A
los niños que lean «La Edad de Oro».
Tres héroes
Dos milagros
Meñique
Cada uno a su oficio
La Ilíada, de Homero
Un juego nuevo y otros viejos
Bebé y el señor don Pomposo
La última página
La historia del hombre, contada por sus casas
Los dos príncipes.
Nené traviesa.
La perla de la mora
Las ruinas indias.
Músicos, poetas y pintores.
La última página
La exposición de París.
El camarón encantado
El Padre las Casas.
Los zapaticos de rosa
La última página
Un paseo por la tierra de los anamitas
Historia de la cuchara y el tenedor
La muñeca negra
Cuentos de elefantes
Los dos ruiseñores
La galería de las máquinas
La última página |
A los niños que lean «La Edad de
Oro».
Para
los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin
las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin
luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte,
de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo;
un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca
es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre
fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana,
para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece
un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre.
Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como
buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres
de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener
a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños
lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran
saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con
palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está
hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres
hasta ahora.
Para
eso se publica La Edad de Oro: para que los niños americanos
sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las
demás tierras; y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro,
y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica;
para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene
colores la piedra, y qué quiere decir cada color; para que el
niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas
y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo
lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras
e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad,
más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo,
y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos
de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho,
o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos,
porque los niños son los que saben querer, porque los niños son
la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean
como cosa de su corazón.
Cuando
un niño quiera saber algo que no esté en La Edad de Oro,
escríbanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros
le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de
ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la
carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con
la firma al pie, para que se sepa que es niño que vale. Los niños
saben más de lo que parece, y si les dijeran que escribiesen lo
que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad
de Oro va a tener cada seis meses una competencia, y el niño
que le mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es
suyo, recibirá un buen premio de libros, y diez ejemplares del
número de La Edad de Oro en que se publique su composición,
que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien,
porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho.
Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan
lo que piensan, y lo digan bien: hombres elocuentes y sinceros.
Las
niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con
ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena
que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar,
porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones
y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas
entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les
gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa,
que le cuenta que en las almas de las niñas sucede algo parecido
a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre
las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los
colibríes, si supiesen leer. Y les diremos cómo se hace una hebra
de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo
tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también
pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber,
y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis
meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!
Lo
que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos
de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño
de América por el mundo nos apriete mucho la mano, como a un amigo
viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: «¡Este hombre de La
Edad de Oro fue mi amigo!»
Tres
héroes
Cuentan
que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse
el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía,
sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan
que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza,
lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un
padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, porque
todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A
Bolívar, y a todos los que pelearon como él porque la América
fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso, y al último
soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo
se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad
es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar
y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado,
ni pensar, ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa, o no
se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado. Un hombre
que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno
sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma
con obedecer a leyes injustas, y permite que pisen el país en
que nació los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado.
El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve,
debe padecer por todos los que no pueden vivir con honradez, debe
trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe
ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede
a su alrededor, y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente,
es como un hombre que vive del trabajo de un bribón, y está en
camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias,
porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas: el
elefante no quiere tener hijos cuando vive preso: la llama del
Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla
con rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre
debe ser, por lo menos, tan decoroso como el elefante y como la
llama. En América se vivía antes de la libertad como la llama
que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga,
o morir.
Hay
hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros
que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin
decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad
de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay
muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí
el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que
es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles
de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres
son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela;
San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben
perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que
sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol.
El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas.
Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos
hablan de la luz.
Bolívar
era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban, y las palabras
se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando
siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido,
que le pesaba en el corazón, y, no le dejaba vivir en paz. La
América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale
nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan,
cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes
que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que
a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres, y no pueden
consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se
cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que
Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles: lo habían
echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca,
a pensar en su tierra.
Un
negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió
un día a pelear, con trescientos héroes, con los trescientos libertadores.
Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador.
Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia.
Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos.
Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales
peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de
jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor, en el mundo
por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho
de los hombres a gobernarse por sí mismos, como el derecho de
América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar
murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa
de un español en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia
de pueblos.
México
tenía mujeres y hombres valerosos que no eran muchos, pero valían
por muchos: media docena de hombres y una mujer preparaban el
modo de hacer libre a su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes,
el esposo de una mujer liberal, y un cura de pueblo que quería
mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde niño fue el
cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que
no quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que
entonces era cosa de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los
libros de los filósofos del siglo dieciocho, que explicaron el
derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía.
Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar
a los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre
ellos como un hermano viejo, a enseñarles las artes finas que
el indio aprende bien: la música, que consuela; la cría del gusano,
que da la seda; la cría de la abeja, que da miel. Tenía fuego
en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer los ladrillos.
Le veían lucir mucho de cuando en cuando los ojos verdes. Todos
decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas
limosnas el señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a
la ciudad de Querétaro una que otra vez, a hablar con unos cuantos
valientes y con el marido de una buena señora. Un traidor le dijo
a un comandante español que los amigos de Querétaro trataban de
hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo,
que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales
y los sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los
indios iban a pie, con palos y flechas, o con hondas y lanzas.
Se le unió un regimiento y tomó un convoy de pólvora que iba para
los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y vivas.
Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general, y empezó
un pueblo a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo
discursos que dan calor y echan chispas, como decía un caporal
de las haciendas. El declaró libres a los negros. El les devolvió
sus tierras a los indios. El publicó un periódico que llamó El
Despertador Americano. Ganó y perdió batallas. Un día se
le juntaban siete mil indios con flechas, y al otro día lo dejaban
solo. La mala gente quería ir con él para robar en los pueblos
y para vengarse de los españoles. El les avisaba a los jefes españoles
que si los vencía en la batalla que iba a darles los recibiría
en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser magnánimo,
sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese
cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el
mando a Allende. Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando
los españoles les cayeron encima. A Hidalgo le quitaron uno a
uno, como para ofenderlo, los vestidos de sacerdote. Lo sacaron
detrás de una tapia, y le dispararon los tiros de muerte a la
cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron
de matar. Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en
la Alhóndiga misma de Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron
los cadáveres descabezados. Pero México es libre.
San
Martín fue el libertador del Sur, el padre de la República Argentina,
el padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron
a España para que fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró
en España con su ejército, para quitarles a los españoles la libertad,
los españoles todos pelearon contra Napoleón: pelearon los viejos,
las mujeres, los niños; un niño valiente, un catalancito, hizo
huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros
desde un rincón del monte: al niño lo encontraron muerto, muerto
de hambre y de frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía,
como si estuviese contento. San Martín peleó muy bien en la batalla
de Bailén, y lo hicieron teniente coronel. Hablaba poco: parecía
de acero: miraba como un águila: nadie lo desobedecía su caballo
iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el aire. En
cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América:
¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber?:
llegó a Buenos Aires: no dijo discursos: levantó un escuadrón
de caballería: en San Lorenzo fue su primera batalla: sable en
mano se fue San Martín detrás de los españoles, que venían muy
seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor, sin cañones
y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban
venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela:
Hidalgo estaba muerto: O'Higgins salió huyendo de Chile: pero
donde estaba San Martín siguió siendo libre la América. Hay hombres
así, que no pueden ver esclavitud. San Martín no podía; y se fue
a libertar a Chile y al Perú. En dieciocho días cruzó con su ejército
los Andes altísimos y fríos: iban los hombres como por el cielo,
hambrientos, sedientos: abajo, muy abajo, los árboles parecían
yerba, los torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra
al ejército español y lo deshace en la batalla de Maipú, lo derrota
para siempre en la batalla de Chacabuco. Liberta a Chile. Se embarca
con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero en el Perú estaba
Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa triste,
y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento
en una cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla.
Le habían regalado el estandarte que el conquistador Pizarro trajo
hace cuatro siglos, y él le regaló el estandarte en el testamento
al Perú. Un escultor es admirable, porque saca una figura de la
piedra bruta: pero esos hombres que hacen pueblos son como más
que hombres. Quisieron algunas veces lo que no debían querer;
pero ¿qué no le perdonará un hijo a su padre? El corazón se llena
de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son
héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los
que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad.
Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos,
por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no
son héroes, sino criminales.
Dos
milagros
Iba
un niño travieso
Cazando mariposas;
Las cazaba el bribón, les daba un beso,
Y después las soltaba entre las rosas.
Por
tierra, en un estero,
Estaba un sicomoro;
Le da un rayo de sol, y del madero
Muerto, sale volando un ave de oro.
Meñique
(Del
francés, de Laboulaye)
Cuento
de magia, donde se relata la historia del sabichoso Meñique, y
se ve que el saber vale más que la fuerza.
—I—
En
un país muy extraño vivió hace mucho tiempo un campesino que tenía
tres hijos: Pedro, Pablo y Juancito. Pedro era gordo y grande,
de cara colorada, y de pocas entendederas; Pablo era canijo y
paliducho, lleno de envidias y de celos; Juancito era lindo como
una mujer, y más ligero que un resorte, pero tan chiquitín que
se podía esconder en una bota de su padre. Nadie le decía Juan,
sino Meñique.
El
campesino era tan pobre que había fiesta en la casa cuando traía
alguno un centavo. El pan costaba mucho, aunque era pan negro;
y no tenían cómo ganarse la vida. En cuanto los tres hijos fueron
bastante crecidos, el padre les rogó por su bien que salieran
de su choza infeliz, a buscar fortuna por el mundo. Les dolió
el corazón de dejar solo a su padre viejo, y decir adiós para
siempre a los árboles que habían sembrado, a la casita en que
habían nacido, al arroyo donde bebían el agua en la palma de la
mano. Como a una legua de allí tenía el rey del país un palacio
magnífico, todo de madera, con veinte balcones de roble tallado,
y seis ventanitas. Y sucedió que de repente, en una noche de mucho
calor, salió de la tierra, delante de las seis ventanas, un roble
enorme con ramas tan gruesas y tanto follaje que dejó a oscuras
el palacio del rey. Era un árbol encantado, y no había hacha que
pudiera echarlo a tierra, porque se le mellaba el filo en lo duro
del tronco, y por cada rama que le cortaban salían dos. El rey
ofreció dar tres sacos llenos de pesos a quien le quitara de encima
al palacio aquel arbolón; pero allí se estaba el roble, echando
ramas y raíces, y el rey tuvo que conformarse con encender luces
de día.
Y
eso no era todo. Por aquel país, hasta de las piedras del camino
salían los manantiales; pero en el palacio no había agua. La gente
del palacio se lavaba las manos con cerveza y se afeitaba con
miel. El rey había prometido hacer marqués y dar muchas tierras
y dinero al que ha abriese en el patio del castillo un pozo donde
se pudiera guardar agua para todo el año. Pero nadie se llevó
el premio, porque el palacio estaba en una roca, y en cuanto se
escarbaba la tierra de arriba, salía debajo la capa de granito.
Como una pulgada nada más había de tierra floja.
Los
reyes son caprichosos, y este reyecito quería salirse con su gusto.
Mandó pregoneros que fueran clavando por todos los pueblos y caminos
de su reino el cartel sellado con las armas reales, donde ofrecía
casar a su hija con el que cortara el árbol y abriese el pozo,
y darle además la mitad de sus tierras. Las tierras eran de lo
mejor para sembrar, y la princesa tenía fama de inteligente y
hermosa; así es que empezó a venir de todas partes un ejército
de hombres forzudos, con el hacha al hombro y el pico al brazo.
Pero todas las hachas se mellaban contra el roble, y todos los
picos se rompían contra la roca.
—II—
Los
tres hijos del campesino oyeron el pregón, y tomaron el camino
del palacio, sin creer que iban a casarse con la princesa, sino
que encontrarían entre tanta gente algún trabajo. Los tres iban
anda que anda, Pedro siempre contento, Pablo hablándose solo,
y Meñique saltando de acá para allá, metiéndose por todas las
veredas y escondrijos, viéndolo todo con sus ojos brillantes de
ardilla. A cada paso tenía algo nuevo que preguntar a sus hermanos:
que por qué las abejas metían la cabecita en las flores, que por
qué las golondrinas volaban tan cerca del agua, que por qué no
volaban derecho las mariposas. Pedro se echaba a reír, y Pablo
se encogía de hombros y lo mandaba callar.
Caminando,
caminando, llegaron a un pinar muy espeso que cubría todo un monte,
y oyeron un ruido grande, como de un hacha, y de árboles que caían
allá en lo más alto.
—Yo
quisiera saber por qué andan allá arriba cortando leña—dijo Meñique.
—Todo
lo quiere saber el que no sabe nada—dijo Pablo, medio gruñendo.
—Parece
que este muñeco no ha oído nunca cortar leña—dijo Pedro, torciéndole
el cachete a Meñique de un buen pellizco.
—Yo
voy a ver lo que hacen allá arriba—dijo Meñique.
—Anda,
ridículo, que ya bajarás bien cansado, por no creer lo que te
dicen tus hermanos mayores.
Y
de ramas en piedras, gateando y saltando, subió Meñique por donde
venía el sonido. Y ¿qué encontró Meñique en lo alto del monte?
Pues un hacha encantada, que cortaba sola, y estaba echando abajo
un pino muy recio.
—Buenos
días, señora hacha—dijo Meñique;—¿no está cansada de cortar tan
solita ese árbol tan viejo?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
hacha.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin ponerse a temblar, ni preguntar más, metió el hacha en su
gran saco de cuero, y bajó el monte, brincando y cantando.
—¿Qué
vio allá arriba el que todo lo quiere saber?—preguntó Pablo, sacando
el labio de abajo, y mirando a Meñique como una torre a un alfiler.
—Pues
el hacha que oíamos—le contestó Meñique.
—Ya
ve el chiquitín la tontería de meterse por nada en esos sudores—le
dijo Pedro el gordo.
A
poco andar ya era de piedra todo el camino, y se oyó un ruido
que venía de lejos, como de un hierro que golpease en una roca.
—Yo
quisiera saber quién anda allá lejos picando piedras—dijo Meñique.
—Aquí
está un pichón que acaba de salir del huevo, y no ha oído nunca
al pájaro carpintero picoteando en un tronco—dijo Pablo.
—Quédate
con nosotros, hijo, que eso no es más que el pájaro carpintero
que picotea en un tronco—dijo Pedro.
—Yo
voy a ver lo que pasa allá lejos.
Y
aquí de rodillas, y allá medio a rastras, subió la roca Meñique,
oyendo como se reían a carcajadas Pedro y Pablo. ¿Y qué encontró
Meñique allá en la roca? Pues un pico encantado, que picaba solo,
y estaba abriendo la roca como si fuese mantequilla.
—Buenos
días, señor pico—dijo Meñique:—¿no está cansado de picar tan solito
en esa roca vieja?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
pico.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin pizca de miedo le echó mano al pico, lo sacó del mango, los
metió aparte en su gran saco de cuero, y bajó por aquellas piedras,
retozando y cantando.
—¿Y
qué milagro vio por allá su señoría?—preguntó Pablo, con los bigotes
de punta.
—Era
un pico lo que oímos—respondió Meñique, y siguió andando sin decir
más palabra.
Más
adelante encontraron un arroyo, y se detuvieron a beber, porque
era mucho el calor.
—Yo
quisiera saber—dijo Meñique—de dónde sale tanta agua en un valle
tan llano como éste.
—¡Grandísimo
pretencioso—dijo Pablo;—que en todo quiere meter la nariz! ¿No
sabes que los manantiales salen de la tierra?
—Yo
voy a ver de dónde sale esta agua.
Y
los hermanos se quedaron diciendo picardías; pero Meñique echó
a andar por la orilla del arroyo, que se iba estrechando, estrechando,
hasta que no era más que un hilo. Y ¿qué encontró Meñique cuando
llegó al fin? Pues una cáscara de nuez encantada, de donde salía
a borbotones el agua clara chispeando al sol.
—Buenos
días, señor arroyo—dijo Meñique;—¿no está cansado de vivir tan
solito en su rincón, manando agua?
—Hace
muchos años, hijo mío, que estoy esperando por ti—respondió el
arroyo.
—Pues
aquí me tiene—dijo Meñique.
Y
sin el menor susto tomó la cáscara de nuez, la envolvió bien en
musgo fresco para que no se saliera el agua, la puso en su gran
saco de cuero, y se volvió por donde vino, saltando y cantando.
—¿Ya
sabes de dónde viene el agua?—le gritó Pedro.
—Sí,
hermano; viene de un agujerito.
—¡Oh,
a este amigo se lo come el talento! ¡Por eso no crece!—dijo Pablo,
el paliducho.
—Yo
he visto lo que quería ver, y sé lo que quería saber—se dijo Meñique
a sí mismo. Y siguió su camino, frotándose las manos.
—III—
Por
fin llegaron al palacio del rey. El roble crecía más que nunca,
el pozo no lo habían podido abrir, y en la puerta estaba el cartel
sellado con las armas reales, donde prometía el rey casar a su
hija y dar la mitad de su reino a quienquiera que cortase el roble
y abriese el pozo, fuera señor de la corte, o vasallo acomodado,
o pobre campesino. Pero el rey, cansado de tanta prueba inútil,
había hecho clavar debajo del cartelón otro cartel más pequeño,
que decía con letras coloradas:
«Sepan
los hombres por este cartel, que el rey y señor, como buen rey
que es, se ha dignado mandar que le corten las orejas debajo del
mismo roble al que venga a cortar el árbol o abrir el pozo, y
no corte, ni abra; para enseñarle a conocerse a sí mismo y a ser
modesto, que es la primera lección de la sabiduría.»
Y
alrededor de este cartel había clavadas treinta orejas sanguinolentas,
cortadas por la raíz de la piel a quince hombres que se creyeron
más fuertes de lo que eran.
Al
leer este aviso, Pedro se echó a reír, se retorció los bigotes,
se miró los brazos, con aquellos músculos que parecían cuerdas,
le dio al hacha dos vuelos por encima de su cabeza, y de un golpe
echó abajo una de las ramas más gruesas del árbol maldito. Pero
enseguida salieron dos ramas poderosas en el punto mismo del hachazo,
y los soldados del rey le cortaron las orejas sin más ceremonia.
—¡Inutilón!—dijo
Pablo, y se fue al tronco, hacha en mano, y le cortó de un golpe
una gran raíz. Pero salieron dos raíces enormes en vez de una.
Y
el rey furioso mandó que le cortaran las orejas a aquel que no
quiso aprender en la cabeza de su hermano.
Pero
a Meñique no se le achicó el corazón, y se le echó al roble encima.
—¡Quítenme
a ese enano de ahí!—dijo el rey—¡y si no se quiere quitar, córtenle
las orejas!
—Señor
rey, tu palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, señor
rey. Yo tengo derecho por tu cartel a probar mi fortuna. Ya tendrás
tiempo de cortarme las orejas, si no corto el árbol.
—Y
la nariz te la rebanarán también, si no lo cortas.
Meñique
sacó con mucha faena el hacha encantada de su gran saco de cuero.
El hacha era más grande que Meñique. Y Meñique le dijo: «¡Corta,
hacha, corta!»
Y
el hacha cortó, tajo, astilló, derribó las ramas, cercenó el tronco,
arrancó las raíces, limpió la tierra en redondo, a derecha y a
izquierda, y tanta leña apiló del árbol en trizas, que el palacio
se calentó con el roble todo aquel invierno.
Cuando
ya no quedaba del árbol una sola hoja, Meñique fue donde estaba
el rey sentado junto a la princesa, y los saludó con mucha cortesía.
—¿Dígame
el rey ahora dónde quiere que le abra el pozo su criado? Y toda
la corte fue al patio del palacio con el rey, a ver abrir el pozo.
El rey subió a un estrado más alto que los asientos de los demás;
la princesa tenía su silla en un escalón más bajo, y miraba con
susto a aquel hominicaco que le iban a dar para marido.
Meñique,
sereno como una rosa, abrió su gran saco de cuero, metió el mango
en el pico, lo puso en el lugar que marcó el rey, y le dijo: «¡Cava,
pico, cava!»
Y
el pico empezó a cavar, y el granito a saltar en pedazos, y en
menos de un cuarto de hora quedó abierto un pozo de cien pies.
—¿Le
parece a mi rey que este pozo es bastante hondo?
—Es
hondo; pero no tiene agua.
—Agua
tendrá—dijo Meñique. Metió el brazo en el gran saco de cuero,
le quitó el musgo a la cáscara de nuez, y puso la cáscara en una
fuente que habían llenado de flores. Y cuando ya estaba bien dentro
de la tierra, dijo: «¡Brota, agua, brota!»
Y
el agua empezó a brotar por entre las flores con un suave murmullo
refrescó el aire del patio, y cayó en cascadas tan abundantes
que al cuarto de hora ya el pozo estaba lleno, y fue preciso abrir
un canal que llevase afuera el agua sobrante.
—Y
ahora—dijo Meñique, poniendo en tierra una rodilla,—¿cree mi rey
que he hecho todo lo que me pedía?
—Sí,
marqués Meñique—respondió el rey,—y te daré la mitad de mi reino;
o mejor, te compraré en lo que vale tu mitad, con la contribución
que les voy a imponer a mis vasallos, que se alegrarán mucho de
pagar porque su rey y señor tenga agua buena; pero con mi hija
no te puedo casar, porque ésa es cosa en que yo solo no soy dueño.
—¿Y
qué más quiere que haga, rey?—dijo Meñique, parándose en las puntas
de los pies, con la manecita en la cadera, y mirando a la princesa
cara a cara.
—Mañana
se te dirá, marqués Meñique—le dijo el rey;—vete ahora a dormir
a la mejor cama de mi palacio.
Pero
Meñique, en cuanto se fue el rey, salió a buscar a sus hermanos,
que parecían dos perros ratoneros, con las orejas cortadas.
—Díganme,
hermanos, si no hice bien en querer saberlo todo, y ver de dónde
venía el agua.
—Fortuna
no más, fortuna—dijo Pablo.—La fortuna es ciega, y favorece a
los necios.
—Hermanito—dijo
Pedro,—con orejas o desorejado creo que está muy bien lo que has
hecho, y quisiera que llegara aquí papá para que te viese.
Y
Meñique se llevó a dormir a camas buenas a sus dos hermanos, a
Pedro y a Pablo.
—IV—
El
rey no pudo dormir aquella noche. No era el agradecimiento lo
que le tenía despierto, sino el disgusto de casar a su hija con
aquel picolín que cabía en una bota de su padre. Como buen rey
que era, ya no quería cumplir lo que prometió; y le estaban zumbando
en los oídos las palabras del marqués Meñique: «Señor rey, tu
palabra es sagrada. La palabra de un hombre es ley, rey».
Mandó
el rey a buscar a Pedro y a Pablo, porque ellos no más le podían
decir quiénes eran los padres de Meñique, y si era Meñique persona
de buen carácter y de modales finos, como quieren los suegros
que sean sus yernos, porque la vida sin cortesía es más amarga
que la cuasia y que la retama. Pedro dijo de Meñique muchas cosas
buenas, que pusieron al rey de mal humor; pero Pablo dejó al rey
muy contento, porque le dijo que el marqués era un pedante aventurero,
un trasto con bigotes, una uña venenosa, un garbanzo lleno de
ambición, indigno de casarse con señora tan principal como la
hija del gran rey que le había hecho la honra de cortarle las
orejas: «Es tan vano ese macacuelo—dijo Pablo—que se cree capaz
de pelear con un gigante. Por aquí cerca hay uno que tiene muerta
de miedo a la gente del campo, porque se les lleva para sus festines
todas sus ovejas y sus vacas. Y Meñique no se cansa de decir que
él puede echarse al gigante de criado.»
—Eso
es lo que vamos a ver—dijo el rey satisfecho. Y durmió muy tranquilo
lo que faltaba de la noche. Y dicen que sonreía en sueños, como
si estuviera pensando en algo agradable.
En
cuanto salió el sol, el rey hizo llamar a Meñique delante de toda
su corte. Y vino Meñique fresco como la mañana, risueño como el
cielo, galán como una flor.
—Yerno
querido—dijo el rey,—un hombre de tu honradez no puede casarse
con mujer tan rica como la princesa, sin ponerle casa grande,
con criados que la sirvan como se debe servir en el palacio real.
En este bosque hay un gigante de veinte pies de alto, que se almuerza
un buey entero, y cuando tiene sed al mediodía se bebe un melonar.
Figúrate qué hermoso criado no hará ese gigante con un sombrero
de tres picos, una casaca galoneada, con charreteras de oro, y
una alabarda de quince pies. Ese es el regalo que te pide mi hija
antes de decidirse a casarse contigo.
—No
es cosa fácil—respondió Meñique,—pero trataré de regalarle el
gigante, para que le sirva de criado, con su alabarda de quince
pies, y su sombrero de tres picos, y su casaca galoneada, con
charreteras de oro.
Se
fue a la cocina; metió en el gran saco de cuero el hacha encantada,
un pan fresco, un pedazo de queso y un cuchillo; se echó el saco
a la espalda, y salió andando por el bosque, mientras Pedro lloraba,
y Pablo reía, pensando en que no volvería nunca su hermano del
bosque del gigante.
En
el bosque era tan alta la yerba que Meñique no alcanzaba a ver,
y se puso a gritar a voz en cuello: «¡Eh, gigante, gigante! ¿dónde
anda el gigante? Aquí está Meñique, que viene a llevarse al gigante
muerto o vivo».
—Y
aquí estoy yo—dijo el gigante, con un vocerrón que hizo encogerse
a los árboles de miedo,—aquí estoy yo, que vengo a tragarte de
un bocado.
—No
estés tan de prisa, amigo—dijo Meñique, con una vocecita de flautín,—no
estés tan de prisa, que yo tengo una hora para hablar contigo.
Y
el gigante volvía a todos lados la cabeza, sin saber quién le
hablaba, hasta que le ocurrió bajar los ojos, y allá abajo, pequeñito
como un pitirre, vio a Meñique sentado en un tronco, con el gran
saco de cuero entre las rodillas.
—¿Eres
tú, grandísimo pícaro, el que me has quitado el sueño?—dijo el
gigante, comiéndoselo con los ojos que parecían llamas.
—Yo
soy, amigo, yo soy, que vengo a que seas criado mío.
—Con
la punta del dedo te voy a echar allá arriba en el nido del cuervo,
para que te saque los ojos, en castigo de haber entrado sin licencia
en mi bosque.
—No
estés tan de prisa, amigo, que este bosque es tan mío como tuyo;
y si dices una palabra más, te lo echo abajo en un cuarto de hora.
—Eso
quisiera ver—dijo el gigantón.
Meñique
sacó su hacha, y le dijo: «¡Corta, hacha, corta!» Y el hacha cortó,
tajó, astilló, derribó ramas, cercenó troncos, arrancó raíces,
limpió la tierra en redondo, a derecha y a izquierda, y los árboles
caían sobre el gigante como cae el granizo sobre los vidrios en
el temporal.
—Para,
para—dijo asustado el gigante,—¿quién eres tú, que puedes echarme
abajo mi bosque?
—Soy
el gran hechicero Meñique, y con una palabra que le diga a mi
hacha te corta la cabeza. Tú no sabes con quién estás hablando.
¡Quieto donde estás!
Y
el gigante se quedó quieto, con las manos a los lados, mientras
Meñique abría su gran saco de cuero, y se puso a comer su queso
y su pan.
—¿Qué
es eso blanco que comes?—preguntó el gigante, que nunca había
visto queso.
—Piedras
como no más, y por eso soy más fuerte que tú, que comes la carne
que engorda. Soy más fuerte que tú. Enséñame tu casa.
Y
el gigante, manso como un perro, echó a andar por delante, hasta
que llegó a una casa enorme, con una puerta donde cabía un barco
de tres palos, y un balcón como un teatro vacío.
—Oye—le
dijo Meñique al gigante:—uno de los dos tiene que ser amo del
otro. Vamos a hacer un trato. Si yo no puedo hacer lo que tú hagas,
yo seré criado tuyo; si tú no puedes hacer lo que haga yo, tú
serás mi criado.
—Trato
hecho—dijo el gigante;—me gustaría tener de criado un hombre como
tú, porque me cansa pensar, y tú tienes cabeza para dos. Vaya,
pues; ahí están mis dos cubos: ve a traerme el agua para la comida.
Meñique
levantó la cabeza y vio los dos cubos, que eran como dos tanques,
de diez pies de alto, y seis pies de un borde a otro. Más fácil
le era a Meñique ahogarse en aquellos cubos que cargarlos.
—¡Hola!—dijo
el gigante, abriendo la boca terrible;—a la primera ya estás vencido.
Haz lo que yo hago, amigo, y cárgame el agua.
—¿Y
para qué la he de cargar?—dijo Meñique.—Carga tú, que eres bestia
de carga. Yo iré donde está el arroyo, y lo traeré en brazos,
y te llenaré los cubos, y tendrás tu agua.
—No,
no—dijo el gigante,—que ya me dejaste el bosque sin árboles, y
ahora me vas a dejar sin agua que beber. Enciende el fuego, que
yo traeré el agua.
Meñique
encendió el fuego, y en el caldero que colgaba del techo fue echando
el gigante un buey entero, cortado en pedazos, y una carga de
nabos, y cuatro cestos de zanahorias, y cincuenta coles. Y de
tiempo en tiempo espumaba el guiso con una sartén, y lo probaba,
y le echaba sal y tomillo, hasta que lo encontró bueno.
—A
la mesa, que ya está la comida—dijo el gigante;—y a ver si haces
lo que hago yo, que me voy a comer todo este buey, y te voy a
comer a ti de postres.
—Está
bien, amigo—dijo Meñique. Pero antes de sentarse se metió debajo
de la chaqueta la boca de su gran saco de cuero, que le llegaba
del pescuezo a los pies.
Y
el gigante comía y comía, y Meñique no se quedaba atrás, sólo
que no echaba en la boca las coles, y las zanahorias, y los nabos,
y los pedazos del buey, sino en el gran saco de cuero.
—¡Uf!
¡ya no puedo comer más!—dijo el gigante;—tengo que sacarme un
botón del chaleco.
—Pues
mírame a mí, gigante infeliz—dijo Meñique, y se echó una col entera
en el saco.
—¡Uha!—dijo
el gigante;—tengo que sacarme otro botón. ¡Qué estómago de avestruz
tiene este hombrecito! Bien se ve que estás hecho a comer piedras.
—Anda,
perezoso—dijo Meñique,—come como yo—y se echó en el saco un gran
trozo de buey.
—¡Paff!—dijo
el gigante,—se me saltó el tercer botón: ya no me cabe un chícharo:
¿cómo te va a ti, hechicero?
—¿A
mí?—dijo Meñique;—no hay cosa más fácil que hacer un poco de lugar.
Y
se abrió con el cuchillo de arriba abajo la chaqueta y el gran
saco de cuero.
—Ahora
te toca a ti—dijo al gigante;—haz lo que yo hago.
—Muchas
gracias—dijo el gigante.—Prefiero ser tu criado. Yo no puedo digerir
las piedras.
Besó
el gigante la mano de Meñique en señal de respeto, se lo sentó
en el hombro derecho, se echó al izquierdo un saco lleno de monedas
de oro, y salió andando por el camino del palacio.
—V—
En
el palacio estaban de gran fiesta, sin acordarse de Meñique, ni
de que le debían el agua y la luz; cuando de repente oyeron un
gran ruido, que hizo bailar las paredes, como si una mano portentosa
sacudiese el mundo. Era el gigante, que no cabía por el portón,
y lo había echado abajo de un puntapié. Todos salieron a las ventanas
a averiguar la causa de aquel ruido, y vieron a Meñique sentado
con mucha tranquilidad en el hombro del gigante, que tocaba con
la cabeza el balcón donde estaba el mismo rey. Saltó al balcón
Meñique, hincó una rodilla delante de la princesa y le habló así:
«Princesa y dueña mía, tú deseabas un criado y aquí están dos
a tus pies».
Este
galante discurso, que fue publicado al otro día en el diario de
la corte, dejó pasmado al rey, que no halló excusa que dar para
que no se casara Meñique con su hija.
—Hija—le
dijo en voz baja,—sacrifícate por la palabra de tu padre el rey.
—Hija
de rey o hija de campesino—respondió ella,—la mujer debe casarse
con quien sea de su gusto. Déjame, padre, defenderme en esto que
me interesa. Meñique—siguió diciendo en alta voz la princesa,—eres
valiente y afortunado, pero eso no basta para agradar a las mujeres.
—Ya
lo sé, princesa y dueña mía; es necesario hacerles su voluntad,
y obedecer sus caprichos.
—Veo
que eres hombre de talento—dijo la princesa.—Puesto que sabes
adivinar tan bien, voy a ponerte una última prueba, antes de casarme
contigo. Vamos a ver quién es más inteligente, si tú o yo. Si
pierdes, quedo libre para ser de otro marido.
Meñique
la saludó con gran reverencia. La corte entera fue a ver la prueba
a la sala del trono, donde encontraron al gigante sentado en el
suelo con la alabarda por delante y el sombrero en las rodillas,
porque no cabía en la sala de lo alto que era. Meñique le hizo
una seña, y él echó a andar acurrucado, tocando el techo con la
espalda y con la alabarda a rastras, hasta que llegó adonde estaba
Meñique, y se echó a sus pies, orgulloso de que vieran que tenía
a hombre de tanto ingenio por amo.
—Empezaremos
con una bufonada—dijo la princesa.—Cuentan que las mujeres dicen
muchas mentiras. Vamos a ver quien de los dos dice una mentira
más grande. El primero que diga: «¡Eso es demasiado!» pierde.
—Por
servirte, princesa y dueña mía, mentiré de juego y diré la verdad
con toda el alma.
—Estoy
segura—dijo la princesa—de que tu padre no tiene tantas tierras
como el mío. Cuando dos pastores tocan el cuerno en las tierras
de mi padre al anochecer, ninguno de los dos oye el cuerno del
otro pastor.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—Mi padre tiene tantas tierras que
una ternerita de dos meses que entra por una punta es ya vaca
lechera cuando sale por la otra.
—Eso
no me asombra—dijo la princesa.—En tu corral no hay un toro tan
grande como el de mi corral. Dos hombres sentados en los cuernos
no pueden tocarse con un aguijón de veinte pies cada uno.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—La cabeza del toro de mi casa es tan
grande que un hombre montado en un cuerno no puede ver al que
está montado en el otro.
—Eso
no me asombra—dijo la princesa.—En tu casa no dan las vacas tanta
leche como en mi casa, porque nosotros llenamos cada mañana veinte
toneles, y sacamos de cada ordeño una pila de queso tan alta como
la pirámide de Egipto.
—Eso
es una bicoca—dijo Meñique.—En la lechería de mi casa hacen unos
quesos tan grandes que un día la yegua se cayó en la artesa, y
no la encontramos sino después de una semana. El pobre animal
tenía el espinazo roto, y yo le puse un pino de la nuca a la cola,
que le sirvió de espinazo nuevo. Pero una mañanita le salió un
ramo al espinazo por encima de la piel, y el ramo creció tanto
que yo me subí en él y toqué el cielo. Y en el cielo vi a una
señora vestida de blanco, trenzando un cordón con la espuma del
mar. Y yo me así del hilo, y el hilo se me reventó, y caí dentro
de una cueva de ratones. Y en la cueva de ratones estaban tu padre
y mi madre, hilando cada uno en su rueca, como dos viejecitos.
Y tu padre hilaba tan mal que mi madre le tiró de las orejas hasta
que se le caían a tu padre los bigotes.
—¡Eso
es demasiado!—dijo la princesa.—¡A mi padre el rey nadie le ha
tirado nunca de las orejas!
—¡Amo,
amo!—dijo el gigante.—Ha dicho «¡Eso es demasiado!» La princesa
es nuestra.
—VI—
—Todavía
no—dijo la princesa, poniéndose colorada.—Tengo que ponerte tres
enigmas, a que me los adivines, y si adivinas bien, enseguida
nos casamos. Dime primero: ¿qué es lo que siempre está cayendo
y nunca se rompe?
—¡Oh!—dijo
Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es la cascada!
—Dime
ahora—preguntó la princesa, ya con mucho miedo:—¿quién es el que
anda todos los días el mismo camino y nunca se vuelve atrás?
—¡Oh!—dijo
Meñique;—mi madre me arrullaba con ese cuento: ¡es el sol!
—El
sol es dijo la princesa, blanca de rabia.—Ya no queda más que
un enigma. ¿En qué piensas tú y no pienso yo? ¿qué es lo que yo
pienso, y tú no piensas? ¿qué es lo que no pensamos ni tú ni yo?
Meñique
bajó la cabeza como el que duda, y se le veía en la cara el miedo
de perder.
—Amo—dijo
el gigante;—si no adivinas el enigma, no te calientes las entendederas.
Hazme una seña, y cargo con la princesa.
—Cállate,
criado dijo Meñique;—bien sabes tú que la fuerza no sirve para
todo. Déjame pensar.
—Princesa
y dueña mía—dijo Meñique, después de unos instantes en que se
oía correr la luz.—Apenas me atrevo a descifrar tu enigma, aunque
veo en él mi felicidad. Yo pienso en que entiendo lo que me quieres
decir, y tú piensas en que yo no lo entiendo. Tú piensas, como
noble princesa que eres, en que este criado tuyo no es indigno
de ser tu marido, y yo no pienso que haya logrado merecerte. Y
en lo que ni yo ni tú pensamos es en que el rey tu padre y este
gigante infeliz tienen tan pobres...
—Cállate—dijo
la princesa;—aquí está mi mano de esposa, marqués Meñique.
—¿Qué
es eso que piensas de mí, que lo quiero saber?—preguntó el rey.
—Padre
y señor—dijo la princesa, echándose en sus brazos;—que eres el
más sabio de los reyes, y el mejor de los hombres.
—Ya
lo sé, ya lo sé—dijo el rey;—y ahora, déjenme hacer algo por el
bien de mi pueblo. ¡Meñique, te hago duque!
—¡Viva
mi amo y señor, el duque Meñique!—gritó el gigante, con una voz
que puso azules de miedo a los cortesanos, quebró el estuco del
techo, e hizo saltar los vidrios de las seis ventanas.
—VII—
En
el casamiento de la princesa con Meñique no hubo mucho de particular,
porque de los casamientos no se puede decir al principio, sino
luego, cuando empiezan las penas de la vida, y se ve si los casados
se ayudan y quieren bien, o si son egoístas y cobardes. Pero el
que cuenta el cuento tiene que decir que el gigante estaba tan
alegre con el matrimonio de su amo que les iba poniendo su sombrero
de tres picos a todos los árboles que encontraba, y cuando salió
el carruaje de los novios, que era de nácar puro, con cuatro caballos
mansos como palomas, se echó el carruaje a la cabeza, con caballos
y todo, y salió corriendo y dando vivas, hasta que los dejó a
la puerta del palacio, como deja una madre a su niño en la cuna.
Esto se debe decir, porque no es cosa que se ve todos los días.
Por
la noche hubo discursos, y poetas que les dijeron versos de bodas
a los novios, y lucecitas de color en el jardín, y fuegos artificiales
para los criados del rey, y muchas guirnaldas y ramos de flores.
Todos cantaban y hablaban, comían dulces, bebían refrescos olorosos,
bailaban con mucha elegancia y honestidad al compás de una música
de violines, con los violinistas vestidos de seda azul, y su ramito
de violeta en el ojal de la casaca. Pero en un rincón había uno
que no hablaba ni cantaba, y era Pablo, el envidioso, el paliducho,
el desorejado, que no podía ver a su hermano feliz, y se fue al
bosque para no oír ni ver, y en el bosque murió, porque los osos
se lo comieron en la noche oscura.
Meñique
era tan chiquitín que los cortesanos no supieron al principio
si debían tratarlo con respeto o verlo como cosa de risa; pero
con su bondad y cortesía se ganó el cariño de su mujer y de la
corte entera, y cuando murió el rey, entró a mandar, y estuvo
de rey cincuenta y dos años. Y dicen que mandó tan bien que sus
vasallos nunca quisieron más rey que Meñique, que no tenía gusto
sino cuando veía a su pueblo contento, y no les quitaba a los
pobres el dinero de su trabajo para dárselo, como otros reyes,
a sus amigos holgazanes, o a los matachines que lo defienden de
los reyes vecinos. Cuentan de veras que no hubo rey tan bueno
como Meñique.
Pero
no hay que decir que Meñique era bueno. Bueno tenía que ser un
hombre de ingenio tan grande; porque el que es estúpido no es
bueno, y el que es bueno no es estúpido. Tener talento es tener
buen corazón; el que tiene buen corazón, ése es el que tiene talento.
