae con el peso de la seda
hasta los pies. ¿Ves? a mí me está muy corta.
A ti te estará bien. Es un poco ancha, a lo Watteau. ¡Mi
pastorcita! ¡mi pastorcita! Yo nunca me la he puesto. ¿Tú
sabes? A mí no me gustan los colores claros. ¡Ah! mira:
aquí tienes- y escondía algo con las dos manos
cerradas detrás de su espalda- , aquí tienes,
y no te lo vas a quitar nunca, aunque se nos enoje doña Andrea.
Cierra los ojos.
Los cerró
Sol venturosa de verse tan querida por su amiga, y cuando los abrió,
se vio en el brazo, e hizo por quitarse con un gesto que Lucía
le detuvo, un brazalete de cuatro aros de perlas margaritas.
- Sí,
sí, es muy rico; pero yo quiero que tú lo tengas.
No: nada, nada que me digas: ¿ves? yo tengo aquí otro,
de perlas negras. ¡Y nunca, nunca te lo quites! Yo quiero
ser muy buena- y la tomó de las dos manos, y la besó
en las dos mejillas apasionadamente- . ¡Ven, vamos a
ver a Ana!
Y salieron del
cuarto, cogidas del talle.
¡Al campo,
al campo! Doña Andrea no sabe que va Pedro Real; que si lo
supiese, no dejaría ir a Sol: aunque a Juan ¿qué
le negaría ella? ¡A Juan! Ese, ese era el que ella
hubiera querido para Sol. «Bueno, Juan: que no salga al sol
mucho». Juan preguntó en vano por la hermana mayor,
por Hermanita. Ella estaba en la casa cuando entró él;
pero ahora no: estará en casa de alguna vecina. ¡No,
Hermanita estaba allí; estaba en el comedor, detrás
de las persianas! Ella veía a quien no la veía. «¡Cierra
los ojos, Hermanita, no veas a lo que no debes ver!». Y cuando
Juan salió, las persianas se entornaron, como unos ojos que
se cierran.
¡Al campo,
al campo! Cuatro mulas tiran del carruaje, con collares de plata
y cencerro, porque Ana vaya alegre: y las mulas llevan atadas en
el anca izquierda unas grandes moñas rojas, que lucen bien
sobre su piel negra. El cochero es Pedro Real, que lleva al lado
a Adela, en la imperial, Juan y Lucía, adentro, con la gente
mayor, que es muy respetable, pero no nos hace falta para el curso
de la novela, Ana sentada entre almohadas, muy mejor con el gozo
del viaje, con su cuaderno de apuntes en la falda, para copiar lo
que le guste del camino, que ya le perece que está buena,
y Sol a su lado, con un vestido de sedilla color de ópalo,
tranquila y resplandeciente como una estrella.
Pedro Real se
mordió el bigote rizado cuando vio que no iba a ser Sol su
compañera en el pescante. Y con Adela iba muy cortés.
Pero ¿Ana no necesitaría nada? Juan, ¿irá
Ana bien? Deberíamos bajar. ¡Voy a bajar un momento,
a ver si Ana va bien! Bajó muchos momentos. Y las mulas,
aunque diestras, más de una vez se iban un poco del camino,
como si no estuviese bastante puesto en ellas el pensamiento del
cochero.