Todos los pícaros son tontos. Los buenos son los que ganan a la
larga. Y el que saque de este cuento otra lección mejor, vaya
a contarlo en Roma.
Cada
uno a su oficio
Fábula
nueva del filósofo norteamericano Emerson
La
montaña y la ardilla
Tuvieron su querella:
—«¡Váyase usted allá, presumidilla!»
Dijo con furia aquélla;
A lo que respondió la astuta ardilla:
—«Sí que es muy grande usted, muy grande y bella;
Mas de todas las cosas y estaciones
Hay que poner en junto las porciones,
Para formar, señora vocinglera,
Un año y una esfera.
Yo no sé que me ponga nadie tilde
Por ocupar un puesto tan humilde.
Si no soy yo tamaña
Como usted, mi señora la montaña,
Usted no es tan pequeña
Como yo, ni a gimnástica me enseña.
Yo negar no imagino
Que es para las ardillas buen camino
Su magnífica falda:
Difieren los talentos a las veces:
Ni yo llevo los bosques a la espalda,
Ni usted puede, señora, cascar nueces.»
La
Ilíada, de Homero
Hace
dos mil quinientos años era ya famoso en Grecia el poema de la
Ilíada. Unos dicen que lo compuso Homero, el poeta ciego de la
barba de rizos, que andaba de pueblo en pueblo cantando sus versos
al compás de la lira, como hacían los aedas de entonces. Otros
dicen que no hubo Homero, sino que el poema lo fueron componiendo
diferentes cantores. Pero no parece que pueda haber trabajo de
muchos en un poema donde no cambia el modo de hablar, ni el de
pensar, ni el de hacer los versos, y donde desde el principio
hasta el fin se ve tan claro el carácter de cada persona que puede
decirse quién es por lo que dice o hace, sin necesidad de verle
el nombre. Ni es fácil que un mismo pueblo tenga muchos poetas
que compongan los versos con tanto sentido y música como los de
la Ilíada, sin palabras que falten o sobren; ni que todos
los diferentes cantores tuvieran el juicio y grandeza de los cantos
de Homero, donde parece que es un padre el que habla.
En
la Ilíada no se cuenta toda la guerra de treinta años de
Grecia contra Ilión, que era como le decían entonces a Troya;
sino lo que pasó en la guerra cuando los griegos estaban todavía
en la llanura asaltando a la ciudad amurallada, y se pelearon
por celos los dos griegos famosos, Agamenón y Aquiles. A Agamenón
le llamaban el Rey de los Hombres, y era como un rey mayor, que
tenía más mando y poder que todos los demás que vinieron de Grecia
a pelear contra Troya, cuando el hijo del rey troyano, del viejo
Príamo, le robó la mujer a Menelao, que estaba de rey en uno de
los pueblos de Grecia, y era hermano de Agamenón. Aquiles era
el más valiente de todos los reyes griegos, y hombre amable y
culto, que cantaba en la lira las historias de los héroes, y se
hacía querer de las mismas esclavas que le tocaban de botín cuando
se repartían los prisioneros después de sus victorias. Por una
prisionera fue la disputa de los reyes, porque Agamenón se resistía
a devolver al sacerdote troyano Crises su hija Criseis, como decía
el sacerdote griego Calcas que se debía devolver, para que se
calmase en el Olimpo, que era el cielo de entonces, la furia de
Apolo, el dios del Sol, que estaba enojado con los griegos porque
Agamenón tenía cautiva a la hija de un sacerdote: y Aquiles, que
no le tenía miedo a Agamenón, se levantó entre todos los demás,
y dijo que se debía hacer lo que Calcas quería, para que se acabase
la peste de calor que estaba matando en montones a los griegos,
y era tanta que no se veía el cielo nunca claro, por el humo de
las piras en que quemaban los cadáveres. Agamenón dijo que devolvería
a Criseis, si Aquiles le daba a Briseis, la cautiva que él tenía
en su tienda. Y Aquiles le dijo a Agamenón «borracho de ojos de
perro y corazón de venado», y sacó la espada de puño de plata
para matarlo delante de los reyes; pero la diosa Minerva, que
estaba invisible a su lado, le sujetó la mano, cuando tenía la
espada a medio sacar. Y Aquiles echó al suelo su cetro de oro,
y se sentó, y dijo que no pelearía más a favor de los griegos
con sus bravos mirmidones, y que se iba a su tienda.
Así
empezó la cólera de Aquiles, que es lo que cuenta la Ilíada,
desde que se enojó en esa disputa, hasta que el corazón se le
enfureció cuando los troyanos le mataron a su amigo Patroc quemándoles
los barcos a los griegos y los tenía casi vencidos. No más que
con dar Aquiles una voz desde el muro, se echaba atrás el ejército
de Troya, como la ola cuando la empuja una corriente contraria
de viento, y les temblaban las rodillas a los caballos troyanos.
El poema entero está escrito para contar lo que sucedió a los
griegos desde que Aquiles se dio por ofendido:—la disputa de los
reyes,—el consejo de los dioses del Olimpo, en que deciden los
dioses que los troyanos venzan a los griegos, en castigo de la
ofensa de Agamenón a Aquiles,—el combate de Paris, hijo de Príamo,
con Menelao, el esposo de Helena,—la tregua que hubo entre los
dos ejércitos, y el modo con que el arquero troyano Pandaro la
rompió con su flechazo a Menelao,—la batalla del primer día, en
que el valentísimo Diomedes tuvo casi muerto a Eneas de una pedrada,—la
visita de Héctor, el héroe de Troya a su esposa Andrómaca, que
lo veía pelear desde el muro,—la batalla del segundo día, en que
Diomedes huye en su carro de pelear, perseguido por Héctor vencedor,—la
embajada que le mandan los griegos a Aquiles, para que vuelva
a ayudarlos en los combates, porque desde que él no pelea están
ganando los troyanos,—la batalla de los barcos, en que ni el mismo
Ajax puede defender las naves griegas del asalto, hasta que Aquiles
consiente en que Patroclo pelee con su armadura,—la muerte de
Patroclo,—la vuelta de Aquiles al combate, con la armadura nueva
que le hizo el dios Vulcano,—el desafío de Aquiles y Héctor,—la
muerte de Héctor,—y las súplicas con que su padre Príamo logra
que Aquiles le devuelva el cadáver, para quemarlo en Troya en
la pira de honor, y guardar los huesos blancos en una caja de
oro. Así se enojó Aquiles, y ésos fueron los sucesos de la guerra,
hasta que se le acabó el enojo.
A
Aquiles no lo pinta el poema como hijo de hombre, sino de la diosa
del mar, de la diosa Tetis. Y eso no es muy extraño, porque todavía
hoy dicen los reyes que el derecho de mandar en los pueblos les
viene de Dios, que es lo que llaman «el derecho divino de los
reyes», y no es más que una idea vieja de aquellos tiempos de
pelea, en que los pueblos eran nuevos y no sabían vivir en paz,
como viven en el cielo las estrellas, que todas tienen luz aunque
son muchas, y cada una brilla aunque tenga al lado otra. Los griegos
creían, como los hebreos, y como otros muchos pueblos, que ellos
eran la nación favorecida por el creador del mundo, y los únicos
hijos del cielo en la tierra. Y como los hombres son soberbios,
y no quieren confesar que otro hombre sea más fuerte o más inteligente
que ellos, cuando había un hombre fuerte o inteligente que se
hacía rey por su poder, decían que era hijo de los dioses. Y los
reyes se alegraban de que los pueblos creyesen esto; y los sacerdotes
decían que era verdad, para que los reyes les estuvieran agradecidos
y los ayudaran. Y así mandaban juntos los sacerdotes y los reyes.
Cada
rey tenía en el Olimpo sus parientes, y era hijo, o sobrino, o
nieto de un dios, que bajaba del cielo a protegerlo o a castigarlo,
según le llevara a los sacerdotes de su templo muchos regalos
o pocos; y el sacerdote decía que el dios estaba enojado cuando
el regalo era pobre, o que estaba contento, cuando le habían regalado
mucha miel y muchas ovejas. Así se ve en la Ilíada, que
hay como dos historias en el poema, una en la tierra, y en el
cielo otra; y que los dioses del cielo son como una familia, sólo
que no hablan como personas bien criadas, sino que se pelean y
se dicen injurias, lo mismo que los hombres en el mundo. Siempre
estaba Júpiter, el rey de los dioses, sin saber qué hacer; porque
su hijo Apolo quería proteger a los troyanos, y su mujer Juno
a los griegos, lo mismo que su otra hija Minerva; y había en las
comidas del cielo grandísimas peleas, y Júpiter le decía a Juno
que lo iba a pasar mal si no se callaba enseguida, y Vulcano,
el cojo, el sabio del Olimpo, se reía de los chistes y maldades
de Apolo, el de pelo colorado, que era el dios travieso. Y los
dioses subían y bajaban, a llevar y traer a Júpiter los recados
de los troyanos y los griegos; o peleaban sin que se les viera
en los carros de sus héroes favorecidos; o se llevaban en brazos
por las nubes a su héroe para que no lo acabase de matar el vencedor,
con la ayuda del dios contrario. Minerva toma la figura del viejo
Néstor, que hablaba dulce como la miel, y aconseja a Agamenón
que ataque a Troya. Venus desata el casco de Paris cuando el enemigo
Menelao lo va arrastrando del casco por la tierra: y se lleva
a Paris por el aire. Venus también se lleva a Eneas, vencido por
Diomedes, en sus brazos blancos. En una escaramuza va Minerva
guiando el carro de pelear del griego, y Apolo viene contra ella,
guiando el carro troyano. Otra vez, cuando por engaño de Minerva
dispara Pandaro su arco contra Menelao, la flecha terrible le
entró poco a Menelao en la carne, porque Minerva la apartó al
caer, como cuando una madre le espanta a su hijo de la cara una
mosca. En la Ilíada están juntos siempre los dioses y los
hombres, como padres e hijos. Y en el cielo suceden las cosas
lo mismo que en la tierra; como que son los hombres los que inventan
los dioses a su semejanza, y cada pueblo imagina un cielo diferente,
con divinidades que viven y piensan lo mismo que el pueblo que
las ha creado y las adora en los templos: porque el hombre se
ve pequeño ante la naturaleza que lo crea y lo mata, y siente
la necesidad de creer en algo poderoso, y de rogarle, para que
lo trate bien en el mundo, y para que no le quite la vida. El
cielo de los griegos era tan parecido a Grecia, que Júpiter mismo
es como un rey de reyes, y una especie de Agamenón, que puede
más que los otros, pero no hace todo lo que quiere, sino ha de
oírlos y contentarlos, como tuvo que hacer Agamenón con Aquiles.
En la Ilíada, aunque no lo parece, hay mucha filosofía,
y mucha ciencia, y mucha política, y se enseña a los hombres,
como sin querer, que los dioses no son en realidad más que poesías
de la imaginación, y que los países no se pueden gobernar por
el capricho de un tirano, sino por el acuerdo y respeto de los
hombres principales que el pueblo escoge para explicar el modo
con que quiere que lo gobiernen.
Pero
lo hermoso de la Ilíada es aquella manera con que pinta
el mundo, como si lo viera el hombre por primera vez, y corriese
de un lado para otro llorando de amor, con los brazos levantados,
preguntándole al cielo quién puede tanto, y dónde está el creador,
y cómo compuso y mantuvo tantas maravillas. Y otra hermosura de
la Ilíada es el modo de decir las cosas, sin esas palabras fanfarronas
que los poetas usan porque les suenan bien; sino con palabras
muy pocas y fuertes, como cuando Júpiter consintió en que los
griegos perdieran algunas batallas, hasta que se arrepintiesen
de la ofensa que le habían hecho a Aquiles, y «cuando dijo que
sí, tembló el Olimpo». No busca Homero las comparaciones en las
cosas que no se ven, sino en las que se ven: de modo que lo que
él cuenta no se olvida, porque es como si se lo hubiera tenido
delante de los ojos. Aquellos eran tiempos de pelear, en que cada
hombre iba de soldado a defender a su país, o salía por ambición
o por celos a atacar a los vecinos; y como no había libros entonces,
ni teatros, la diversión era oír al aeda que cantaba en la lira
las peleas de los dioses y las batallas de los hombres; y el aeda
tenía que hacer reír con las maldades de Apolo y Vulcano, para
que no se le cansase la gente del canto serio; y les hablaba de
lo que la gente oía con interés, que eran las historias de los
héroes y las relaciones de las batallas, en que el aeda decía
cosas de médico y de político, para que el pueblo hallase gusto
y provecho en oírlo, y diera buena paga y fama al cantor que le
enseñaba en sus versos el modo de gobernarse y de curarse. Otra
cosa que entre los griegos gustaba mucho era la oratoria, y se
tenía como hijo de un dios al que hablaba bien, o hacía llorar
o entender a los hombres. Por eso hay en la Ilíada tantas
descripciones de combates, y tantas curas de heridas, y tantas
arengas.
Todo
lo que se sabe de los primeros tiempos de los griegos, está en
la Ilíada. Llamaban rapsodas en Grecia a los cantores que
iban de pueblo en pueblo, cantando la Ilíada y la Odisea,
que es otro poema donde Homero cuenta la vuelta de Ulises. Y más
poemas parece que compuso Homero, pero otros dicen que ésos no
son suyos, aunque el griego Herodoto, que recogió todas las historias
de su tiempo, trae noticias de ellos, y muchos versos sueltos,
en la vida de Homero que escribió, que es la mejor de las ocho
que hay escritas, sin que se sepa de cierto si Herodoto la escribió
de veras, o si no la contó muy de prisa y sin pensar, como solía
él escribir.
Se
siente uno como gigante, o como si estuviera en la cumbre de un
monte, con el mar sin fin a los pies, cuando lee aquellos versos
de la Ilíada, que parecen de letras de piedra. En inglés
hay muy buenas traducciones, y el que sepa inglés debe leer la
Ilíada de Chapman, o la de Dodsley, o la de Landor, que
tienen más de Homero que la de Pope, que es la más elegante. El
que sepa alemán, lea la de Wolff, que es como leer el griego mismo.
El que no sepa francés, apréndalo enseguida, para que goce de
toda la hermosura de aquellos tiempos en la traducción de Leconte
de Lisle, que hace los versos a la antigua, como si fueran de
mármol. En castellano, mejor es no leer la traducción que hay,
que es de Hermosilla; porque las palabras de la Ilíada
están allí, pero no el fuego, el movimiento, la majestad, la divinidad
a veces, del poema en que parece que se ve amanecer el mundo,—en
que los hombres caen como los robles o como los pinos,—en que
el guerrero Ajax defiende a lanzazos su barco de los troyanos
más valientes,—en que Héctor de una pedrada echa abajo la puerta
de una fortaleza, en que los dos caballos inmortales, Xantos y
Balios, lloran de dolor cuando ven muerto a su amo Patroclo,—y
las diosas amigas, Juno y Minerva, vienen del cielo en un carro
que de cada vuelta de rueda atraviesa tanto espacio como el que
un hombre sentado en un monte ve, desde su silla de roca, hasta
donde el ciclo se junta con el mar.
Cada
cuadro de la Ilíada es una escena como ésas. Cuando los
reyes miedosos dejan solo a Aquiles en su disputa con Agamenón,
Aquiles va a llorar a la orilla del mar, donde están desde hace
diez años los barcos de los cien mil griegos que atacan a Troya:
y la diosa Tetis sale a oírlo, como una bruma que se va levantando
de las olas. Tetis sube al cielo, y Júpiter le promete, aunque
se enoje Juno, que los troyanos vencerán a los griegos hasta que
los reyes se arrepientan de la ofensa a Aquiles. Grandes guerreros
hay entre los griegos: Ulises, que era tan alto que andaba entre
los demás hombres como un macho entre el rebaño de carneros; Ajax,
con el escudo de ocho capas, siete de cuero y una de bronce; Diomedes,
que entra en la pelea resplandeciente, devastando como un león
hambriento en un rebaño:—pero mientras Aquiles esté ofendido,
los vencedores serán los guerreros de Troya: Héctor, el hijo de
Príamo; Eneas, el hijo de la diosa Venus; Sarpedón, el más valiente
de los reyes que vino a ayudar a Troya, el que subió al cielo
en brazos del Sueño y de la Muerte, a que lo besase en la frente
su padre Júpiter, cuando lo mató Patroclo de un lanzazo. Los dos
ejércitos se acercan a pelear: los griegos, callados, escudo contra
escudo; los troyanos dando voces, como ovejas que vienen balando
por sus cabritos. Paris desafía a Menelao, y luego se vuelve atrás;
pero la misma hermosísima Helena le llama cobarde, y Paris, el
príncipe bello que enamora a las mujeres, consiente en pelear,
carro a carro, contra Menelao, con lanza, espada y escudo: vienen
los heraldos, y echan suertes con dos piedras en un casco, para
ver quién disparará primero su lanza. Paris tira el primero, pero
Menelao se lo lleva arrastrando, cuando Venus le desata el casco
de la barba, y desaparece con Paris en las nubes. Luego es la
tregua; hasta que Minerva, vestida como el hijo del troyano Antenor,
le aconseja con alevosía a Pandaro que dispare la flecha contra
Menelao, la flecha del arco enorme de dos cuernos y la juntura
de oro, para que los troyanos queden ante el mundo por traidores,
y sea más fácil la victoria de los griegos, los protegidos de
Minerva. Dispara Pandaro la flecha: Agamenón va de tienda en tienda
levantando a los reyes: entonces es la gran pelea en que Diomedes
hiere al mismo dios Marte, que sube al cielo con gritos terribles
en una nube de trueno, como cuando sopla el viento del sur; entonces
es la hermosa entrevista de Héctor y Andrómaca, cuando el niño
no quiere abrazar a Héctor porque le tiene miedo al casco de plumas,
y luego juega con el casco, mientras Héctor le dice a Andrómaca
que cuide de las cosas de la casa, cuando él vuelva a pelear.
Al otro día Héctor y Ajax pelean como jabalíes salvajes hasta
que el cielo se oscurece: pelean con piedras cuando ya no tienen
lanza ni espada: los heraldos los vienen a separar, y Héctor le
regala su espada de puño fino a Ajax, y Ajax le regala a Héctor
un cinturón de púrpura.
Esa
noche hay banquete entre los griegos, con vinos de miel y bueyes
asados; y Diomedes y Ulises entran solos en el campo enemigo a
espiar lo que prepara Troya, y vuelven, manchados de sangre, con
los caballos y el carro del rey tracio. Al amanecer, la batalla
es en el murallón que han levantado los griegos en la playa frente
a sus buques. Los troyanos han vencido a los griegos en el llano.
Ha habido cien batallas sobre los cuerpos de los héroes muertos.
Ulises defiende el cuerpo de Diomedes con su escudo, y los troyanos
le caen encima como los perros al jabalí. Desde los muros disparan
sus lanzas los reyes griegos contra Héctor victorioso, que ataca
por todas partes. Caen los bravos, los de Troya y los de Grecia,
como los pinos a los hachazos del leñador. Héctor va de una puerta
a otra, como león que tiene hambre. Levanta una piedra de punta
que dos hombres no podían levantar, echa abajo la puerta mayor,
y corre por sobre los muertos a asaltar los barcos. Cada troyano
lleva una antorcha, para incendiar las naves griegas: Ajax, cansado
de matar, ya no puede resistir el ataque en la proa de su barco,
y dispara de atrás, de la borda: ya el cielo se enrojece con el
resplandor de las llamas. Y Aquiles no ayuda todavía a los griegos:
no atiende a lo que le dicen los embajadores de Agamenón: no embraza
el escudo de oro, no se cuelga del hombro la espada, no salta
con los pies ligeros en el carro, no empuña la lanza que ningún
hombre podía levantar, la lanza Pelea. Pero le ruega su amigo
Patroclo, y consiente en vestirlo con su armadura, y dejarlo ir
a pelear. A la vista de las armas de Aquilea, a la vista de los
mirmidones, que entran en la batalla apretados como las piedras
de un muro, se echan atrás los troyanos miedosos. Patroclo se
mete entre ellos, y les mata nueve héroes de cada vuelta del carro.
El gran Sarpedón le sale al camino, y con la lanza le atraviesa
Patroclo las sienes. Pero olvidó Patroclo el encargo de Aquiles,
de que no se llegase muy cerca de los muros. Apolo invencible
lo espera al pie de los muros, se le sube al carro, lo aturde
de un golpe en la cabeza, echa al suelo el casco de Aquiles, que
no había tocado el suelo jamás, le rompe la lanza a Patroclo,
y le abre el coselete, para que lo hiera Héctor. Cayó Patroclo,
y los caballos divinos lloraron. Cuando Aquiles vio muerto a su
amigo, se echó por la tierra, se llenó de arena la cabeza y el
rostro, se mesaba a grandes gritos la melena amarilla. Y cuando
le trajeron a Patroclo en un ataúd, lloró Aquiles. Subió al cielo
su madre, para que Vulcano le hiciera un escudo nuevo, con el
dibujo de la tierra y el cielo, y el mar y el sol, y la luna y
todos los astros, y una ciudad en paz y otra en guerra, y un viñedo
cuando están recogiendo la uva madura, y un niño cantando en una
arpa, y una boyada que va a arar, y danzas y músicas de pastores,
y alrededor, como un río, el mar: y le hizo un coselete que lucía
como el fuego, y un casco con la visera de oro. Cuando salió al
muro a dar las tres voces, los troyanos se echaron en tres oleadas
contra la ciudad, los caballos rompían con las ancas el carro
espantados, y morían hombres y brutos en la confusión, no más
que de ver sobre el muro a Aquiles, con una llama sobre la cabeza
que resplandecía como el sol de otoño. Ya Agamenón se ha arrepentido,
ya el consejo de reyes le han devuelto a Briseis, que llora al
ver muerto a Patroclo, porque fue amable y bueno.
Al
otro día, al salir el sol, la gente de Troya, como langostas que
escapan del incendio, entra aterrada en el río, huyendo de Aquiles,
que mata lo mismo que siega la hoz, y de una vuelta del carro
se lleva a doce cautivos. Tropieza con Héctor; pero no pueden
pelear, porque los dioses les echan de lado las lanzas. En el
río era Aquiles como un gran delfín, y los troyanos se despedazaban
al huirle, como los peces. De los muros le ruega a Héctor su padre
viejo que no pelee con Aquiles: se lo ruega su madre. Aquiles
llega: Héctor huye: tres veces le dan vuelta a Troya en los carros.
Todo Troya está en los muros, el padre mesándose con las dos manos
la barba; la madre con los brazos tendidos, llorando y suplicando.
Se para Héctor, y le habla a Aquiles antes de pelear, para que
no se lleve su cuerpo muerto si lo vence. Aquiles quiere el cuerpo
de Héctor, para quemarlo en los funerales de su amigo Patroclo.
Pelean. Minerva está con Aquiles: le dirige los golpes: le trae
la lanza, sin que nadie la vea: Héctor, sin lanza ya, arremete
contra Aquiles como águila que baja del cielo, con las garras
tendidas, sobre un cadáver: Aquiles le va encima, con la cabeza
baja, y la lanza Pelea brillándole en la mano como la estrella
de la tarde. Por el cuello le mete la lanza a Héctor, que cae
muerto, pidiendo a Aquiles que dé su cadáver a Troya. Desde los
muros han visto la pelea el padre y la madre. Los griegos vienen
sobre el muerto, y lo lancean, y lo vuelven con los pies de un
lado a otro, y se burlan. Aquiles manda que le agujereen los tobillos,
y metan por los agujeros dos tiras de cuero: y se lo lleva en
el carro, arrastrando.
Y
entonces levantaron con leños una gran pira para quemar el cuerpo
de Patroclo. A Patroclo lo llevaron a la pira en procesión, y
cada guerrero se cortó un guedejo de sus cabellos, y lo puso sobre
el cadáver; y mataron en sacrificio cuatro caballos de guerra
y dos perros; y Aquiles mató con su mano los doce prisioneros
y los echó a la pira: y el cadáver de Héctor lo dejaron a un lado,
como un perro muerto: y quemaron a Patroclo, enfriaron con vino
las cenizas, y las pusieron en una urna de oro. Sobre la urna
echaron tierra, hasta que fue como un monte. Y Aquiles amarraba
cada mañana por los pies a su carro a Héctor, y le daba vuelta
al monte tres veces. Pero a Héctor no se le lastimaba el cuerpo,
ni se le acababa la hermosura, porque desde el Olimpo cuidaban
de él Venus y Apolo.
Y
entonces fue la fiesta de los funerales, que duró doce días: primero
una carrera con los carros de pelear, que ganó Diomedes; luego
una pelea a puñetazos entre dos, hasta que quedó uno como muerto;
después una lucha a cuerpo desnudo, de Ulises con Ajax; y la corrida
de a pie, que ganó Ulises; y un combate con escudo y lanza; y
otro de flechas, para ver quién era el mejor flechero; y otro
de lanceadores, para ver quién tiraba más lejos la lanza.
Y
una noche, de repente, Aquiles oyó ruido en su tienda, y vio que
era Príamo, el padre de Héctor, que había venido sin que lo vieran,
con el dios Mercurio,—Príamo, el de la cabeza blanca y la barba
blanca,—Príamo, que se le arrodilló a los pies, y le besó las
manos muchas veces, y le pedía llorando el cadáver de Héctor.
Y Aquiles se levantó, y con sus brazos alzó del suelo a Príamo;
y mandó que bañaran de ungüentos olorosos el cadáver de Héctor,
y que lo vistiesen con una de las túnicas del gran tesoro que
le traía de regalo Príamo; y por la noche comió carne y bebió
vino con Príamo, que se fue a acostar por primera vez, porque
tenía los ojos pesados. Pero Mercurio le dijo que no debía dormir
entre los enemigos, y se lo llevó otra vez a Troya sin que los
vieran los griegos.
Y
hubo paz doce días, para que los troyanos le hicieran el funeral
a Héctor. Iba el pueblo detrás, cuando llegó Príamo con él; y
Príamo los injuriaba por cobardes, que habían dejado matar a su
hijo; y las mujeres lloraban, y los poetas iban cantando, hasta
que entraron en la casa. Y lo pusieron en su cama de dormir. Y
vino Andrómaca su mujer, y le habló al cadáver. Luego vino su
madre Hécuba, y lo llamó hermoso y bueno. Después Helena le habló,
y lo llamó cortés y amable. Y todo el pueblo lloraba cuando Príamo
se acercó a su hijo, con las manos al cielo, temblándole la barba,
y mandó que trajeran leños para la pira. Y nueve días estuvieron
trayendo leños, hasta que la pira era más alta que los muros de
Troya. Y la quemaron, y apagaron el fuego con vino, y guardaron
las cenizas de Héctor en una caja de oro, y cubrieron la caja
con un manto de púrpura, y lo pusieron todo en un ataúd, y encima
le echaron mucha tierra, hasta que pareció un monte. Y luego hubo
gran fiesta en el palacio del rey Príamo. Así acaba la Ilíada,
y el cuento de la cólera de Aquiles.
Un juego nuevo y otros viejos
Ahora
hay en los Estados Unidos un juego muy curioso, que llaman el
juego del burro. En verano, cuando se oyen muchas carcajadas
en una casa, es que están jugando al burro. No lo juegan
los niños sólo, sino las personas mayores. Y es lo más fácil de
hacer. En una hoja de papel grande o en un pedazo de tela blanca
se pinta un burro, como del tamaño de un perro. Con carbón vegetal
se le puede pintar, porque el carbón de piedra no pinta, sino
el otro, el que se hace quemando debajo de una pila de tierra
la madera de los árboles. O con un pincel mojado en tinta se puede
dibujar también el burro, porque no hay que pintar de negro la
figura toda, sino las líneas de afuera, el contorno no más. Se
pinta todo el burro, menos la cola. La cola se pinta aparte, en
un pedazo de papel o de tela, y luego se recorta, para que parezca
una cola de verdad. Y ahí está el juego, en poner la cola al burro
donde debe estar. Lo que no es tan fácil como parece; porque al
que juega le vendan los ojos, y le dan tres vueltas antes de dejarlo
andar. Y él anda, anda; y la gente sujeta la risa. Y unos le clavan
al burro la cola en la pezuña, o en las costillas, o en la frente.
Y otros la clavan en la hoja de la puerta, creyendo que es el
burro.
Dicen
en los Estados Unidos que este juego es nuevo, y nunca lo ha habido
antes; pero no es muy nuevo, sino otro modo de jugar a la gallina
ciega. Es muy curioso; los niños de ahora juegan lo mismo que
los niños de antes; la gente de los pueblos que no se han visto
nunca, juegan a las mismas cosas. Se habla mucho de los griegos
y de los romanos, que vivieron hace dos mil años; pero los niños
romanos jugaban a las bolas, lo mismo que nosotros, y las niñas
griegas tenían muñecas con pelo de verdad, como las niñas de ahora.
En la lámina están unas niñas griegas, poniendo sus muñecas delante
de la estatua de Diana, que era como una santa de entonces; porque
los griegos creían también que en cielo había santos, y a esta
Diana le rezaban las niñas, para que las dejase vivir y las tuviese
siempre lindas. No eran las muñecas sólo lo que le llevaban los
niños, porque ese caballero de la lámina que mira a la diosa con
cara de emperador, le trae su cochecito de madera, para que Diana
se monte en el coche cuando salga a cazar, como dicen que salía
todas las mañanas. Nunca hubo Diana ninguna, por supuesto. Ni
hubo ninguno de los otros dioses a que les rezaban los griegos,
en versos muy hermosos, y con procesiones y cantos. Los griegos
fueron como todos los pueblos nuevos, que creen que ellos son
los amos del mundo, lo mismo que creen los niños; y como ven que
del cielo vienen el sol y la lluvia, y que la tierra da el trigo
y el maíz, y que en los montes hay pájaros y animales buenos para
comer, les rezan a la tierra y a la lluvia, y al monte y al sol,
y les ponen nombres de hombres y mujeres, y los pintan con figura
humana, porque creen que piensan y quieren lo mismo que ellos,
y que deben tener su misma figura. Diana era la diosa del monte.
En el museo del Louvre de París hay una estatua de Diana muy hermosa,
donde va Diana cazando con su perro, y está tan bien que parece
que anda. Las piernas no más son como de hombre, para que se vea
que es diosa que camina mucho. Y las niñas griegas querían a su
muñeca tanto, que cuando se morían las enterraban con las muñecas.
Todos
los juegos no son tan viejos como las bolas, ni como las muñecas,
ni como el cricket, ni como la pelota, ni como el columpio, ni
como los saltos. La gallina ciega no es tan vieja, aunque hace
como mil años que se juega en Francia. Y los niños no saben, cuando
les vendan los ojos, que este juego se juega por un caballero
muy valiente que hubo en Francia, que se quedó ciego un día de
pelea y no soltó la espada ni quiso que lo curasen, sino siguió
peleando hasta morir: ése fue el caballero Colin-Maillard. Luego
el rey mandó que en las peleas de juego, que se llamaban torneos,
saliera siempre a pelear un caballero con los ojos vendados, para
que la gente de Francia no se olvidara de aquel gran valor. Y
ahí vino el juego.
Lo
que no parece por cierto cosa de hombres es esa diversión en que
están entretenidos los amigos de Enrique III, que también fue
rey de Francia, pero no un rey bravo y generoso como Enrique IV
de Navarra, que vino después, sino un hombrecito ridículo, como
esos que no piensan más que en peinarse y empolvarse como las
mujeres, y en recortarse en pico la barba. En eso pasaban la vida
los amigos del rey: en jugar y en pelearse por celos con los bufones
de palacio, que les tenían odio por holgazanes, y se lo decían
cara a cara. La pobre Francia estaba en la miseria, y el pueblo
trabajador pagaba una gran contribución, para que el rey y sus
amigos tuvieran espadas de puño de oro y vestidos de seda. Entonces
no había periódicos que dijeran la verdad. Los bufones eran entonces
algo como los periódicos, y los reyes no los tenían sólo en sus
palacios para que los hicieran reír, sino para que averiguasen
lo que sucedía, y les dijesen a los caballeros las verdades, que
los bufones decían como en chiste, a los caballeros y a los mismos
reyes. Los bufones eran casi siempre hombres muy feos, o flacos,
o gordos, o jorobados. Uno de los cuadros más tristes del mundo
es el cuadro de los bufones que pintó el español Zamacois. Todos
aquellos hombres infelices están esperando a que el rey los llame
para hacerle reír, con sus vestidos de picos y de campanillas,
de color de mono o de cotorra.
Desnudos
como están son más felices que ellos esos negros que bailan en
la otra lámina la danza del palo. Los pueblos, lo mismo que los
niños, necesitan de tiempo en tiempo algo así como correr mucho,
reírse mucho y dar gritos y saltos. Es que en la vida no se puede
hacer todo lo que se quiere, y lo que se va quedando sin hacer
sale así de tiempo en tiempo, como una locura. Los moros tienen
una fiesta de caballos que llaman la «fantasía». Otro pintor español
ha pintado muy bien la fiesta: el pobre Fortuny. Se ve en el cuadro
los moros que entran a escape en la ciudad, con los caballos tan
locos como ellos, y ellos disparando al aire sus espingardas,
tendidos sobre el cuello de sus animales, besándolos, mordiéndolos,
echándose al suelo sin parar la carrera, y volviéndose a montar.
Gritan como si se les abriese el pecho. El aire se ve oscuro de
la pólvora. Los hombres de todos los países, blancos o negros,
japoneses o indios, necesitan hacer algo hermoso y atrevido, algo
de peligro y movimiento, como esa danza del palo de los negros
de Nueva Zelandia. En Nueva Zelandia hay mucho calor, y los negros
de allí son hombres de cuerpo arrogante, como los que andan mucho
a pie, y gente brava, que pelea por su tierra tan bien como danza
en el palo. Ellos suben y bajan por las cuerdas, y se van enroscando
hasta que la cuerda está a la mitad, y luego se dejan caer. Echan
la cuerda a volar, lo mismo que un columpio, y se sujetan de una
mano, de los dientes, de un pie, de la rodilla. Rebotan contra
el palo, como si fueran pelotas. Se gritan unos a otros y se abrazan.
Los
indios de México tenían, cuando vinieron los españoles, esa misma
danza del palo. Tenían juegos muy lindos los indios de México.
Eran hombres muy finos y trabajadores, y no conocían la pólvora
y las balas como los soldados del español Cortés, pero su ciudad
era como de plata, y la plata misma la labraban como un encaje,
con tanta delicadeza como en la mejor joyería. En sus juegos eran
tan ligeros y originales como en sus trabajos. Esa danza del palo
fue entre los indios una diversión de mucha agilidad y atrevimiento;
porque se echaban desde lo alto del palo, que tenía unas veinte
varas, y venían por el aire dando volteos y haciendo pruebas de
gimnasio sin sujetarse más que con la soga, que ellos tejían muy
fina y fuerte, y llamaban metate. Dicen que estremecía ver aquel
atrevimiento; y un libro viejo cuenta que era «horrible y espantoso,
que llena de congojas y asusta el mirarlo».
Los
ingleses creen que el juego del palo es cosa suya, y que ellos
no más saben lucir su habilidad en las ferias con el garrote que
empuñan por una punta y por el medio; o con la porra, que juegan
muy bien. Los isleños de las Canarias, que son gente de mucha
fuerza, creen que el palo no es invención del inglés, sino de
las islas; y sí que es cosa de verse un isleño jugando al palo,
y haciendo el molinete. Lo mismo que el luchar, que en las Canarias
les enseñan a los niños en las escuelas. Y la danza del palo encintado;
que es un baile muy difícil en que cada hombre tiene una cinta
de un color, y la va trenzando y destrenzando alrededor del palo,
haciendo lazos y figuras graciosas, sin equivocarse nunca. Pero
los indios de México jugaban al palo tan bien como el inglés más
rubio, o el canario de más espaldas; y no era sólo el defenderse
con él lo que sabían, sino jugar con el palo a equilibrios, como
los que hacen ahora los japoneses y los moros kabilas. Y ya van
cinco pueblos que han hecho lo mismo que los indios: los de Nueva
Zelandia, los ingleses, los canarios, los japoneses y los moros.
Sin contar la pelota, que todas los pueblos la juegan, y entre
los indios era una pasión, como que creyeron que el buen jugador
era hombre venido del ciclo, y que los dioses mexicanos, que eran
diferentes de los dioses griegos, bajaban a decirle cómo debía
tirar la pelota y recogerla. Lo de la pelota, que es muy curioso,
será para otro día.
Ahora
contamos lo del palo, y lo de los equilibrios que los indios hacían
con él, que eran de grandísima dificultad. Los indios se acostaban
en la tierra, como los japoneses de los circos cuando van a jugar
a las bolas o al barril; y en el palo, atravesado sobre las plantas
de los pies, sostenían hasta cuatro hombres, que es más que lo
de los moros, porque a los moros los sostiene el más fuerte de
ellos sobre los hombros, pero no sobre la planta de los pies.
Tzaá le decían a este juego: dos indios se subían primero
en las puntas del palo, dos más se encaramaban sobre estos dos,
y los cuatro hacían sin caerse muchas suertes y vueltas. Y los
indios tenían su ajedrez, y sus jugadores de manos, que se comían
la lana encendida y la echaban por la nariz: pero eso, como la
pelota, será para otro día. Porque con los cuentos se ha de hacer
lo que decía Chichá, la niña bonita de Guatemala:
—¿Chichá,
por qué te comes esa aceituna tan despacio?
—Porque
me gusta mucho.
Bebé
y el señor don Pomposo
Bebé
es un niño magnífico, de cinco años. Tiene el pelo muy rubio,
que le cae en rizos por la espalda, como en la lámina de los Hijos
del Rey Eduardo, que el pícaro Gloucester hizo matar en la
Torre de Londres, para hacerse él rey. A Bebé lo visten como al
duquecito Fauntleroy, el que no tenía vergüenza de que lo vieran
conversando en la calle con los niños pobres. Le ponen pantaloncitos
cortos ceñidos a la rodilla, y blusa con cuello de marinero, de
dril blanco como los pantalones, y medias de seda colorada, y
zapatos bajos. Como lo quieren a él mucho, él quiere mucho a los
demás. No es un santo, ¡oh, no!: le tuerce los ojos a su criada
francesa cuando no le quiere dar más dulces, y se sentó una vez
en visita con las pierna cruzadas, y rompió un día un jarrón muy
hermoso, corriendo detrás de un gato. Pero en cuanto ve un niño
descalzo le quiere dar todo lo que tiene: a su caballo le lleva
azúcar todas las mañanas, y lo llama «caballito de mi alma»; con
los criados viejos se está horas y horas, oyéndoles los cuentos
de su tierra de África, de cuando ellos eran príncipes y reyes.
Y tenían muchas vacas y muchos elefantes: y cada vez que ve Bebé
a su mamá, le echa el bracito por la cintura, o se le sienta al
lado en la banqueta, a que le cuente cómo crecen las flores, y
de dónde le viene la luz al sol y, de qué está hecha la aguja
con que cose, y si es verdad que la seda de su vestido la hacen
unos gusanos, y si los gusanos van fabricando la tierra, como
dijo ayer en la sala aquel señor de espejuelos. Y la madre te
dice que sí, que hay unos gusanos que se fabrican unas casitas
de seda, largas y redondas, que se llaman capullos; y que es hora
de irse a dormir, como los gusanitos, que se meten en el capullo,
hasta que salen hechos mariposas.
Y
entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse con sus
mediecitas caídas, y su color de rosa, como los niños que se bañan
mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que los angelitos de
las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la
abraza muy fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse
en su corazón. Y da brincos y vueltas de carnero, y salta en el
colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la mariposa
azul que está pintada en el techo. Y se pone a nadar como en el
baño; o a hacer como que cepilla la baranda de la cama, porque
va a ser carpintero; o rueda por la cama hecho un carretel, con
los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. Pero esta
noche Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches,
ni se le cuelga del cuello a su mamá para que no se vaya, ni le
dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del gran
comelón que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los
ojos; pero no está dormido. Bebé está pensando.
La
verdad es que Bebé tiene mucho en qué pensar, porque va de viaje
a París, como todos los años, para que los médicos buenos le digan
a su mamá las medicinas que le van a quitar la tos, esa tos mala
que a Bebé no le gusta oír: se le aguan los ojos a Bebé en cuanto
oye toser a su mamá: y la abraza muy fuerte, muy fuerte, como
si quisiera sujetarla. Esta vez Bebé no va solo a París, porque
él no quiere hacer nada solo, como el hombre del melón, sino con
un primito suyo que no tiene madre. Su primito Raúl va con él
a París, a ver con él al hombre que llama a los pájaros, y la
tienda del Louvre, donde les regalan globos a los niños, y el
teatro Guiñol, donde hablan los muñecos, y el policía se lleva
preso al ladrón, y el hombre bueno le da un coscorrón al hombre
malo. Raúl va con Bebé a París. Los dos juntos se van el sábado
en el vapor grande, con tres chimeneas. Allí en el cuarto está
Raúl con Bebé, el pobre Raúl, que no tiene el pelo rubio, ni va
vestido de duquecito, ni lleva medías de seda colorada.
Bebé
y Raúl han hecho hoy muchas visitas: han ido con su mamá a ver
a los ciegos, que leen con los dedos, en unos libros con las letras
muy altas: han ido a la calle de los periódicos, a ver como los
niños pobres que no tienen casa donde dormir, compran diarios
para venderlos después, y pagar su casa: han ido a un hotel elegante,
con criados de casaca azul y pantalón amarillo, a ver a un señor
muy flaco y muy estirado, el tío de mamá, el señor Don Pomposo.
Bebé está pensando en la visita del señor Don Pomposo. Bebé está
pensando.
Con
los ojos cerrados, él piensa: él se acuerda de todo. ¡Qué largo,
qué largo el tío de mamá, como los palos del telégrafo! ¡Qué leontina
tan grande y tan suelta, como la cuerda de saltar! ¡Qué pedrote
tan feo, como un pedazo de vidrio, el pedrote de la corbata! ¡Y
a mamá no la dejaba mover, y le ponía un cojín detrás de la espalda,
y le puso una banqueta en los pies. Y le hablaba como dicen que
les hablan a las reinas! Bebé se acuerda de lo que dice el criado
viejito, que la gente le habla así a mamá, porque mamá es muy
rica, y que a mamá no le gusta eso, porque mamá es buena.
Y
Bebé vuelve a pensar en lo sucedió en la visita. En cuanto entró
en el cuarto el señor Don Pomposo le dio la mano, como se la dan
los hombres a los papás; le puso el sombrerito en la cama, como
si fuera una cosa santa, y le dio muchos besos, unos besos feos,
que se le pegaban a la cara, como si fueran manchas. Y a Raúl,
al pobre Raúl, ni lo saludó, ni le quitó el sombrero, ni le dio
un beso. Raúl estaba metido en un sillón, con el sombrero en la
mano, y con los ojos muy grandes. Y entonces se levantó Don Pomposo
del sofá colorado: «Mira, mira, Bebé, lo que te tengo guardado:
esto cuesta mucho dinero, Bebé: esto es para que quieras mucho
a tu tío». Y se sacó del bolsillo un llavero como con treinta
llaves, y abrió una gaveta que olía a lo que huele el tocador
de Luisa, y le trajo a Bebé un sable dorado—¡oh, que sable! ¡oh,
qué gran sable!—y le abrochó por la cintura el cinturón de charol—¡oh,
qué cinturón tan lujoso!—y le dijo: «Anda, Bebé: mírate al espejo;
ése es un sable muy rico: eso no es más que para Bebé, para el
niño». Y Bebé, muy contento, volvió la cabeza adonde estaba Raúl,
que lo miraba, miraba al sable, con los ojos más grandes que nunca,
y con la cara muy triste, como si se fuera a morir:—¡oh, que sable
tan feo, tan feo! ¡oh, qué tío tan malo! En todo eso estaba pensando
Bebé. Bebé estaba pensando.
El
sable está allí, encima del tocador. Bebé levanta la cabeza poquito
a poco, para que Luisa no lo oiga, y ve el puño brillante como
si fuera de sol, porque la luz de la lámpara da toda en el puño.
Así eran los sables de los generales el día de la procesión, lo
mismo que el de él. El también, cuando sea grande, va a ser general,
con un vestido de dril blanco, y un sombrero con plumas, y muchos
soldados detrás, y él en un caballo morado, como el vestido que
tenía el obispo. El no ha visto nunca caballos morados, pero se
lo mandarán a hacer. Y a Raúl ¿quién le manda hacer caballos?
Nadie, nadie: Raúl no tiene mamá que le compre vestidos de duquecito:
Raúl no tiene tíos largos que le compren sables. Bebé levanta
la cabecita poco a poco: Raúl está dormido: Luisa se ha ido a
su cuarto a ponerse olores. Bebé se escurre de la cama, va al
tocador en la punta de los pies, levanta el sable despacio, para
que no haga ruido... Y ¿qué hace, qué hace Bebé? ¡va riéndose,
va riéndose el pícaro! hasta que llega a la almohada de Raúl,
y le pone el sable dorado en la almohada.
La
última página
La
Edad de Oro se despide hoy con pena de sus amigos. Se puso
a escribir largo el hombre de La Edad de Oro, como quien
escribe una carta de cariño para persona a quien quiere mucho,
y sucedió que escribió más de lo que cabía en las treinta y dos
páginas. Treinta y dos páginas es de veras poco para conversar
con los niños queridos, con los que han de ser mañana hábiles
como Meñique, y valientes como Bolívar: poetas como Homero ya
no podrán ser, porque estos tiempos no son como los de antes,
y los aedas de ahora no han de cantar guerras bárbaras de pueblo
con pueblo para ver cuál puede más, ni peleas de hombre con hombre
para ver quién es más fuerte: lo que ha de hacer el poeta de ahora
es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar todo
lo hermoso del mundo de manera que se vea en los versos como si
estuviera pintado con colores, y castigar con la poesía, como
con un látigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad,
o roben con leyes pícaras el dinero de los pueblos, o quieran
que los hombres de su país les obedezcan como ovejas y les laman
la mano como perros. Los versos no se han de hacer para decir
que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo,
enseñándole que la naturaleza es hermosa, que la vida es un deber,
que la muerte no es fea, que nadie debe estar triste ni acobardarse
mientras haya libros en las librerías, y luz en el ciclo, y amigos,
y madres. El que tenga penas, lea las Vidas Paralelas de
Plutarco, que dan deseos de ser como aquellos hombres de antes,
y mejor, porque ahora la tierra ha vivido más, y se puede ser
hombre de más amor y delicadeza. Antes todo se hacía con los puños:
ahora, la fuerza está en el saber, más que en los puñetazos; aunque
es bueno aprender a defenderse, porque siempre hay gente bestial
en el mundo, y porque la fuerza da salud, y porque se ha de estar
pronto a pelear, para cuando un pueblo ladrón quiera venir a robarnos
nuestro pueblo. Para eso es bueno ser fuerte de cuerpo; pero para
lo demás de la vida, la fuerza está en saber mucho, como dice
Meñique. En los mismos tiempos de Homero, el que ganó por fin
el sitio, y entró en Troya, no fue Ajax el del escudo, ni Aquiles
el de la lanza, ni Diomedes el del carro, sino Ulises, que era
el hombre de ingenio, y ponía en paz a los envidiosos, y pensaba
pronto, lo que no les ocurría a los demás.
Con
esta última página está sucediendo lo que con el primer número
de La Edad de Oro; que no va a caber lo que el amigo de
los niños les quería decir, y es que en el número de agosto se
publicará una Historia del Hombre, contada por sus casas,
que no cupo esta vez, historia muy curiosa, donde se cuenta cómo
ha vivido el hombre, desde su primera habitación en la tierra,
que fue una cueva en la montaña, hasta los palacios en que vive
ahora. Ni cupo tampoco una explicación muy entretenida del modo
de fabricar Un cubierto de mesa. Porque es necesario que
los niños no vean, no toquen, no piensen en nada que no sepan
explicar. Para eso se publica La Edad de Oro. Y para todo
lo que quieran preguntar, aquí está el amigo.
Estas
últimas páginas serán como el cuarto de confianza de La Edad
de Oro, donde conversaremos como si estuviésemos en familia.
Aquí publicaremos las cartas de nuestras amiguitas: aquí responderemos
a las preguntas de los niños: aquí tendremos la Bolsa de Sellos,
donde el que tenga sellos que mandar, o los quiera comprar, o
quiera hacer colección, o preguntar sobre sellos algo que le interese,
no tiene más que escribir para lograr lo que desea. Y de cuando
en cuando nos hará aquí una visita El Abuelo Andrés, que
tiene una caja maravillosa con muchas cosas raras, y nos va a
enseñar todo lo que tiene en La Caja de las Maravillas.
La
Edad de Oro.
La historia del hombre,
contada por sus casas
Ahora
la gente vive en casas grandes, con puertas y ventanas, y patios
enlosados, y portales de columnas: pero hace muchos miles de años
los hombres no vivían así, ni había países de sesenta millones
de habitantes, como hay hoy. En aquellos tiempos no había libros
que contasen las cosas: las piedras, los huesos, las conchas,
los instrumentos de trabajar son los que enseñan cómo vivían los
hombres de antes. Eso es lo que se llama «edad de piedra», cuando
los hombres vivían casi desnudos, o vestidos de pieles, peleando
con las fieras del bosque, escondidos en las cuevas de la montaña,
sin saber que en el mundo había cobre ni hierro allá en los tiempos
que llaman «paleolíticos»:—¡palabra larga esta de «paleolíticos»!
Ni la piedra sabían entonces los hombres cortar: luego empezaron
a darle figura, con unas hachas de pedernal afilado, y ésa fue
la edad nueva de piedra, que llaman «neolítica»: neo, nueva,
lítica, de piedra: paleo, por supuesto, quiere decir
viejo, antiguo. Entonces los hombres vivían en las cuevas de la
montaña, donde las fieras no podían subir, o se abrían un agujero
en la tierra, y le tapaban la entrada con una puerta de ramas
de árbol; o hacían con ramas un techo donde la roca estaba como
abierta en dos; o clavaban en el suelo tres palos en pico, y los
forraban con las pieles de los animales que cazaban: grandes eran
entonces los animales, grandes como montes. En América no parece
que vivían así los hombres de aquel tiempo, sino que andaban juntos
en pueblos, y no en familias sueltas: todavía se ven las ruinas
de los que llaman los «terrapleneros», porque fabricaban con tierra
unos paredones en figura de círculo, o de triángulo, o de cuadrado,
o de cuatro círculos unos dentro de otros: otros indios vivían
en casas de piedra que eran como pueblos, y las llamaban las casas-pueblos,
porque allí hubo hasta mil familias a la vez, que no entraban
a la casa por puertas, como nosotros, sino por el techo, como
hacen ahora los indios zuñis: en otros lugares hay casas de cantos
en los agujeros de las rocas, adonde subían agarrándose de unas
cortaduras abiertas a pico en la piedra, como una escalera. En
todas partes se fueron juntando las familias para defenderse,
y haciendo ciudades en las rocas, o en medio de los lagos, que
es lo que llaman ciudades lacustres, porque están sobre el agua
las casas de troncos de árbol, puestas sobre pilares clavados
en lo hondo, o sujetos con piedras al pie, para que el peso tuviese
a flote las casas: y a veces juntaban con vigas unas casas con
otras, y les ponían alrededor una palizada para defenderse de
los vecinos que venían a pelear, o de los animales del monte:
la cama era de yerba seca, las tazas eran de madera, las mesas
y los asientos eran troncos de árboles. Otros ponían de punta
en medio de un bosque tres piedras grandes, y una chata encima,
como techo, con una cerca de piedras, pero estos dólmenes no eran
para vivir, sino para enterrar sus muertos, o para ir a oír a
los viejos y los sabios cuando cambiaba la estación, o había guerra,
o tenían que elegir rey: y para recordar cada cosa de éstas clavaban
en el suelo una piedra grande, como una columna, que llamaban
«menhir» en Europa, y que los indios mayas llamaban «katún»; porque
los mayas de Yucatán no sabían que del otro lado del mar viviera
el pueblo galo, en donde está Francia ahora, pero hacían lo mismo
que los galos, y que los germanos, que vivían donde está ahora
Alemania. Estudiando se aprende eso: que el hombre es el mismo
en todas partes, y aparece y crece de la misma manera, y hace
y piensa las mismas cosas, sin más diferencia que la de la tierra
en que vive, porque el hombre que nace en tierra de árboles y
de flores piensa más en la hermosura y el adorno, y tiene más
cosas que decir, que el que nace en una tierra fría, donde ve
el cielo oscuro y su cueva en la roca. Y otra cosa se aprende,
y es que donde nace el hombre salvaje, sin saber que hay ya pueblos
en el mundo, empieza a vivir lo mismo que vivieron los hombres
de hace miles de años. Junto a la ciudad de Zaragoza, en España,
hay familias que viven en agujeros abiertos en la tierra del monte:
en Dakota, en los Estados Unidos, los que van a abrir el país
viven en covachas, con techos de ramas, como en la edad neolítica:
en las orillas del Orinoco, en la América del Sur, los indios
viven en ciudades lacustres, lo mismo que las que había hace cientos
de siglos en los lagos de Suiza: el indio norteamericano le pone
a rastras a su caballo los tres palos de su tipi, que es una tienda
de pieles, como la que los hombres neolíticos levantaban en los
desiertos: el negro de África hace hoy su casa con las paredes
de tierra y el techo de ramas, lo mismo que el germano de antes,
y deja alto el quicio como el germano lo dejaba, para que no entrasen
las serpientes. No es que hubo una edad de piedra, en que todos
los pueblos vivían a la vez del mismo modo; y luego otra de bronce,
cuando los hombres empezaron a trabajar el metal, y luego otra
edad de hierro. Hay pueblos que viven, como Francia ahora, en
lo más hermoso de la edad de hierro, con su torre de Eiffel que
se entra por las nubes: y otros pueblos que viven en la edad de
piedra, como el indio que fabrica su casa en las ramas de los
árboles, y con su lanza de pedernal sale a matar los pájaros del
bosque y a ensartar en el aire los peces voladores del río. Pero
los pueblos de ahora crecen más de prisa, porque se juntan con
los pueblos más viejos, y aprenden con ellos lo que no saben;
no como antes, que tenían que ir poco a poco descubriéndolo todo
ellos mismos. La edad de piedra fue al empezar a vivir, que los
hombres andaban errantes huyendo de los animales, y vivían hoy
acá y mañana allá, y no sabían que eran buenos de comer los frutos
de la tierra. Luego los hombres encontraron el cobre, que era
más blando que el pedernal, y el estaño, que era más blando que
el cobre, y vieron que con el fuego se le sacaba el metal a la
roca, y que con el estaño y cobre juntos se hacía un metal nuevo,
muy bueno para hachas y lanzas y cuchillos, y para cortar la piedra.
Cuando los pueblos empiezan a saber cómo se trabaja el metal,
y a juntar el cobre con el estaño, entonces están en su edad de
bronce. Hay pueblos que han llegado a la edad de hierro sin pasar
por la de bronce, porque el hierro es el metal de su tierra, y
con él empezaron a trabajar, sin saber que en el mundo había cobre
ni estaño. Cuando los hombres de Europa vivían en la edad de bronce,
ya hicieron casas mejores, aunque no tan labradas y perfectas
como las de los peruanos y mexicanos de América, en quienes estuvieron
siempre juntas las dos edades, porque siguieron trabajando con
pedernal cuando ya tenían sus minas de oro, y sus templos con
soles de oro como el cielo, y sus huacas, que eran los cementerios
del Perú, donde ponían a los muertos con las prendas y jarros
que usaban en vida. La casa del indio peruano era de mampostería,
y de dos pisos, con las ventanas muy en alto, y las puertas más
anchas por debajo que por la cornisa, que solía ser de piedra
tallada, de trabajo fino. El mexicano no hacía su casa tan fuerte,
sino más ornada, como en país donde hay muchos árboles y pájaros.
En el techo había como escalones, donde ponían las figuras de
sus santos, como ahora ponen mucho en los altares figuras de niños,
y piernas y brazos de plata: adornaban las paredes con piedras
labradas, y con fajas como de cuentas o de hilos trenzados, imitando
las grecas y fimbrias que les bordaban sus mujeres en las túnicas:
en las salas de adentro labraban las cabezas de las vigas, figurando
sus dioses, sus animales o sus héroes, y por fuera ponían en las
esquinas unas canales de curva graciosa, como imitando plumas.
De lejos brillaban las casas con el sol, como si fueran de plata.
En
los pueblos de Europa es donde se ven más claras las tres edades,
y mejor mientras más al Norte, porque allí los hombres vivieron
solos, cada uno en su pueblo, por siglos de siglos, y como empezaron
a vivir por el mismo tiempo, se nota que aunque no se conocían
unos a otros, iban adelantando del mismo modo. La tierra va echando
capas conforme van pasando siglos: la tierra es como un pastel
de hojaldres, que tiene muchas capas una sobre otra, capas de
piedra dura, y a veces viene de adentro, de lo hondo del mundo,
una masa de roca que rompe las capas acostadas, y sale al aire
libre, y se queda por encima de la tierra, como un gigante regañón,
o como una fiera enojada, echando por el cráter humo y fuego:
así se hacen los montes y los volcanes. Por esas capas de la tierra
es por donde se sabe cómo ha vivido el hombre, porque en cada
una hay enterrados huesos de él, y restos de los animales y árboles
de aquella edad, y vasos y hachas; y comparando las capas de un
lugar con las de otro se ve que los hombres viven en todas partes
casi del mismo modo en cada edad de la tierra: sólo que la tierra
tarda mucho en pasar de una edad a otra, y en echarse una capa
nueva, y así sucede lo de los romanos y los bretones de Inglaterra
en tiempo de Julio César, que cuando los romanos tenían palacios
de mármol con estatuas de oro, y usaban trajes de lana muy fina,
la gente de Bretaña vivía en cuevas, y se vestía con las pieles
salvajes, y peleaba con mazas hechas de los troncos duros.
En
esos pueblos viejos sí se puede ver cómo fue adelantando el hombre,
porque después de las capas de la edad de piedra, donde todo lo
que se encuentra es de pedernal, vienen las otras capas de la
edad de bronce, con muchas cosas hechas de la mezcla del cobre
y estaño, y luego vienen las capas de arriba, las de los últimos
tiempos, que llaman la edad de hierro, cuando el hombre aprendió
que el hierro se ablandaba al fuego fuerte, y que con el hierro
blando podía hacer martillos para romper la roca, y lanzas para
pelear, y picos y cuchillas para trabajar la tierra: entonces
es cuando ya se ven casas de piedra y de madera, con patios y
cuartos, imitando siempre los casucos de rocas puestas unas sobre
otras sin mezcla ninguna, o las tiendas de pieles de sus desiertos
y llanos: lo que sí se ve es que desde que vino al mundo le gustó
al hombre copiar en dibujo las cosas que veía, porque hasta las
cavernas más oscuras donde habitaron las familias salvajes están
llenas de figuras talladas o pintadas en la roca, y por los montes
y las orillas de los ríos se ven manos, y signos raros, y pinturas
de animales, que ya estaban allí desde hacía muchos siglos cuando
vinieron a vivir en el país los pueblos de ahora. Y se ve también
que todos los pueblos han cuidado mucho de enterrar a los muertos
con gran respeto y han fabricado monumentos altos, como para estar
más cerca del cielo, como nosotros hacemos ahora con las torres.
Los terrapleneros hacían montañas de tierra, donde sepultaban
los cadáveres: los mexicanos ponían sus templos en la cumbre de
unas pirámides muy altas: los peruanos tenían su «chulpa» de piedra
que era una torre ancha por arriba, como un puño de bastón: en
la isla de Cerdeña hay unos torreones que llaman «nuragh», que
nadie sabe de qué pueblo eran; y los egipcios levantaron con piedras
enormes sus pirámides, y con el pórfido más duro hicieron sus
obeliscos famosos, donde escribían su historia con los signos
que llaman «jeroglíficos».
Ya
los tiempos de los egipcios empiezan a llamarse «tiempos históricos»
porque se puede escribir su historia con lo que se sabe de ellos:
esos otros pueblos de las primeras edades se llaman pueblos «prehistóricos»,
de antes de la historia, o pueblos primitivos. Pero la verdad
es que en esos mismos pueblos históricos hay todavía mucho prehistórico,
porque se tiene que ir adivinando para ver dónde y cómo vivieron.
¿Quién sabe cuándo fabricaron los quechuas sus acueductos y sus
caminos y sus calzadas en el Perú; ni cuándo los chibchas de Colombia
empezaron a hacer sus dijes y sus jarros de oro; ni qué pueblo
vivió en Yucatán antes que los mayas que encontraron allí los
españoles; ni de dónde vino la raza desconocida que levantó los
terraplenes y las casas-pueblos en la América del Norte? Casi
lo mismo sucede con los pueblos de Europa; aunque allí se ve que
los hombres aparecieron a la vez, como nacidos de la tierra, en
muchos lugares diferentes; pero que donde había menos frío y era
mas alto el país fue donde vivió primero el hombre: y como que
allí empezó a vivir, allí fue donde llegó más pronto a saber,
y a descubrir los metales, y a fabricar, y de allí, con las guerras,
y las inundaciones, y el deseo de ver el mundo, fueron bajando
los hombres por la tierra y el mar. En lo más elevado y fértil
del continente es donde se civilizó el hombre trasatlántico primero.
En nuestra América sucede lo mismo: en las altiplanicies de México
y del Perú, en los valles altos y de buena tierra, fue donde tuvo
sus mejores pueblos el indio americano. En el continente trasatlántico
parece que Egipto fue el pueblo más viejo, y de allí fueron entrando
los hombres por lo que se llama ahora Persia y Asia Menor, y vinieron
a Grecia, buscando la libertad y la novedad, y en Grecia levantaron
los edificios más perfectos del mundo, y escribieron los libros
más bien compuestos y hermosos. Había pueblos nacidos en todos
estos países, pero los que venían de los pueblos viejos sabían
más, y los derrotaban en la guerra, o les enseñaban lo que sabían,
y se juntaban con ellos. Del norte de Europa venían otros hombres
más fuertes, hechos a pelear con las fieras y a vivir en el frío:
y de lo que se llama ahora Indostán salió huyendo, después de
una gran guerra, la gente de la montaña, y se juntó con los europeos
de las tierras frías, que bajaron luego del Norte a pelear con
los romanos, porque los romanos habían ido a quitarles su libertad,
y porque era gente pobre y feroz, que le tenía envidia a Roma,
porque era sabia y rica, y como hija de Grecia. Así han ido viajando
los pueblos en el mundo, como las corrientes van por la mar, y
por el aire los vientos.
Egipto
es como el pueblo padre del continente trasatlántico: el pueblo
más antiguo de todos aquellos países «clásicos». Y la casa del
egipcio es como su pueblo fue, graciosa y elegante. Era riquísimo
el Egipto, como que el gran río Nilo crecía todos los años, y
con el barro que dejaba al secarse nacían muy bien las siembras:
así que las casas estaban como en alto, por miedo a las inundaciones.
Como allá hay muchas palmeras, las columnas de las casas eran
finas y altas, como las palmas; y encima del segundo piso tenían
otro sin paredes, con un techo chato, donde pasaban la tarde al
aire fresco, viendo el Nilo lleno de barcos que iban y venían
con sus viajeros y sus cargas, y el cielo de la tarde, que es
de color de oro y azafrán. Las paredes y los techos están llenos
de pinturas de su historia y religión; y les gustaba el color
tanto, que hasta la estera con que cubrían el piso era de hebras
decolores diferentes.
Los
hebreos vivieron como esclavos en el Egipto mucho tiempo, y eran
los que mejor sabían hacer ladrillos. Luego, cuando su libertad,
hicieron sus casas con ladrillos crudos, como nuestros adobes,
y el techo era de vigas de sicomoro, que es su árbol querido.
El techo tenía un borde como las azoteas, porque con el calor
subía la gente allí a dormir, y la ley mandaba que fabricasen
los techos con muro, para que no cayese la gente a tierra. Solían
hacer sus casas como el templo que fabricó su gran rey Salomón,
que era cuadrado, con las puertas anchas de abajo y estrechas
por la comisa, y dos columnas al lado de la puerta.
Por
aquellas tierras vivían los asirios, que fueron pueblo guerreador,
que les ponía a sus casas torres, como para ver más de lejos al
enemigo, y las torres eran de almenas, como para disparar el arco
desde seguro. No tenían ventanas, sino que les venía la luz del
techo. Sobre las puertas ponían a veces piedras talladas con alguna
figura misteriosa, como un toro con cabeza de hombre, o una cabeza
con alas.
Los
fenicios fabricaron sus casas y monumentos con piedras sin labrar,
que ponían unas sobre otras como los etruscos; pero como eran
gente navegante, que vivía del comercio, empezaron pronto a imitar
las casas de los pueblos que veían más, que eran los hebreos y
los egipcios, y luego las de los persas, que conquistaron en guerra
el país de Fenicia. Y así fueron sus casas, con la entrada hebrea,
y la parte alta como las casas de Egipto, o como las de Persia.
Los
persas fueron pueblo de mucho poder, como que hubo tiempo en que
todos esos pueblos de los alrededores vivían como esclavos suyos.
Persia es tierra de joyas: los vestidos de los hombres, las mantas
de los caballos, los puños de los sables, todo está allí lleno
de joyas. Usan mucho del verde, del rojo y del amarillo. Todo
les gusta de mucho color, y muy brillante y esmaltado. Les gustan
las fuentes, los jardines, los velos de hilo de plata, la pedrería
fina. Todavía hoy son así los persas; y ya en aquellos tiempos
eran sus casas de ladrillos de colores, pero no de techo chato
como las de los egipcios y hebreos, sino con una cúpula redonda,
como imitando la bóveda del cielo. En un patio estaba el baño,
en que echaban olores muy finos; y en las casas ricas había patios
cuadrados, con muchas columnas alrededor, y en medio una fuente,
entre jarrones de flores. Las columnas eran de muchos trozos y
dibujos, pintados de colores, con fajas y canales, y el capitel
hecho con cuerpos de animales, de pecho verde y collar de oro.
Junto
a Persia está el Indostán, que es de los pueblos más viejos del
mundo, y tiene templos de oro, trabajados como trabajan en las
platerías la filigrana, y otros templos cavados en la roca, y
figuras de su dios Buda cortadas a pico en la montaña. Sus templos,
sus sepulcros, sus palacios, sus casas, son como su poesía, que
parece escrita con colores sobre marfil, y dice las cosas como
entre hojas y flores. Hay templo en el Indostán que tiene catorce
pisos, como la pagoda de Tanjore, y está todo labrado, desde los
cimientos hasta la cúpula. Y la casa de los hindús de antes era
como las pagodas de Lahore o las de Cachemira, con los techos
y balcones muy adornados y con muchas vueltas, y a la entrada
la escalinata sin baranda. Otras casas tenían torreones en la
esquina, y el terrado como los egipcios, corrido y sin las torres.
Pero lo hermoso de las casas hindús era la fantasía de los adornos,
que son como un trenzado que nunca se acaba, de flores y de plumas.
En
Grecia no era así, sino todo blanco y sencillo, sin lujos de colorines.
En la casa de los griegos no había ventanas, porque para el griego
fue siempre la casa un lugar sagrado, donde no debía mirar el
extranjero. Eran las casas pequeñas, como sus monumentos, pero
muy lindas y alegres, con su rosal y su estatua a la puerta, y
dentro el corredor de columnas, donde pasaba los días la familia,
que sólo en la noche iba a los cuartos, reducidos y oscuros. El
comedor y el corredor era lo que amueblaban, y eso con pocos muebles:
en las paredes ponían en nichos sus jarros preciosos: las sillas
tenían filetes tallados, como los que solían ponerles a las puertas,
que eran anchas de abajo y con la cornisa adornada de dibujos
de palmas y madreselvas. Dicen que en el mundo no hay edificio
más bello que el Partenón, como que allí no están los adornos
por el gusto de adornar, que es lo que hace la gente ignorante
con sus casas y vestidos, sino que la hermosura viene de una especie
de música que se siente y no se oye, porque el tamaño está calculado
de manera que venga bien con el color, y no hay cosa que no sea
precisa, ni adorno sino donde no pueda estorbar. Parece que tienen
alma las piedras de Grecia. Son modestas, y como amigas del que
las ve. Se entran como amigas por el corazón. Parece que hablan.
Los
etruscos vivieron al norte de Italia, en sus doce ciudades famosas,
y fueron un pueblo original, que tuvo su gobierno y su religión,
y un arte parecido al de los griegos, aunque les gustaba más la
burla y la extravagancia, y usaban mucho color. Todo lo pintaban,
como los persas; y en las paredes de sus sepulturas hay caballos
con la cabeza amarilla y la cola azul. Mientras fueron república
libre, los etruscos vivían dichosos, con maestros muy buenos de
medicina y astronomía, y hombres que hablaban bien de los deberes
de la vida y de la composición del mundo. Era célebre Etruria
por sus sabios, y por sus jarros de barro negro, con figuras de
relieve, y por sus estatuas y sarcófagos de tierra cocida, y por
sus pinturas en los muros, y sus trabajos en metal. Pero con la
esclavitud se hicieron viciosos y ricos, como sus dueños los romanos.
Vivían en palacios, y no en sus casas de antes; y su gusto mayor
era comer horas enteras acostados. La casa etrusca de antes era
de un piso, con un terrado de baranda, y el techo de aleros caídos.
Pintaban en las paredes sus fiestas y sus ceremonias, con retratos
y caricaturas, y sabían dibujar sus figuras como si se las viera
en movimiento.
La
casa de los romanos fue primero como la de los etruscos, poro
luego conocieron a Grecia, y la imitaron en sus casas, como en
todo. El atrio al principio fue la casa entera, y después no era
más que el portal, de donde se iba por un pasadizo al patio interior,
rodeado de columnas, adonde daban los cuartos ricos del señor,
que para cada cosa tenía un cuarto diferente: el cuarto de comer
daba al corredor, lo mismo que la sala y el cuarto de la familia,
que por el otro lado abría sobre un jardín. Adornaban las paredes
con dibujos y figuras de colores brillantes, y en los recodos
había muchos nichos con jarras y estatuas. Si la casa estaba en
calle de mucha gente, hacían cuartos con puerta a la calle, y
los alquilaban para tiendas. Cuando la puerta estaba abierta se
podía ver hasta el fondo del jardín. El jardín, el patio y el
atrio tenían alrededor en muchas casas una arquería. Luego Roma
fue dueña de todos los países que tenía alrededor, hasta que tuvo
tantos pueblos que no los pudo gobernar, y cada pueblo se fue
haciendo libre y nombrando su rey, que era el guerrero más poderoso
de todos los del país, y vivía en su castillo de piedra, con torres
y portalones, como todos los que llamaban «señores» en aquel tiempo
de pelear; y la gente de trabajo vivía alrededor de los castillos,
en casuchos infelices. Pero el poder de Roma había sido muy grande,
y en todas partes había puentes y arcos y acueductos y templos
como los de los romanos; sólo que por el lado de Francia, donde
había muchos castillos, iban haciendo las fábricas nuevas, y las
iglesias sobre todo, como si fueran a la vez fortalezas y templos,
que es lo que llaman «arquitectura románica» y del lado de los
persas y de los árabes, por donde está ahora Turquía, les ponían
a los monumentos tanta riqueza y color que parecían las iglesias
cuevas de oro, por lo grande y lo resplandeciente: de modo que
cuando los pueblos nuevos del lado de Francia empezaron a tener
ciudades, las casas fueron de portales oscuros y de muchos techos
de pico, como las iglesias románicas; y del lado de Turquía eran
las casas como palacios, con las columnas de piedras ricas, y
el suelo de muchas piedrecitas de color, y las pinturas de la
pared con el fondo de oro, y los cristales dorados: había barandas
en las casas bizantinas hechas con una mezcla de todos los metales,
que lucía como fuego: era feo y pesado tanto adorno en las casas,
que parecen sepulturas de hombre vanidoso, ahora que están vacías.
En
España habían mandado también los romanos; pero los moros vinieron
luego a conquistar, y fabricaron aquellos templos suyos que llaman
mezquitas, y aquellos palacios que parecen cosa de sueño, como
si ya no se viviese en el mundo, sino en otro mundo de encaje
y de flores: las puertas eran pequeñas, pero con tantos arcos
que parecían grandes: las columnas delgadas sostenían los arcos
de herradura, que acababan en pico, como abriéndose para ir al
cielo: el techo era de madera fina, pero todo tallado, con sus
letras moras y sus cabezas de caballos: las paredes estaban cubiertas
de dibujos, lo mismo que una alfombra: en los patios de mármol
había laureles y fuentes: parecían como el tejido de un velo aquellos
balcones.
Con
las guerras y las amistades se fueron juntando aquellos pueblos
diferentes, y cuando ya el rey pudo más que los señores de los
castillos, y todos los hombres creían en el cielo nuevo de los
cristianos, empezaron a hacer las iglesias «góticas» con sus arcos
de pico, y sus torres como agujas que llegaban a las nubes, y
sus pórticos bordados, y sus ventanas de colores. Y las torres
cada vez más altas; porque cada iglesia quería tener su torre
más alta que las otras; y las casas las hacían así también, y,
los muebles. Pero los adornos llegaron a ser muchos, y los cristianos
empezaron a no creer en el cielo tanto como antes. Hablaban mucho
de lo grande que fue Roma: celebraban el arte griego por sencillo:
decían que ya eran muchas las iglesias: buscaban modos nuevos
de hacer los palacios: y de todo eso vino una manera de fabricar
parecida a la griega, que es lo que llaman arquitectura del «Renacimiento»:
pero como en el arte gótico de la «ojiva» había mucha beldad,
ya no volvieron a ser las casas de tanta sencillez, sino que las
adornaron con las esquinas graciosas, las ventanas altas, y los
balcones elegantes de la arquitectura gótica. Eran tiempos de
arte y riqueza, y de grandes conquistas, así que había muchos
señores y comerciantes con palacio. Nunca habían vivido los hombres,
ni han vuelto a vivir, en casas tan hermosas. Los pueblos de otras
razas, donde se sabe poco de los europeos, peleaban por su cuenta
o se hacían amigos, y se aprendían su arte especial unos de otros,
de modo que se ve algo de pagoda hindú en todo lo de Asia, y hay
picos como los de los palacios de Lahore en las casas japonesas,
que parecen cosa de aire y de encanto, o casitas de jugar, con
sus corredores de barandas finas y sus paredes de mimbre o de
estera. Hasta en la casa del eslavo y del ruso se ven las curvas
revueltas y los techos de punta de los pueblos hindús. En nuestra
América las casas tienen algo de romano y de moro, porque moro
y romano era el pueblo español que mandó en América, y echó abajo
las casas de los indios. Las echó abajo de raíz: echó abajo sus
templos, sus observatorios, sus torres de señales, sus casas de
vivir, todo lo indio lo quemaron los conquistadores españoles
y lo echaron abajo, menos las calzadas, porque no sabían llevar
las piedras que supieron traer los indios, y los acueductos, porque
les traían el agua de beber.
Ahora
todos los pueblos del mundo se conocen mejor y se visitan: y en
cada pueblo hay su modo de fabricar, según haya frío o calor,
o sean de una raza o de otra; pero lo que parece nuevo en las
ciudades no es su manera de hacer casas, sino que en cada ciudad
hay casas moras, y griegas, y góticas, y bizantinas, y japonesas,
como si empezara el tiempo feliz en que los hombres se tratan
como amigos, y se van juntando.
Los
dos príncipes.
Idea
de la poetisa norteamericana Helen Hunt Jackson
El
palacio está de luto
Y en el trono llora el rey,
Y la reina está llorando
Donde no la pueden ver:
En pañuelos de holán fino
Lloran la reina y el rey:
Los señores del palacio
Están llorando también.
Los caballos llevan negro
El penacho y el arnés:
Los caballos no han comido,
Porque no quieren comer:
El laurel del patio grande
Quedó sin hoja esta vez:
Todo el mundo fue al entierro
Con coronas de laurel:
—¡El hijo del rey se ha muerto!
¡Se le ha muerto el hijo al rey!
En los álamos del monte
Tiene su casa el pastor:
La pastora está diciendo
«¿Por qué tiene luz el sol?»
Las ovejas, cabizbajas,
Vienen todas al portón:
¡Una caja larga y honda
Está forrando el pastor!
Entra y sale un perro triste:
Canta allá adentro una voz
«¡Pajarito, yo estoy loca,
Llévame donde él voló!»:
El pastor coge llorando
La pala y el azadón:
Abre en la tierra una fosa:
Echa en la fosa una flor:
—¡Se quedó el pastor sin hijo!
¡Murió el hijo del pastor!
Nené
traviesa.
¡Quién
sabe si hay una niña que se parezca a Nené! Un viejito que sabe
mucho dice que todas las niñas son como Nené. A Nené le gusta
más jugar a «mamá», o «a tiendas», o «a hacer dulces» con sus
muñecas, que dar la lección de «treses y de cuatros» con la maestra
que le viene a enseñar. Porque Nené no tiene mamá: su mamá se
ha muerto: y por eso tiene Nené maestra. A hacer dulces es a lo
que le gusta más a Nené jugar: ¿y por qué será?: ¡quién sabe!
Será porque para jugar a hacer dulces le dan azúcar de veras:
por cierto que los dulces nunca le salen bien de la primera vez:
¡son unos dulces más difíciles!: siempre tiene que pedir azúcar
dos veces. Y se conoce que Nené no les quiere dar trabajo a sus
amigas; porque cuando juega a paseo, o a comprar, o a visitar,
siempre llama a sus amiguitas; pero cuando va a hacer dulces,
nunca. Y una vez le sucedió a Nené una cosa muy rara: le pidió
a su papá dos centavos para comprar un lápiz nuevo, y se le olvidó
en el camino, se le olvidó como si no hubiera pensado nunca en
comprar el lápiz: lo que compró fue un merengue de fresa. Eso
se supo, por supuesto; y desde entonces sus amiguitas no le dicen
Nené, sino «Merengue de Fresa».
El
padre de Nené la quería mucho. Dicen que no trabajaba bien cuando
no había visto por la mañana a «la hijita». El no le decía «Nené»,
sino «la hijita». Cuando su papá venía del trabajo, siempre salía
ella a recibirlo con los brazos abiertos, como un pajarito que
abre las alas para volar; y su papá la alzaba del suelo, como
quien coge de un rosal una rosa. Ella lo miraba con mucho cariño,
como si le preguntase cosas: y él la miraba con los ojos tristes,
como si quisiese echarse a llorar. Pero enseguida se ponía contento,
se montaba a Nené en el hombro, y entraban juntos en la casa,
cantando el himno nacional. Siempre traía el papá de Nené algún
libro nuevo, y se lo dejaba ver cuando tenía figuras; y a ella
le gustaban mucho unos libros que él traía, donde estaban pintadas
las estrellas, que tiene cada una su nombre y su color: y allí
decía el nombre de la estrella colorada, y el de la amarilla,
y el de la azul, y que la luz tiene siete colores, y que las estrellas
pasean por el cielo, lo mismo que las niñas por un jardín. Pero
no: lo mismo no: porque las niñas andan en los jardines de aquí
para allá, como una hoja de flor que va empujando el viento, mientras
que las estrellas van siempre en el cielo por un mismo camino,
y no por donde quieren: ¿quién sabe?: puede ser que haya por allá
arriba quien cuide a las estrellas, como los papás cuidan acá
en la tierra a las niñas. Sólo que las estrellas no son niñas,
por supuesto, ni flores de luz, como parece de aquí abajo, sino
grandes como este mundo: y dicen que en las estrellas hay árboles,
y agua, y gente como acá: y su papá dice que en un libro hablan
de que uno se va a vivir a una estrella cuando se muere. «Y dime,
papá», le preguntó Nené: «¿por qué ponen las casas de los muertos
tan tristes? Si yo me muero, yo no quiero ver a nadie llorar,
sino que me toquen la música, porque me voy a ir a vivir en la
estrella azul.» «¿Pero, sola, tú sola, sin tu pobre papá?» Y Nené
le dijo a su papá:—«¡Malo, que crees eso!» Esa noche no se quiso
ir a dormir temprano, sino que se durmió en los brazos de su papá.
¡Los papás se quedan muy tristes, cuando se muere en la casa la
madre! Las niñitas deben querer mucho, mucho a los papás cuando
se les muere la madre.