Era como de
seis leguas el camino, y todo él a un lado y otro de tan
frondosa vegetación que no había manera de tener los
ojos sino en constante regalo y movimiento. Porque allá al
fondo era un bosque de cocoteros, o una hilera de palmas lejanas
que iba a dar en la garganta de dos montes; ya era, al borde mismo
del camino, una pendiente llena de flores azules y amarillas que
remataba en un río de espumas blancas, nutrido con las aguas
de la sierra, o eran ya a la distancia, imponentes como dos mensajes
de la tierra al cielo, dos volcanes dormidos, a cuya falda serpeada
por arroyuelos de agua blanca viva y traviesa, se recogían,
como siervos azotados a los pies de sus dueños, las ciudades
antiguas, desdentadas y rotas, en cuyos balcones de hierro labrado,
mantenidos como por milagro sin paredes que los sustentasen sobre
las puertas de piedra, crecían en hilos que llegaban hasta
el suelo copiosas enredaderas de ipomea. De una iglesia que tuvo
los techos pintados, y dorados de oro fino de lo más viejo
de América los capiteles de los pilares, quedaba en pie,
como una concha clavada en tierra por el borde, el fondo del altar
mayor, cobijado por una media bóveda: un bosquecillo había
crecido al amor del altar; la pared interior, cubierta de musgo,
le daba desde lejos apariencia de cueva formidable; y era cosa común
y sumamente grata ver salir de entre los pedruscos florecidos, al
menor ruido de gente o de carruajes, una bandada de palomas. Otra
iglesia, de que no había quedado en pie más que el
crucero, tenía el domo completamente verde, y las paredes
de un lado rosadas y negras, como los bordes de una herida. Y por
el suelo no podía ponerse el pie sin que saltase un arroyo.
Llegaron a los
volcanes; pasaron por las ciudades antiguas: más allá
iban; y no se detuvieron. Lucía, a la sombra de su quitasol
rojo, se sentía como la señora de toda aquella natural
grandeza, y como si el mundo entero, de que tenía a los ojos
hermosa pintura, no hubiera sido fabricado más que para cantar
con sus múltiples lenguas los amores de Lucía Jerez
y de su primo. Y se veía ella misma lo interior del cráneo
como si estuviese lleno de todas aquellas flores: lo que le sucedía
siempre que estaba sola, con Juan Jerez al lado. Adela y Pedro hablaban
de formalísimos sucesos, que tenían la virtud de poner
a Adela contemplativa y silenciosa, dando a Pedro ocasión
para ir callado buena parte del camino, lo cual aprovechaba él
en celebrar consigo mismo animados coloquios: y a cada instante
era aquello de: «Juan, ¿cómo estará Ana?
Bajaré un instante, a ver si se le ofrece algo a Ana».
Y Lucía reía, y daba por cosa cierta que, aunque Sol
era niña recatada, ya le había dicho que Pedro Real
le parecía muy bien, y se la veía que le llevaba en
el alma: lo que a Juan no parecía un feliz suceso, aunque
prudentemente lo callaba. Adentro del carruaje, la dichosa Sol era
toda exclamaciones: jamás, jamás, en su vida de huérfana
pobre, había visto Sol correr los ríos, vestirse a
los bosques fuertes de campanillas moradas y azules, y verdear y
florecer los campos. De un color de rosa de coral se le teñían
las mejillas, y el ónix de México no tuvo nunca mayor
transparencia que la tez fina de Sol, en aquella mañana de
ventura en la naturaleza. ¡Ay! la buena Ana sonreía
mucho, pero había olvidado levantar de su falda el cuaderno
de notas.
Y de pronto
sonaron unas músicas; se oscureció el camino como
por una sombra grata, y refrenaron las mulas el paso, con gran ruido
de hebillas y cencerros. De un salto estaba Pedro a la portezuela
del carruaje, al lado de Sol, preguntándole a Ana qué
se le ofrecía. Pero aquí bajaron todos, y Sol misma,
que se volvió pronto al carruaje, para acompañar a
Ana, y animarla a tomar del breve almuerzo que los demás,
sentados en torno de una mesa rústica, gustaban con vehemente
apetito, sazonado por chistes que el piadoso Juan encabezaba y atraía,
porque los oyese Ana desde su asiento en el coche, traído
a este propósito cerca de la mesa.
Allí,
en las tazas de güiro posadas en trípodes de bejuco
recién cortado de las cercanías, hervía la
leche que, a juzgar por lo fragante y espumosa, acababa de salir
de la vaca de Durham que asomó su cabeza pacífica
por uno de los claros de la enredadera. Porque era aquel lugar un
lindo parador, techado y emparrado de verdura, puesto allí
por los dueños de la finca, para que los visitantes hiciesen
de veras, al llegar de la ciudad, su almuerzo a la manera campesina.