Esa
noche que hablaron de las estrellas trajo el papá de Nené un libro
muy grande: ¡oh, cómo pesaba el libro!: Nené lo quiso cargar,
y se cayó con el libro encima: no se le veía más que la cabecita
rubia de un lado, y los zapaticos negros de otro. Su papá vino
corriendo, y la sacó de debajo del libro, y se rió mucho de Nené,
que no tenía seis años todavía y quería cargar un libro de cien
años. ¡Cien años tenía el libro, y no le habían salido barbas!:
Nené había visto un viejito de cien años, pero el viejito tenía
una barba muy larga, que le daba por la cintura. Y lo que dice
la muestra de escribir, que los libros buenos son como los viejos:
«Un libro bueno es lo mismo que un amigo, viejo»: eso dice la
muestra de escribir. Nené se acostó muy callada, pensando en el
libro. ¿Qué libro era aquél, que su papá no quiso que ella lo
tocase? Cuando se despertó, en eso no más pensaba Nené. Ella quiere
saber qué libro es aquél. Ella quiere saber cómo está hecho por
dentro un libro de cien años que no tiene barbas.
Su
papá está lejos, lejos de la casa, trabajando para ella, para
que la niña tenga casa linda y coma dulces finos los domingos,
para comprarle a la niña vestiditos blancos y cintas azules, para
guardar un poco de dinero, no vaya a ser que se muera el papá,
y se quede sin nada en el mundo «la hijita». Lejos de la casa
está el pobre papá, trabajando para «la hijita». La criada está
allá adentro, preparando el baño. Nadie oye a Nené: no la está
viendo nadie. Su papá deja siempre abierto el cuarto de los libros.
Allí está la sillita de Nené, que se sienta de noche en la mesa
de escribir, a ver trabajar a su papá. Cinco pasitos, seis, siete...
ya está Nené en la puerta: ya la empujó; ya entró. ¡Las cosas
que suceden! Como si la estuviera esperando estaba abierto en
su silla el libro viejo, abierto de medio a medio. Pasito a pasito
se le acercó Nené, muy seria, y como cuando uno piensa mucho,
que camina con las manos a la espalda. Por nada en el mundo hubiera
tocado Nené el libro: verlo no más, no más que verlo. Su papá
le dijo que no lo tocase.
El
libro no tiene barbas: le salen muchas cintas y marcas por entre
las hojas, pero ésas no son barbas: ¡el que sí es barbudo es el
gigante que está pintado en el libro!: y es de colores la pintura,
unos colores de esmalte que lucen, como el brazalete que le regaló
su papá. ¡Ahora no pintan los libros así! El gigante está sentado
en el pico de un monte, con una cosa revuelta, como las nubes,
del cielo, encima de la cabeza: no tiene más que un ojo, encima
de la nariz: está vestido con un blusón, como los pastores, un
blusón verde, lo mismo que el campo, con estrellas pintadas, de
plata y de oro y la barba es muy larga, muy larga, que llega al
pie del monte: y por cada mechón de la barba va subiendo un hombre,
como sube la cuerda para ir al trapecio el hombre del circo. ¡Oh,
eso no se puede ver de lejos! Nené tiene que bajar el libro de
la silla. ¡Cómo pesa este pícaro libro! Ahora sí que se puede
ver bien todo. Ya está el libro en el suelo.
Son
cinco los hombres que suben: uno es un blanco, con casaca y con
botas, y de barba también: ¡le gustan mucho a este pintor las
barbas!: otro es como indio, sí, como indio, con una corona de
plumas, y la flecha a la espalda: el otro es chino, lo mismo que
el cocinero, pero va con un traje como de señora, todo lleno de
flores: el otro se parece al chino, y lleva un sombrero de pico,
así como una pera: el otro es negro, un negro muy bonito, pero
está sin vestir: ¡eso no está bien, sin vestir! ¡por eso no quería
su papá que ella tocase el libro! No: esa hoja no se ve más, para
que no se enoje su papá. ¡Muy bonito que es este libro viejo!
Y Nené está ya casi acostada sobre el libro, y como si quisiera
hablarle con los ojos.
¡Por
poco se rompe la hoja! Pero no, no se rompió. Hasta la mitad no
más se rompió. El papá de Nené no ve bien. Eso no lo va a ver
nadie. ¡Ahora sí que está bueno el libro este! Es mejor, mucho
mejor que el arca de Noé. Aquí están pintados todos los animales
del mundo. ¡Y con colores, como el gigante! Sí, ésta es, ésta
es la jirafa, comiéndose la luna: éste es el elefante, el elefante,
con ese sillón lleno de niñitos. ¡Oh, los perros, cómo corre,
cómo corre este perro! ¡ven acá, perro! ¡te voy a pegar, perro,
porque no quieres venir! Y Nené, por supuesto, arranca la hoja.
¿Y qué ve mi señora Nené? Un mundo de monos es la otra pintura.
Las dos hojas del libro están llenas de monos: un mono colorado
juega con un monito verde: un monazo de barba le muerde la cola
a un mono tremendo, que anda como un hombre, con un palo en la
mano: un mono negro está jugando en la yerba con otro amarillo:
¡aquéllos, aquellos de los árboles son los monos niños! ¡qué graciosos!
¡cómo juegan! ¡se mecen por la cola, como el columpio! ¡qué bien,
qué bien saltan! ¡uno, dos, tres, cinco, ocho, dieciséis, cuarenta
y nueve monos agarrados por la cola! ¡se van a tirar al río! ¡se
van a tirar al río! ¡visst! ¡allá van todos! Y Nené, entusiasmada,
arranca al libro las dos hojas. ¿Quién llama a Nené, quién la
llama? Su papá, su papá, que está mirándola desde la puerta.
Nené
no ve. Nené no oye. Le parece que su papá crece, que crece mucho,
que llega hasta el techo, que es más grande que el gigante del
monte, que su papá es un monte que se le viene encima. Está callada,
callada, con la cabeza baja, con los ojos cerrados, con las hojas
rotas en las manos caídas. Y su papá le está hablando:—«¿Nené,
no te dije que no tocaras ese libro? ¿Nené, tú no sabes que ese
libro no es mío, y que vale mucho dinero, mucho? ¿Nené, tú no
sabes que para pagar ese libro voy a tener que trabajar un año?»—Nené,
blanca como el papel, se alzó del suelo, con la cabecita caída,
y se abrazó a las rodillas de su papá:—«Mi papá», dijo Nené «¡mi
papá de mi corazón! ¡Enojé a mi papá bueno! ¡Soy mala niña! ¡Ya
no voy a poder ir cuando me muera a la estrella azul!»
La
perla de la mora
Una
mora de Trípoli tenía
Una perla rosada, una gran perla:
Y la echó con desdén al mar un día:
—«¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!»
Pocos años después, junto a la roca
De Trípoli... ¡la gente llora al verla!
Así le dice al mar la mora loca:
—«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devuélveme mi perla!»
Las
ruinas indias.
No
habría poema más triste y hermoso que el que se puede sacar de
la historia americana. No se puede leer sin ternura, y sin ver
como flores y plumas por el aire, uno de esos buenos libros viejos
forrados de pergamino, que hablan de la América de los indios,
de sus ciudades y de sus fiestas, del mérito de sus artes y de
la gracia de sus costumbres. Unos vivían aislados y sencillos,
sin vestidos y sin necesidades, como pueblos acabados de nacer;
y empezaban a pintar sus figuras extrañas en las rocas de la orilla
de los ríos, donde es más solo el bosque, y el hombre piensa más
en las maravillas del mundo. Otros eran pueblos de más edad, y
vivían en tribus, en aldeas de cañas o de adobes, comiendo lo
que cazaban y pescaban, y peleando con sus vecinos. Otros eran
ya pueblos hechos, con ciudades de ciento cuarenta mil casas,
y palacios adornados de pinturas de oro. Y gran comercio en las
calles y en las plazas, y templos de mármol con estatuas gigantescas
de sus dioses. Sus obras no se parecen a las de los demás pueblos,
sino como se parece un hombre a otro. Ellos fueron inocentes,
supersticiosos y terribles. Ellos imaginaron su gobierno, su religión,
su arte, su guerra, su arquitectura, su industria, su poesía.
Todo lo suyo es interesante, atrevido, nuevo. Fue una raza artística,
inteligente y limpia. Se leen como una novela las historias de
los nahuatles y mayas de México, de los chibchas de Colombia,
de los cumanagotos de Venezuela, de los quechuas del Perú, de
los aimaraes de Bolivia, de los charrúas del Uruguay, de los araucanos
de Chile.
El
quetzal es el pájaro hermoso de Guatemala, el pájaro de verde
brillante con la larga pluma, que se muere de dolor cuando cae
cautivo, o cuando se le rompe o lastima la pluma de la cola. Es
un pájaro que brilla a la luz, como las cabezas de los colibríes,
que parecen piedras preciosas, o joyas de tornasol, que de un
lado fueran topacio, y de otro ópalo, y de otro amatista. Y cuando
se lee en los viajes de Le Plongeon los cuentos de los amores
de la princesa maya Ara, que no quiso querer al príncipe Aak porque
por el amor de Ara mató a su hermano Chaak; cuando en la historia
del indio Ixtlilxochitl se ve vivir, elegantes y ricas, a las
ciudades reales de México, a Tenochtitlán y a Texcoco; cuando
en la «Recordación Florida» del capitán Fuentes, o en las Crónicas
de Juarros, o en la Historia del conquistador Bernal Díaz del
Castillo, o en los Viajes del inglés Tomás Gage, andan como si
los tuviésemos delante, en sus vestidos blancos y con sus hijos
de la mano, recitando versos y levantando edificios, aquellos
gentíos de las ciudades de entonces, aquellos sabios de Chichén,
aquellos potentados de Uxmal, aquellos comerciantes de Tulán,
aquellos artífices de Tenochtitlán, aquellos sacerdotes de Cholula,
aquellos maestros amorosos y niños mansos de Utatlán, aquella
raza fina que vivía al sol y no cerraba sus casas de piedra, no
parece que se lee un libro de hojas amarillas, donde las eses
son como efes y se usan con mucha ceremonia las palabras, sino
que se ve morir a un quetzal, que lanza el último grito al ver
su cola rota. Con la imaginación se ven cosas que no se pueden
ver con los ojos.
Se
hace uno de amigos leyendo aquellos libros viejos. Allí hay héroes,
y santos, y enamorados, y poetas, y apóstoles. Allí se describen
pirámides mas grandes que las de Egipto; y hazañas de aquellos
gigantes que vencieron a las fieras; y batallas de gigantes y
hombres; y dioses que pasan por el viento echando semillas de
pueblos sobre el mundo; y robos de princesas que pusieron a los
pueblos a pelear hasta morir; y peleas de pecho a pecho, con bravura
que no parece de hombres; y la defensa de las ciudades viciosas
contra los hombres fuertes que venían de las tierras del Norte;
y la vida variada, simpática y trabajadora de sus circos y templos,
de sus canales y talleres, de sus tribunales y mercados. Hay reyes
como el chichimeca Netzahualpilli, que matan a sus hijos porque
faltaron a la ley, lo mismo que dejó matar al suyo el romano Bruto;
hay oradores que se levantan llorando, como el tlascalteca Xicotencatl,
a rogar a su pueblo que no dejen entrar al español, como se levantó
Demóstenes a rogar a los griegos que no dejasen entrar a Filipo;
hay monarcas justos como Netzahualcoyotl, el gran poeta rey de
los chichimecas, que sabe, como el hebreo Salomón, levantar templos
magníficos al Creador del mundo, y hacer con alma de padre justicia
entre los hombres. Hay sacrificios de jóvenes hermosas a los diéses
invisibles del cielo, lo mismo que los hubo en Grecia, donde eran
tantos a veces los sacrificios que no fue necesario hacer altar
para la nueva ceremonia, porque el montón de cenizas de la última
quema era tan alto que podían tender allí a las víctimas los sacrificadores;
hubo sacrificios de hombres, como el del hebreo Abraham, que ató
sobre los leños a Isaac su hijo, para matarlo con sus mismas manos,
porque creyó oír voces del cielo que le mandaban clavar el cuchillo
al hijo, cosa de tener satisfecho con esta sangre a su Dios; hubo
sacrificios en masa, como los había en la Plaza Mayor, delante
de los obispos y del rey, cuando la Inquisición de España quemaba
a los hombres vivos, con mucho lujo de leña y de procesión, y
veían la quema las señoras madrileñas desde los balcones. La superstición
y la ignorancia hacen bárbaros a los hombres en todos los pueblos.
Y de los indios han dicho más de lo justo en estas cosas los españoles
vencedores, que exageraban o inventaban los defectos de la raza
vencida, para que la crueldad con que la trataron pareciese justa
y conveniente al mundo. Hay que leer a la vez lo que dice de los
sacrificios de los indios el soldado español Bernal Díaz, y lo
que dice el sacerdote Bartolomé de las Casas. Ese es un nombre
que se ha de llevar en el corazón, como el de un hermano. Bartolomé
de las Casas era feo y flaco, de hablar confuso y precipitado,
y de mucha nariz; pero se le veía en el fuego limpio de los ojos
el alma sublime.
De
México trataremos hoy, porque las láminas son de México. A México
lo poblaron primero los toltecas bravos, que seguían, con los
escudos de cañas en alto, al capitán que llevaba el escudo con
rondelas de oro. Luego los toltecas se dieron al lujo; y vinieron
del Norte con fuerza terrible, vestidos de pieles, los chichimecas
bárbaros, que se quedaron en el país, y tuvieron reyes de gran
sabiduría. Los pueblos libres de los alrededores se juntaron después,
con los aztecas astutos a la cabeza, y les ganaron el gobierno
a los chichimecas, que vivían ya descuidados y viciosos. Los aztecas
gobernaron como comerciantes, juntando riquezas y oprimiendo al
país; y cuando llegó Cortés con sus españoles, venció a los aztecas
con la ayuda de los cien mil guerreros indios que se le fueron
uniendo, a su paso por entre los pueblos oprimidos.
Las
armas de fuego y las armaduras de hierro de los españoles no amedrentaron
a los héroes indios; pero ya no quería obedecer a sus héroes el
pueblo fanático, que creyó que aquéllos eran los soldados del
dios, Quetzalcoatl que los sacerdotes les anunciaban que volvería
del cielo a libertarlos de la tiranía. Cortés conoció las rivalidades
de los indios, puso en mal a los que se tenían celos, fue separando
de sus pueblos acobardados a los jefes, se ganó con regalos o
aterró con amenazas a los débiles, encarceló o asesinó a los juiciosos
y a los bravos; y los sacerdotes que vinieron de España después
de los soldados echaron abajo el templo del dios indio, y pusieron
encima el templo de su dios.
Y
¡qué hermosa era Tenochtitlán, la ciudad capital de los aztecas,
cuando llegó a México Cortés! Era como una mañana todo el día,
y la ciudad parecía siempre como en feria. Las calles eran de
agua unas, y de tierra otras; y las plazas espaciosas y muchas;
y los alrededores sembrados de una gran arboleda. Por los canales
andaban las canoas, tan veloces y diestras como si tuviesen entendimiento;
y había tantas a veces que se podía andar sobre ellas como sobre
la tierra firme. En unas venían frutas, y en otras flores, y en
otras jarros y tazas, y demás cosas de la alfarería. En los mercados
hervía la gente, saludándose con amor, yendo de puesto en puesto,
celebrando al rey o diciendo mal de él, curioseando y vendiendo.
Las casas eran de adobe, que es el ladrillo sin cocer, o de calicanto,
si el dueño era rico. Y en su pirámide de cinco terrazas se levantaba
por sobre toda la ciudad, con sus cuarenta templos menores a los
pies, el templo magno de Huitzilopochtli, de ébano y jaspes, con
mármol como nubes y con cedros de olor, sin apagar jamás, allá
en el tope, las llamas sagradas de sus seiscientos braseros. En
las calles, abajo, la gente iba y venía, en sus túnicas cortas
y sin mangas, blancas o de colores, o blancas y bordadas, y unos
zapatos flojos, que eran como sandalias de botín. Por una esquina
salía un grupo de niños disparando con la cerbatana semillas de
fruta, o tocando a compás en sus pitos de barro, de camino para
la escuela, donde aprendían oficios de mano, baile y canto, con
sus lecciones de lanza y flecha, y sus horas para la siembra y
el cultivo: porque todo hombre ha de aprender a trabajar en el
campo, a hacer las cosas con sus propias manos, y a defenderse.
Pasaba un señorón con un manto largo adornado de plumas, y su
secretario al lado, que le iba desdoblando el libro acabado de
pintar, con todas las figuras y signos del lado de adentro, para
que al cerrarse no quedara lo escrito de la parte de los dobleces.
Detrás del señorón venían tres guerreros con cascos de madera,
uno con forma de cabeza de serpiente, y otro de lobo, y otro de
tigre, y por afuera la piel, pero con el casco de modo que se
les viese encima de la oreja las tres rayas que eran entonces
la señal del valor. Un criado llevaba en un jaulón de carrizos
un pájaro de amarillo de oro, para la pajarera del rey, que tenía
muchas aves, y muchos peces de plata y carmín en peceras de mármol,
escondidos en los laberintos de sus jardines. Otro venía calle
arriba dando voces, para que abrieran paso a los embajadores que
salían con el escudo atado al brazo izquierdo, y la flecha de
punta a la tierra a pedir cautivos a los pueblos tributarios.
En el quicio de su casa cantaba un carpintero, remendando con
mucha habilidad una silla en figura de águila, que tenía caída
la guarnición de oro y seda de la piel de venado del asiento.
Iban otros cargados de pieles pintadas, parándose a cada puerta,
por si les querían comprar la colorada o la azul, que ponían entonces
como los cuadros de ahora, de adorno en las salas. Venía la viuda
de vuelta del mercado con el sirviente detrás, sin manos para
sujetar toda la compra de jarros de Cholula y de Guatemala; de
un cuchillo de obsidiana verde, fino como una hoja de papel; de
un espejo de piedra bruñida, donde se veía la cara con más suavidad
que en el cristal; de una tela de grano muy junto, que no perdía
nunca el color; de un pez de escamas de plata y de oro que estaban
como sueltas; de una cotorra de cobre esmaltado, a la que se le
iban moviendo el pico y las alas. O se paraban en la calle las
gentes, a ver pasar a los dos recién casados, con la túnica del
novio cosida a la de la novia, como para pregonar que estaban
juntos en el mundo hasta la muerte; y detrás les corría un chiquitín,
arrastrando su carro de juguete. Otros hacían grupos para oír
al viajero que contaba lo que venía de ver en la tierra brava
de los zapotecas, donde había otro rey que mandaba en los templos
y en el mismo palacio real, y no salía nunca a pie, sino en hombros
de los sacerdotes, oyendo las súplicas del pueblo, que pedía por
su medio los favores al que manda al mundo desde el cielo, y a
los reyes en el palacio, y a los otros reyes que andan en hombros
de los sacerdotes. Otros, en el grupo de al lado, decían que era
bueno el discurso en que contó el sacerdote la historia del guerrero
que se enterró ayer, y que fue rico el funeral, con la bandera
que decía las batallas que ganó, y los criados que llevaban en
bandejas de ocho metales diferentes las cosas de comer que eran
del gusto del guerrero muerto. Se oía entre las conversaciones
de la calle el rumor de los árboles de los patios y el ruido de
las limas y el martillo. ¡De toda aquella grandeza apenas quedan
en el museo unos cuantos vasos de oro, unas piedras como yugo,
de obsidiana pulida, y uno que otro anillo labrado! Tenochtitlán
no existe. No existe Tulán, la ciudad de la gran feria. No existe
Texcoco, el pueblo de los palacios. Los indios de ahora, al pasar
por delante de las ruinas, bajan la cabeza, mueven los labios
como si dijesen algo, y mientras las ruinas no les quedan atrás,
no se ponen el sombrero. De ese lado de México, donde vivieron
todos esos pueblos de una misma lengua y familia que se fueron
ganando el poder por todo el centro de la costa del Pacífico en
que estaban los nahuatles, no quedó después de la conquista una
ciudad entera, ni un templo entero.
De
Cholula, de aquella Cholula de los templos, que dejó asombrado
a Cortés, no quedan más que los restos de la pirámide de cuatro
terrazas dos veces más grande que la famosa pirámide de Cheope.
En Xochicaleo sólo está en pie, en la cumbre de su eminencia llena
de túneles y arcos, el templo de granito cincelado, con las piezas
enormes tan juntas que no se ve la unión, y la piedra tan dura
que no se sabe ni con qué instrumento la pudieron cortar, ni con
qué máquina la subieron tan arriba. En Centla, revueltas por la
tierra, se ven las antiguas fortificaciones. El francés Charnay
acaba de desenterrar en Tula una casa de veinticuatro cuartos,
con quince escaleras tan bellas y caprichosas, que dice que son
«obra de arrebatador interés». En la Quemada cubren el Cerro de
los Edificios las ruinas de los bastimentos y cortinas de la fortaleza,
los pedazos de las colosales columnas de pórfido. Mitla era la
ciudad de los zapotecas: en Mitla están aún en toda su beldad
les paredes del palacio donde el príncipe que iba siempre en hombros
venía a decir al rey loque mandaba hacer desde el cielo el dios
que se creó a sí mismo, el Pitao-Cozaana. Sostenían el techo las
columnas de vigas talladas, sin base ni capitel, que no se han
caído todavía, y que parecen en aquella soledad más imponentes
que las montañas que rodean el valle frondoso en que se levanta
Mitla. De entre la maleza alta como los árboles, salen aquellas
paredes tan hermosas, todas cubiertas de las más finas grecas
y dibujos, sin curva ninguna, sino con rectas y ángulos compuestos
con mucha gracia y majestad.
Pero
las ruinas más bellas de México no están por allí, sino por donde
vivieron los mayas, que eran gente guerrera y de mucho poder,
y recibían de los pueblos del mar visitas y embajadores. De los
mayas de Oaxaca es la ciudad célebre de Palenque, con su palacio
de muros fuertes cubiertos de piedras talladas, que figuran hombres
de cabeza de pico con la boca muy hacia afuera, vestidos de trajes
de gran ornamento, y la cabeza con penachos de plumas. Es grandiosa
la entrada del palacio, con las catorce puertas, y aquellos gigantes
de piedra que hay entre una puerta y otra. Por dentro y fuera
está el estuco que cubre la pared lleno de pinturas rojas, azules,
negras y blancas. En el interior está el patio, rodeado de columnas.
Y hay un templo de la Cruz, que se llama así, porque en una de
las piedras están dos que parecen sacerdotes a los lados de una
como cruz, tan alta como ellos; sólo que no es cruz cristiana,
sino como la de los que creen en la religión de Buda, que también
tiene su cruz. Pero ni el Palenque se puede comparar a las ruinas
de los mayas yucatecos, que son mas extrañas y hermosas.
Por
Yucatán estuvo el imperio de aquellos príncipes mayas, que eran
de pómulos anchos, y frente como la del hombre blanco de ahora.
En Yucatán están las ruinas de Sayil, con su Casa Grande, de tres
pisos, y con su escalera de diez varas de ancho. Está Labná, con
aquel edificio curioso que tiene por cerca del techo una hilera
de cráneos de piedra, y aquella otra ruina donde cargan dos hombres
una gran esfera, de pie uno, y el otro arrodillado. En Yucatán
está Izamal, donde se encontró aquella Cara Gigantesca, una cara
de piedra de dos varas y más. Y Kabah está allí también, la Kabah
que conserva un arco, roto por arriba, que no se puede ver sin
sentirse como lleno de gracia y nobleza. Pero las ciudades que
celebran los libros del americano Stephens, de Brasseur de Bourbourg
y de Charnay, de Le Plongeon y su atrevida mujer, del francés
Nadaillac, son Uxmal y Chichén-Itzá, las ciudades de los palacios
pintados, de las casas trabajadas lo mismo que el encaje, de los
pozos profundos y los magníficos conventos. Uxmal está como a
dos leguas de Mérida, que es la ciudad de ahora, celebrada por
su lindo campo de henequén, y porque su gente es tan buena que
recibe a los extranjeros como hermanos. En Uxmal son muchas las
ruinas notables, y todas, como por todo México, están en las cumbre
de las pirámides, como si fueran los edificios de más valor, que
quedaron en pie cuando cayeron por tierra las habitaciones de
fábrica más ligera. La casa más notable es la que llaman en los
libros «del Gobernador» que es toda de piedra ruda, con más de
cien varas de frente y trece de ancho, y con las puertas ceñidas
de un marco de madera trabajada con muy rica labor. A otra casa
le dicen de las Tortugas, y es muy curiosa por cierto, porque
la piedra imita una como empalizada, con una tortuga en relieve
de trecho en trecho. La Casa de las Monjas sí es bella de veras:
no es una casa sola, sino cuatro, que están en lo alto de la pirámide.
A una de las casas le dicen de la Culebra, porque por fuera tiene
cortada en la piedra viva una serpiente enorme, que le da vuelta
sobre vuelta a la casa entera: otra tiene cerca del tope de la
pared una corona hecha de cabezas de ídolos, pero todas diferentes
y de mucha expresión, y arregladas en grupos que son de arte verdadero,
por lo mismo que parecen como puestas allí por la casualidad;
y otro de los edificios tiene todavía cuatro de las diecisiete
torres que en otro tiempo tuvo, y de las que se ven los arranques
junto al techo, como la cáscara de una muela cariada. Y todavía
tiene Uxmal la Casa del Adivino, pintada de colores diferentes,
y la Casa del Enano, tan pequeña y bien tallada que es como una
caja de China, de esas que tienen labradas en la madera centenares
de figuras y tan graciosa que un viajero la llama «obra maestra
de arte y elegancia», y otro dice que «la Casa del Enano es bonita
como una joya».
La
ciudad de Chichén-Itzá es toda como la Casa del Enano. Es como
un libro de piedra. Un libro roto, con las hojas por el suelo,
hundidas en la maraña del monte, manchadas de fango, despedazadas.
Están por tierra las quinientas columnas; las estatuas sin cabeza,
al pie de las paredes a medio caer; las calles de la yerba que
ha ido creciendo en tantos siglos, están tapiadas. Pero de lo
que queda en pie, de cuanto se ve o se toca, nada hay que no tenga
una pintura finísima de curvas bellas, o una escultura noble,
de nariz recta y barba larga. En las pinturas de los muros está
el cuento famoso de la guerra de los dos hermanos locos, que se
pelearon por ver quién se quedaba, con la princesa Ara: hay procesiones
de sacerdotes, de guerreros, de animales que parece que miran
y conocen, de barcos con dos proas, de hombres de barba negra,
de negros de pelo rizado; y todo con el perfil firme, y el color
tan fresco y brillante como si aún corriera sangre por las venas
de los artistas que dejaron escritas en jeroglíficos y en pinturas
la historia del pueblo que echó sus barcos por las costas y ríos
de todo Centroamérica, y supo de Asia por el Pacífico y de África
por el Atlántico. Hay piedra en que un hombre en pie envía un
rayo desde sus labios entreabiertos a otro hombre sentado. Hay
grupos y símbolos que parecen contar, en una lengua que no se
puede leer con el alfabeto indio incompleto del obispo Landa,
los secretos del pueblo que construyó el Circo, el Castillo, el
Palacio de las Monjas, el Caracol, el pozo de los sacrificios,
lleno en lo hondo de una como piedra blanca, que acaso es la ceniza
endurecida de los cuerpos de las vírgenes hermosas, que morían
en ofrenda a su dios, sonriendo y cantando, como morían por el
dios hebreo en el circo de Roma las vírgenes cristianas, como
moría por el dios egipcio, coronada de flores y seguida del pueblo,
la virgen más bella, sacrificada al agua del río Nilo. ¿Quién
trabajó como el encaje las estatuas de Chichén-Itzá? ¿Adónde ha
ido, adónde, el pueblo fuerte y gracioso que ideó la casa redonda
del Caracol; la casita tallada del Enano, la culebra grandiosa
de la Casa de las Monjas en Uxmal? ¡Qué novela tan linda la historia
de América!
Músicos,
poetas y pintores.
El
mundo tiene más jóvenes que viejos. La mayoría de la humanidad
es de jóvenes y niños. La juventud es la edad del crecimiento
y del desarrollo, de la actividad y la viveza, de la imaginación
y el ímpetu. Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en
los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada
y triste. Bien dijo el poeta Southey, que los primeros veinte
años de la vida son los que tienen más poder en el carácter del
hombre. Cada ser humano lleva en sí un hombre ideal, lo mismo
que cada trozo de mármol contiene en bruto una estatua tan bella
como la que el griego Praxiteles hizo del dios Apolo. La educación
empieza con la vida, y no acaba sino con la muerte. El cuerpo
es siempre el mismo, y decae con la edad; la mente cambia sin
cesar, y se enriquece y perfecciona con los años. Pero las cualidades
esenciales del carácter, lo original y enérgico de cada hombre,
se deja ver desde la infancia en un acto, en una idea, en una
mirada.
En
el mismo hombre suelen ir unidos un corazón pequeño y un talento
grande. Pero todo hombre tiene el deber de cultivar su inteligencia,
por respeto a sí propio y al mundo. Lo general es que el hombre
no logre en la vida un bienestar permanente sino después de muchos
años de esperar con paciencia y de ser bueno, sin cansarse nunca.
El ser bueno da gusto, y lo hace a uno fuerte y feliz. «La verdad
es—dice el norteamericano Emerson—que la verdadera novela del
mundo está en la vida del hombre, y no hay fábula ni romance que
recree más la imaginación que la historia de un hombre bravo que
ha cumplido con su deber.»
Es
notable la diferencia de edades en que llegan los hombres a la
fuerza del talento. «Hay algunos—dice el inglés Bacon—que maduran
mucho antes de la edad y se van como vienen», que es lo mismo
que dice en su latín elegante el retórico Quintiliano. Eso se
ve en muchos niños precoces, que parecen prodigios de sabiduría
en sus primeros años, y quedan oscurecidos en cuanto entran en
los años mayores.
Heinecken,
el niño de la antigua ciudad de Lubeck, aprendió de memoria casi
toda la Biblia cuando tenía dos años; a los tres años, hablaba
latín y francés; a los cuatro ya lo tenían estudiando la historia
de la iglesia cristiana, y murió a los cinco. De esa pobre criatura
puede decirse lo de Bacon: «El carro de Faetón no anduvo másque
un día.»
Hay
niños que logran salvar la inteligencia de estas exaltaciones
de la precocidad, y aumentan en la edad mayor las glorias de su
infancia. En los músicos se ve esto con frecuencia, porque la
agitación del arte es natural y sana, y el alma que la siente
padece más de contenerla que de darle salida. Haendel a los diez
años había compuesto un libro de sonatas. Su padre lo quería hacer
abogado, y le prohibió tocar un instrumento; pero el niño se procuró
a escondidas un clavicordio mudo, y pasaba las noches tocando
a oscuras en las teclas sin sonido. El duque de Sajonia Weissenfels
logró, a fuerza de ruegos, que el padre permitiera aprender la
música a aquel genio perseverante, y a los dieciséis Haendel había
puesto en música el Almira. En veintitrés días compuso
su gran obra El Mesías, a los cincuenta y siete años, y
cuando murió, a los sesenta y siete, todavía estaba escribiendo
óperas y oratorios.
Haydn
fue casi tan precoz como Haendel, y a los trece años ya había
compuesto una misa; pero lo mejor de él, que es la Creación,
lo escribió cuando tenía sesenta y cinco. A Sebastián Bach le
fue casi tan difícil como a Haendel aprender la primera música,
porque su hermano mayor, el organista Cristóbal, tenía celos de
él, y le escondió el libro donde estaban las mejores piezas de
los maestros del clavicordio. Pero Sebastián encontró el libro
en una alacena, se lo llevó a su cuarto, y empezó a copiarlo a
deshoras de la noche, a la luz del cielo, que en verano es muy
claro, o a la luz de la luna. Su hermano lo descubrió, y tuvo
la crueldad de llevarse el libro y la copia, lo que de nada le
valió, porque a los dieciocho años ya estaba Sebastián de músico
en la corte famosa de Weimar, y no tenía como organista más rival
que Haendel.
Pero
de todos los niños prodigiosos en el arte de la música, el más
célebre es Mozart. No parecía que necesitaba de maestros para
aprender. A los cuatro años cuando aún no sabía escribir, ya componía
tonadas; a los seis arregló un concierto para piano, y a los doce
ya no tenía igual como pianista, y compuso la Finta Semplice,
que fue su primera ópera. Aquellos maestros serios no sabían cómo
entender a un niño que improvisaba fugas dificilísimas sobre un
tema desconocido, y se ponía enseguida a jugar a caballito con
el bastón de su padre. El padre anduvo enseñándolo por las principales
ciudades de Europa, vestido como un príncipe, con su casaquita
color de pulga, sus polainas de terciopelo, sus zapatos de hebilla,
y el pelo largo y rizado, atado por detrás como las pelucas. El
padre no se cuidaba de la salud del pianista pigmeo, que no era
buena, sino de sacar de él cuanto dinero podía. Pero a Mozart
lo salvaba su carácter alegre; porque era un maestro en música,
pero un niño en todo lo demás. A los catorce años compuso su ópera
de Mitrídates, que se representó veinte noches seguidas;
a los treinta y seis, en su cama de moribundo, consumido por la
agitación de su vida y el trabajo desordenado, compuso el Requiem,
que es una de sus obras más perfectas.
El
padre de Beethoven quería hacer de él una maravilla, y le enseñó
a fuerza de porrazos y penitencias tanta música, que a los trece
años el niño tocaba en público y había compuesto tres sonatas.
Pero hasta los veintiuno no empezó a producir sus obras sublimes.
Weber, que era un muchacho muy travieso, publicó a los doce sus
seis primeras fugas, y a los catorce compuso su ópera Las Ninfas
del Bosque: la famosísima del Cazador la compuso a
los treinta y seis. Mendelessohn aprendió a tocar antes que a
hablar, y a los doce años ya había escrito tres cuartetos para
piano, violines y contrabajo: dieciséis años cumplía cuando acabó
su primera ópera Las Bodas de Camacho; a los dieciocho
escribió su sonata en si bemol; antes de los veinte compuso su
Sueño de una Noche de Verano; a los veintidós su Sinfonía
de Reforma, y no cesó de escribir obras profundas y dificilísimas
hasta los treinta y ocho, que murió. Meyerbeer era a los nueve
pianista excelente, y a los dieciocho puso en el teatro de Munich
su primera pieza La Hija de Jephté; pero hasta los treinta
y siete no ganó fama con su Roberto el Diablo.
El
inglés Carlyle habla en su Vida del Poeta Schiller de un
Daniel Schubart, que era poeta, músico y predicador, y a derechas
no era nada. Todo lo hacía por espasmos y se cansaba de todo,
de sus estudios, de su pereza y de sus desórdenes. Era hombre
de mucha capacidad, notable como músico; como predicador, muy
elocuente; y hábil periodista. A los cincuenta y dos años murió,
y su mujer e hijo quedaron en la miseria.
Pero
Franz Schubert, el niño maravilloso de Viena, vivió de otro modo,
aunque no fue mucho más feliz. Tocaba el violín cuando no era
más alto que él, lo mismo que el piano y el órgano. Con leer una
vez una canción, tenía bastante para ponerla en música exquisita,
que parece de sueño y de capricho, y como si fuera un aire de
colores. Escribió más de quinientas melodías, a más de óperas,
misas, sonatas, sinfonías y cuartetos. Murió pobre a los treinta
y un años.
Entre
los músicos de Italia se ha visto la misma precocidad. Cimarosa,
hijo de un zapatero remendón, era autor a los diecinueve de La
Baronesa de Stramba. A los ocho tocaba Paganini en el violín
una sonata suya. El padre de Rossini tocaba el trombón en una
compañía de cómicos ambulantes, en que la madre iba de cantatriz.
A los diez años Rossini iba con su padre de segundo; luego cantó
en los coros hasta que se quedó sin voz; y a los veintiún años
era el autor famoso de la ópera Tancredo.
Entre
los pintores y escultores han sido muchos los que se han revelado
en la niñez. El más glorioso de todos es Miguel Ángel. Cuando
nació lo mandaron al campo a criarse con la mujer de un picapedrero,
por lo que decía él después que había bebido el amor de la escultura
con la leche de la madre. En cuanto pudo manejar un lápiz le llenó
las paredes al picapedrero de dibujos, y cuando volvió a Florencia,
cubría de gigantes y leones el suelo de la casa de su padre. En
la escuela no adelantaba mucho con los libros, ni dejaba el lápiz
de la mano; y había que ir a sacarlo por fuerza de casa de los
pintores. La pintura y la escultura eran entonces, oficios bajos,
y el padre, que venía de familia noble, gastó en vano razones
y golpes para convencer a su hijo de que no debía ser un miserable
cortapiedras. Pero cortapiedras quería ser el hijo, y nada más.
Cedió el padre al fin, y lo puso de alumno en el taller del pintor
Ghirlandaio, quien halló tan adelantado al aprendiz que convino
en pagarle un tanto por mes. Al poco tiempo el aprendiz pintaba
mejor que el maestro; pero vio las estatuas de los jardines célebres
de Lorenzo de Médicis, y cambió entusiasmado los colores por el
cincel. Adelantó con tanta rapidez en la escultura que a los dieciocho
años admiraba Florencia su bajorrelieve de la Batalla de los
Centauros; a los veinte hizo el Amor Dormido, y poco
después su colosal estatua de David. Pintó luego, uno tras
otro, sus cuadros terribles y magníficos. Benvenuto Cellini, aquel
genio creador en el arte de ornamentar, dice que ningún cuadro
de Miguel Ángel vale tanto como el que pintó a los veintinueve
años, en que unos soldados de Pisa, sorprendidos en el baño por
sus enemigos, salen del agua a arremeter contra ellos.
La
precocidad de Rafael fue también asombrosa, aunque su padre no
se le oponía, sino le celebraba su pasión por el arte. A los diecisiete
años ya era pintor eminente. Cuentan que se llenó de admiración
al ver las obras grandiosas de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina,
y que dio en voz alta gracias a Dios por haber nacido en el mismo
siglo de aquel genio extraordinario. Rafael pintó su Escuela
de Atenas a los veinticinco años y su Transfiguración
a los treinta y siete. Estaba acabándola cuando murió, y el pueblo
romano llevó la pintura al Panteón, el día de los funerales. Hay
quien piensa que La Transfiguración de Rafael, incompleta
como está, es el cuadro más bello del mundo.
Leonardo
de Vinci sobresalió desde la niñez en las matemáticas, la música
y el dibujo. En un cuadro de su maestro Verrocchio pintó un ángel
de tanta hermosura que el maestro, desconsolado de verse inferior
al discípulo, dejó para siempre su arte. Cuando Leonardo llegó
a los años mayores era la admiración del mundo, por su poder como
arquitecto e ingeniero, y como músico y pintor. Guercino a los
diez años adornó con una virgen de fino dibujo la fachada de su
casa. Tintoretto era un discípulo tan aventajado que su maestro
Tiziano se enceló de él y lo despidió de su servicio. El desaire
le dio ánimo en vez de acobardarlo, y siguió pintando tan de prisa
que le decían «el furioso». Canova, el escultor, hizo a los cuatro
años un león de un pan de mantequilla. El dinamarqués Thorwaldsen
tallaba, a los trece, mascarones para los barcos en el taller
de su padre, que era escultor en madera; y a los quince ganó la
medalla en Copenhague por su bajorrelieve del Amor en Reposo.
Los
poetas también suelen dar pronto muestras de su vocación, sobre
todo los de alma inquieta, sensible y apasionada. Dante a los
nueve años escribía versos a la niña de ocho años de que habla
en su Vida Nueva. A los diez años lamentó Tasso en verso
su separación de su madre y hermana, y se comparó al triste Ascanio
cuando huía de Troya con su padre Eneas a cuestas; a los treinta
y un años puso las últimas octavas a su poema de la Jerusalén,
que empezó a los veinticinco.
De
diez años andaba Metastasio improvisando por las calles de Roma;
y Goldoni, que era muy revoltoso, compuso a los ocho su primera
comedia. Muchas veces se escapó Goldoni de la escuela para irse
detrás de los cómicos ambulantes. Su familia logró que estudiase
leyes, y en pocos años ganó fama de excelente abogado, pero la
vocación natural pudo más en él, y dejó la curia para hacerse
el poeta famoso de los comediantes.
Alfieri
demostró cualidades extraordinarias desde la juventud. De niño
era muy endeble, como muchos poetas precoces, y en extremo meditabundo
y sensible. A los ocho años se quiso envenenar, en un arrebato
de tristeza, con unas yerbas que le parecían de cicuta; pero las
yerbas sólo le sirvieron de purgante. Lo encerraron en su cuarto
y lo hicieron ir a la iglesia en penitencia, con su gorro de dormir.