Allí el queso, que manaba la leche al ser cortado, y sabía
ricamente con las tortas de maíz humeantes que servía
la indita de saya azul, envueltas en paños blancos. Allí
unos huevos duros, o blanquillos, que venían recostados,
cada uno en su taza de güiro, sobre unas yerbas de grata fragancia,
que olían como flores. Allí, en la cáscara
misma del coco recién partido en dos, la leche de la fruta,
con una cucharilla de coco labrado que la desprendía de sus
tazas naturales. Y mientras duraba el almuerzo, unos indios, descalzos
y en sus trajes de lona, puestos en tierra sus sombreros de palma,
tocaban, bajo otro paradorcillo más lejano, dispuesto para
ellos, unos aires muy suaves de música de cuerda, que blandamente
templada por el aire matinal y la enredadera espesa, llegaba a nuestros
alegres caminantes como una caricia. Adela solo reía forzadamente.
Violencia tenía que hacerse Sol para no palmotear en el carruaje.
Muy feamente arrugó el ceño Lucía una vez que
se acercó Juan a la portezuela del lado de Ana, y habló
con ella, haciéndola reír, unos minutos: y en cuanto
oyó reír a Sol, dejó Lucía su asiento,
y se fue ella también a la portezuela. ¡Ea! ¡Ea!
ya tocan diana, que es el toque de bienvenida y adiós, los
indios habilidosos. La indita de saya azul da a gustar a la vaca
mirona una de las tazas de coco abandonadas. Al pescante van Pedro
y Adela: Lucía, menos contenta, a la imperial con Juan. Ya
la casa de la finca, toda blanca, de techo encarnado, se ve a poca
distancia. Ana ya va muy pálida; y las mulas, al olor del
pesebre, vuelan camino arriba, bajo la bóveda de espesos
almendros que llenan la avenida con sus hojas redondas y sus verdes
frutas.
Mucha, mucha
alegría. Lucía también estaba alegre, aunque
no estaba Juan allí. Porque no estaba Juan: el pleito de
los indios, aunque aquellos eran días de receso en tribunales
como en escuelas, le había obligado a volver al pueblecito,
si no quería que un gamonal del lugar, que tenía grandes
amigos en el Gobierno, hurtase con una razón u otra a los
indios la tierra que la energía de Juan había logrado
al fin les fuese punto menos que reconocida en el pleito. Los indios
habían salido de la iglesia con su música, el domingo
antes, apenas se supo que Juan no esperaría el tren del día
siguiente: y cuando le trajeron a Juan la mula, vio que la habían
adornado toda con estrellas y flores de palma, y que todo el pueblo
se venía tras él, y muchos querían acompañarle
hasta la ciudad. Una viejita, que venía apoyada en su palo,
le trajo un escapulario de la Virgen, y una guapa muchacha, con
un hijo a la espalda y otro en brazos, llegó con su marido,
que era un bello mancebo, a la cabeza de la mula, puso al indito
en alto para que le diese la mano al «caballero bueno»;
y muchos venían con jarras de miel cubiertas con estera bien
atada, u otras ofrendas, como si pudiesen dar para tanto las ancas
de la caballería, muy oronda de toda aquella fiesta; y otro
viejito, el padre del lugar, mi señor don Mariano, que jamás
había bebido de licor alguno, aunque él mismo trabajaba
el de sus plantíos propios, llegó, apoyado en sus
dos hijos, que eran también como senadores del pueblo, y
con los brazos en alto desde que pudo divisar a Juan, y como si
hubiera al cabo visto la luz que había esperado en vano toda
su vida: «Abrazarlo- decía- . ¡Déjenme
abrazarlo! ¡Señor, todito este pueblo lo quiere como
a su hijo!». De modo que Juan, a quien había conmovido
aquellos cariños, dejó la finca, dos días después
de haber llegado a ella, no bien supo que los indios, a pesar de
su esfuerzo, corrían peligro de que se les quitase de las
manos la posesión temporal que, en espera de la definitiva,
había Juan obtenido que el juez les acordase- el juez,
que había recibido el día anterior de regalo del gamonal
un caballo muy fino.