Cuando vio el mar por primera vez, tuvo deseos misteriosos, y
conoció que era poeta. Sus padres ricos no se habían cuidado de
educarlo bien, y no pudo poner en palabras las ideas que le hervían
en la mente. Estudió, viajó, vivió sin orden, se enamoró con frenesí.
Su amada no lo quiso y él resolvió morir, pero un criado le salvó
la vida. Se curó, se volvió a enamorar, volvió la novia a desdeñarlo,
se encerró en su cuarto, se cortó el pelo de raíz y en su soledad
forzosa empezó a escribir versos. Tenía veintiséis años cuando
se representó su tragedia Cleopatra: en siete años compuso
catorce tragedias.
Cervantes
empezó a escribir en verso, y no tenía todo el bigote cuando ya
había escrito sus pastorales y canciones a la moda italiana. Wieland,
el poeta alemán, leía de corrido a los tres años, a los siete
traducía del latín a Cornelio Nepote, y a los dieciséis escribió
su primer poema didáctico de El Mundo Perfecto. Klopstock,
que desde niño fue impetuoso y apasionado, comenzó a escribir
su poema de la Mesíada a los veinte años.
Schiller
nació con la pasión por la poesía. Cuentan que un día de tempestad
lo encontraron encaramado en un árbol adonde se había subido «para
ver de dónde venia el rayo, ¡porque era tan hermoso!» Schiller
leyó la Mesíada a los catorce años, y se puso a componer
un poema sacro sobre Moisés. De Goethe se dice que antes de cumplir
los ocho años escribía en alemán, en francés, en italiano, en
latín y en griego, y pensaba tanto en las cosas de la religión
que imaginó un gran «Dios de la naturaleza», y le encendía hogares
en señal de adoración. Con el mismo afán estudiaba la música y
el dibujo, y toda especie de ciencias. El bravo poeta Koerner
murió a los veinte años como quería él morir, defendiendo a su
patria. Era enfermizo de niño, pero nada contuvo su amor por las
ideas nobles que se celebran en los versos. Dos horas antes de
morir escribió El Canto de la Espada.
Tomás
Moore, el poeta de las Melodías Irlandesas, dice que casi
todas las comedias buenas y muchas de las tragedias famosas han
sido obras de la juventud. Lope de Vega y Calderón, que son los
que más han escrito para el teatro, empezaron muy temprano, uno
a los doce años y otro a los trece. Lope cambiaba sus versos con
sus condiscípulos por juguetes y láminas, y a los doce años ya
había compuesto dramas y comedias. A los dieciocho publicó su
poema de la Arcadia, con pastores por héroes. A los veintiséis
iba en un barco de la armada española, cuando el asalto a Inglaterra,
y en el viaje escribió varios poemas. Pero los centenares de comedias
que lo han hecho célebre los escribió después de su vuelta a España,
siendo ya sacerdote. Calderón no escribió menos de cuatrocientos
dramas. A los trece años compuso su primera obra El Carro del
Cielo. A los cincuenta se hizo sacerdote, como Lope, y ya
no escribió más que piezas sagradas.
Estos
poetas españoles escribieron sus obras principales antes de llegar
a los años de la madurez. Entre los poetas de las tierras del
Norte la inteligencia anda mucho más despacio. Molière tuvo que
educarse por sí mismo; pero a los treinta y un años ya había escrito
El Atolondrado. Voltaire a los doce escribía sátiras contra
los padres jesuitas del colegio en que se estaba educando: su
padre quería que estudiase leyes, y se desesperó cuando supo que
el hijo andaba recitando versos entre la gente alegre de París:
a los veinte años estaba Voltaire preso en la Bastilla por sus
versos burlescos contra el rey vicioso que gobernaba en Francia:
en la prisión corrigió su tragedia de Edipo, y comenzó
su poema la Henriada.
El
alemán Kotzebue fue otro genio dramático precoz. A los siete años
escribió una comedia en verso, de una página. Entraba como podía
en el teatro de Weimar, y cuando no tenía con qué pagar se escondía
detrás del bombo hasta que empezaba la representación. Su mayor
gusto era andar con teatros de juguete y mover a los muñecos en
la escena. A los dieciocho años se representó su primera tragedia
en un teatro de amigos.
Víctor
Hugo no tenía más que quince años cuando escribió su tragedia
Irtamene. Ganó tres premios seguidos en los juegos florales;
a los veinte escribió Bug Jargal, y un año después su novela
Han de Islandia, y sus primeras Odas y Baladas.
Casi todos los poetas franceses de su tiempo eran muy jóvenes.
«En Francia», decía en burla el crítico Moreau, «ya no hay quien
respete a un escritor si tiene más de dieciocho años.»
El
inglés Congreve escribió a los diecinueve su novela Incógnita,
y todas sus comedias antes de los veinticinco. A Sheridan lo llamaba
su maestro «burro incorregible»; pero a los veintiséis años había
escrito su Escuela del Escándalo. Entre los poetas ingleses
de la antigüedad hubo muy pocos precoces. Se sabe poco de Chaucer,
Shakespeare y Spencer. El mismo Shakespeare llama «primogénito
de su invención»al poema Venus y Adonis, que compuso a
los veintiocho años. Milton tendría veintiséis años cuando escribió
su Comus. Pero Cowley escribía versos mitológicos a los
doce años. Pope «empezó a hablar en versos»: su salud era mísera
y su cuerpo deforme, pero por más que le doliera la cabeza, los
versos le salían muchos y buenos. El que había de idear La
Borricada volvió un día a su casa echado de la escuela por
una sátira que escribió contra el maestro. Samuel Johnson dice
que Pope escribió su oda a La Soledad a los doce años,
y sus Pastorales a los dieciséis: de los veinticinco a
los treinta, tradujo la Ilíada. El infeliz Chatterton logró
engañar con una maravillosa falsificación literaria a los eruditos
más famosos de su tiempo: rebosan genio la oda de Chatterton a
la Libertad y su Canto del Bardo. Pero era fiero
y arrogante, de carácter descompuesto y defectuoso, y rebelde
contra las leyes de la vida. Murió antes de haber comenzado a
vivir.
Robert
Burns, el poeta escocés, escribía ya a los dieciséis años sus
encantadoras canciones montañesas. El irlandés Moore componía
a los trece, versos buenos a su Celia famosa. Y a los catorce
había empezado a traducir del griego a Anacreonte. En su casa
no sabían qué significaban aquellas ninfas, aquellos placeres
alados, y aquellas canciones al vino. Moore se libró pronto de
estos modelos peligrosos, y alcanzó fama mejor con los versos
ricos de su Lalla Rookh y la prosa ejemplar de su Vida
de Byron.
Keats,
el más grande de los poetas jóvenes de Inglaterra, murió a los
veinticuatro años, ya célebre. Pero nadie hubiera podido decir
en su niñez que había de ser ilustre por su genio poético aquel
estudiantuelo feroz que andaba siempre de peleas y puñetazos.
Es verdad que leía sin cesar; aunque no pareció revelársele la
vocación hasta que leyó a los dieciséis años la Reina Encantada
de Spencer: desde entonces sólo vivió para los versos.
Shelley
sí fue precocísimo. Cuando estudiaba en Eton, a los quince años,
publicó una novela y dio un banquete a sus amigos con la ganancia
de la venta. Era tan original y rebelde que todos le decían «el
ateo Shelley», o «el loco Shelley». A los dieciocho publicó su
poema de la Reina Mab, a los diecinueve lo echaron del
colegio por el atrevimiento con que defendió sus doctrinas religiosas;
a los treinta años murió ahogado, con un tomo de versos de Keats
en el bolsillo. Maravillosa es la poesía de Shelley por la música
del verso, la elegancia de la construcción y la profundidad de
las ideas. Era un manojo de nervios siempre vibrantes, y tenía
tales ilusiones y rarezas que sus condiscípulos lo tenían por
destornillado; pero su inteligencia fue vivísima y sutil, su cuerpo
frágil se estremecía con las más delicadas emociones, y sus versos
son de incomparable hermosura.
Byron
fue otro genio extraordinario y errante de la misma época de Shelley
y de Keats. Desde la escuela se le conoció el carácter turbulento
y arrebatado. De los libros se cuidaba poco; pero antes de los
ocho años ya sufría de penas de hombre. Tenía una pierna más corta
que la otra, aunque eso no le quitaba los bríos, y se hizo el
dueño de la escuela a fuerza de puños, como Keats: él mismo cuenta
que de siete batallas perdía una. Cuando estaba en Cambridge de
estudiante, tenía en su casa un oso y varios perros de presa,
y cada día contaban de él una historia escandalosa: aquél era
sin embargo el niño sensible que a los doce años había celebrado
en versos sentidos a una prima suya. Leía con afán todos los libros
de literatura, y a los dieciocho años publicó para sus amigos
su primer libro de versos: Horas de Ocio. La Revista
de Edimburgo habló del libro con desdén, y Byron contestó
con su célebre sátira sobre los Poetas Ingleses y los Críticos
de Escocia. Cumplía los veinticuatro cuando salió al público
el primer canto de su poema Childe Harold. «A los veinticinco
años», dice Macaulay, «se vio Byron en la cima de la gloria literaria,
con todos los ingleses famosos de la época a sus pies. Byron era
ya más célebre que Scott, Wordsworth, y Southey. Apenas hay ejemplo
de un ascenso tan rápido a tan vertiginosa eminencia.» Murió a
los treinta y siete años, edad fatal para tantos hombres de genio.
Coleridge,
escribió a los veinticinco su himno del Amanecer, donde
se ven en unión completa la sublimidad y la energía. Bulwer Lytton
tenía hecho a los quince su Ismael. A los diecisiete había publicado
su primer tomo la poetisa Barrett Browning, que desde los diez
escribía en verso y prosa. Robert Browning, su marido, publicó
el Paracelso a los veintitrés. A los veinte había escrito
Tennyson algunas de las poesías melodiosas que han hecho ilustre
su nombre. Se ve, pues, que en el fuego tumultuoso de la juventud
han nacido muchas de las obras más nobles de la música, la pintura
y la poesía. Suele el genio poético decaer con los años, aunque
Goethe dice que con la edad se va haciendo mejor el poeta. Es
seguro que si no hubieran muerto tan temprano los poetas precoces,
habrían imaginado después obras más perfectas que las de su juventud.
La fuerza del genio no se acaba con la juventud.
Pero
las dotes especiales que hacen más tarde ilustres a los hombres
se revelan casi siempre entre los diecisiete y veintitrés años.
Puede irse desarrollando poco a poco el talento poético; pero
el que es poeta de veras, siempre lo mostrará de algún modo. Crabbe
y Wordsworth, que descubrieron el genio tarde, escribían versos
desde la niñez. Crabbe llenó de versos toda una gaveta, cuando
estaba de aprendiz de cirujano; y Wordsworth, que era agrio y
melancólico de niño, empezó a hacer cuartetas heroicas a los catorce.
Shelley dice de Wordsworth que «no tenía más imaginación que un
cacharro», lo que no quita que sea Wordsworth un poeta inmortal.
No fue precoz como Shelley; pero creció despacio y con firmeza,
como un roble, hasta que llegó a su majestuosa altura.
Walter
Scott tampoco fue precoz de niño. Su maestro dijo que no tenía
cabeza para el griego, y él mismo cuenta que fue de muchacho muy
travieso y holgazán; pero gozaba de mucha salud, y era gran amigo
de los juegos de su edad. En lo primero en que se le vio el genio
fue en su gusto por las baladas antiguas, y en su facilidad extraordinaria
para inventar historias. Cuando su padre supo que había estado
vagando por el país con su camarada Clark, metiéndose por todas
partes, y posando en las casas de los campesinos, le dijo:—«¡Dudo
mucho, señor, de que sirva Ud. más que para cola de caballo!»
De su facilidad para los cuentos, el mismo Scott dice que en las
horas de ocio de los inviernos, cuando no tenían modo de estar
al aire libre, mantenía muchas horas maravillados con sus narraciones
a sus compañeros de escuela, que se peleaban por sentarse cerca
del que les decía aquellas historias lindas que no acababan nunca.
Dice
Carlyle que en una clase de la escuela de gramática de Edimburgo
había dos muchachos: «John, siempre, hecho un brinquillo, correcto
y ducal; Walter, siempre desarreglado, borrico y tartamudo. Con
el correr de los años, John llegó a ser el Regidor John, de un
barrio infeliz, y Walter fue Sir Walter Scott, de todo el universo.»
Dice Carlyle, con mucho seso, que la legumbre más precoz y completa
es la col. A los treinta años no se podía decir de seguro que
Scott tuviera genio para la literatura. A los treinta y uno publicó
su primer tomo del Cancionero de Escocia, y no imprimió
su novela Waverley hasta los cuarenta y tres, aunque la
tenía escrita nueve años antes.
La
última página
Hay
un cuento muy lindo de una niña que estaba enamorada de la luna,
y no la podían sacar al jardín cuando había luna en el cielo,
porque le tendía los bracitos como si la quisiera coger, y se
desmayaba de la desesperación porque la luna no venía; hasta que
un día, de tanto llorar, la niña se murió, en una noche de luna
llena.
La
Edad de Oro no se quiere morir, porque nadie debe morirse
mientras pueda servir para algo, y la vida es como todas las cosas,
que no debe deshacerlas sino el que puede volverlas a hacer. Es
como robar, deshacer lo que no se puede volver a hacer. El que
se mata, es un ladrón. Pero La Edad de Oro se parece a
la niñita del cuento, porque siempre quiere escribir para sus
amigos los niños más de lo que cabe en el papel, que es como querer
coger la luna. ¿No les ofreció la Historia de la Cuchara, el
Tenedor y el Cuchillo para este número? Pues no cupo. Ni otras
muchas cosas más que les tenía escritas. Así es la vida, que no
cabe en ella todo el bien que pudiera uno hacer. Los niños debían
juntarse una vez por lo menos a la semana, para ver a quien podían
hacerle algún bien, todos juntos.
Y
ahora nos juntaremos, el hombre de La Edad de Oro y sus
amiguitos, y todos en coro, cogidos de la mano, les daremos gracias
con el corazón, gracias como de hermano, a las hermosas señoras
y nobles caballeros que han tenido el cariño de decir que La
Edad de Oro es buena.
La
exposición de París.
Los
pueblos todos del mundo se han juntado este verano de 1889 en
París. Hasta hace cien años, los hombres vivían como esclavos
de los reyes, que no los dejaban pensar, y les quitaban mucho
de lo que ganaban en sus oficios, para pagar tropas con que pelear
con otros reyes, y vivir en palacios de mármol y de oro, con criados
vestidos de seda, y señoras y caballeros de pluma blanca, mientras
los caballeros de veras, los que trabajaban en el campo y en la
ciudad, no podían vestirse más que de pana, ni ponerle pluma al
sombrero: y si decían que no era justo que los holgazanes viviesen
de lo que ganaban los trabajadores, si decían que un país entero
no debía quedarse sin pan para que un hombre solo y sus amigos
tuvieran coches, y ropas de tisú y encaje, y cenas con quince
vinos, el rey los mandaba apalear, o los encerraba vivos en la
prisión de la Bastilla, hasta que se morían, locos y mudos: y
a uno le puso una mascara de hierro, y lo tuvo preso toda la vida,
sin levantarle nunca la máscara. En todos los pueblos vivían los
hombres así, con el rey y los nobles como los amos, y la gente
de trabajo como animales de carga, sin poder hablar, ni pensar,
ni creer, ni tener nada suyo, porque a sus hijos se los quitaba
el rey para soldados, y su dinero se lo quitaba el rey en contribuciones,
y las tierras, se las daba todas a los nobles el rey. Francia
fue el pueblo bravo, el pueblo que se levantó en defensa de los
hombres, el pueblo que le quitó al rey el poder.
Eso
era hace cien años, en 1789. Fue como si se acabase un mundo,
y empezara otro. Los reyes todos se juntaron contra Francia. Los
nobles de Francia ayudaban a los reyes de afuera. La gente de
trabajo, sola contra todos, peleó contra todos, y contra los nobles,
y los mató en la guerra y con la cuchilla de la guillotina. Sangró
Francia entonces, como cuando abren un animal vivo y le arrancan
las entrañas. Los hombres de trabajo se enfurecieron, se acusaron
unos a otros, y se gobernaron mal, porque no estaban acostumbrados
a gobernar. Vino a París un hombre atrevido y ambicioso, vio que
los franceses vivían sin unión, y cuando llegó de ganarles todas
las batallas a los enemigos, mandó que lo llamasen emperador,
y gobernó a Francia como un tirano. Pero los nobles ya no volvieron
a sus tierras. Aquel rey del oro y la seda, ya no volvió nunca.
La gente de trabajo se repartió las tierras de los nobles y las
del rey. Ni en Francia, ni en ningún otro país han vuelto los
hombres a ser tan esclavos como antes. Eso es lo que Francia quiso
celebrar después de cien años con la Exposición de París. Para
eso llamó Francia a París, en verano, cuando brilla más el sol,
a todos los pueblos del mundo.
Y
eso vamos a ver ahora, como si lo tuviésemos delante de los ojos.
Vamos a la Exposición, a esta visita que se están haciendo las
razas humanas. Vamos a ver en un mismo jardín los árboles de todos
los pueblos de la tierra. A la orilla del río Sena, vamos a ver
la historia de las casas, desde la cueva del hombre troglodita,
en una grieta de la roca, hasta el palacio de granito y ónix.
Vamos a subir, con los noruegos de barba colorada, con los negros
senegaleses de cabello lanudo, con los anamitas de moño y turbante,
con los árabes de babuchas y albornoz, con el inglés callado,
con el yanqui celoso, con el italiano fino, con el francés elegante,
con el español alegre, vamos a subir por encima de las catedrales
más altas, a la cúpula de la torre de hierro. Vamos a ver en sus
palacios extraños y magníficos a nuestros pueblos queridos de
América. Veremos, entre lagos y jardines, en monumentos de hierro
y porcelana, la vida del hombre entera, y cuanto ha descubierto
y hecho desde que andaba por los bosques desnudo hasta que navega
por lo alto del aire y lo hondo de la mar. En un templo de hierro,
tan ancho y hermoso que se parece a un cielo dorado, veremos trabajando
a la vez todas las máquinas y ruedas del mundo. De debajo de la
tierra, como de un volcán de joyas, vamos a ver salir, en lluvias
que parecen de piedras finas, trescientas fuentes de colores,
que caen chispeando en un lago encendido. Vamos a ver vivir, como
viven en sus países de luz, al javanés en su casa de cañas, al
egipcio cantando detrás de su burro, al argelino que borda la
lana a la sombra del palmar, al siamés que trabaja la madera con
los pies y las manos, al negro del Sudán, que sale ojeando, con
la lanza de punta, de su conuco de tierra, al árabe que corre
a caballo, disparando la espingarda, por la calle de dátiles,
con el albornoz blanco al viento. Bailan en un café moro. Pasan
las bailarinas de Java, con su casco de plumas. Salen de su teatro,
vestidos de tigres, los cómicos cochinchinos. Hombres de todos
los pueblos andan asombrados por las calles morunas, por las aldeas
negras, por el caserío de bambú javanés, por los puentes de junco
de los malayos pescadores, por el jardín criollo de plátanos y
naranjos, por el rincón donde, de su techo labrado como un mueble
rico, levanta su torre ceñida de serpientes la pagoda. Y para
nosotros, los niños, hay un palacio de juguetes, y un teatro donde
están como vivos el pícaro Barba Azul y la linda Caperucita Roja.
Se le ve al pícaro la barba como el fuego, y los ojos de león.
Se le ve a la Caperucita el gorro colorado, y el delantal de lana.
Cien mil visitantes entran cada día en la Exposición. En lo alto
de la torre flota al viento la bandera de tres colores de la República
Francesa.
Por
veintidós puertas se puede entrar a la Exposición. La entrada
hermosa es por el palacio del Trocadero, de forma de herradura,
que quedó de una Exposición de antes, y está ahora lleno de aquellos
trabajos exquisitos que hacían con plata para las iglesias y las
mesas de los príncipes los joyeros del tiempo de capa y espadón,
cuando los platos de comer eran de oro, y las copas de beber eran
como los cálices. Y del palacio se sale al jardín, que es la primera
maravilla. De rosas nada más, hay cuatro mil quinientas diferentes:
hay una rosa casi azul. En una tienda de listas blancas y rojas
venden unas mujeres jóvenes las podaderas afiladas, los rastrillos
de acero pulido, las regaderas como de juguete con que se trabaja
en los jardines. La tierra está en canteros, rodeados de acequias,
por donde corre el agua clara, haciendo a los canteros como islotes.
Uno está lleno de pensamientos negros; y otro de fresas como corales,
escondidas entre las hojas verdes; y otro de chícharos, y de espárragos,
que dan la hoja muy linda. Hay un cantero rojo y amarillo, que
es de tulipanes. Un rincón es de enredaderas, y el de al lado
de helechos gigantescos, con hojas como plumas. En un laberinto
flotan sobre el agua la ninfea, y el nelumbio rosado del Indostán,
y el loto del río Nilo, que parece una lira. Un bosque es de árboles
de copa de pico: pino, abeto. Otro es de árboles desfigurados,
que dan la fruta pobre, porque les quitan a las ramas su libertad
natural. Dentro de un cercado de cañas están los lirios y los
cerezos del Japón, en sus tibores de porcelana blanca y azul.
Al pie de un palmar, con las paredes de cuanto tronco hay, está
el pabellón de Aguas y Bosques, donde se ve cómo se ha de cuidar
a los árboles, que dan hermosura y felicidad a la tierra. A la
sombra de un arce del Japón, están, en tazas rústicas, la wellingtonia
del Norte, que es el pino más alto, y la araucaria, el pino de
Chile.
Por
sobre un puente se pasa el río de París, el Sena famoso, y ya
se ven por todas partes los grupos de gente asombrada, que vienen
de los edificios de orillas del río, donde está la Galería del
Trabajo, en que cuecen los bizcochos en un horno enorme, y destilan
licor del alambique de bronce rojo, y en la máquina de cilindro
están moliendo chocolate con el cacao y el azúcar, y en las bandejas
calientes están los dulceros de gorro blanco haciendo caramelos
y yemas: todo lo de comer se ve en la Galería, una montaña de
azúcar, un árbol de ciruelas pasas, una columna de jamones: y
en la sala de vinos, un tonel donde cabrían quince convidados
a la mesa, y un mapa de relieve, que todos quieren ver a un tiempo,
donde está todo el arte del vino,—la cepa con los racimos, los
hombres cogiendo en cestos la uva en el mes de la vendimia, la
artesa donde fermenta la vid machucada, la cueva fría donde ponen
el mosto a reposar, y luego el vino puro, como topacio deshecho,
y la botella de donde salta con su espuma olorosa el champaña.
Cerca está la historia entera del cultivo del campo, en modelos
de realce, y en cuadros y libros; y un pabellón de arados de acero
relucientes; y una colmena de abejas de miel, junto al moral de
hoja velluda en que se cría el gusano de seda; y los semilleros
de peces, que nacen de los huevos presos en cajones de agua, y
luego salen a crecer a miles por la mar y los ríos Los más admirados
son los que vienen de ver las cuarenta y tres Habitaciones del
Hombre. La vida del hombre está allí desde que apareció por primera
vez en la tierra, peleando con el oso y el rengífero, para abrigarse
de la helada terrible con la piel, acurrucado en su cueva. Así
nacen los pueblos hoy mismo. El salvaje imita las grutas de los
bosques o los agujeros de la roca: luego ve el mundo hermoso,
y siente con el cariño deseo de regalar, y se mira el cuerpo en
el agua del río, y va imitando en la madera y la piedra de sus
casas todo lo que le parece hermosura, su cuerpo de hombre, los
pájaros, una flor, el tronco y la copa de los árboles. Y cada
pueblo crece imitando lo que ve a su alrededor, haciendo sus casas
como las hacen sus vecinos, enseñándose en sus casas como es,
si de clima frío o de tierra caliente, si pacífico o amigo de
pelear, si artístico y natural, o vano y ostentoso. Allí están
las chozas de piedra bruta, y luego pulida, de los primeros hombres:
la ciudad lacustre del tiempo en que levantaban las casas en el
lago sobre pilares, para que no las atacasen las fieras; las casas
altas, cuadradas y ligeras, de mirador corrido, de los pueblos
de sol que eran antes las grandes naciones, el Egipto sabio, la
Fenicia comerciante, la Asiria guerreadora. La casa del Indostán
es alta como ellas. La de Persia es ya un castillo, de rica loza
azul, porque allí saltan del suelo las piedras preciosas, y las
flores y las aves son de mucho color. Parece una familia de casas
la de los hebreos, los griegos y los romanos, todas de piedra,
y bajas, con tejado o azotea; y se ve, por lo semejantes, que
eran del país la casa etrusca y la bizantina. Por el norte de
Europa vivían entonces los hunos bárbaros como allí se ve, en
su tienda de andar; y el germano y el galo en sus primeras casas
de madera, con el techo de paja. Y cuando con las guerras se juntaron
los pueblos, tuvo Rusia esa casa de adornos y colorines, como
la casa hindú, y los bárbaros pusieron en sus caserones la piedra
labrada y graciosa de los italianos y los griegos. Luego, al fin
de la edad que medió entre aquella pelea y el descubrimiento de
América, volvieron los gustos de antes, de Grecia y de Roma, en
las casas graciosas y ricas del Renacimiento. En América vivían
los indios en palacios de piedra con adornos de oro, como ese
de los aztecas de México, y ese de los incas del Perú. Al moro
de África se le ve, por su casa de piedra bordada, que conoció
a los hebreos, y vivió en bosques de palmeras, defendiéndose de
sus enemigos desde la torre, viendo en el jardín a la gacela entre
las rosas, y en la arena de la orilla los caprichos de espuma
de la mar. El negro del Sudán, con su casa blanca de techo rodeado
de campanillas, parece moro. El chino ligero, que vive de pescado
y arroz, hace su casa de tabla y de bambú. El japonés vive tallando
el marfil, en sus casas de estera y tabloncillo. Allí se ve donde
habitan ahora los pueblos salvajes, el esquimal en su casa redonda
de hielo, en su tienda de pieles pintadas el indio norteamericano:
pintadas de animales raros y hombres de cara redonda, como los
que pintan los niños.
Pero
adonde va el gentío con un silencio como de respeto es a la torre
Eiffel, el más alto y atrevido de los monumentos humanos. Es como
el portal de la Exposición. Arrancan de la tierra, rodeados de
palacios, sus cuatro pies de hierro: se juntan en arco, y van
ya casi unidos hasta el segundo estrado de la torre, alto como
la pirámide de Cheops: de allí fina como un encaje, valiente como
un héroe, delgada como una flecha, sube más arriba que el monumento
de Washington, que era la altura mayor entre las obras humanas,
y se hunde, donde no alcanzan los ojos, en lo azul, con la campanilla,
como la cabeza de los montes, coronado de nubes.—Y todo, de la
raíz al tope, es un tejido de hierro. Sin apoyo apenas se levantó
por el aire. Los cuatro pies muerden, como raíces enormes, en
el suelo de arena. Hacia el río, por donde caen dos de los pies,
el suelo era movedizo, le hundieron dos cajones, les sacaron de
adentro la arena floja, y los llenaron de cimiento seguro. De
las cuatro esquinas arrancaron, como para juntarse en lo alto,
los cuatro pies recios: con un andamio fueron sosteniendo las
piezas más altas, que se caían por la mucha inclinación: sobre
cuatro pilares de tablones habían levantado el primer estrado,
que como una corona lleva alrededor los nombres de los grandes
ingenieros franceses: allá en el aire, una mañana hermosa, encajaron
los cuatro pies en el estrado, como una espada en una vaina, y
se sostuvo sin parales la torre: de allí, como lanzas que apuntaban
al cielo, salieron las vergas delicadas: de cada una colgaba una
grúa: allá arriba subían, danzando por el aire, los pedazos nuevos:
los obreros, agarrados a la verga con las piernas como el marinero
al cordaje del barco, clavaban el ribete, como quien pone el pabellón
de la patria en el asta enemiga: así, acostados de espalda, puestos
de cara el vacío, sujetos a la verga que el viento sacudía como
una rama, los obreros, con blusa y gorro de pieles, ajustaban
en invierno, en el remolino del vendabal y de la nieve, las piezas
de esquina, los cruceros, los sostenes, y se elevaba por sobre
el universo, como si fuera a colgarse del cielo, aquella blonda
calada: en su navecilla de cuerdas se balanceaban, con la brocha
del rojo en las manos, los pintores. ¡El mundo entero va ahora
como moviéndose en la mar, con todos los pueblos humanos a bordo,
y del barco del mundo, la torre en el mástil! Los vientos se echan
sobre la torre, como para derribar a la que los desafía, y huyen
por el espacio azul, vencidos y despedazados.—Allá abajo la gente
entra, como las abejas en el colmenar: por los pies de la torre
suben y bajan, por la escalera de caracol, por los ascensores
inclinados, dos mil visitantes a la vez; los hombres, como gusanos,
hormiguean entre las mallas de hierro; el cielo se ve por entre
el tejido como en grandes triángulos azules de cabeza cortada,
de picos agudos. Del Primer estrado abierto, con sus cuatro hoteles
curiosos, se sube, por la escalinata de hélice, al descanso segundo,
donde se escribe y se imprime un diario, a la altura de la cúpula
de San Pedro. El cilindro de la prensa da vueltas: los diarios
salen húmedos: al visitante le dan una medalla de plata. Al estrado
tercero suben los valientes, a trescientos metros sobre la tierra
y el mar, donde no se oye el ruido de la vida, y el aire, allá
en la altura, parece que limpia y besa: abajo la ciudad se tiende,
muda y desierta, como un mapa de relieve: veinte leguas de ríos
que chispean, de valles iluminados, de montes de verde negruzco,
se ven con el anteojo; sobre el estrado se levanta la campanilla,
donde dos hombres, en su casa de cristal, estudian los animales
del aire, la carrera de las estrellas, y el camino de los vientos.
De una de las raíces de la torre sube culebreando por el alambre
vibrante la electricidad, que enciende en el cielo negro el faro
que derrama sobre París sus ríos de luz blanca, roja y azul, como
la bandera de la patria. En lo alto de la cúpula, ha hecho su
nido una golondrina.
Por
debajo de la torre se va, sin poder hablar del asombro, a lo jardines
llenos de fuentes, y rodeados de palacios, y el más grande de
todos al fondo, donde caben las muestras de cuanto se trabaja
en la humanidad, con la puerta de hierro bordado y lleno de guirnaldas,
como se labraba antes el oro de los ricos; y sobre el portón,
imitando la bóveda del cielo, la cúpula de porcelanas relucientes;
y en la corona, abriendo las alas como para volar, una mujer que
lleva en la mano una rama de oliva: a la entrada del pórtico está,
con una mano en la cabeza de un león, la Libertad, en bronce.
Y delante de la gran fuente, donde van por el agua los hombres
y mujeres que los poetas de antes dicen que hubo en la mar, las
nereidas y los tritones, llevando en hombros, como si fueran en
triunfo, la barca donde, en figuras de héroes y heroínas, el progreso,
la ciencia, y el arte dan vivas a la república, sentada más alta
que todos, que levanta la antorcha encendida sobre sus alas. A
cada lado del jardín desde el palacio grande hasta la torre, hay
otro palacio de oros y esmaltes, uno para las estatuas y los cuadros,
donde están los paisajes ingleses de montes y animales, las pinturas
graciosas de los italianos, con campesinos y con niños, los cuadros
españoles de muertes y de guerra, con sus figuras que parecen
vivas, y la historia elegante del mundo en los cuadros de Francia.
De las Bellas Artes le llaman a ése, y al del otro lado, el palacio
de las Artes Liberales, que son las de los trabajos de utilidad,
y todas las que no sirven para mero adorno. La historia de todo
se ve allí: del grabado, la pintura, la escultura, las escuelas,
la imprenta. Parece que se anda, por lo perfecto y fino de todo,
entre agujas y ruedas de reloj. Allí se ve, en miniatura de cera,
a los chinos observando en su torre los astros del cielo; allí
está el químico Lavoisier, de medias de seda y chupa azul, soplando
en su retorta, para ver como está hecho el pedrusco que cayó a
la tierra de una estrella rota y fría; allí, entre las figuras
de las diferentes razas del hombre, están sentados por tierra,
trabajando el pedernal, como los que desenterraron en Dinamarca
hace poco, cabezudos y fuertes, los hombres de la edad de bronce.
Y
ya estamos al pie de la torre: un bosque tiene a un lado, y otro
bosque al otro. Uno tiene más verde, y es como una selva de recreo,
con su casa sueca de pino, llenas de flores las ventanas, a la
orilla de un lago; y la isba de puerta bordada y techo de picos
en que vive el labrador ruso; y la casa linda de madera, con ventanas
de triángulo, en que pasa los meses de nevada el finlandés, enseñando
a sus hijos a pintar y a pensar, a amar a los poetas de Finlandia,
y a componer el arpón de la pesca y el trineo de la cacería, mientras
talla el abuelo el granito como ópalo, o saca botes y figuras
de una rama seca, y las mujeres de gorro alto y delantal tejen
su encaje fino, junto a la chimenea de madera labrada. Hay teatro
allí, y lecherías, y una casa de anchos comedores, y criados de
chaqueta negra, que pasan con las botellas de vino en cestos a
la hora de comer, cuando los pájaros cantan en los árboles. Pero
al otro lado es donde se nos va el corazón, porque allí están,
al pie de la torre, como los retoños del plátano alrededor del
tronco, los pabellones famosos de nuestras tierras de América,
elegantes y ligeros como un guerrero indio: el de Bolivia como
el casco, el de México como el cinturón, el de la Argentina como
el penacho de colores: ¡parece que la miran como los hijos al
gigante! ¡Es bueno tener sangre nueva, sangre de pueblos que trabajan!
El de Brasil está allí también, como una iglesia de domingo en
un palmar, con todo lo que se da en sus selvas tupidas, y vasos
y urnas raras de los indios marajos del Amazonas, y en una fuente
una victoria regia en que puede navegar un niño, y orquídeas de
extraña flor, y sacos de café, y montes de diamantes. Brilla un
sol de oro allí por sobre los árboles y sobre los pabellones,
y es el sol argentino, puesto en lo alto de la cúpula, blanca
y azul como la bandera del país, que entre otras cuatro cúpulas
corona, con grupos de estatuas en las esquinas del techo, el palacio
de hierro dorado y cristales de color en que la patria del hombre
nuevo de América convida al mundo lleno de asombro, a ver lo que
puede hacer en pocos años un pueblo recién nacido que habla español,
con la pasión por el trabajo y la libertad ¡con la pasión por
el trabajo!: ¡mejor es morir abrasado por el sol que ir por el
mundo, como una piedra viva, con los brazos cruzados! Una estatua
señala a la puerta un mapa donde se ve de realce la república,
con el río por donde entran al país los vapores repletos de gente
que va a trabajar; con las montañas que crían sus metales, y las
pampas extensas, cubiertas de ganados. De relieve está allí la
ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano
silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes,
y escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve
allí, y todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia:
mil cueros, mil lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca
en la sala de enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños.
Cuanto el hombre ha hecho, el argentino lo intenta hacer. De noche,
cuando el gentío llama a la puerta, se encienden a la vez, en
sus globos de cristal blanco y azul, y rojo y verde, las mil luces
eléctricas del palacio.
Como
con un cinto de dioses y de héroes está el templo de acero de
México, con la escalinata solemne que lleva al portón, y en lo
alto de él el sol Tonatiuh, viendo como crece con su calor la
diosa Cipactli, que es la tierra: y los dioses todos de la poesía
de los indios, los de la caza y el campo, los de las artes y el
comercio, están en los dos muros que tiene la puerta a los lados,
como dos alas; y los últimos valientes, Cacama, Cuitláhuac y Cuauhtémoc,
que murieron en la pelea, o quemados en las parrillas, defendiendo
de los conquistadores la independencia de su patria: dentro, en
las pinturas ricas de las paredes, se ve como eran los mexicanos
de entonces, en sus trabajos y en sus fiestas, la madre viuda
dando su parecer entre los regidores de la ciudad, los campesinos
sacando el aguamiel del tronco del agave, los reyes haciéndose
visitas en el lago, en sus canoas adornadas de flores. ¡Y ese
templo de acero lo levantaron, al pie de la torre, dos mexicanos,
como para que no les tocasen su historia, que es como madre de
un país, los que no la tocaran como hijos!: ¡así se debe querer
a la tierra en que uno nace: con fiereza, con ternura! Las cortinas
hermosas, las vidrieras de caoba en que están las filigranas de
plata, los tejidos de fibras, las esencias de olor, los platos
de esmalte y las jarras de barniz, los ópalos, los vinos, los
arneses, los azúcares; todo tiene por adorno letras y figuras
indias. Vivos parecen, con sus trajes de cuero de flecos y galones,
y sus sombreros anchos con trenzado de plata y oro, y su zarape
al hombro, de seda de color, vivos como si fueran a montar a caballo,
los maniquíes del estanciero rico, del joven elegante que cuida
de su hacienda, y sabe «voltear» un toro. A la puerta, a un lado,
troncos colosales de madera fina repulida; y al otro, de color
de rosa y verdemar, la pirámide del mármol transparente de la
tierra, del ónix que parece nube cuajada de la puesta de sol.
Del techo cuelga, verde y blanca y roja, la bandera del águila.
Y
juntos como hermanos, están otros pabellones más: el de Bolivia,
la hija de Bolívar, con sus cuatro torres graciosas de cúpula
dorada, lleno de cuarzos de mineral riquísimo, de restos del hombre
salvaje y los animales como montes que hubo antes en América,
y de hojas de coca, que dan fuerza al cansado para seguir andando:
el del Ecuador, que es un templo inca, con dibujos y adornos como
los que los indios de antes ponían en los templos del Sol, y adentro
los metales y cacaos famosos, y tejidos y bordados de mucha finura,
en mostradores de cristal y de oro: el pabellón de Venezuela,
con su fachada como de catedral, y en la sala espaciosa tanta
muestra de café, y pilones de su panela dulce, y libros de versos
y de ingeniería, y zapatos ligeros y finos: el pabellón de Nicaragua
con su tejado rojo, como los de las casas del país, y sus salones
de los lados, con los cacaos y vainillas de aroma y aves de plumas
de oro y esmeralda, y piedras de metal con luces de arco iris,
y maderos que dan sangre de olor; y en la sala del centro, el
mapa del canal que van a abrir de un mar a otro de América, entre
los restos de las ruinas. Tiene ventanas anchas como las casas
salvadoreñas, y un balcón de madera muy hermoso, el pabellón del
Salvador, que es país obrero, que inventa y trabaja fino, y en
el campo cultiva la caña y el café, y hace muebles como los de
París, y sedas como las de Lyon, y bordados como los de Burano,
y lanas de tinte alegre, tan buenas como las inglesas, y tallados
de mucha gracia en la madera y en el oro. Por un pórtico grandioso
se entra, entre sacos de trigo y muestras de mineral, al palacio
de hierro de Chile: allí la madera fuerte de los bosques del indio
araucano, los vinos topacios y rojos, las barras de plata y oro
mate, las artes todas de un pueblo que no se quiere quedar atrás,
la sal y el arbusto colorado del desierto: al fondo hay como un
jardín: las paredes están llenas de cuadros de números.
Y
allí, al lado de Chile, entraríamos ahora al Palacio de los Niños,
donde juegan los chiquitines al caballito y al columpio, y ven
hacer barcos de cristal de Venecia, y las muñecas que hace el
japonés, envolviendo con el palitroque alrededor de una varita
las pastas blandas de colores diferentes: y hace un daimio con
su sable, y un Mikado de ahora, con su levita a la francesa: ¡oh,
el teatro! ¡oh, el hombre que está haciendo los confites! ¡oh,
el perro que sabe multiplicar! ¡oh, el gimnasta que anda a caballo
en una rueda! ¡y el palacio es de juguetes todo por afuera, desde
el quicio hasta los banderines del techo! Pero, si no tenemos
tiempo, ¿cómo hemos de pararnos a jugar, nosotros, niños de América,
si todavía hay tanto que ver, si no hemos visto todos los pabellones
de nuestras tierras americanas? ¿Y esta casa de madera tan franca
y tan amiga, que convida a la gente a entrar a ver todo lo que
da la tierra volcánica de su país, uva y café, enredaderas y tigres,
cocos y pájaros, y los lleva a su colgadizo con cortinas, a tomar
en jícaras labradas su chocolate de espuma?: es el de Guatemala
ese pabellón generoso. Y ese otro elegante, con tantas maderas,
es el de la tierra donde se saben defender con ramas de árboles
de los que vienen de afuera a quitarles el país: de Santo Domingo.