Mucha, mucha
alegría. Lucía misma, que en los dos días que
estuvo allí Juan le dio ocasión de extrañeza
con unos cambios bruscos de disposición que él no
podía explicarse, por ser mayores y menos racionales que
los que ya él le conocía, estaba ahora como quien
vuelve de una enfermedad.
Era la casa
toda de los visitantes, por no estar en ella entonces sus dueños,
que eran como de la familia de Juan Pedro, al anochecer, salía
de caza, porque era el tiempo de la de los conejos, por allí
abundantísimos. De los que traía muertos en el zurrón
no hablaba nunca, porque Ana no se lo había de perdonar,
por haber todavía en este mundo almas sencillas que no hallan
placer en que se mate, a la entrada misma de la cueva donde tiene
a su compañera y a su prole, a los pobres animales que han
salido a descubrir, para mudarse de casa, algún rincón
del bosque rico en yerbas.
Pero los conejos,
de puro astutos, suelen caer en las manos del cazador; porque no
bien sienten ruido, se hacen los muertos, como para que no los delate
el ruido de la fuga, y cierran los ojos, cual si con esto cerrase
el cazador los suyos, quien hace por su parte como que no ve, y
echada hacia la espalda la escopeta, por no alarmar al conejo que
suele conocerla, se va, mirando a otro lado, sobre la cama del conejo,
hasta que de un buen salto le pone el pie encima y así lo
coge vivo: una vez cogió tres, muy manso el uno, de un color
de humo, que fue para Ana: otro era blanco, al cual halló
manera de atarle una cinta azul al cuello, con que lo regaló
a Sol; y a Lucía trajo otro, que parecía un rey cautivo,
de un castaño muy duro, y de unos ojos fieros que nunca se
cerraban, tanto que a los dos días, en que no quiso comer,
bajó por primera vez las orejas que había tenido enhiestas,
mordió la cadenilla que lo sujetaba, y con ella en los dientes
quedó muerto.
Paseos, había
pocos. Sin Ana, ¿quién había de hacerlos? Con
ella no se podía. Ni Sol dejaba a Ana de buena voluntad;
ni Lucía hubiera salido a goce alguno cuando no estaba Juan
con ella. Adela, sí, había trabado amistades con una
gruesa india que tenía ciertos privilegios en la casa de
la finca, y vivía en otra cercana, donde pasaba Adela buena
parte del día, platicando de las costumbres de aquella gente
con la resuelta Petrona Revolorio: «y no crea la señorita
que le converso por servicio, sino porque le he cobrado afición».
Era mujer robusta y de muy buen andar, aunque esto lo hacía
sobre unos pies tan pequeños que no había modo de
que Petrona llegara a ver a «sus niños» sin que
le pidieran que los enseñase, lo cual ella hacía como
quien no lo quiere hacer, sobre todo cuando estaba delante el niño
Pedro. Las manos corrían parejas con los pies, tanto que
algunas veces las niñas se las pedían y acariciaban;
llevaba una simple saya de listado, y un camisolín de muselina
transparente, que le ceñía los hombros y le dejaba
desnudos los hermosos brazos y la alta garganta. Era el rostro de
facciones graciosas y menudas, de tal modo que la boca, medio abierta
en el centro y recogida en dos hoyuelos a los lados, no era en todo
más grande que sus ojos. La naricilla, corta y un tanto redonda
y vuelta en el extremo, era una picardía. Tenía la
frente estrecha, y de ella hacia atrás, en dos bandas no
muy lisas, el cabello negro, que en dos trenzas copiosas, veteadas
de una cinta roja, llevaba recogida en cerquillo, como una corona,
sobre lo alto de la cabeza. Un chal de listado tenía siempre
puesto y caído sobre un hombro; y no había quien,
cuando remataba una frase que le parecía intencionada, se
echase por la espalda con más brío el chal de listado.
Luego echaba a correr, riendo y hablando en una jerga que quería
ser muy culta y ciudadana; y se iba a preparar a la niña
Ana, lo cual hacía muy bien, unos tamales de dulce de coco
y un chocolatillo claro, que era lo que con más gusto tomaba,
por lo limpio y lo nuevo, nuestra linda enferma. Y mientras Ana
los gustaba, Petrona Revolorio, con el chal cruzado, se sentaba
a sus pies «no por servicio, sino porque le había cobrado
afición» y le hacía cuentos.
¿El alba,
sin que Petrona Revolorio estuviese a la puerta del cuarto de la
niña Ana con su cesta de flores, que ella misma quería
ponerle en el vaso y ver con sus propios ojos, cómo seguía
la niña? «¡Mi niñita: mírenla que
galana está hoy!; se lo voy a decir al niño Pedro
que nos dé un baile de convite a las señoras, y vamos
a sacarla a bailar con el niño Pedro. ¡Y él
sí que es galán también, el niño Pedro!
Mire, mi niñita: no le traigo de esos jazminotes blancos,
porque los de acá huelen muy fuerte; pero aquí le
pongo, en este vaso azul, esos jazmines de San Juan, que acá
se dan todo el año y huelen muy bien de noche. Con que, mi
niñita, prepárese para el baile, y que le voy a prestar
un chal de seda encarnada que yo tengo, que me la va a poner más
linda que la misma niña Sol. ¡Cómo está
que se muere el niño Pedro por la niña Sol! Pero yo
no sé qué tiene la niña Adela, que está
como aburrida. ¿Quiere mi niñita los tamales hoy de
coco, o de carnecita fresca? Ayer maté un cochito, que está
de lo más blando: era el cochito rosado, ¡y la carne
está como merengue! ¡Jesús, mi niñita,
no me diga eso! Si yo me muero por servirla: mire que yo soy como
las tacitas de coco, que dicen en letras muy guapas: 'yo sirvo a
mi dueña'. Voy a poner la puerta de mi casa llena de tiestos
de flores, y a alquilar a los músicos, el día que
mi niñita vaya a verme. ¡Y, eso que yo no se lo hago
a nadie: porque no lo hago por servicio, sino porque le he cobrado
mucha afición!».
Y Pedro, como
que con la ausencia de Juan venía a ser el caballero servidor
de las cuatro niñas, ¿qué había de hacer
sino estarlas sirviendo, y mucho mejor cuando no estaba cerca Adela,
y mejor aun cuando no estaba junto a Ana, que no ponía buenos
ojos cuando miraba a la vez a Sol y a Pedro, y mejor que nunca cuando
por algún acaso Lucía y Sol estaban solas? Y siempre
entonces tenía Lucía algo que hacer, ir de puntillas
a ver si seguía durmiendo Ana, ver si habían puesto
de beber a los pajaritos azules, preguntar si habían traído
la leche fresca que debía tomar Ana al despertarse: siempre
tenía Lucía, cuando Pedro y Sol podían quedarse
solos, alguna cosa que hacer.
Era el lugar
de conversación un colgadizo espacioso, de tablilla bruñida
el pavimento: la baranda- como toda la casa, de madera- abierta
en tres lados para las tres escalerillas que llevaban al jardín
que había al frente de la casa. Estaba el colgadizo siempre
en sombra, porque lo vestía de verdor una enredadera copiosísima,
esmaltada de trecho en trecho por unos ramos de florecitas rojas.
Colgaban del techo pintado el fresco de unas caprichosas guirnaldas
de hojas y flores como las de la enredadera, unos cestos de alambre
cubiertos de cera roja, que les hacía parecer de coral, todos
llenos de florecillas naturales, brillantes y pequeñas, y
a menudo adornados con las hebras de una parásita que crecía
sobre los árboles viejos de la finca, y era, por su verde
blancuzco y por crecer en hilos, como las canas de aquella arboleda.