Ese otro es del Paraguay, ese de la torre de mirador, con las
ventanas y puertas como de nación de mucho bosque, que imita en
sus casas las grutas y los arcos de los árboles. Y ese otro suntuoso
que tiene torres como lanzas y alegría como de salón; ese que
ha dado una parte de sus salas a dos pueblos de nuestra familia,—a
Colombia, que tiene ahora mucho que hacer, al Perú, que está triste
después de una guerra que tuvo,—ése es el pueblo bravo y cordial
de Uruguay, que trabaja con arte y placer, como el de Francia,
y peleó nueve años contra un mal hombre que lo quería gobernar,
y tiene un poeta de América que se llama Magariños: vive de sus
ganados el Uruguay, y no hay pueblo en el mundo que haya inventado
tantos modos de conservar la carne buena, en el tasajo seco, en
caldos que parecen vino, en la pasta negra de Liebig, y en bizcochos
sabrosos: y en la torre, que se parece a una lanza, flota, como
llamando a los hombres buenos, la bandera del sol, de listas blancas
y azules.
¡Y
tener que pasar tan de prisa por los palacios de una tierra enana
como Holanda, donde no hay holandés que no sea feliz, y viva como
en pueblo grande, por su trabajo de marino, de ingeniero, de impresor,
de tejedor de encajes, de tallador de diamantes; de un pueblo
como Bélgica, que sabe tanto de cultivos, y de hacer carruajes,
y casas, y armas, y lozas, y tapices, y ladrillos! No podemos
ver el pabellón de Suiza, con su escuela modelo, sus quesos como
ruedas y su taller de relojes; ni el de Hawai, que es país donde
todos saben leer, y trabaja el hombre de la isla, al pie del volcán
de fuego, la lava y la pluma; ni el de la República de San Marino—¿quién
sabe dónde está San Marino?—con sus cristales pintados famosos
y sus familias de escultores. Esa de la puerta tallada de colores
es Servia, de cerca de Rusia, donde hacen tapicería fina y mosaicos,
y ese comedor, con su techo de aleros, es de Rumania, donde el
más pobre viste de paños bordados, y comen la carne casi cruda
con mucha pimienta en platos de madera, y beben leche de búfalo.
Está llena de sedas con recamos de flores y pájaros, llena de
palanquines y colmillos de elefante, esa casa de dos techos de
Siam, el pueblo de la ceremonia y del arroz. ¿Y a China quién
no la conoce, con su pabellón de tres torres, donde no caben las
cortinas con árboles y demonios de oro, ni las cajas de marfil
con dibujos de relieve, ni el tapiz donde están, con los siete
colores de la luz, los pájaros que van de corte por el aire, cuando
llega el mes de mayo, a saludar al rey y la reina, que son dos
ruiseñores que fueron al cielo a ver quién se sienta en las nubes,
y se trajeron un nido de rayos de sol? ¡Oh, cuánto hay que ver!
¿Y el palacio hindú, de rojo oscuro con los ornamentos blancos,
como los bordados de trencilla en un vestido de mujer, y tan tallado
todo, las ventanas menudas y la torre, como la fuente de mármol,
las columnas de pórfido, los leones de bronce que adornan la sala,
colgada de tapicerías? ¿Y el Japón, que es como la China, con
más gracia y delicadeza, y unos jardineros viejos que quieren
mucho a los niños? ¿Y Grecia, esa de la puerta baja con un muro
a cada lado, con la historia de antes en uno, antes de que los
romanos la vencieran cuando fue viciosa, y la vida del trabajo
de hoy, en antigüedades, en mármoles rojos, en sedas finas, en
vinos olorosos, desde que resucitó con la vuelta a la libertad,
y tiene ciudades como Pireo, Siracusa, Corfú y Patras, que valen
ya por lo trabajadoras tanto como las cuatro famosas de la Grecia
vieja: Atenas, Esparta, Tebas y Corinto? ¿Y Persia, con su entrada
religiosa de mezquita, de techo de azul vivo, y adentro, entre
colgaduras verdes y amarillas, las cazoletas cinceladas de quemar
los olores, los chales de seda que caben por una sortija, los
alfanjes de puño enjoyado que cortan el hierro, las violetas azucaradas
y las conservas de hojas de rosa? ¿Y el bazar de los marroquíes,
con su arquería blanca que reluce al sol, y sus moros de turbante
y babucha, bruñendo cuchillos, tiñendo el cuero blando, trenzando
la paja, labrando a martillazos el cobre, bordando de hilo de
oro el terciopelo? ¿Y la calle del Cairo, que es una calle egipcia
como en Egipto, unos comprando albornoces, otros tejiendo la lana
en el telar, unos pregonando sus confites, y otros trabajando
de joyeros, de torneros, de alfareros, de jugueteros, y por todas
partes, alquilando el pollino, los burreros burlones, y allá arriba,
envuelta en velos, la mora hermosa, que mira desde su balcón de
persianas caladas?
¡Oh,
no hay tiempo! Tenemos que ir a ver la maravilla mayor, y el atrevimiento
que ablanda al verlo el corazón, y hace sentir como deseo de abrazar
a los hombres y de llamarlos hermanos. Volvamos al jardín. Entremos
por el pórtico del Palacio de las Industrias. Pasemos, con los
ojos cerrados, por la galería de las catorce puertas, donde cada
palo exhibe sus trabajos mejores, y cada industria compuso la
puerta de su departamento, la platería con platas y oros y dos
columnas de piedra azul, la locería con porcelana y azulejos,
la de muebles con madera esculpida como hojas de flor, y la de
hierro con picos y martillos, y la de armas con ruedas, cureñas,
balas y cañones, y así todas. Por un corredor que hace pensar
en cosas grandes, se va a la escalera que lleva al balcón del
monumento: se alzan los ojos: y se ve, llena de luz de sol, una
sala de hierro en que podrían moverse a la vez dos mil caballos,
en que podrían dormir treinta mil hombres. ¡Y toda está cubierta
de máquinas, que dan vueltas, que aplastan, que silban, que echan
luz, que atraviesan el aire calladas, que corren temblando por
debajo de la tierra! En cuatro hileras están en el centro las
máquinas mayores. De un horno rojo les viene la fuerza. Viene
por correas, que no se ven de lo ligeras que andan. De cuatro
filas de postes cuelgan las ruedas de las correas. Alrededor,
unidas, están todas las máquinas del mundo, las que hacen polvo
de acero, las que afilan las agujas. Unas mujeres de delantal
colorado trabajan el papel holandés. Un cilindro, que parece un
elefante que se mueve, está cortando sobres. Un mortero separa
el grano de trigo de la cáscara. Un anillo de hierro está en el
aire por la electricidad, sin nada que lo sujete. Allí se funden
los metales con que se hacen las letras de imprimir, allí se hace
el papel de tela o de madera, allí la prensa imprime el diario,
lo echa del otro lado, lo devuelve, húmedo. Una máquina echa aire
en el pozo de una mina, para que no se ahoguen los mineros. Otra
aplasta la caña, y echa un chorro de miel. ¡Pues da ganas de llorar,
el ver las máquinas desde el balcón! Rugen, susurran, es como
la mar: el sol entra a torrentes. De noche, un hombre toca un
botón, los dos alambres de la luz se juntan, y por sobre las máquinas,
que parecen arrodilladas en la tiniebla, derrama la claridad,
colgado de la bóveda, el ciclo eléctrico. Lejos, donde tiene Edison
sus invenciones, se encienden de un chispazo veinte mil luces,
como una corona.
Hay
panoramas de París, y de Nápoles con su volcán, y del Mont Blanc,
que da frío verlo, y de la rada de Río Janeiro. Hay otro que es
en el centro como un puente de un buque, y parece por la pintura
que está allí el buque entero, y el cielo y el mar. Hay el palacio
de las pinturas finas de los acuarelistas, y otro, con adornos
como de espejo, de los que pintan al pastel. Hay los dos pabellones
de París, donde se aprende a cuidar una ciudad grande. Hay talleres
por los arrabales de la Exposición, donde se ve, ¡para que el
egoísta aprenda a ser bueno!, el trabajo del hombre en las minas
de hulla, en el fondo del agua, en los tanques donde hierve, como
fango, el oro. Hay, allá lejos, negras y feas, las hornallas donde
echan el carbón para el vapor los hombres tiznados. Pero adonde
todos van es al campo que tiene delante el palacio donde los soldados
mancos y cojos cuidan la sepultura de piedra de Napoleón, rodeada
de banderas rotas: ¡y en lo alto del palacio, la cúpula dorada!
Todos van, a ver los pueblos extraños, a la Explanada de los Inválidos.
De paso no más veremos el palacio donde está todo lo de pelear:
el globo que va por el aire a ver por donde viene el enemigo:
las palomas que saben volar con el recado tan arriba que no las
alcanzan las balas: ¡y alguna les suele alcanzar, y la paloma
blanca cae llena de sangre en la tierra! De paso veremos, en el
pabellón de la República del África del Sur, el diamante imperial,
que sacaron allá de la tierra, y es el más grande del mundo. Aquí
están las tiendas de los soldados, con los fusiles a la puerta.
Allí están, graciosas, las casas que los hombres buenos quieren
hacer a los trabajadores, para que vean luz los domingos, y descansen
en su casita limpia, cuando vienen cansados. Allí, con su torre
como la flor de la magnolia, está la pagoda de Cambodia, la tierra
donde ya no viven, porque murieron por la libertad, aquellos Kmers
que hacían templos más altos que los montes. Allí está, con sus
columnas de madera, el palacio de Cochinchina, y en el patio su
estanque de peces dorados, y los marcos de las puertas labrados
a punta de cuchillo, y, en el fondo, en la escalinata, dos dragones,
con la boca abierta, de loza reluciente. Parece chino el palacio
de Anam, con sus maderas pintadas de rojo y azul, y en el patio
un dios gigante del bronce de ellos, que es como cera muy fina
de color de avellana, y los techos y las columnas y las puertas
talladas a hilos, como los nidos, o a hojas menudas, como la copa
de los árboles. Y por sobre los templos hindús, con sus torres
de colores y su monte de dioses de bronce a la puerta, dioses
de vientre de oro y de ojos de esmalte, está, lleno de sedas y
marfiles, de paños de plata bordados de zafiros, el Palacio Central
de todas las tierras que tiene Francia en Asia: en una sala, al
levantar una colgadura azul, ofrece una pipa de opio un elefante.
Allá, entre las palmeras, brilla, blanco y como de encaje, el
minarete del palacio de arquerías de Argel, por donde andan, como
reyes presos, los árabes hermosos y callados. Con sus puertas
de clavos y sus azoteas, lleno de moros tunecinos y hebreos de
barba negra, bebiendo vino de oro en el café, comprando puñales
con letras del Corán en la hoja, está, entre bosques de dátiles,
el caserío de Túnez, hecho con piedras viejas y lozas rotas de
Cartago. Un anamita solo, sentado en cuclillas, mira, con los
ojos a medio cerrar, la pagoda de Angkor, la de la torre como
la flor de magnolia, con el dios Buda arriba, el Buda de cuatro
cabezas.
Y
entre los palacios hay pueblos enteros de barro y de paja: el
negro canaco en su choza redonda, el de Futa-Jalón cociendo el
hierro en su horno de tierra, el de Kedugú, con su calzón de plumas,
en la torre redonda en que se defiende del blanco: y al lado,
de piedra y con ventanas de pelear, ¡la torre cuadrada en que
veintiséis franceses echaron atrás a veinte mil negros, que no
podían clavar su lanza de madera en la piedra dura! En la aldea
de Anam, con las casas ligeras de techo de picos y corredores,
se ve al cochinchino, sentado en la estera leyendo en su libro,
que es una hoja larga, enrollada en un palo; y a otro, un actor,
que se pinta la cara de bermellón y de negro; y al bonzo rezando,
con la capucha por la cabeza y las manos en la falda. Los javaneses,
de blusa y calzón ancho, viven felices, con tanto aire y claridad,
en su kampong de casas de bambú: de bambú la cerca del pueblo,
las casas y las sillas, el granero donde guardan el arroz, y el
tendido en que se juntan los viejos a mandar en las cosas de la
aldea, y las músicas con que van a buscar a las bailarinas descalzas,
de casco de plumas y brazaletes de oro. El kabila, con su albornoz
blanco, se pasea a la puerta de su casa de barro, baja y oscura
para que el extranjero atrevido no entre a ver las mujeres de
la casa, sentadas en el suelo, tejiendo en el telar, con la frente
pintada de colores. Detrás está la tienda del kabila, que lleva
a los viajes: el pollino se revuelca en el polvo: el hermano echa
en un rincón la silla de cuero bordado de oro puro: el viejito
a la puerta está montando en el camello a su nieto, que le hala
la barba.
Y
afuera, al aire libre, es como una locura. Parecen joyas que andan,
aquellas gentes de traje de colores. Unos van al café moro, a
ver a las moros bailar, con sus velos de gasa y su traje violeta,
moviendo despacio los brazos, como si estuvieran dormidas. Otros
van al teatro del kampong donde están en hileras unos muñecos
de cucurucho, viendo con sus ojos de porcelana a las bayaderas
javanesas, que bailan como si no pisasen, y vienen con los brazos
abiertos, como mariposas. En un café de mesas coloradas, con letras
moras en las paredes, los aissauas, que son como unos locos de
religión, se sacan los ojos y se los dejan colgando, y mascan
cristal, y comen alacranes vivos, porque dicen que su dios les
habla de noche desde el cielo, y se los manda comer. Y en el teatro
de los anamitas, los cómicos vestidos de panteras y de generales,
cuentan, saltando y aullando, tirándose las plumas de la cabeza
y dando vueltas, la historia del príncipe que fue de visita al
palacio de un ambicioso, y bebió una taza de té envenenado. Pero
ya es de noche, y hora de irse a pensar, y los clarines, con su
corneta de bronce, tocan a retirada. Los camellos se echan a correr.
El argelino sube al minarete, a llamar a la oración. El anamita
saluda tres veces, delante de la pagoda. El negro canaco alza
su lanza al cielo. Pasan, comiendo dulces, las bailarinas moras.
Y el cielo, de repente, como en una llamarada, se enciende de
rojo: ya es como la sangre: ya es como cuando el sol se pone:
ya es del color del mar a la hora del amanecer: ya es de un azul
como si se entrara por el pensamiento el cielo: ahora blanco,
como plata: ahora violeta, como un ramo de lilas: ahora, con el
amarillo de la luz, resplandecen las cúpulas de los palacios,
como coronas de oro: allá abajo, en lo de adentro de las fuentes,
están poniendo cristales de color entre la luz y el agua, que
cae en raudales del color del cristal, y echa al cielo encendido
sus florones de chispas. La torre, en la claridad, luce en el
cielo negro como un encaje rojo, mientras pasan debajo de sus
arcos los pueblos del mundo.
Cuento
de magia del francés Laboulaye.
Allá
por un pueblo del mar Báltico, del lado de Rusia, vivía el pobre
Loppi, en un casuco viejo, sin más compañía que su hacha y su
mujer. El hacha ¡bueno!; pero la mujer se llamaba Masicas, que
quiere decir «fresa agria». Y era agria Masicas de veras, como
la fresa silvestre. ¡Vaya un nombre: Masicas! Ella nunca se enojaba,
por supuesto, cuando le hacían el gusto, o no la contradecían;
pero si se quedaba sin el capricho, era de irse a los bosques
por no oírla. Se estaba callada de la mañana a la noche, preparando
el regaño, mientras Loppi andaba afuera con el hacha, corta que
corta, buscando el pan: y en cuanto entraba Loppi, no paraba de
regañarlo, de la noche a la mañana. Porque estaban muy pobres,
y cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor.
De veras que era pobre la casa de Loppi: las arañas no hacían
telas en sus rincones porque no había allí moscas que coger, y
dos ratones que entraron extraviados, se murieron de hambre.
Un
día estuvo Masicas más buscapleitos que de costumbre, y el buen
leñador salió de la casa suspirando, con el morral vacío al hombro:
el morral de cuero, donde echaba el pico de pan, o la col, o las
papas que le daban de limosna. Era muy de mañanita, y al pasar
cerca de un charco vio en la yerba húmeda uno que le pareció animal
raro y negruzco, de muchas bocas, como muerto o dormido. Era grande
por cierto: era un enorme camarón. «¡Al saco el camarón!: con
esta cena le vuelve el juicio a esa hambrona de Masicas; ¿quién
sabe lo que dice cuando tiene hambre?»Y echó el camarón en el
saco.
Pero
¿qué tiene Loppi, que da un salto atrás, que le tiembla la barba,
que se pone pálido? Del fondo del saco salió una voz tristísima:
el camarón le estaba hablando:
—Párate,
amigo, párate, y déjame ir. Yo soy el más viejo de los camarones:
más de un siglo tengo yo: ¿qué vas a hacer con este carapacho
duro? Sé bueno conmigo, como tú quieres que sean buenos contigo.
—Perdóname,
camaroncito, que yo te dejaría ir; pero mi mujer está esperando
su cena, y si le digo que encontré el camarón mayor del mundo,
y que lo dejé escapar, esta noche sé yo a lo que suena un palo
de escoba cuando se lo rompe su mujer a uno en las costillas.
—Y
¿por qué se lo has de decir a tu mujer?
—¡Ay,
camaroncito!: eso me dices tú porque no sabes quién es Masicas.
Masicas es una gran persona, que lo lleva a uno por la nariz,
y uno se deja llevar: Masicas me vuelve del revés, y me saca todo
lo que tengo en el corazón: Masicas sabe mucho.
—Pues
mira, leñador, que yo no soy camarón como parezco, sino una maga
de mucho poder, y si me oyes, tu mujer se contentará, y si no
me oyes, toda la vida te has de arrepentir.
—Tú
contenta a Masicas, y yo te dejaré ir, que por gusto a nadie le
hago daño.
—Dime
qué pescado le gusta más a tu mujer.
—Pues
el que haya, camarón, que los pobres no escogen: lo que has de
hacer es que no vuelva yo con el morral vacío.
—Pues
ponme en la yerba, mete en el charco tu morral abierto, y di:
«¡Peces, al morral!»
Y
tantos peces entraron en el morral que casi se le iba Loppi de
las manos. Las manos le bailaban a Loppi del asombro.
—Ya
ves, leñador—le dijo el camarón,—que no soy desagradecido. Ven
acá todas las mañanas, y en cuanto digas: «¡Al morral, peces!»
tendrás el morral lleno, de los peces colorados, de los peces
de plata, de los peces amarillos. Y si quieres algo más, ven y
dime así:
«Camaroncito
duro,
Sácame
del apuro»:
y
yo saldré, y veré lo que puedo hacer por ti. Pero mira, ten juicio,
y no le digas a tu mujer lo que ha sucedido hoy.
—Probaré,
señora maga, probaré—dijo el leñador; y puso en la yerba con mucho
cuidado el camarón milagroso, que se metió de un salto en el agua.
Iba
como la pluma Loppi, de vuelta a su casa. El morral no le pesaba,
pero lo puso en el suelo antes de llegar a la puerta, porque ya
no podía más de la curiosidad. Y empezaron los peces a saltar,
primero un lucio como de una vara, luego una carpa, radiante como
el oro, luego dos truchas, y un mundo de meros. Masicas abrazó
a Loppi, y lo volvió a abrazar, y le dijo: «¡leñadorcito mío!»
—Ya
ves, ya ves, Loppi, lo que nos sucede por haber oído a tu mujer
y salir temprano a buscar fortuna. Anda a la huerta, anda, y tráeme
unos ajos y cebollas, y tráeme unas setas: anda, anda al monte,
leñadorcito, que te voy a hacer una sopa que no la come el rey.
Y la carpa la asaremos: ni un regidor va a comer mejor que nosotros.
Y
fue muy buena por cierto la comida, porque Masicas no hacía sino
lo que quería Loppi, y Loppi estaba pensando en cuando la conoció,
que era como una rosa fina, y no le hablaba del miedo. Pero al
otro día no le hizo Masicas tantas fiestas al morral de pescados.
Y al otro, se puso a hablar sola. Y el sábado, le sacó la lengua
en cuanto lo vio venir. Y el domingo, se le fue encima a Loppi,
que volvía con su morral a cuestas.
—¡Mal
marido, mal hombre, mal compañero! ¡que me vas a matar a pescado!
¡que de verte el morral me da el alma vueltas!
—Y
¿qué quieres que te traiga, pues?—dijo el pobre Loppi.
—Pues
lo que comen todas las mujeres de los leñadores honrados: una
sopa buena y un trozo de tocino.
«Con
tal—pensó Loppi—que la maga me quiera hacer este favor.»
Y
al otro día a la mañanita fue al charco, y se puso a dar voces:
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
y
el agua se movió, y salió una boca negra, y luego otra boca, y
luego la cabeza, con dos ojos grandes que resplandecían.
—¿Qué
quiere el leñador?
—Para
mí, nada; nada para mí, camaroncito: ¿qué he de querer yo? Pero
ya mi mujer se cansó del pescado, y quiere ahora sopa y un trozo
de tocino.
—Pues
tendrá lo que quiere tu mujer—respondió el camarón.—Al sentarte
esta noche a la mesa, dale tres golpes con el dedo meñique, y
di a cada golpe: «¡Sopa, aparece: aparece, tocino!»Y verás que
aparecen. Pero ten cuidado, leñador, que si tu mujer empieza a
pedir, no va a acabar nunca.
—Probaré,
señora maga, probaré—dijo Loppi, suspirando.
Como
una ardilla, como una paloma, como un cordero estuvo al otro día
en la mesa Masicas, que comió sopa dos veces, y tocino tres, y
luego abrazó a Loppi, y lo llamó: «Loppi de mi corazón».
Pero
a la semana justa, en cuanto vio en la mesa el tocino y la sopa,
se puso colorada de la ira, y le dijo a Loppi con los puños alzados:
—¿Hasta
cuándo me has de atormentar, mal marido, mal compañero, mal hombre?
¿que una mujer como yo ha de vivir con caldo y manteca?
—Pero
¿qué quieres, amor mío, qué quieres?
—Pues
quiero una buena comida, mal marido: un ganso asado, y unos pasteles
para postres.
En
toda la noche no cerró Loppi los ojos, pensando en el amanecer,
y en los puños alzados de Masicas, que le parecieron un ganso
cada uno. Y a paso de moribundo se fue arrimando al charco a los
claros del día. Y las voces que daba parecían hilos, por lo tristes,
por lo delgadas:
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
—¿Qué
quiere el leñador?
—Para
mí, nada: ¿qué he de querer yo? Pero ya mi mujer se está cansando
del tocino y la sopa. Yo no, yo no me canso, señora maga. Pero
mi mujer se ha cansado, y quiere algo ligero, así como un gansito
asado, así como unos pastelitos.
—Pues
vuélvete a tu casa, leñador, y no tienes que venir cuando tu mujer
quiera cambiar de comida, sino pedírselo a la mesa, que yo le
mandaré a la mesa que se lo sirva.
En
un salto llegó Loppi a su casa, e iba riendo por el camino, y
tirando por el aire el sombrero. Llena estaba ya la mesa de platos,
cuando él llegó, con cucharas de hierro, y tenedores de tres puntas,
y una jarra de estaño: y el ganso con papas, y un pudín de ciruelas.
Hasta un frasco de anisete había en la mesa, con su forro de paja.
Pero
Masicas estaba pensativa. Y a Loppi ¿quién le daba todo aquello?
Ella quería saber: «¡Dímelo, Loppi!»Y Loppi se lo dijo, cuando
ya no quedaba del anisete más que el forro de paja, y estaba Masicas
más dulce que el anís. Pero ella prometió no decírselo a nadie:
no había una vecina en doce leguas a la redonda.
A
los pocos días, una tarde que Masicas había estado muy melosa,
le contó a Loppi muchos cuentos y le acabó así el discurso:
—Pero,
Loppi mío, ya tú no piensas en tu mujercita: comer, es verdad,
come mejor que la reina; pero tu mujercita anda en trapos, Loppi,
como la mujer de un pordiosero. Anda, Loppi, anda, que la maga
no te tendrá a mal que quieras vestir bien a tu mujercita.
A
Loppi le pareció que Masicas tenía mucha razón, y que no estaba
bien sentarse a aquella mesa de lujo con el vestido tan pobre.
Pero la voz se le resistía cuando a la mañanita llamó al camarón
encantado:
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
El
camarón entero sacó el cuerpo del agua.
—¿Qué
quiere el leñador?
—Para
mí, nada; ¿qué puedo yo querer? Pero mi mujer está triste, señora
maga, porque se ve tan mal vestida, y quiere que su señoría me
dé poder para tenerla con traje de señora.
El
camarón se echó a reír, y estuvo riendo un rato, y luego dijo
a Loppi: «Vuélvete a casa, leñador, que tu mujer tendrá lo que
desea.»
—¡Oh,
señor camarón! ¡oh, señora maga! ¡déjeme que le bese la patica
izquierda, la que está del lado del corazón! ¡déjeme que se la
bese!
Y
se fue cantando un canto que le había oído a un pájaro dorado
que le daba vueltas a una rosa: y cuando entró a su casa vio a
una bella señora, y la saludó hasta los pies; y la señora se echó
a reír, porque era Masicas, su linda Masicas, que estaba como
un sol de la hermosura. Y se tomaron los dos de la mano, y bailaron
en redondo, y se pusieron a dar brincos.
A
los pocos días Masicas estaba pálida, como quien no duerme, y
con los ojos colorados, como de mucho llorar. «Y dime, Loppi»,
le decía una tarde, con un pañuelo de encaje en la mano: «¿de
qué me sirve tener tan buen vestido sin un espejo donde mirarme,
ni una vecina que me pueda ver, ni más casa que este casuco? Loppi,
dile a la maga que esto no puede ser.»Y lloraba Masicas, y se
secaba los ojos colorados con su pañuelo de encaje: «Dile, Loppi,
a la maga que me dé un castillo hermoso, y no le pediré nada más.»
—¡Masicas,
tú estás loca! Tira de la cuerda y se reventará. Conténtate, mujer,
con lo que tienes, que si no, la maga te castigará por ambiciosa.
—¡Loppi,
nunca serás más que un zascandil! ¡El que habla con miedo se queda
sin lo que desea! Háblale a la maga como un hombre. Háblale, que
yo estoy aquí para lo que suceda.
Y
el pobre Loppi volvió al charco, como con piernas postizas. Iba
temblando todo él. ¿Y si el camarón se cansaba de tanto pedirle,
y le quitaba cuanto le dio? ¿Y si Masicas lo dejaba sin pelo si
volvía sin el castillo? Llamó muy quedito:
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
—¿Qué
quiere el leñador?—dijo el camarón, saliendo del agua poco a poco.
—Nada
para mí: ¿qué más podría yo querer? Pero mi mujer no está contenta
y me tiene en tortura, señora maga, con tantos deseos.
—¿Y
qué quiere la señora, que ya no va a parar de querer?
—Pues
una casa, señora maga, un castillito, un castillo. Quiere ser
princesa del castillo, y no volverá a pedir nada más.
—Leñador—dijo
el camarón, con una voz que Loppi no le conocía:—tu mujer tendrá
lo que desea.—Y desapareció en el agua de repente.
A
Loppi le costó mucho trabajo llegar a su casa, porque estaba cambiado
todo el país, y en vez de matorrales había ganados y siembras
hermosas, y en medio de todo una casa muy rica con un jardín lleno
de flores. Una princesa bajó a saludarlo a la puerta del jardín,
con un vestido de plata. Y la princesa le dio la mano. Era Masicas:
«Ahora sí, Loppi, que soy dichosa. Eres muy bueno, Loppi. La maga
es muy buena.»Y Loppi se echó a llorar de alegría.
Vivía
Masicas con todo el lujo de su señorío. Los barones y las baronesas
se disputaban el honor de visitarla: el gobernador no daba orden
sin saber si le parecía bien: no había en todo el país quien tuviera
un castillo más opulento, ni coches con más oro, ni caballos más
finos. Sus vacas eran inglesas, sus perros de San Bernardo, sus
gallinas de Guinea, sus faisanes de Terán, sus cabras eran suizas.
¿Qué le faltaba a Masicas, que estaba siempre tan llena de pesar?
Se lo dijo a Loppi, apoyando en su hombro la cabeza. Masicas quería
algo más. Quería ser reina Masicas:«¿No ves que para reina he
nacido yo? ¿No ves, Loppi mío, que tú mismo me das siempre la
razón, aunque eres más terco que una mula? Ya no puedo esperar,
Loppi. Dile a la maga que quiero ser reina.»
Loppi
no quería ser rey. Almorzaba bien, comía mejor; ¿a qué los trabajos
de mandar a los hombres? Pero cuando Masicas decía a querer, no
había más remedio que ir al charco. Y al charco fue al salir el
sol, limpiándose los sudores, y con la sangre a medio helar. Llegó.
Llamó.
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
Vio
salir del agua las dos bocas negras. Oyó que le decían «¿qué quiere
el leñador?»pero no tenía fuerzas para dar su recado. Al fin dijo
tartamudeando:
—Para
mí, nada: ¿qué pudiera yo pedir? Pero se ha cansado mi mujer de
ser princesa.
—¿Y
qué quiere ahora ser la mujer del leñador?
—¡Ay,
señora maga!: reina quiere ser.
—¿Reina
no más? Me salvaste la vida, y tu mujer tendrá lo que desea. ¡Salud,
marido de la reina!
Y
cuando Loppi volvió a su casa, el castillo era un palacio, y Masica
tenía puesta la corona. Los lacayos, los pajes, los chambelanes,
con sus medias de seda y sus casaquines, iban detrás de la reina
Masicas, cargándole la cola.
Y
Loppi almorzó contento, y bebió en copa tallada su anisete más
fino, seguro de que Masicas tenía ya cuanto podía tener. Y dos
meses estuvo almorzando pechugas de faisán con vinos olorosos,
y paseando por el jardín con su capa de armiño y su sombrero de
plumas, hasta que un día vino un chambelán de casaca carmesí con
botones de topacio, a decirle que la reina lo quería ver, sentada
en su trono de oro.
—Estoy
cansada de ser reina, Loppi. Estoy cansada de que todos estos
hombres me mientan y me adulen. Quiero gobernar a hombres libres.
Ve a ver a la maga por última vez. Ve: dile lo que quiero.
—Pero
¿qué quieres entonces, infeliz? ¿Quieres reinar en el cielo donde
están los soles y las estrellas, y ser dueña del mundo?
—Que
vayas te digo, y le digas a la maga que quiero reinar en el cielo,
y ser dueña del mundo.
—Que
no voy, te digo, a pedirle a la maga semejante locura.
—Soy
tu reina, Loppi, y vas a ver a la maga, o mando que te corten
la cabeza.
—Voy,
mi reina, voy.—Y se echó al brazo el manto de armiño, y salió
corriendo por aquellos jardines, con su sombrero de plumas. Iba
como si le corrieran detrás, alzando los brazos, arrodillándose
en el suelo, golpeándose la casaca bordada de colores: «¡Tal vez—pensaba
Loppi—tal vez el camarón tenga piedad de mí!» Y lo llamó desde
la orilla, con voz como un gemido:
«Camaroncito
duro,
Sácame del apuro.»
Nadie
respondió. Ni una hoja se movió. Volvió a llamar, con la voz como
un soplo.
—¿Qué
quiere el leñador?—respondió otra voz terrible.
—Para
mí, nada: ¿qué he de querer para mí? Pero la reina, mi mujer,
quiere que le diga a la señora maga su último deseo: el último,
señora maga.
—¿Qué
quiere ahora la mujer del leñador?
Loppi,
espantado, cayó de rodillas.
—¡Perdón,
señora, perdón! ¡Quiere reinar en el cielo, y ser dueña del mundo!
El
camarón dio una vuelta en redondo, que le sacó al agua espuma,
y se fue sobre Loppi, con las bocas abiertas:
—¡A
tu rincón, imbécil, a tu rincón! ¡los maridos cobardes hacen a
las mujeres locas! ¡abajo el palacio, abajo el castillo, abajo
la corona! ¡A tu casuca con tu mujer, marido cobarde! ¡A tu casuca
con el morral vacío!
Y
se hundió en el agua, que silbó como cuando mojan un hierro caliente.
Loppi
se tendió en la yerba, como herido de un rayo. Cuando se levantó,
no tenía en la cabeza el sombrero de plumas, ni llevaba al brazo
el manto de armiño, ni vestía la casaca bordada de colores. El
camino era oscuro, y matorral, como antes. Membrillos empolvados
y pinos enfermos eran la única arboleda. El suelo era, como antes,
de pozos y pantanos. Cargaba a la espalda su morral vacío. Iba,
sin saber que iba, mirando a la tierra.
Y
de pronto sintió que le apretaban el cuello dos manos feroces.
—¿Estás
aquí, monstruo? ¿Estás aquí, mal marido? ¡Me has arruinado, mal
compañero! ¡Muere a mis manos, mal hombre!
—¡Masicas,
que te lastimas! ¡Oye a tu Loppi, Masicas!
Pero
las venas de la garganta de la mujer se hincharon, y reventaron,
y cayó muerta, muerta de la furia. Loppi se sentó a sus pies,
le compuso los harapos sobre el cuerpo, y le puso de almohada
el morral vacío. Por la mañana, cuando salió el sol, Loppi estaba
tendido junto a Masicas, muerto.
El
Padre las Casas.
Cuatro
siglos es mucho, son cuatrocientos años. Cuatrocientos años hace
que vivió el Padre las Casas, y parece que está vivo todavía,
porque fue bueno. No se puede ver un lirio sin pensar en el Padre
las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el
color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca,
sentado en su sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave
porque no escribía de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón,
como si le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos,
andaba a pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera
un gran dolor. Era que estaba escribiendo, en su libro famoso
de la Destrucción de las Indias, los horrores que vio en
las Américas cuando vino de España la gente a la conquista. Se
le encendían los ojos, y se volvía a sentar, de codos en la mesa,
con la cara llena de lágrimas. Así pasó la vida, defendiendo a
los indios.
Aprendió
en España a licenciado, que era algo en aquellos tiempos, y vino
con Colón a la isla Española en un barco de aquellos de velas
infladas y como cáscara de nuez. Hablaba mucho a bordo, y con
muchos latines. Decían los marineros que era grande su saber para
un mozo de veinticuatro años. El sol, lo veía él siempre salir
sobre cubierta. Iba alegre en el barco, como aquel que va a ver
maravillas. Pero desde que llegó, empezó a hablar poco. La tierra,
sí, era muy hermosa, y se vivía como en una flor: ¡pero aquellos
conquistadores asesinos debían de venir del infierno, no de España!
Español era él también, y su padre, y su madre; pero él no salía
por las islas Lucayas a robarse a los indios libres: ¡porque en
diez años ya no quedaba indio vivo de los tres millones, o más,
que hubo en la Española!: él no los iba cazando con perros hambrientos,
para matarlos a trabajo en las minas: él no les quemaba las manos
y los pies cuando se sentaban porque no podían andar, o se les
caía el pico porque ya no tenían fuerzas: él no los azotaba, hasta
verlos desmayar, porque no sabían decirle a su amo donde había
más oro: él no se gozaba con sus amigos, a la hora de comer, porque
el indio de la mesa no pudo con la carga que traía de la mina,
y le mandó cortar en castigo las orejas: él no se ponía el jubón
de lujo, y aquella capa que llamaban ferreruelo, para ir muy galán
a la plaza a las doce, a ver la quema que mandaba hacer la justicia
del gobernador, la quema de los cinco indios. El los vio quemar,
los vio mirar con desprecio desde la hoguera a sus verdugos; y
ya nunca se puso más que el jubón negro ni cargó caña de oro,
como los otros licenciados ricos y regordetes, sino que se fue
a consolar a los indios por el monte, sin más ayuda que su bastón
de rama de árbol.
Al
monte se habían ido, a defenderse, cuantos indios de honor quedaban
en la Española. Como amigos habían recibido ellos a los hombres
blancos de las barbas: ellos les habían regalado con su miel y
su maíz, y el mismo rey Behechío le dio de mujer a un español
hermoso su hija Higuemota, que era como la torcaza y como la palma
real: ellos les habían enseñado sus montañas de oro, y sus ríos
de agua de oro, y sus adornos, todos de oro fino, y les habían
puesto sobre la coraza y guanteletes de la armadura pulseras de
las suyas, y collares de oro: ¡y aquellos hombres crueles los
cargaban de cadenas; les quitaban sus indias, y sus hijos; los
metían en lo hondo de la mina, a halar la carga de piedra con
la frente; se los repartían, y los marcaban con el hierro, como
esclavos!: en la carne viva los marcaban con el hierro. En aquel
país de pájaros y de frutas los hombres eran bellos y amables;
pero no eran fuertes. Tenían el pensamiento azul como el cielo,
y claro como el arroyo; pero no sabían matar, forrados de hierro,
con el arcabuz cargado de pólvora. Con huesos de frutas y con
gajos de mamey no se puede atravesar una coraza. Caían, como las
plumas y las hojas. Morían de pena, de furia, de fatiga, de hambre,
de mordidas de perros. ¡Lo mejor era irse al monte, con el valiente
Guaroa, y con el niño Guarocuya, a defenderse con las piedras,
a defenderse con el agua, a salvar al reyecito bravo, a Guairocuya!
El saltaba el arroyo, de orilla a orilla; él clavaba la lanza
lejos, como un guerrero; a la hora de andar, a la cabeza iba él;
se le oía la risa de noche, como un canto; lo que él no quería
era que lo llevase nadie en hombros. Así iban por el monte, cuando
se les apareció entre los españoles armados el Padre las Casas,
con sus ojos tristísimos, en su jubón y su ferreruelo. El no les
disparaba el arcabuz: él les abría los brazos. Y le dio un beso
a Guarocuya.
Ya
en la isla lo conocían todos, y en España hablaban de él. Era
flaco, y de nariz muy larga, y la ropa se le caía del cuerpo,
y no tenía más poder que el de su corazón; pero de casa en casa
andaba echando en cara a los encomenderos la muerte de los indios
de las encomiendas; iba a palacio, a pedir al gobernador que mandase
cumplir las ordenanzas reales; esperaba en el portal de la audiencia
a los oidores, caminando de prisa, con las manos a la espalda,
para decirles que venía lleno de espanto, que había visto morir
a seis mil niños indios en tres meses. Y los oidores le decían:
«Cálmese, licenciado, que ya se hará justicia»: se echaban el
ferreruelo al hombro, y se iban a merendar con los encomenderos,
que eran los ricos del país, y tenían buen vino y buena miel de
Alcarria. Ni merienda ni sueño había para las Casas: sentía en
sus carnes mismas los dientes de los molosos que los encomenderos
tenían sin comer, para que con el apetito les buscasen mejor a
los indios cimarrones: le parecía que era su mano la que chorreaba
sangre, cuando sabía que, porque no pudo con la pala, le habían
cortado a un indio la mano: creía que él era el culpable de toda
la crueldad, porque no la remediaba; sintió como que se iluminaba
y crecía, y como que eran sus hijos todos los indios americanos.
De abogado no tenía autoridad, y lo dejaban solo: de sacerdote
tendría la fuerza de la Iglesia, y volvería a España, y daría
los recados del cielo, y si la corte no acababa con el asesinato,
con el tormento, con la esclavitud, con las minas, haría temblar
a la corte. Y el día en que entró de sacerdote, toda la isla fue
a verlo, con el asombro de que tomara aquella carrera un licenciado
de fortuna: y las indias le echaron al pasar a sus hijitos, a
que le besasen los hábitos.