En los tramos de pared, entre las ventanas interiores, realzadas
con unas líneas de vivo encarnado, había unos grandes
estudios de flores en madera, pintada con los colores naturales
por los artistas del país, con propiedad muy grande: dos
de los cuadros eran de magnolia, la una casi abierta, y con cierta
hermosura de emperatriz; la otra aun cerrada en su propia rama:
y otros dos cuadros eran de las flores pomposas del marpacífico,
con sus hojas de rojo encendido, agrupadas de modo que realzase
su natural tamaño y hermosura.
Y allí,
a la suave sombra, contaba Pedro maravillas y glorias europeas a
Ana, que le oía con cariño- a Adela, que hacía
como si no le interesasen- , a Lucía, que pensaba con
amorosa cólera en Juan, en Juan, que no debía venir,
porque estaba allí Sol, en Juan, que debía venir puesto
que estaba Lucía- y a Sol contaba también aquellas
historias, quien sin desagrado ni emoción las escuchaba y
con sus hábitos de niña huérfana, azorada a
veces de la súbita rudeza que templaba Lucía luego
con arrebatos afectuosos, solo se sentía dueña de
sí cerca de quien la necesitaba, y ni con Adela, que parecía
esquivarla, ni con la misma Lucía, aunque esto le pesaba
mucho, tenía ya la naturalidad y abandono que con Ana, con
Ana a quien aquellos aires perfumados y calurosos habían
vuelto, si no el color al rostro, cierta facilidad a los movimientos
y unos como asomos de vida.
Hallaba Pedro
con asombro que el atrevimiento desvergonzado y celebración
excesiva a que se reduce, casi siempre pagado deprisa y con usura
por las mujeres, todo el arte misterioso de los enamoradores, no
le eran posibles ante aquella niña recién salida del
colegio, que con franca sencillez, y mirándole en los ojos
sin temor, decía en alto como materia de general conversación
lo que con más privado propósito dejaba Pedro llegar
discretamente a su oído. Era la niña de tal hermosura
que llevaba consigo, y de sí misma, la majestad que la defiende;
y lo usual iba siendo que cuando Lucía encontraba modo de
ir a ver si los pajaritos azules tenían agua, o si había
llegado la leche fresca, no mudarse la conversación entre
Sol y Pedro, abierta por lo demás y no muy amena, del asunto
en que se estaba antes de que Lucía fuera a ver los pájaros.
Ni había cosa que a Lucía pusiese en mayor enojo que
hallarlos conversando, cuando volvía, de la caza de ayer,
del jabalí en preparación, de las fiestas de cacería
en los castillos señoriales de Europa, de la pobre Ana, de
los tamales de Petrona Revolorio. Y Pedro, de otras mujeres tan
temido, era con la mayor tranquilidad puesto por Sol, ya a que le
leyese la Amalia de Mármol o la María
de Jorge Isaacs, que de la ciudad les habían enviado, ya,
para unos cobertores de mesa que estaba bordando a la directora,
a que devanase el estambre.
- Sí,
sí, hoy estaba muy hermosa. Dime, tú, espejo: ¿la
querrá Juan? ¿la querrá Juan? ¿Por qué
no soy como ella? Me rasgaría las carnes: me abriría
con las uñas las mejillas. Cara imbécil, ¿por
qué no soy como ella? Hoy estaba muy hermosa. Se le veía
la sangre y se le sentía el perfume por debajo de la muselina
blanca.
Y se sentaba
Lucía, sola en su cuarto en una silla sin espaldar, sin quitarse
los vestidos, ya a más de medianoche, y a poco rato se levantaba,
se miraba otra vez al espejo, y se sentaba nuevamente, la cara entre
las manos, los codos en las rodillas. Luego rompía a hablarse:
- Yo me
veo, sí, yo me veo. ¿Qué es lo que tengo, que
me parezco fea a mí misma? Y yo no lo soy, pero lo estoy
siendo. Juan lo ha de ver; Juan ha de ver que estoy siendo fea.
¡Ay! ¡por qué tengo este miedo! ¿Quién
es mejor que Juan en todo el mundo? ¿Cómo no me ha
de querer él a mí, si él quiere a todo el que
lo quiere? ¿quién, quién lo quiere a él
más que yo? Yo me echaría a sus pies. Yo le besaría
siempre las manos. Yo le tendría siempre la cabeza apretada
sobre mi corazón. ¡Y esto ni se puede decir, esto que
yo quisiera hacer! Si yo pudiera hacer esto, él sentiría
todo lo que yo lo quiero, y no podría querer a más
nadie. ¡Sol! ¡Sol! ¿quién es Sol para
quererlo como yo lo quiero? ¡Juan!... ¡Juan!...
Y conteniendo
la voz se iba hacia la ventana abierta, y tendía las manos
como sin querer, llamando a Juan a quien acababa de escribir sin
decirle que viniese.
Empujó
violentamente las dos hojas de la ventana, y arrodillándose
de repente junto a ella, sacó afuera, como a que el aire
se la humedeciese, la cabeza; y la tuvo apoyada algún tiempo
sobre el marco, sin que le molestase aquella almohada de madera.
- ¡No
puede ser! ¡no puede ser!- dijo levantándose de
pronto- : Juan va a quererla. Lo conozco cada vez que la mira.
Se sonríe, con un cariño que me vuelve loca. Se le
ve, se le ve que tiene placer en mirarla. Y luego ¡esa imbécil
es tan buena! No es mentira, no: es buena. ¿Yo misma, yo
misma no la quiero? ¡Sí, la quiero, y la odio! ¿Qué
sé yo qué es lo que me pasa por la cabeza? ¡Juan,
Juan, ven pronto; Juan, Juan, no vengas!
¿Cómo
no ha de quererla Juan?- decía la infeliz, entre golpes
de lágrimas, a los pocos momentos, siendo aquel llanto de
Lucía extraño, porque no venía a raudal y de
seguida, aliviando a la que lloraba, sino a borbotones e intervalos,
sofocándola y exaltándola, parecido al agua que baja,
tropezando entre peñas, por los torrentes- . ¿Cómo
no ha de quererla Juan, si no hay quien ame lo hermoso más
que él, y la Virgen de la Piedad no es tan hermosa como ella?
Juan.... Juan...- decía en voz baja, como para que Juan
viniese sin que nadie lo viera- ; ¡sin que Sol lo viera!
Y si viene...
y si la mira... ¡yo, no puedo soportar que la mire!... ¡ni
que la mire siquiera! Y si está aquí un mes, dos meses.
Y si ella no quiere a Pedro Real, porque no lo quiere, y Ana le
dice que no lo quiera. Y ella va a querer a Juan ¿cómo
no va a quererlo? ¿Quién no lo quiere desde que lo
ve? Ana lo hubiera querido, si no supiese que ya él me quería
a mí; ¡porque Ana es buena! Adela lo quiso como una
loca; yo bien lo vi, pero él no puede querer a Adela. Y Sol
¿por qué no lo ha de querer? Ella es pobre; él
es muy rico. Ella verá que Juan la mira. ¿Qué
marido mejor puede tener ella que Juan? Y me lo quitará,
me lo quitará si quiere. Yo he visto que me lo quiere quitar.
Yo veo como se queda oyéndole cuando habla; así me
quedaba yo oyéndole cuando era niña. Yo veo que cuando
él sale, ella alza la cabeza para seguirle viendo. ¡Y
van a estar aquí un mes, dos meses! ella siempre con Ana,
todos con Ana siempre. Él recreando los ojos en toda su hermosura.
Yo, callada a su lado, con los labios llenos de horrores que no
digo, odiosa y fiera. Esto no ha de ser, no ha de ser, no ha de
ser. O Sol se va, o yo me iré. Pero ¿cómo me
he de ir yo?; ¡que me lo robe alguien si puede!- y abrió
los brazos en la mitad del cuarto, como desafiando, y le cayó
por las espaldas desatada la cabellera negra.