Entonces
empezó su medio siglo de pelea, para que los indios no fuesen
esclavos; de pelea en las Américas; de pelea en Madrid; de pelea
con el rey mismo: contra España toda, él solo, de pelea. Colón
fue el primero que mandó a España a los indios en esclavitud,
para pagar con ellos las ropas y comidas que traían a América
los barcos españoles. Y en América había habido repartimiento
de indios, y cada cual de los que vino de conquista, tomó en servidumbre
su parte de la indiada, y la puso a trabajar para él, a morir
para él, a sacar el oro de que estaban llenos los montes y los
ríos. La reina, allá en España, dicen que era buena, y mandó a
un gobernador que sacase a los indios de la esclavitud; pero los
encomenderos le dieron al gobernador buen vino, y muchos regalos,
y su porción en las ganancias, y fueron más que nunca los muertos,
las manos cortadas, los siervos de las encomiendas, los que se
echaban de cabeza al fondo de las minas. «Yo, he visto traer a
centenares maniatadas a estas amables criaturas, y darles muerte
a todas juntas, como a las ovejas.»Fue a Cuba de cura con Diego
Velázquez, y volvió de puro horror, porque antes que para hacer
casas, derribaban los árboles para ponerlos de leñas a las quemazones
de los taínos. En una isla donde había quinientos mil, «vio con
sus ojos»los indios que quedaban: once. Eran aquellos conquistadores
soldados bárbaros, que no sabían los mandamientos de la ley, ¡y
tomaban a los indios de esclavos, para enseñarles la doctrina
cristiana, a latigazos y a mordidas! De noche, desvelado de la
angustia, hablaba con su amigo Rentería, otro español de oro.
¡Al rey había que ir a pedir justicia, al rey Fernando de Aragón!
Se embarcó en la galera de tres palos, y se fue a ver al rey.
Seis
veces fue a España, con la fuerza de su virtud, aquel padre que
«no probaba carne». Ni al rey le tenía él miedo, ni a la tempestad.
Se iba a cubierta cuando el tiempo era malo; y en la bonanza se
estaba el día en el puente, apuntando sus razones en papel de
hilo, y dando a que le llenaran de tinta el tintero de cuerno,
«porque la maldad no se cura sino con decirla, y hay mucha maldad
que decir, y la estoy poniendo donde no me la pueda negar nadie,
en latín y en castellano». Si en Madrid estaba el rey, antes que
a la posada a descansar del viaje, iba al palacio. Si estaba en
Viena, cuando el rey Carlos de los españoles era emperador de
Alemania, se ponía un hábito nuevo, y se iba a Viena. Si era su
enemigo Fonseca el que mandaba en la junta de abogados y clérigos
que tenía el rey para las cosas de América, a su enemigo se iba
a ver, y a ponerle pleito al Consejo de Indias. Si el cronista
Oviedo, el de la «Natural Historia de las Indias», había escrito
de los americanos las falsedades que los que tenían las encomiendas
le mandaban poner, le decía a Oviedo mentiroso, aunque le estuviera
el rey pagando por escribir las mentiras. Si Sepúlveda, que era
el maestro del rey Felipe, defendía en sus «Conclusiones»el derecho
de la corona a repartir como siervos, y a dar muerte a los indios,
porque no eran cristianos, a Sepúlveda le decía que no tenían
culpa de estar sin la cristiandad los que no sabían que hubiera
Cristo, ni conocían las lenguas en que de Cristo se hablaba, ni
tenían más noticia de Cristo que la que les habían llevado los
arcabuces. Y si el rey en persona le arrugaba las cejas, como
para cortarle el discurso, crecía unas cuantas pulgadas a la vista
del rey, se le ponía ronca y fuerte la voz, le temblaba en el
puño el sombrero, y al rey le decía, cara a cara, que el que manda
a los hombres ha de cuidar de ellos, y si no los sabe cuidar,
no los puede mandar, y que lo había de oír en paz, porque él no
venía con manchas de oro en el vestido blanco, ni traía más defensa
que la cruz.
O
hablaba, o escribía, sin descanso. Los frailes dominicanos lo
ayudaban, y en el convento de los frailes se estuvo ocho años,
escribiendo. Sabía religión y leyes, y autores latinos, que era
cuanto en su tiempo se aprendía; pero todo lo usaba hábilmente
para defender el derecho del hombre a la libertad, y el deber
de los gobernantes de respetárselo. Eso era mucho decir, porque
por eso quemaban entonces a los hombres. Llorente, que ha escrito
la «Vida de Las Casas» escribió también la «Historia de la Inquisición»
que era quien quemaba: el rey iba de gala a ver la quemazón, con
la reina y los caballeros de la corte: delante de los condenados
venían cantando los obispos, con un estandarte verde: de la hoguera
salía un humo negro. Y Fonseca y Sepúlveda querían que «el clérigo»las
Casas dijese en sus disputas algún pecado contra la autoridad
de la Iglesia, para que los inquisidores lo condenaran por hereje.
Pero «el clérigo»le decía a Fonseca: «¡Lo que yo digo es lo que
dijo en su testamento la buena reina Isabel; y tú me quieres mal
y me calumnias, porque te quito el pan de sangre que comes, y
acuso la encomienda de indios que tienes en América!»Y a Sepúlveda,
que ya era confesor de Felipe II, le decía: «Tú eres disputador
famoso, y te llaman el Livio de España por tus historias; pero
yo no tengo miedo al elocuente que habla contra su corazón, y
que defiende la maldad, y te desafío a que me pruebes en plática
abierta que los indios son malhechores y demonios, cuando son
claros y buenos como la luz del día, e inofensivos y sencillos
como las mariposas.»Y duró cinco días la plática con Sepúlveda.
Sepúlveda empezó con desdén, y acabó turbado. El clérigo lo oía
con la cabeza baja y los labios temblorosos, y se le veía hincharse
la frente. En cuanto Sepúlveda se sentaba satisfecho, como el
que hincó el alfiler donde quiso, se ponía el clérigo en pie,
magnífico, regañón, confuso, apresurado. «¡No es verdad que los
indios de México mataran cincuenta mil en sacrificios al año,
sino veinte apenas, que es menos de lo que mata España en la horca!»
«¡No es verdad que sean gente bárbara y de pecados horribles,
porque no hay pecado suyo que no lo tengamos más los europeos;
ni somos nosotros quién, con todos nuestros cañones y nuestra
avaricia, para comparamos con ellos en tiernos y amigables; ni
es para tratado como a fiera un pueblo que tiene virtudes, y poetas,
y oficios, y gobierno, y artes!» «¡No es verdad, sino, iniquidad,
que el modo mejor que tenga el rey para hacerse de súbditos sea
exterminarlos, ni el modo mejor de enseñar la religión a un indio
sea echarlo en nombre de la religión a los trabajos de las bestias;
y quitarle los hijos y lo que tiene de comer; y ponerlo a halar
de la carga con la frente como los bueyes!»Y citaba versículos
de la Biblia, artículos de la ley, ejemplos de la historia, párrafos
de los autores latinos, todo revuelto y de gran hermosura, como
caen las aguas de un torrente, arrastrando en la espuma las piedras
y las alimañas del monte.
Solo
estuvo en la pelea; solo cuando Fernando, que a nada se supo atrever,
ni quería descontentar a los de la conquista, que le mandaban
a la corte tan buen oro; solo cuando Carlos V, que de niño lo
oyó con veneración, pero lo engañaba después, cuando entró en
ambiciones que requerían mucho gastar, y no estaba para ponerse
por las «cosas del clérigo» en contra de los de América, que le
enviaban de tributo los galeones de oro y joyas; solo cuando Felipe
II, que se gastó un reino en procurarse otro, y lo dejó todo a
su muerte envenenado y frío, como el agujero en que ha dormido
la víbora. Si iba a ver al rey, se encontraba la antesala llena
de amigos de los encomenderos, todos de seda sombreros de plumas,
con collares de oro de los indios americanos: al ministro no le
podía hablar, porque tenía encomiendas él, y tenía minas, o gozaba
los frutos de las que poseía en cabeza de otros. De miedo de perder
el favor de la corte, no le ayudaban los mismos que no tenían
en América interés. Los que más lo respetaban, por bravo, por
justo, por astuto, por elocuente, no lo querían decir, o lo decían
donde no los oyeran: porque los hombres suelen admirar al virtuoso
mientras no los avergüenza con su virtud o les estorba las ganancias;
pero en cuanto se les pone en su camino, bajan los ojos al verlo
pasar, o dicen maldades de él, o dejan que otros las digan, o
lo saludan a medio sombrero, y le van clavando la puñalada en
la sombra. El hombre virtuoso debe ser fuerte de ánimo, y no tenerle
miedo a la soledad, ni esperar a que los demás le ayuden, porque
estará siempre solo: ¡pero con la alegría de obrar bien, que se
parece al cielo de la mañana en la claridad!
Y
como él era tan sagaz que no decía cosa que pudiera ofender al
rey ni a la Inquisición, sino que pedía la bondad con los indios
para bien del rey, y para que se hiciesen más de veras cristianos,
no tenían los de la corte modo de negársele a las claras, sino
que fingían estimarle mucho el celo, y una vez le daban el título
de «Protector Universal de los Indios», con la firma de Fernando,
pero sin modo de que le acatasen la autoridad de proteger; y otra,
al cabo de cuarenta años de razonar, le dijeron que pusiera en
papel las razones por que opinaba que no debían ser esclavos los
indios; y otra le dieron poder para que llevase trabajadores de
España a una colonia de Cumaná donde se había de ver a los indios
con amor, y no halló en toda España sino cincuenta que quisieran
ir a trabajar, los cuales fueron, con un vestido que tenía una
cruz al pecho, pero no pudieron poner la colonia, porque el «adelantado»
había ido antes que ellos con las armas, y los indios enfurecidos
disparaban sus flechas de punta envenenada contra todo el que
llevaba cruz. Y por fin le encargaron, como por entretenerlo,
que pidiese las leyes que le parecían a él bien para los indios,
«¡cuantas leyes quisiera, pues que por ley más o menos no hemos
de pelear!», y él las escribía, y las mandaba el rey cumplir,
pero en el barco iba la ley, y el modo de desobedecerla. El rey
le daba audiencia, y hacía como que le tomaba consejo; pero luego
entraba Sepúlveda, con sus pies blandos y sus ojos de zorra, a
traer los recados de los que mandaban los galeones, Y lo que se
hacía de verdad era lo que decía Sepúlveda. Las Casas lo sabía,
lo sabía bien; pero ni bajó el tono, ni se cansó de acusar, ni
de llamar crimen a lo que era, ni de contar en su «Descripción»
las «crueldades», para que el rey mandara al menos que no fuesen
tantas, por la vergüenza de que las supiera el mundo. El nombre
de los malos no lo decía, porque era noble y les tuvo compasión.
Y escribía como hablaba, con la letra fuerte y desigual, llena
de chispazos de tinta, como caballo que lleva de jinete a quien
quiere llegar pronto, y va levantando el polvo y sacando luces
de la piedra.
Fue
obispo por fin, pero no de Cusco, que era obispado rico, sino
de Chiapas, donde por lo lejos que estaba el virrey, vivían los
indios en mayor esclavitud. Fue a Chiapas, a llorar con los indios;
pero no sólo a llorar, porque con lágrimas y quejas no se vence
a los pícaros, sino a acusarlos sin miedo, a negarles la iglesia
a los españoles que no cumplían con la ley nueva que mandaba poner
libres a los indios, a hablar en los consejos del ayuntamiento,
con discursos que eran a la vez tiernos y terribles, y dejaban
a los encomenderos atrevidos como los árboles cuando ha pasado
el vendabal. Pero los encomenderos podían más que él, porque tenían
el gobierno de su lado; y le componían cantares en que le decían
traidor y español malo; y le daban de noche músicas de cencerro,
y le disparaban arcabuces a la puerta para ponerlo en temor, y
le rodeaban el convento armados,—todos armados, contra un viejo
flaco y solo. Y hasta le salieron al camino de Ciudad Real para
que no volviera a entrar en la población. El venía a pie, con
su bastón, y con dos españoles buenos, y un negro que lo quería
como a padre suyo: porque es verdad que las Casas por el amor
de los indios, aconsejó al principio de la conquista que se siguiese
trayendo esclavos negros, que resistían mejor el calor; pero luego
que los vio padecer, se golpeaba el pecho, y decía: «¡con mi sangre
quisiera pagar el pecado de aquel consejo que di por mi amor a
los indios!» Con su negro cariñoso venía, y los dos españoles
buenos. Venía tal vez de ver cómo salvaba a la pobre india que
se le abrazó a las rodillas a la puerta de su templo mexicano,
loca de dolor porque los españoles le habían matado al marido
de su corazón, que fue de noche a rezarles a los dioses: ¡y vio
de pronto las Casas que eran indios los centinelas que los españoles
le habían echado para que no entrase! ¡El les daba a los indios
su vida, y los indios venían a atacar a su salvador, porque se
lo mandaban los que los azotaban! Y no se quejó, sino que dijo
así: «Pues por eso, hijos míos, os tengo de defender más, porque
os tienen tan martirizados que no tenéis ya valor ni para agradecer.»
Y los indios, llorando, se echaron a sus pies, y le pidieron perdón.
Y, entró en Ciudad Real, donde los encomenderos lo esperaban,
armados de arcabuz y cañón, como para ir a la guerra. Casi a escondidas
tuvo que embarcarlo para España el virrey, porque los encomenderos
lo querían matar. El se fue a su convento, a pelear, a defender,
a llorar, a escribir. Y murió, sin cansarse, a los noventa y dos
años.
Los
zapaticos de rosa
A
mademoiselle Marie: José Martí
Hay
sol bueno y mar de espuma,
Y arena fina, y Pilar
Quiere salir a estrenar
Su sombrerito de pluma.
—«¡Vaya
la niña divina!»
Dice el padre, y le da un beso:
«Vaya mi pájaro preso
A buscarme arena fina.»
—«Yo
voy con mi niña hermosa»,
Le dijo la madre buena:
«¡No te manches en la arena
Los zapaticos de rosa!»
Fueron
las dos al jardín
Por la calle del laurel:
La madre cogió un clavel
Y Pilar cogió un jazmín.
Ella
va de todo juego,
Con aro, y balde, y paleta:
El balde es color violeta:
El aro es color de fuego.
Vienen
a verlas pasar:
Nadie quiere verlas ir:
La madre se echa a reír,
Y un viejo se echa a llorar.
El
aire fresco despeina
A Pilar, que viene y va
Muy oronda:—«¡Di, mamá!
¿Tú sabes qué cosa es reina?»
Y
por si vuelven de noche
De la orilla de la mar,
Para la madre y Pilar
Manda luego el padre el coche.
Está
la playa muy linda:
Todo el mundo está en la playa:
Lleva espejuelos el aya
De la francesa Florinda.
Está
Alberto, el militar
Que salió en la procesión
Con tricornio y con bastón,
Echando un bote a la mar.
¡Y
qué mala, Magdalena
Con tantas cintas y lazos,
A la muñeca sin brazos
Enterrándola en la arena!
Conversan
allá en las sillas,
Sentadas con los señores,
Las señoras, como flores,
Debajo de las sombrillas.
Pero
está con estos modos
Tan serios, muy triste el mar:
¡Lo alegre es allá, al doblar,
En la barranca de todos!
Dicen
que suenan las olas
Mejor allá en la barranca,
Y que la arena es muy blanca
Donde están las niñas solas.
Pilar
corre a su mamá:
—«¡Mamá, yo voy a ser buena:
Déjame ir sola a la arena:
Allá, tú me ves, allá!»
—«¡Esta
niña caprichosa!
No hay tarde que no me enojes:
Anda, pero no te mojes
Los zapaticos de rosa.»
Le
llega a los pies la espuma:
Gritan alegres las dos:
Y se va, diciendo adiós,
La del sombrero de pluma.
¡Se
va allá, donde ¡muy lejos!
Las aguas son más salobres,
Donde se sientan los pobres,
Donde se sientan los viejos!
Se
fue la niña a jugar,
La espuma blanca bajó,
Y pasó el tiempo, y pasó
Un águila por el mar,
Y
cuando el sol se ponía
Detrás de un monte dorado,
Un sombrerito callado
Por las arenas venía.
Trabaja
mucho, trabaja
Para andar: ¿qué es lo que tiene
Pilar que anda así, que viene
Con la cabecita baja?
Bien
sabe la madre hermosa
Por qué le cuesta el andar:
—«¿Y los zapatos, Pilar,
Los zapaticos de rosa?
«¡Ah,
loca! ¿en dónde estarán?
¡Di dónde, Pilar!»—«Señora»,
Dice una mujer que llora:
«¡Están conmigo: aquí están!
«Yo
tengo una niña enferma
Que llora en el cuarto oscuro
Y la traigo al aire puro
A ver el sol, y a que duerma
«Anoche
soñó, soñó
Con el cielo, y oyó un canto:
Me dio miedo, me dio espanto,
Y la traje, y se durmió.
«Con
sus dos brazos menudos
Estaba como abrazando;
Y yo mirando, mirando
Sus piececitos desnudos.
«Me
llegó al cuerpo la espuma,
Alcé los ojos, y vi
Esta niña frente a mí
Con su sombrero de pluma.
—«¡Se
parece a los retratos
Tu niña!» dijo: «¿Es de cera?
¿Quiere jugar? ¡si quisiera!...
¿Y por qué está sin zapatos?»
«Mira:
¡la mano le abrasa,
Y tiene los pies tan fríos!
¡Oh, toma, toma los míos:
Yo tengo más en mi casa!»
«No
sé bien, señora hermosa,
Lo que sucedió después:
¡Le vi a mi hijita en los pies
Los zapaticos de rosa!»
Se
vio sacar los pañuelos
A una rusa y a una inglesa;
El aya de la francesa
Se quitó los espejuelos.
Abrió
la madre los brazos:
Se echó Pilar en su pecho,
Y sacó el traje deshecho,
Sin adornos y sin lazos.
Todo
lo quiere saber
De la enferma la señora:
¡No quiere saber que llora
De pobreza una mujer!
—«¡Sí,
Pilar, dáselo! ¡y eso
También! ¡tu manta! ¡tu anillo!»
Y ella le dio su bolsillo,
Le dio el clavel, le dio un beso.
Vuelven
calladas de noche
A su casa del jardín:
Y Pilar va en el cojín
De la derecha del coche.
Y
dice una mariposa
Que vio desde su rosal
Guardados en un cristal
Los zapaticos de rosa.
La
última página
Este
es el número de La Edad de Oro, donde se ve lo viejo y
lo nuevo del mundo, y se aprende cómo las cosas de guerra y de
muerte no son tan bellas como las de trabajar: ¡a saber si el
tiempo del Padre las Casas era mejor que el de la Exposición de
París! ¿Y quién es mejor: Masicas, o Pilar? Sólo que en todo lo
de esta vida hay siempre un desventurado. Y el desventurado de
La Edad de Oro es el artículo sobre la Historia de la
Cuchara, el Tenedor y el Cuchillo, que en cada número
se anuncia muy orondo, como si fuera una maravilla, y luego sucede
que no queda lugar para él. Lo que le está muy bien empleado,
por pedante, y por andarse anunciando así. Las cosas buenas se
deben hacer sin llamar al universo para que lo vea a uno pasar.
Se es bueno porque sí; y porque allá adentro se siente como un
gusto cuando se ha hecho un bien, o se ha dicho algo útil a los
demás. Eso es mejor que ser príncipe: ser útil. Los niños debían
echarse a llorar, cuando ha pasado el día sin que aprendan algo
nuevo, sin que sirvan de algo.
¡Quién
sabe si sirve, quién sabe, el artículo de la Exposición de París!
Pero va a suceder como con la Exposición, que de grande que es
no se la puede ver, toda, y la primera vez se sale de allí como
con chispas y joyas en la cabeza, pero luego se ve más despacio,
y cada hermosura va apareciendo entera y clara entre las otras.
Hay que leerlo dos veces: y leer luego cada párrafo suelto: lo
que hay que leer, sobre todo, con mucho cuidado, es lo de los
pabellones de nuestra América. Una pena, tiene La Edad de Oro;
y es que no pudo encontrar lámina del pabellón del Ecuador. ¡Está
triste la mesa cuando falta uno de los hermanos!
Un paseo por la tierra de los
anamitas
Cuentan
un cuento de cuatro hindús ciegos, de allí del Indostán de Asia,
que eran ciegos desde el nacer, y querían saber cómo era un elefante.
«Vamos, dijo uno, adonde el elefante manso de la casa del rajá,
que es príncipe generoso, y nos dejará saber cómo es.» Y a citas
del príncipe se fueron, con su turbante blanco y su manto blanco;
y oyeron en el camino rugir a la pantera y graznar al faisán de
color de oro, que es como un pavo con dos plumas muy largas en
la cola; y durmieron de noche en las ruinas de piedra de la famosa
Jehanabad, donde hubo antes mucho comercio y poder; y pasaron
por sobre un torrente colgándose mano a mano de una cuerda, que
estaba a los dos lados levantada sobre una horquilla, como la
cuerda floja en que bailan los gimnastas en los circos; y un carretero
de buen corazón les dijo que se subieran en su carreta, porque
su buey giboso de astas cortas era un buey bonazo, que debió ser
algo así como abuelo en otra vida, y no se enojaba porque se le
subieran los hombres encima, sino que miraba a los caminantes
como convidándoles a entrar en el carro. Y así llegaron los cuatro
ciegos al palacio del rajá, que era por fuera como un castillo,
y por dentro como una caja de piedras preciosas, lleno todo de
cojines y de colgaduras, y el techo bordado, y las paredes con
florones de esmeraldas y zafiros, y las sillas de marfil, y el
trono del rajá de marfil y de oro. «Venimos, señor rajá, a que
nos deje ver con nuestras manos, que son los ojos de los pobres
ciegos, cómo es de figura un elefante manso.» «Los ciegos son
santos», dijo el rajá, «los hombres que desean saber son santos:
los hombres deben aprenderlo todo por sí mismos, y no creer sin
preguntar, ni hablar sin entender, ni pensar como esclavos lo
que les mandan pensar otros: vayan los cuatro ciegos a ver con
sus manos el elefante manso.» Echaron a correr los cuatro, como
si les hubiera vuelto de repente la vista: uno cayó de nariz sobre
las gradas del trono del rajá: otro dio tan recio contra la pared
que se cayó sentado, viendo si se le había ido en el coscorrón
algún retazo de cabeza: los otros dos, con los brazos abiertos,
se quedaron de repente abrazados. El secretario del rajá los llevó
adonde el elefante manso estaba, comiéndose su ración de treinta
y nueve tortas de arroz y quince de maíz, en una fuente de plata
con el pie de ébano; y cada ciego se echó, cuando el secretario
dijo «¡ahora!», encima del elefante, que era de los pequeños y
regordetes: uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió
a la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar:
el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de la
fuente del arroz y el maíz. «Ya sé» decía el de la pata: «el elefante
es alto y redondo, como una torre que se mueve.» «¡No es verdad!»,
decía el de la trompa: «el elefante es largo, y acaba en pico,
como un embudo de carne.» «¡Falso y muy falso!», decía el de la
cola: «el elefante es como un badajo de campana» «Todos se equivocan,
todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve», decía
el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree
que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y
en prosa que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que
los cuatro ciegos del elefante, cuando lo que se ha de hacer es
estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y
eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen
las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que
el mundo es un templo hermoso, donde caben en paz los hombres
todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad,
y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido
y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.
También,
y tanto como los más bravos, pelearon, y volverán a pelear, los
pobres anamitas, los que viven de pescado y arroz y se visten
de seda, allá lejos, en Asia, por la orilla del mar, debajo de
China. No nos parecen de cuerpo hermoso, ni nosotros les parecemos
hermosos a ellos: ellos dicen que es un pecado cortarse el pelo,
porque la naturaleza nos dio pelo largo, y es un presumido el
que se crea más sabio que la naturaleza, así que llevan el pelo
en moño, lo mismo que las mujeres: ellos dicen que el sombrero
es para que dé sombra, a no ser que se le lleve como señal de
mando en la casa del gobernador, que entonces puede ser casquete
sin alas: de modo que el sombrero anamita es como un cucurucho,
con el pico arriba, y la boca muy ancha: ellos dicen que en su
tierra caliente se ha de vestir suelto y ligero, de modo que llegue
al cuerpo el aire, y no tener al cuerpo preso entre lanas y casimires,
que se beben los rayos del sol, y sofocan y arden: ellos dicen
que el hombre no necesita ser de espaldas fuertes, porque los
cambodios son más altos y robustos que los anamitas, pero en la
guerra los anamitas han vencido siempre a sus vecinos los cambodios;
y que la mirada no debe ser azul, porque el azul engaña y abandona,
como la nube del cielo y el agua del mar; y que el color no debe
ser blanco, porque la tierra, que da todas las hermosuras, no
es blanca, sino de los colores de bronce de los anamitas; y que
los hombres no deben llevar barba, que es cosa de fieras: aunque
los franceses, que son ahora los amos de Anam, responden que esto
de la barba no es más que envidia, porque bien que se deja el
anamita el poco bigote que tiene: ¿y en sus teatros, quién hace
de rey, sino el que tiene la barba más larga? ¿y el mandarín,
no sale a las tablas con bigotes de tigre? ¿y los generales, no
llevan barba colorada? «¿Y para qué necesitamos tener los ojos
más grandes», dicen los anamitas, «ni más juntos a la nariz?:
con estos ojos de almendra que tenemos, hemos fabricado el Gran
Buda de Hanoi, el dios de bronce, con cara que parece viva, y
alto como una torre; hemos levantado la pagoda de Angkor, en un
bosque de palmas, con corredores de a dos leguas, y lagos en los
patios, y una casa en la pagoda para cada dios, y mil quinientas
columnas, y calles de estatuas; hemos hecho en el camino de Saigón
a Cholen, la pagoda donde duermen, bajo una corona de torres caladas,
los poetas, que cantaron el patriotismo y el amor, los santos
que vivieron entre los hombres con bondad y pureza, los héroes
que pelearon por libertamos de los cambodios, de los siameses
y de los chinos: y nada se parece tanto, a la luz como los colores
de nuestras túnicas de seda. Usamos moño, y sombrero de pico,
y calzones anchos, y blusón de color, y somos amarillos, chatos,
canijos y feos; pero trabajamos a la vez el bronce y la seda:
y cuando los franceses nos han venido a quitar nuestro Hanoi,
nuestro Hue, nuestras ciudades de palacios de madera, nuestros
puertos llenos de casas de bambú y de barcos de junco, nuestros
almacenes de pescado y arroz, todavía, con estos ojos de almendra,
hemos sabido morir, miles sobre miles, para cerrarles el camino.
Ahora son nuestros amos; pero mañana ¡quién sabe!»
Y
se pasean callados, a paso igual y triste, sin sorprenderse de
nada, aprendiendo lo que no saben, con las manos en los bolsillos
de la blusa: de la blusa azul, sujeta al cuello con un botón de
cristal amarillo: y por zapato llevan una suela de cordón, atada
al tobillo con cintas. Ese es el traje del pescador; del que fabrica
las casas de caña, con el techo de paja de arroz; del marino ligero,
en su barca de dos puntas; del ebanista, que maneja la herramienta
con los pies y las manos, y embute los adornos de nácar en las
camas y sillas de madera preciosa; del tejedor, que con los hilos
de plata y de oro borda pájaros de tres cabezas, y leones con
picos y alas, y cigüeñas con ojos de hombre, y dioses de mil brazos:
ése es el traje del pobre cargador, que se muere joven del cansancio
de halar la djirincka, que es el coche de dos ruedas, de
que va halando el anamita pobre: trota, trota como un caballo:
más que el caballo anda, y más aprisa: ¡y dentro, sin pena y sin
vergüenza, va un hombre sentado!: como los caballos se mueren
después, del mal de correr, los pobres cargadores. Y de beber
clarete y borgoña, y del mucho comer, se mueren, colorados y gordos,
los que se dejan halar en la djirincka, echándose aire
con el abanico; los militares ingleses, los empleados franceses,
los comerciantes chinos.
¿Y
ese pueblo de hombres trotones es el que levantó las pagodas de
tres pisos, con lagos en los patios, y casas para cada dios, y
calles de estatuas; el que fabricó leones de porcelana y gigantes
de bronce; el que tejió la seda con tanto color que centellea
al sol, como una capa de brillantes? A eso llegan los pueblos
que se cansan de defenderse: a halar como las bestias del carro
de sus amos: y el amo va en el carro, colorado y gordo. Los anamitas
están ahora cansados. A los pueblos pequeños les cuesta mucho
trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado siempre defendiendo.
Los vecinos fuertes, el chino y el siamés, lo han querido conquistar.
Para defenderse del siamés, entró en amistades con el chino, que
le dijo muchos amores, y lo recibió con procesiones y fuegos y
fiestas en los ríos, y le llamó «querido hermano». Pero luego
que entró en la tierra de Anam, lo quiso mandar como dueño, hace
como dos mil años: ¡y dos mil años hace que los anamitas se están
defendiendo de los chinos! Y con los franceses les sucedió así
también, porque con esos modos de mando que tienen los reyes no
llegan nunca los pueblos a crecer, y más allá, que es como en
China, donde dicen que el rey es hijo del cielo, y creen pecado
mirarlo cara a cara, aunque los reyes saben que son hombres como
los demás, y pelean unos contra otros para tener más pueblos y
riquezas: y los hombres mueren sin saber porqué, defendiendo a
un rey o a otro. En una de esas peleas de reyes andaba por Anam
un obispo francés, que hizo creer al rey vencido que Luis XVI
de Francia le daría con qué pelear contra el que le quitó el mando
al de Anam: y el obispo se fue a Francia con el hijo del rey,
y luego vino solo, porque con la revolución que había en París
no lo podía Luis XVI ayudar; juntó a los franceses que había por
la India de Asia: entró en Anam; quitó el poder al rey nuevo;
puso al rey de antes a mandar. Pero quien mandaba de veras eran
los franceses, que querían para ellos todo lo del país, y quitaban
lo de Anam para poner lo suyo, hasta que Anam vio que aquel amigo
de afuera era peligroso, y valía más estar sin el amigo, y lo
echó de una pelea de la tierra, que todavía sabía pelear: sólo
que los franceses vinieron luego con mucha fuerza, y con cañones
en sus barcos de combate, y el anamita no se pudo defender en
el mar con sus barcos de junco, que no tenían cañones; ni pudo
mantener sus ciudades, porque con lanzas no se puede pelear contra
balas; y por Saigón, que fue por donde entró el francés, hay poca
piedra con que fabricar murallas; ni estaba el anamita acostumbrado
a ese otro modo de pelear, sino a sus guerras de hombre a hombre,
con espada y lanza, pecho a pecho los hombres y los caballos.
Pueblo a pueblo se ha estado defendiendo un siglo entero del francés,
huyéndole unas veces, otras cayéndole encima, con todo el empuje
de los caballos, y despedazándole el ejército: China le mandó
sus jinetes de pelea, porque tampoco quieren los chinos al extranjero
en su tierra, y echarlo de Anam era como echarlo de China: pero
él francés es de otro mundo, que sabe más de guerras y de modos
de matar; y pueblo a pueblo, con la sangre a la cintura, les ha
ido quitando el país a los anamitas.
Los
anamitas se pasean, callados, a paso igual y triste, con las manos
en los bolsillos de la blusa azul. Trabajan. Parecen plateros
finos en todo lo que hacen, en la madera, en el nácar, en la armería,
en los tejidos, en las pinturas, en los bordados, en los arados.
No aran con caballo ni con buey, sino con búfalo. La tela de los
vestidos la pintan a mano. Con los cuchillos de tallar labran
en la madera dura pueblos enteros, con la casa al fondo, y los
barcos navegando en el río, y la gente a miles en los barcos,
y árboles, y faroles, y puentes, y botes de pescadores, todo tan
menudo como si lo hubieran hecho con la uña. La casa es como para
enanos, y tan bien hecha que parece casa de juguete, toda hecha
de piezas. Las paredes, las pintan: los techos, que son de madera,
los tallan con mucha labor, como las paredes de afuera: por todos
los rincones hay vasos de porcelana, y los grifos de bronce con
las alas abiertas, y pantallas de seda bordada, con marcos de
bambú. No hay casa sin su ataúd, que es allá un mueble de lujo,
con los adornos de nácar: los hijos buenos le dan al padre como
regalo un ataúd lujoso, y la muerte es allá como una fiesta, con
su música de ruido y sus cantares de pagoda: no les parece que
la vida es propiedad del hombre, sino préstamo que le hizo la
naturaleza, y morir no es más que volver a la naturaleza de donde
se vino, y en la que todo es como hermano del hombre; por lo que
suele el que muere decir en su testamento que pongan un brazo
o una pierna suya adonde lo puedan picar los pájaros, y devorarlo
las fieras, y deshacerlo los animales invisibles que vuelan en
el viento. Desde que viven en la esclavitud, van mucho los anamitas
a sus pagodas, porque allí les hablan los sacerdotes de los santos
del país, que no son los santos de los franceses: van mucho a
los teatros, donde no les cuentan cosas de reír, sino la historia
de sus generales y de sus reyes: ellos oyen encuclillados, callados,
la historia de las batallas.
Por
dentro es la pagoda como una cinceladura, con encajes de madera
pintada de colores alrededor de los altares; y en las columnas
sus mandamientos y sus bendiciones en letras plateadas y doradas;
y los santos de oro, familias enteras de santos, en el altar tallado.
Delante van y vienen los sacerdotes, con sus manteos de tisú precioso,
o de seda verde y azul, y el bonete de tejido de oro, uno con
la flor del loto, que es la flor de su dios, por lo hermosa y
lo pura, y otro cargándole el manteo al de la flor, y otros cantando:
detrás van los encapuchados, que son sacerdotes menores, con músicas
y banderines, coreando la oración: en el altar, con sus mitras
brillantes, ven la fiesta los dioses sentados. Buda es su gran
dios, que no fue dios cuando vivió de veras, sino un príncipe
bueno, tan fuerte de cuerpo que mano a mano echaba por tierra
a leones jóvenes, y tan hermoso que lo quería como a su corazón
el que lo veía una vez, y de tanto pensamiento que no podían los
doctores discutir con él, porque de niño sabía más que los doctores
más sabios y viejos. Y luego se casó, y quería mucho a su mujer
y a su hijo; pero una tarde que salió en su carro de perlas y
plata a pasear, vio a un viejo pobre, vestido de harapos, y volvió
del paseo triste: y otra tarde vio a un moribundo, y no quiso
pasear más: y otra tarde vio a un muerto, y su tristeza fue ya
mucha: y otra vio a un monje que pedía limosnas, y el corazón
le dijo que no debía andar en carro de plata y de perlas, sino
pensar en la vida, que tenía tantas penas, y vivir solo, donde
se pudiera pensar, y pedir limosna para los infelices, como el
monje. Tres veces le dio en su palacio la vuelta a la cama de
su mujer y de su hijo, como si fuera un altar, y sollozó: y sintió
como que el corazón se le moría en el pecho. Pero se fue, en lo
oscuro de la noche, al monte, a pensar en la vida, que tenía tanta
pena, a vivir sin deseos y sin mancha, a decir sus pensamientos
a los que se los querían oír, a pedir limosna para los pobres,
como el monje. Y no comía, más que lo que un pájaro: y no bebía,
más que para no morirse de sed: y no dormía, sino sobre la tierra
de su cabaña: y no andaba, sino con los pies descalzos. Y cuando
el demonio Mara le venía a hablar de la hermosura de su mujer,
y de las gracias de su niño, y de la riqueza de su palacio, y
de la arrogancia de mandar en su pueblo como rey, él llamaba a
sus discípulos, para consagrarse otra vez ante ellos a la virtud:
y el demonio Mara huía espantado. Esas son cosas que los hombres
sueñan, y llaman demonios a los consejos malos que vienen de lado
feo del corazón; sólo que como el hombre se ve con cuerpo y nombre,
pone nombre y cuerpo, como si fuesen personas, a todos los poderes
y fuerzas que imagina: ¡y ése es poder de veras, el que viene
de lo feo del corazón, y dice al hombre que viva para sus gustos
más que para sus deberes, cuando la verdad es que no hay gusto
mayor, no hay delicia más grande, que la vida de un hombre que
cumple con su deber, que está lleno alrededor de espinas!: ¿pero
que es mas bello, ni da más aromas que una rosa? Del monte volvió
Buda, porque pensó, después de mucho pensar, que con vivir sin
comer y beber no se hacia bien a los hombres, ni con dormir en
el suelo, ni con andar descalzo, sino que estaba la salvación
en conocer las cuatro verdades, que dicen que la vida es toda
de dolor, y que el dolor viene de desear, y que para vivir sin
dolor es necesario vivir sin deseo, y que el dulce nirvana, que
es la hermosura como de luz que le da al alma el desinterés, no
se logra viviendo, como loco o glotón, para los gustos de lo material,
y para amontonar a fuerza de odio y humillaciones el mando y la
fortuna, sino entendiendo que no se ha de vivir para la vanidad,
ni se ha de querer lo de otros y guardar rencor, ni se ha de dudar
de la armonía del mundo o ignorar nada de él o mortificarse con
la ofensa y la envidia, ni se ha de reposar hasta que el alma
sea como una luz de aurora, que llena de claridad y hermosura
al mundo, y llore y padezca por todo lo triste que hay en él,
y se vea como médico y padre de todos los que tienen razón de
dolor: es como vivir en un azul que no se acaba, con un gusto
tan puro que debe ser lo que se llama gloria, y con los brazos
siempre abiertos. Así vivió Buda, con su mujer y con su hijo,
luego que volvió del monte. Después sus discípulos, que eran muchos,
empezaron a vivir de lo que la gente les daba, porque les hablasen
de las verdades de Buda, y de sus hazañas cuando era príncipe,
y de cómo vivió en el monte; y el rey vio que en el nombre de
Buda había poder, porque la gente miraba todo lo de Buda como
cosa del cielo, tan hermoso que no podía ser hombre el que vivió
y habló así. Mandó el rey juntar a los discípulos, para que pusiesen
en libros la historia y los sermones y los consejos de Buda; y
puso a los discípulos a sueldo, para que el pueblo viese juntos
el poder del rey y el del cielo, de donde creía el pueblo que
había venido al mundo Buda. Hubo unos discípulos que hicieron
lo que el rey quería, y salieron con el ejército del rey a quitarles
a los países de los alrededores la libertad, con el pretexto de
que les iban a enseñar las verdades de Buda, que habían venido
del cielo. Y hubo otros que dijeron que eso era engaño de los
discípulos y robo del rey, y que la libertad de un pueblo pequeño
es más necesaria al mundo que el poder de un rey ambicioso, y
la mentira de los sacerdotes que sirven al rey por su dinero,
y que si Buda hubiera vivido, habría dicho la verdad, que él no
vino del cielo sino como vienen los hombres todos, que traen el
cielo en sí mismos, y lo ven, como se ve el sol, cuando, por el
cariño a los hombres y la honradez, llegan a ser como si no fuesen
de carne y de hueso, sino de claridad, y al malo le tienen compasión,
como a un enfermo a quien se ha de curar, y al bueno te dan fuerzas,
para que no se canse de animar y de servir al mundo: ¡ése sí que
es cielo, y gusto divino! Pero los discípulos que estaban con
el rey pudieron más; y el rey les mandó hacer pagodas de muchas
torres, donde ponían a Buda de dios en el altar, y los discípulos
se mandaron hacer túnicas de seda y mantos con mucho oro y bonetes
de picos, y a los discípulos más famosos los fueron enterrando
en las pagodas, con sus estatuas sobre la sepultura, y les encendían
luces de día y de noche, y la gente iba a arrodillarse delante
de ellos, para que les consolaran las penas que da el mundo, y
les dieran lo que deseaban tener en la tierra, y los recomendaran
a Buda en la hora de morir. Miles de años han pasado, y hay miles
de pagodas. Allí van los anamitas tristes, que ya no encuentran
en la tierra ayuda, y la van a pedir a lo desconocido del cielo.
Y
al teatro van para que no se les acabe la fuerza del corazón.
¡En el teatro no hay franceses! En el teatro les cuentan los cómicos
las historias de cuando Anam era país grande, y de tanta riqueza
que los vecinos lo querían conquistar; pero había muchos reyes,
y cada rey quería las tierras de los otros, así que en las peleas
se gastó el país, y los de afuera, los chinos, los de Siam, los
franceses, se juntaban con el caído para quitar el mando al vencedor,
y luego se quedaban de amos, y tenían en odio a los partidos de
la pelea, para que no se juntasen contra el de afuera, como se
debían juntar, y lo echaran por entrometido y alevoso, que viene
como amigo, vestido de paloma, y en cuanto se ve en el país, se
quita las plumas, y se le ve como es, tigre ladrón. En Anam el
teatro no es de lo que sucede ahora, sino la historia del país;
y la guerra que el bravo An-Yang le ganó al chino Chau-Tu; y los
combates de las dos mujeres, Cheng Tseh y Cheng Urh, que se vistieron
de guerreras, y montaron a caballo, y fueron de generales de la
gente de Anam, y echaron de sus trincheras a los chinos; y las
guerras de los reyes, cuando el hermano del rey muerto quería
mandar en Anam, en lugar de su sobrino, o venía el rey de lejos
a quitarle la tierra al rey Hue. Los anamitas, encuclillados,
oyen la historia, que no cuentan los cómicos hablando o cantando,
como en los dramas o, en las óperas, sino con una música de mucho
ruido que no deja oír lo que dicen los cómicos, que vienen vestidos
con túnicas muy ricas, bordadas de flores y pájaros que nunca
se han visto, con cascos de oro muy labrados en la cabeza, y alas
en la cintura, cuando son generales, y dos plumas muy largas en
el casco, si son príncipes: y si son gente así, de mucho poder,
no se sientan en las sillas de siempre, sino en sillas muy altas.