¡Que no
se sienten juntos: que yo no lo vea!
Y con los labios
apoyados sobre el puño cerrado, quedó dormida en un
sillón cerca de la ventana, sombreándole extrañamente
el rostro, al agitarse movida por el aire, la cabellera negra.
¿A quién
vio la mañana siguiente Lucía, sentado en el colgadizo,
con Sol y con Ana? Venía con paso lento, y como si no hubiera
querido venir.
- ¡No
le diga, no le diga!...- a Sol que se levantaba como para avisarle.
Venía
Lucía con paso lento, y Ana y Sol, que conocían las
habitaciones de la casa, sabían que era ella quien venía.
Volvió Sol a su asiento. Juan hizo como que hablaba muy animadamente
con Ana y con ella. Lucía llegó a la puerta. Los vio
sentados juntos, y como que no la veían. Tembló toda.
¿Entra? ¿Sale? ¡Juan! ¡allí Juan!
¡Juan así! Se clavó los dientes en el labio,
y los dejó clavados en él. Volvió la espalda,
se entró por el corredor que iba a su habitación;
a Sol que fue corriendo detrás de ella: «¡Vete!
¡vete!», y entró en su cuarto, cerrando tras
de sí con llave la puerta.
¡A Juan
que, suponiéndola apenada, no bien acabó con cuanta
prisa pudo su empeño en el pueblo de los indios volvió
a la ciudad, y de allí, aprovechando la noche por sorprender
a Lucía con la luz de la mañana, emprendió
sin descansar el camino de la finca a caballo y de prisa! ¡A
Juan, que con amores muy altos en el alma, consentía, por
aquella piedad suya que era la mayor parte de su amor, en atar sus
águilas al cabello de aquella criatura, no tanto por lo que
la amaba él, sin que por eso dejase de amarla, sino por lo
que lo amaba ella! ¡A Juan que, puestos en las nubes del cielo
y en los sacrificios de la tierra sus mejores cariños, no
dejaba, sin embargo, por aquella excelente condición suya,
de hacer, pensar u omitir cosa con que él pudiera creer que
sería agradable a su prima Lucía, aunque no tuviese
él placer en ella! ¡A Juan que, joven como era, sentía,
por cierto anuncio del dolor que más parece recuerdo de él,
como si fuera ya persona muy trabajada y vivida, quienes a las mujeres,
sobre todo en la juventud, parecían encantadores enfermos!
¡A Juan, que se sentía crecer bajo del pecho, a pesar
de lo mozo de sus años, unas como barbas blancas muy crecidas,
y aquellos cariños pacíficos y paternales que son
los únicos que a las barbas blancas convienen! ¡A Juan,
que tenía de su virtud idea tan exaltada como la mujer más
pudorosa, y entendía que eran tan graves como las culpas
groseras los adulterios del pensamiento!
¡A Juan,
porque, ya después de aquellas cartas extrañas que
Lucía le había escrito a la finca sin hablarle de
su vuelta, recibirlo de aquel modo, con aquella mirada, con aquella
explosión de cólera, con aquel desdén! ¿Pues
cuándo había cesado de pensar Juan, cuándo,
que aquel cariño que con tanta ternura prodigaba, sin fatiga
ni traición, sobre su prima, era como una concesión
de él, como un agradecimiento de él, como una tentativa,
a lo sumo, de asir en cuerpo y ver con los ojos de la carne las
ideas de rostro confuso y vestidura de perlas, que cogidas del brazo
y con las alas tendidas, le vagaban en giros majestuosos por los
espacios de su mente? Pues sin el alma tierna y fina que de propia
voluntad suya había supuesto, como natural esencia de un
cuerpo de mujer, en su prima Lucía, ¿qué venía
a ser Lucía? ¿Qué hombre, que lo sea, ama a
una mujer más que por el espíritu puro que supone
en ella, o por el que cree ver en sus acciones, y con el que le
alivia y levanta |