Y cuentan, y pelean, y saludan, y conversan, y hacen que toman
té, y entran por la puerta de la derecha, y salen por la puerta
de la izquierda: y la música toca sin parar, con sus platillos
y su timbalón y su clarín y su violinete; y es un tocar extraño,
que parece de aullidos y de gritos sin arreglo y sin orden, pero
se ve que tiene un tono triste cuando se habla de muerte, y otro
como de ataque cuando viene un rey de ganar una batalla, y otro
como de procesión de mucha alegría cuando se casa la princesa,
y otro como de truenos y de ruido cuando entra, con su barba blanca,
el gran sacerdote y cada tono lo adornan los músicos como les
parece bien, inventando el acompañamiento según lo van tocando,
de modo que parece que es música sin regla, aunque si se pone
bien el oído se ve que la regla de ellos es dejarle la idea libre
al que toca, para que se entusiasme de veras con los pensamientos
del drama, y ponga en la música la alegría, o la pena, o la poesía,
o la furia que sienta en el corazón, sin olvidarse del tono de
la música vieja, que todos los de la orquesta tienen que saber,
para que haya una guía en medio del desorden de su invención,
que es mucho de veras, porque el que no conoce sus tonos no oye
más que los tamborazos y la algarabía; y así sucede en los teatros
de Anam que a un europeo le da dolor de cabeza, y le parece odiosa,
la música que al anamita que está junto a él le hace reír de gusto,
o llorar de la pena, según estén los músicos contando la historia
del letrado pobre que a fuerza de ingenio se fue burlando de los
consejeros del rey, hasta que el consejero llegó a ser el pobre,—o
la otra historia triste del príncipe que se arrepintió de haber
llamado al extranjero a mandar en su país, y se dejó morir de
hambre a los pies de Buda, cuando no había remedio ya, y habían
entrado a miles en la tierra cobarde los extranjeros ambiciosos,
y mandaban en el oro y las fábricas de seda, y en el reparto de
las tierras, y en el tribunal de la justicia los extranjeros,
y los hijos mismos de la tierra ayudaban al extranjero a maltratar
al que defendía con el corazón la libertad de la tierra: la música
entonces toca bajo y despacio, y como si llorase, y como si se
escondiese debajo de la tierra: y los actores, como si pasase
un entierro, se cubren con las mangas del traje las caras. Y así
es la música de sus dramas de historia, y de los de pelea, y de
los de casamiento, mientras los actores gritan y andan delante
de los músicos en el escenario, y los generales se echan por la
tierra, para figurar que están muertos, o pasan la pierna derecha
por sobre la espalda de una silla, para decir que van a montar
a caballo, o entran por entre unas cortinas el novio y la princesa,
para que se sepa que se acaban de casar. Porque el teatro es un
salón abierto, sin las bambalinas ni bastidores, y sin aparatos
ni pinturas: sino que cuando la escena va a cambiar, sale un regidor
de blusa y turbante, y se lo dice al público, o pone una mesa,
que quiere decir banquete, o cuelga una lanza al fondo, que quiere
decir batalla, o sopla el alcohol que trae en la boca sobre una
antorcha encendida, lo que quiere decir que hay incendio. Y este
de la blusa, que anda poniendo y quitando, sale y entra entre
los que hacen de príncipes de seda y generales de oro, de mil
años atrás, cuando los parientes del príncipe Ly-Tieng-Vuong querían
darle a beber una taza de té envenenado. Allá adentro, en lo que
no se ve del teatro, hay como un mostrador, con cajas de pintarse
y espejos en la pared, y un rosario de barbas, de donde el que
hace de loco toma la amarilla, y la colorada el que hace de fiero,
y la negra el que hace de rey hermoso, y el que hace de viejo
toma la barba blanca. Y se pinta la cara el que hace de gobernador,
de colorado y de negro. Por encima de todo, en lo más alto de
la pared, hay una estatua de Buda. Al salir del teatro, los anamitas
van hablando mucho, como enojados, como si quisieran echar a correr,
y parece que quieren convencer a sus amigos cobardes, y que los
amenazan. De la pagoda salen callados, con la cabeza baja, con
las manos en los bolsillos de la blusa azul. Y si un francés les
pregunta algo en el camino, le dicen en su lengua: «No sé». Y
si un anamita les habla de algo en secreto, le dicen: «¡Quién
sabe!»
Historia de la cuchara y el tenedor
¡Cuentan
las cosas con tantas palabras raras, y uno no las puede entender!:
como cuando le dicen ahora a uno en la Exposición de París: «Tome
una djirincka—¡djirincka!—y vea en un momento todo lo de
la Explanada»: ¡pero primero le tienen que decir a uno lo que
es djirincka! Y por eso no entiende uno las cosas: porque
no entiende uno las palabras en que se las dicen. Y luego, que
no se lo han de decir a uno todo de la primera vez, porque es
tanto que no se lo puede entender todo, como cuando entra uno
en una catedral, que de grande que es no ve uno más que los pilares
y los arcos, y la luz allá arriba, que entra como jugando por
los cristales; y luego, cuando uno ha estado muchas veces, ve
claro en la oscuridad, y anda como por una casa conocida. Y no
es que uno no quiere saber; porque la verdad es que da vergüenza
ver algo y no entenderlo, y el hombre no ha de descansar baste
que no entienda todo lo que ve. La muerte es lo más difícil de
entender; pero los viejos que han sido buenos dicen que ellos
saben lo que es, y por eso están tranquilos, porque es como cuando
va a salir el sol, y todo se pone en el mundo fresco y de unos
colores hermosos. Y la vida no es difícil de entender tampoco.
Cuando uno sabe para lo que sirve todo lo que da la tierra, y
sabe lo que han hecho los hombres en el mundo, siente uno deseos
de hacer más que ellos todavía: y eso es la vida. Porque los que
se están con los brazos cruzados, sin pensar y sin trabajar, viviendo
de lo que otros trabajan, ésos comen y beben como los demás hombres,
pero en la verdad de la verdad, ésos no están vivos.
Los
que están vivos de veras son los que nos hacen los cubiertos de
comer, que parecen de plata, y no son de plata pura, sino de una
mezcla de metales pobres, a la que le ponen encima con la electricidad
uno como baño de plata. Esos sí que trabajan, y hay taller que
hace al día cuatrocientas docenas de cubiertos, y tiene como más
de mil trabajadores: y muchos son mujeres, que hacen mejor que
el hombre todas las cosa de finura y elegancia. Nosotros, los
hombres, somos como el león del mundo, y como el caballo de pelear,
que no está contento ni se pone hermoso sino cuando huele batalla,
y oye ruido de sables y cañones. La mujer no es como nosotros,
sino como una flor, y hay que tratarla así, con mucho cuidado
y cariño, porque si la tratan mal, se muere pronto, lo mismo que
las flores. Para lo delicado tienen mujeres en esas obras de platería,
para limar las piezas finas, para bordarlas como encaje, con una
sierra que va cortando la plata en dibujos, como esas máquinas
de labrar relojes y cestos y estantes de madera blanda. Pero para
lo fuerte tienen hombres; para hervir los metales, para hacer
ladrillos de ellos, para ponerlos en la máquina delgados como
hoja de papel, para las máquinas de recortar en la hoja muchas
cucharas y tenedores a la vez, para platearlos en la artesa, donde
está la plata hecha agua, de modo que no se la ve, pero en cuanto
pasa por la artesa la electricidad, se echa toda sobre las cucharas
y los tenedores, que están dentro colgados en hilera de un madero,
como las púas de un peine.
Y
ya vamos contando la Historia de la Cuchara y el Tenedor. Antes
hacían de plata pura todo lo de la mesa, y las jarras y fruteras
que se hacen hoy en máquina: no más que para darle figura de jarra
a un redondel de plata estaba el pobre hombre dándole con el martillo
alrededor de una punta del yunque, hasta que empezaba a tener
figura de jarrón, y luego lo hundía de un lado y lo iba anchando
de otro, hasta que quedaba redondo de abajo y estrecho en la boca,
y luego, a fuerza de mano, le iba bordando de adentro los dibujos
y las flores. Ahora se hace con maquina todo eso, y de un vuelo
de la rueda queda el redondel hecho un jarro hueco, y lo de mano
no es más que lo último, cuando va al dibujo fino de los cinceladores.
De esto se puede hablar aquí, porque donde hacen los jarros, hacen
los cubiertos; y el metal, lo mismo tienen que hervirlo, y mezclarlo,
y enfriarlo, y aplastarlo en láminas para hacer un jarrón que
para hacer una cuchara de té. Es hermoso ver eso, y parece que
está uno en las entrañas de la tierra, allá donde está el fuego
como el mar, que rebosa a veces y quiere salir, que es cuando
hay terremotos, y cuando echan humo y agua caliente y cenizas
y lava los volcanes, como si se estuviera quemando por adentro
el mundo. Eso parece el taller de platería cuando están derritiendo
el metal. En un horno se cocinan las piedras, que dan humo y se
van desmoronando, y parecen cera que se derrite, y como un agua
turbia. En una caldera hierven juntos el níquel, el cobre y el
zinc, y luego enfrían la mezcla de los tres metales, y la cortan
en barras antes que se acabe de enfriar. No se sabe qué es; pero
uno ve con respeto, y como con cariño, a aquellos hombres de delantal
y cachucha que sacan con la pala larga de un horno a otro el metal
hirviente; tienen cara de gente buena, aquellos hombres de cachucha:
ya no es piedra el metal, como era cuando lo trajo el carretón,
sino que lo que era piedra se ha hecho barro y ceniza con el calor
del horno, y el metal está en la caldera, hirviendo con un ruido
que parece susurro, como cuando se tiende la espuma por la playa,
o sopla un aire de mañana en las hojas del bosque. Sin saber por
qué, se calla uno, y se siente como más fuerte, en el taller de
las calderas.
Y
después, es como un paseo por una calle de máquinas. Todas se
están moviendo a la vez. El vapor es el que las hace andar, pero
no tiene cada máquina debajo la caldera del agua, que da el vapor:
el vapor está allá, en lo hondo de la platería, y de allí mueve
unas correas anchas, que hacen dar vueltas a las ruedas de andar,
y en cuanto se mueve la rueda de andar en cada máquina, andan
las demás ruedas. La primera máquina se parece a una prensa de
enjugar la ropa, donde la ropa sale exprimida entre dos cilindros
de goma: allí los cilindros no son de goma, sino de acero; y la
barra de metal sale hecha una lámina, del grueso de un cartón:
es un cartón de metal. Luego viene la agujereadora, que es una
máquina con uno como mortero que baja y sube, como la encía de
arriba cuando se come; y el mortero tiene muchas cuchillas en
figura de martillo de cabeza larga y estrecha, o de una espumadera
de mango fino y cabeza redonda, y cuando baja el mortero todas
las cuchillas cortan la lámina a la vez, y dejan la lámina agujereada,
y el metal de cada agujero cae a un cesto debajo: y ése es la
cuchara, ése es el tenedor. Cada uno de esos pedazos de metal
recortados y chatos de figura de martillo es un tenedor; cada
uno de los de cabeza redonda, como una moneda muy grande, es una
cuchara, ¿Que cómo se le sacan los dientes al tenedor? ¡Ah! esos
recortes chatos, lo mismo que los de las cucharas, tienen que
calentarse otra vez en el horno, porque si el metal no está caliente
se pone tan duro que no se le puede trabajar, y para darle forma
tiene que estar blando. Con unas tenazas van sacando los recortes
del horno: los ponen en un molde de otra máquina que tiene un
mortero de aplastar, y del golpe del mortero ya salen los recortes
con figura, y se le ve al tenedor la punta larga y estrecha. Otra
máquina más fina lo recorta mejor. Otra le marca los dientes,
pero no sueltos ya, como están en el tenedor acabado, sino sujetos
todavía. Otra máquina le recorta las uniones, y ya está el tenedor
con sus dientes. Luego va a los talleres del trabajo fino. En
uno le ponen el filete al mango. En otro le dan la curva, porque
de las máquinas de los dientes salió chato, como una hoja de papel.
En otra le liman y le redondean las esquinas. En otra lo cincelan
si ha de ir adornado, o le ponen las iniciales, si lo quieren
con letras. En otra lo pulen, que es cosa muy curiosa, parecida
a la de las piedras de amolar, sólo que la máquina de pulir anda
más de prisa, y la rueda es de alambres delgados como cabellos,
como un cepillo que da vueltas, y muchas, como que da dos mil
quinientas vueltas en un minuto. Y de allí sale el tenedor o la
cuchara a la platería de veras, porque es donde les ponen el baño
de la electricidad, y quedan como vestidos con traje de plata.
Los cubiertos pobres, los que van a costar poco, no llevan más
que un baño o dos: los buenos llevan tres, para que la plata les
dure, aunque nunca dura tanto como la plata que se trabajaba antes
con el martillo. Como las cucharas, pues: antes, para hacer una
cuchara, no había máquinas de aplastar el metal, ni de sacarlo
en láminas delgadas como ahora, sino que a martillazo puro tenía
que irlo aplastando el platero, hasta que estaba como él lo quería,
y recortaba la cuchara a fuerza de mano, y a muñeca viva le daba
al mango el doblez, y para hacerle el hueco le daba golpes muy
despacio, cada vez en un punto diferente, encima de un yunque
que parecía de jugar, con la punta redonda, como un huevo, hasta
que quedaba hueca por dentro la cuchara. Ahora la máquina hace
eso. Ponen el recorte de figura de espumadera en uno como yunque,
que por la cabeza, donde cae lo redondo, está vacío: de arriba
baja con fuerza el mortero, que tiene por debajo un huevo de hierro,
y mete lo redondo del recorte en lo hueco del yunque. Ya está
la cuchara. Luego la liman, y la adornan, y la pulen como el tenedor,
y la llevan al baño de plata: porque es un baño verdadero, en
que la plata está en el agua, deshecha, con una mezcla que llaman
cianuro de potasio—¡los nombres químicos son todos así!: y entra
en el baño la electricidad, que es un poder que no se sabe lo
que es, pero da luz, y calor, y movimiento, y fuerza, y cambia
y descompone en un instante los metales, y a unos los separa,
y a los otros los junta, como en este baño de platear que, en
cuanto la electricidad entra y lo revuelve, echa toda la plata
del agua sobre las cucharas y los tenedores colgados dentro de
él. Los sacan chorreando. Los limpian con sal de potasa. Los tienen
al calor sobre láminas de hierro caliente. Los secan bien en tinas
de aserrín. Los bruñen en la máquina de cepillar. Con la badana
les sacan brillo. Y nos los mandan a la casa, blancos como la
luz, en su caja de terciopelo o de seda.
La
muñeca negra
De
puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en
el cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como
dos muchachones. Vienen de la mano, como dos muchachos. El padre
viene detrás, como si fuera a tropezar con todo. La madre no tropieza;
porque conoce el camino. ¡Trabaja mucho el padre, para comprar
todo lo de la casa, y no puede ver a su hija cuando quiere! A
veces, allá en el trabajo, se ríe solo, o se pone de repente como
triste, o se le ve en la cara como una luz: y es que está pensando
en su hija: se le cae la pluma de la mano cuando piensa así, pero
enseguida empieza a escribir, y escribe tan de prisa, tan de prisa,
que es como si la pluma fuera volando. Y le hace muchos rasgos
a la letra, y las oes le salen grandes como un sol, y las ges
largas como un sable, y las eles están debajo de la línea, como
si se fueran a clavar en el papel, y las eses caen al fin de la
palabra, como una hoja de palma; ¡tiene que ver lo que escribe
el padre cuando ha pensado mucho en la niña! El dice que siempre
que le llega por la ventana el olor de las flores del jardín,
piensa en ella. O a veces, cuando está trabajando cosas de números,
o poniendo un libro sueco en español, la ve venir, venir despacio,
como en una nube, y se le sienta al lado, le quita la pluma, para
que repose un poco, le da un beso en la frente, le tira de la
barba rubia, le esconde el tintero: es sueño no más, no más que
sueño, como esos que se tienen sin dormir, en que ve uno vestidos
muy bonitos, o un caballo vivo de cola muy larga, o un cochecito
con cuatro chivos blancos, o una sortija con la piedra azul: sueño
es no más, pero dice el padre que es como si lo hubiera visto,
y que después tiene más fuerza y escribe mejor. Y la niña se va,
se va despacio por el aire, que parece de luz todo: se va como
una nube.
Hoy
el padre no trabajó mucho, porque tuvo que ir a una tienda: ¿a
qué iría el padre a una tienda?: y dicen que por la puerta de
atrás entró una caja grande: ¿qué vendrá en la caja?: ¡a saber
lo que vendrá!: mañana hace ocho años que nació Piedad. La criada
fue al jardín, y se pinchó el dedo por cierto, por querer coger,
para un ramo que hizo, una flor muy hermosa. La madre a todo dice
que sí, y se puso el vestido nuevo, y le abrió la jaula al canario.
El cocinero está haciendo un pastel, y recortando en figura de
flores los nabos y las zanahorias, y le devolvió a la lavandera
el gorro, porque tenía una mancha que no se veía apenas, pero,
«¡hoy, hoy, señora lavandera, el gorro ha de estar sin mancha!»
Piedad no sabía, no sabía. Ella sí vio que la casa estaba como
el primer día de sol, cuando se va ya la nieve, y les salen las
hojas a los árboles. Todos sus juguetes se los dieron aquella
noche, todos. Y el padre llegó muy temprano del trabajo, a tiempo
de ver a su hija dormida. La madre lo abrazó cuando lo vio entrar:
¡y lo abrazó de veras! Mañana cumple Piedad ocho años.
El
cuarto está a media luz, una luz como la de las estrellas, que
viene de la lámpara de velar, con su bombillo de color de ópalo.
Pero se ve, hundida en la almohada, la cabecita rubia. Por la
ventana entra la brisa, y parece que juegan, las mariposas que
no se ven, con el cabello dorado. Le da en el cabello la luz.
Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas. ¡Al suelo,
el tocador de jugar! ¡Este padre ciego, que tropieza con todo!
Pero la niña no se ha despertado. La luz le da en la mano ahora;
parece una rosa la mano. A la cama no se puede llegar; porque
están alrededor todos los juguetes, en mesas y sillas En una silla
está el baúl que le mandó en pascuas la abuela, lleno de almendras
y de mazapanes: boca abajo está el baúl, como si lo hubieran sacudido,
a ver si caía alguna almendra de un rincón, o si andaban escondidas
por la cerradura algunas migajas de mazapán; ¡eso es, de seguro,
que las muñecas tenían hambre! En otra silla está la loza, mucha
loza y muy fina, y en cada plato una fruta pintada: un plato tiene
una cereza, y otro un higo, y otro una uva: da en el plato ahora
la luz, en el plato del higo, y se ven como chispas de estrella:
¿cómo habrá venido esta estrella a los platos?: «¡Es azúcar!»
dice el pícaro padre: «¡Eso es, de seguro!»: dice la madre, «eso
es que estuvieron las muñecas golosas comiéndose el azúcar.» El
costurero está en otra silla, y muy abierto, como de quien ha
trabajado de verdad; el dedal está machucado ¡de tanto coser!:
cortó la modista mucho, porque del calicó que le dio la madre
no queda más que un redondel con el borde de picos, y el suelo
está por allí lleno de recortes, que le salieron mal a la modista,
y allí está la chambra empezada a coser, con la aguja clavada,
junto a una gota de sangre. Pero la sala, y el gran juego, está
en el velador, al lado de la cama. El rincón, allá contra la pared,
es el cuarto de dormir de las muñequitas de loza, con su cama
de la madre, de colcha de flores, y al lado una muñeca de traje
rosado, en una silla roja: el tocador está entre la cama y la
cuna, con su muñequita de trapo, tapada hasta la nariz, y el mosquitero
encima: la mesa del tocador es una cajita de cartón castaño, y
el espejo es de los buenos, de los que vende la señora pobre de
la dulcería, a dos por un centavo. La sala está en lo de delante
del velador, y tiene en medio una mesa, con el pie hecho de un
carretel de hilo, y lo de arriba de una concha de nácar, con una
jarra mexicana en medio, de las que traen los muñecos aguadores
de México: y alrededor unos papelitos doblados, que son los libros.
El piano es de madera, con las teclas pintadas; y no tiene banqueta
de tomillo, que eso es poco lujo, sino una de espaldar, hecha
de la caja de una sortija, con lo de abajo forrado de azul; y
la tapa cosida por un lado, para la espalda, y forrada de rosa;
y encima un encaje. Hay visitas, por supuesto, y son de pelo de
veras, con ropones de seda lila de cuartos blancos, y zapatos
dorados: y se sientan sin doblarse, con los pies en el asiento:
y la señora mayor, la que trae gorra color de oro, y está en el
sofá, tiene su levantapiés, porque del sofá se resbala; y el levantapiés
es una cajita de paja japonesa, puesta boca abajo: en un sillón
blanco están sentadas juntas, con los brazos muy tiesos, dos hermanas
de loza. Hay un cuadro en la sala, que tiene detrás, para que
no se caiga, un pomo de olor: y es una niña de sombrero colorado,
que trae en los brazos un cordero. En el pilar de la cama, del
lado del velador, está una medalla de bronce, de una fiesta que
hubo, con las cintas francesas: en su gran moña de los tres colores
está adornando la sala el medallón, con el retrato de un francés
muy hermoso, que vino de Francia a pelear porque los hombres fueran
libres, y otro retrato del que inventó el pararrayos, con la cara
de abuelo que tenla cuando pasó el mar para pedir a los reyes
de Europa que lo ayudaran a hacer libre su tierra: ésa es la sala,
y el gran juego de Piedad. Y en la almohada, durmiendo en su brazo,
y con la boca desteñida de los besos, está su muñeca negra.
Los
pájaros del jardín la despertaron por la mañanita. Parece que
se saludan los pájaros, y la convidan a volar. Un pájaro llama,
y otro pájaro responde. En la casa hay algo, porque los pájaros
se ponen así cuando el cocinero anda por la cocina saliendo y
entrando, con el delantal volándole por las piernas, y la olla
de plata en las dos manos, oliendo a leche quemada y a vino dulce.
En la casa hay algo: porque si no, ¿para qué está ahí, al pie
de la cama, su vestidito nuevo, el vestidito color de perla, y
la cinta lila que compraron ayer, y las medias de encaje? «Yo
te digo, Leonor, que aquí pasa algo. Dímelo tú, Leonor, tú que
estuviste ayer en el cuarto de mamá, cuando yo fui a paseo. ¡Mamá
mala, que no te dejó ir conmigo, porque dice que te he puesto
muy fea con tantos besos, y que no tienes pelo, porque te he peinado
mucho! La verdad, Leonor: tú no tienes mucho pelo; pero yo te
quiero así, sin pelo, Leonor: tus ojos son los que quiero yo,
porque con los ojos me dices que me quieres: te quiero mucho,
porque no te quieren: ¡a ver! ¡sentada aquí en mis rodillas, que
te quiero peinar!: las niñas buenas se peinan en cuanto se levantan:
¡a ver, los zapatos, que ese lazo no está bien hecho!: y los dientes:
déjame ver los dientes: las uñas: ¡Leonor, esas uñas no están
limpias! Vamos, Leonor, dime la verdad: oye, oye a los pájaros
que parece que tienen baile: dime, Leonor, ¿qué pasa en esta casa?»
Y a Piedad se le cayó el peine de la mano, cuando le tenía ya
una trenza hecha a Leonor; y la otra estaba toda alborotada. Lo
que pasaba, allí lo veía ella. Por la puerta venía la procesión.
La primera era la criada, con el delantal de rizos de los días
de fiesta, y la cofia de servir la mesa en los días de visita:
traía el chocolate, el chocolate con crema, lo mismo que el día
de año nuevo, y los panes dulces en una cesta de plata: luego
venía la madre, con un ramo de flores blancas y azules: ¡ni una
flor colorada en el ramo, ni una flor amarilla!: y luego venía
la lavandera, con el gorro blanco que el cocinero no se quiso
poner, y un estandarte que el cocinero le hizo, con un diario
y un bastón: y decía en el estandarte, debajo de una corona de
pensamientos: «¡Hoy cumple Piedad ocho años!» Y la besaron, y
la vistieron con el traje color de perla, y la llevaron, con el
estandarte detrás, a la sala de los libros de su padre, que tenía
muy peinada su barba rubia, como si se la hubieran peinado muy
despacio, y redondéandole las puntas, y poniendo cada hebra en
su lugar. A cada momento se asomaba a la puerta, a ver si Piedad
venía: escribía, y se ponía a silbar: abría un libro, y se quedaba
mirando a un retrato, a un retrato que tenía siempre en su mesa,
y era como Piedad, una Piedad de vestido largo. Y cuando oyó ruido
de pasos, y un vocerrón que venía tocando música en un cucurucho
de papel, ¿quién sabe lo que sacó de una caja grande?: y se fue
a la puerta con una mano en la espalda: y con el otro brazo cargó
a su hija. Luego dijo que sintió como que en el pecho se le abría
una flor, y como que se le encendía en la cabeza un palacio, con
colgaduras azules de flecos de oro, y mucha gente con alas: luego
dijo todo eso, pero entonces, nada se le oyó decir. Hasta que
Piedad dio un salto en sus brazos, y se le quiso subir por el
hombro, porque en un espejo había visto lo que llevaba en la otra
mano el padre. «¡Es como el sol el pelo, mamá, lo mismo que el
sol! ¡ya la vi, ya la vi, tiene el vestido rosado! ¡dile que me
la dé, mamá: si es de peto verde, de peto de terciopelo! ¡como
las mías son las medias, de encaje como las mías!» Y el padre
se sentó con ella en el sillón, y le puso en los brazos la muñeca
de seda y porcelana. Echó a correr Piedad, como si buscase a alguien.
«¿Y yo me quedo hoy en casa por mi niña», le dijo su padre, «y
mi niña me deja solo? «Ella escondió la cabecita en el pecho de
su padre bueno. Y en mucho, mucho tiempo, no la levantó, aunque
¡de veras! le picaba la barba.
Hubo
paseo por el jardín, y almuerzo con un vino de espuma debajo de
la parra, y el padre estaba muy conversador, cogiéndole a cada
momento la mano a su mamá, y la madre estaba como más alta, y
hablaba poco, y era como música todo lo que hablaba. Piedad le
llevó al cocinero una dalia roja, y se la prendió en el pecho
del delantal: y a la lavandera le hizo una corona de claveles:
y a la criada le llenó los bolsillos de flores de naranjo, y le
puso en el pelo una flor, con sus dos hojas verdes. Y luego, con
mucho cuidado, hizo un ramo de nomeolvides. «¿Para quién es ese
ramo, Piedad?» «No sé, no sé para quién es: ¡quién sabe si es
para alguien!» Y lo puso a la orilla de la acequia, donde corría
como un cristal el agua. Un secreto le dijo a su madre, y luego
le dijo: «¡Déjame ir!» Pero le dijo «caprichosa» su madre: «¿y
tu muñeca de seda, no te gusta? mírale la cara, que es muy linda:
y no le has visto los ojos azules». Piedad sí se los había visto;
y la tuvo sentada en la mesa después de comer, mirándola sin reírse;
y la estuvo enseñando a andar en el jardín. Los ojos era lo que
le miraba ella: y le tocaba en el lado del corazón: «¡Pero, muñeca,
háblame, háblame!» Y la muñeca de seda no le hablaba. «¿Conque
no te ha gustado la muñeca que te compré, con sus medias de encaje
y su cara de porcelana y su pelo fino?» «Sí, mi papá, sí me ha
gustado mucho. Vamos, señora muñeca, vamos a pasear. Usted querrá
coches, y lacayos, y querrá dulce de castañas, señora muñeca.
Vamos, vamos a pasear.» Pero en cuanto estuvo Piedad donde no
la veían, dejó a la muñeca en un tronco, de cara contra el árbol.
Y se sentó sola, a pensar, sin levantar la cabeza, con la cara
entre las dos manecitas. De pronto echó a correr, de miedo de
que se hubiese llevado el agua el ramo de nomeolvides.
—«Pero,
criada, llévame pronto!»—«¿Piedad, qué es eso de criada? ¡Tú nunca
le dices criada así, como para ofenderla!»—«No, mamá, no: es que
tengo mucho sueño: estoy muerta de sueño. Mira: me parece que
es un monte la barba de papá: y el pastel de la mesa me da vueltas,
vueltas alrededor, y se están riendo de mí las banderitas: y me
parece que están bailando en el aire las flores de zanahoria:
estoy muerta de sueño: ¡adiós, mi madre!: mañana me levanto muy
tempranito: tú, papá, me despiertas antes de salir: yo te quiero
ver siempre antes de que te vayas a trabajar: ¡oh, las zanahorias!
¡estoy muerta de sueño! ¡Ay, mamá, no me mates el ramo! ¡mira,
ya me mataste mi flor!»—«¿Conque se enoja mi hija porque le doy
un abrazo?»—«¡Pégame, mi mamá! ¡papá, pégame tú! es que tengo
mucho sueño.» Y Piedad salió de la sala de los libros, con la
criada que le llevaba la muñeca de seda. «¡Qué de prisa va la
niña, que se va a caer! ¿Quién espera a la niña?»—«¡Quién sabe
quien me espera!» Y no habló con la criada: no le dijo que le
contase el cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor:
un juguete no más le pidió, y lo puso a los pies de la cama y
le acarició a la criada la mano, y se quedó dormida. Encendió
la criada la lámpara de velar, con su bombillo de ópalo: salió
de puntillas: cerró la puerta con mucho cuidado. Y en cuanto estuvo
cerrada la puerta, relucieron dos ojitos en el borde de la sábana:
se alzó de repente la cubierta rubia: de rodillas en la cama,
le dio toda la luz a la lámpara de velar: y se echó sobre el juguete
que puso a los pies, sobre la muñeca negra. La besó, la abrazó,
se la apretó contra el corazón: «Ven, pobrecita: ven, que esos
malos te dejaron aquí sola: tú no estás fea, no, aunque no tengas
más que una trenza: la fea es ésa, la que han traído hoy, la de
los ojos que no hablan: dime, Leonor, dime, ¿tú pensaste en mí?:
mira el ramo que te traje, un ramo de nomeolvides, de los más
lindos del jardín: ¡así, en el pecho! ¡ésta es mi muñeca linda!
¿y no has llorado? ¡te dejaron tan sola! ¡no me mires así, porque
voy a llorar yo! ¡no, tú no tienes frío! ¡aquí conmigo, en mi
almohada, verás como te calientas! ¡y me quitaron, para que no
me hiciera daño, el dulce que te traía! ¡así, así, bien arropadita!
¡a ver, mi beso, antes de dormirte! ¡ahora, la lámpara baja! ¡y
a dormir, abrazadas las dos! ¡te quiero, porque no te quieren!»
Cuentos
de elefantes
De
África cuentan ahora muchas cosas extrañas, porque anda por allí
la gente europea descubriendo el país, y los pueblos de Europa
quieren mandar en aquella tierra rica, donde con el calor del
sol crecen plantas de esencia y alimento, y otras que dan fibras
de hacer telas, y hay oro y diamantes, y elefantes que son una
riqueza, porque en todo el mundo se vende muy caro el marfil de
sus colmillos. Cuentan muchas cosas del valor con que se defienden
los negros, y de las guerras en que andan, como todos los pueblos
cuando empiezan a vivir, que pelean por ver quién es más fuerte,
o por quitar a su vecino lo que quieren tener ellos. En estas
guerras quedan de esclavos los prisioneros que tomó en la pelea
el vencedor, que los vende a los moros infames que andan por allá
buscando prisioneros que comprar, y luego los venden en las tierras
moras. De Europa van a África hombres buenos, que no quieren que
haya en el mundo estas ventas de hombres; y otros van por el ansia
de saber, y viven años entre las tribus bravas, hasta que encuentran
una yerba rara, o un pájaro que nunca se ha visto, o el lago de
donde nace un río: y otros van de tropa, a sueldo del Khedive
que manda en Egipto, a ver como echan de la tierra a un peleador
famoso que llaman el Mahdí, y dice que él debe gobernar, porque
él es moro libre y amigo de los pobres, no como el Khedive, que
manda como criado del Sultán turco extranjero, y alquila peleadores
cristianos para pelear contra el moro del país, y quitar la tierra
a los negros sudaneses. En esas guerras dicen que murió un inglés
muy valiente, aquel «Gordon el chino», que no era chino, sino
muy blanco y de ojos muy azules, pero tenía el apodo de chino,
porque en China hizo muchas heroicidades, y aquietó a la gente
revuelta con el cariño más que con el poder; que fue lo que hizo
en el Sudán, donde vivía solo entre los negros del país, como
su gobernador, y se les ponía delante a regañarlos como a hijos,
sin más armas que sus ojos azules, cuando lo atacaban con las
lanzas y las azagayas, o se echaba a llorar de piedad por los
negros cuando en la soledad de la noche los veía de lejos hacerse
señas, para juntarse en el monte, a ver cómo atacarían a los hombres
blancos. El Mahdí pudo más que él, y dicen que Gordon ha muerto,
o lo tiene preso el Mahdí. Mucha gente anda por África. Hay un
Chaillu que escribió un libro sobre el mono gorila que anda en
dos pies, y pelea a palos con los viajeros que lo quisieren cazar.
Livingstone viajó sin miedo por lo más salvaje de África, con
su mujer. Stanley está allá ahora, viendo cómo comercia, y salva
del Mahdí, al gobernador Emín Pachá. Muchos alemanes y franceses
andan allá explorando, descubriendo tierras, tratando y cambiando
con los negros, y viendo cómo les quitan el comercio a los moros.
Con los colmillos del elefante es con lo que comercian más, porque
el marfil es raro y fino, y se paga muy caro por él. Ese de África
es colmillo vivo; pero por Siberia sacan de los hielos colmillos
del mamut, que fue el elefante peludo, grande como una loma, que
ha estado en la nieve, en pie, cincuenta mil años. Y un inglés,
Logan, dice que no son cincuenta mil, sino que esas capas de hielo
se fueron echando sobre la tierra como un millón de años hace,
y que desde entonces, desde hace un millón de años, están enterrados
en la nieve dura los elefantes peludos.
Allí
se estuvieron en los hielos duros de Siberia, hasta que un día
iba un pescador por la orilla del río Lena, donde de un lado es
de arena la orilla, y de otro es de capas de hielo, echadas una
encima de otra como las hojas de un pastel, y tan perfectas que
parecen cosa de hombre esas leguas de capas. Y el pescador iba
cantando un cantar, en su vestido de piel, asombrado de la mucha
luz, como si estuviese de fiesta en el aire un sol joven. El aire
chispeaba. Se oían estallidos, como en el bosque nuevo cuando
se abre una flor. De las lomas corría, brillante y pura, un agua
nunca vista. Era que se estaban deshaciendo los hielos. Y allí,
delante del pobre Shumarkoff, salían del monte helado los colmillos,
gruesos como troncos de árboles, de un animal velludo, enorme,
negro. Como vivo estaba, y en el hielo transparente se le veía
el cuerpo asombroso. Cinco años tardó el hielo en derretirse alrededor
de él, hasta que todo se deshizo, y el elefante cayó rodando a
la orilla, con ruido de trueno. Con otros pescadores vino Shumarkoff
a llevarse los colmillos, de tres varas de largo. Y los perros
hambrientos le comieron la carne, que estaba fresca todavía, y
blanda como carne nueva: de noche, en la oscuridad, de cien perros
a la vez se oía el roer de los dientes, el gruñido de gusto, el
ruido de las lenguas. Veinte hombres a la vez no podían levantar
la piel crinuda, en la que era de a vara cada crin. Y nadie ha
de decir que no es verdad, porque en el museo de San Petersburgo
están todos los huesos, menos uno que se perdió; y un puñado de
la lana amarillosa que tenía sobre el cuello. De entonces acá,
los pescadores de Siberia han sacado de los hielos como dos mil
colmillos de mamut.
A
miles parece que andaban los mamuts, como en pueblos, cuando los
hielos se despeñaron sobre la tierra salvaje, hace miles de años;
y como en pueblos andan ahora, defendiéndose de los tigres y de
los cazadores por los bosques de Asia y de África; pero ya no
son velludos, como los de Siberia, sino que apenas tienen pelos
por los rincones de su piel blanda y arrugada, que da miedo de
veras, por la mucha fealdad, cuando lo cierto es que con el elefante
sucede como con las gentes del mundo, que porque tienen hermosura
de cara y de cuerpo las cree uno de alma hermosa, sin ver que
eso es como los jarrones finos, que no tienen nada dentro, y una
vez pueden tener olores preciosos, y otras peste, y otras polvo.
Con el elefante no hay que jugar, porque en la hora en que se
le enoja la dignidad, o le ofenden la mujer o el hijo, o el viejo,
o el compañero, sacude la trompa como un azote, y de un latigazo
echa por tierra al hombre más fuerte, o rompe un poste en astillas,
o deja un árbol temblando. Tremendo es el elefante enfurecido,
y por manso que sea en sus prisiones, siempre le llega, cuando
calienta el sol mucho en abril, o cuando se cansa de su cadena,
su hora de furor. Pero los que conocen bien al animal dicen que
sabe de arrepentimiento y de ternura, como un cuento que trae
un libro viejo que publicaron, allá al principiar este siglo,
los sabios de Francia, donde está lo que hizo un elefante que
mató a su cuidador, que allá llaman cornac, porque le había lastimado
con el arpón la trompa; y cuando la mujer del cornac se le arrodilló
desesperada delante con su hijito, y le rogó que los matase a
ellos también, no los mató, sino que con la trompa le quitó el
niño a la madre, y se lo puso sobre el cuello, que es donde los
cornacs se sientan, y nunca permitió que lo montase más cornac
que aquél.
La
trompa es lo que más cuida de todo su cuerpo recio el elefante,
porque con ella come y bebe, y acaricia y respira, y se quita
de encima los animales que le estorban, y se baña. Cuando nada
¡y muy bien que nadan los elefantes! no se le ve el cuerpo, porque
está en el agua todo, sino la punta de la trompa, con los dos
agujeros en que acaban las dos canales que atraviesan la trompa
a lo largo, y llegan por arriba a la misma nariz, que tiene como
dos tapaderas, que abre y cierra según quiera recibir el aire,
o cerrarle el camino a lo que en las canales pueda estar. Nadie
diga que no es verdad, porque hay quien se ha puesto a contarlos:
como cuarenta mil músculos tiene la trompa del elefante, la «proboscis»,
como dice la gente de libros: toda es de músculos, entretejidos
como una red: unos están a la larga, de la nariz a la punta, y
son para mover la trompa adonde el elefante quiere, y encogerla,
enroscarla, subirla, bajarla, tenderla: otros son a lo ancho,
y van de las canales a la piel, como los rayos de una rueda van
del eje a la llanta: ésos son para apretar las canales o ensancharlas.
¿Qué no hace el elefante con su trompa? La yerba más fina la arranca
del suelo. De la mano de un niño recoge un cacahuete. Se llena
la trompa de agua, y la echa sobre la parte de su cuerpo en que
siente calor. Los elefantes enseñados se quitan y se ponen la
carga con la trompa. Un hilo levantan del suelo, y como un hilo
levantan a un hombre. No hay más modo de acobardar a un elefante
enfurecido que herirle de veras en la trompa. Cuando pelea con
el tigre, que casi siempre lo vence, lo echa arriba y abajo con
los colmillos, y hace por atravesarlo; pero la trompa la lleva
en el aire. Del olor del tigre no más, brama con espanto el elefante:
las ratas le dan miedo: le tiene asco y horror al cochino. ¡A
cuanto cochino ve, trompazo! Lo que lo gusta es el vino bueno,
y el arrak, que es el ron de la India, tanto que los cornacs le
conocen el apetito, y cuando quieren que trabaje más de lo de
costumbre, le enseñan una botella de arrak, que él destapa con
la trompa luego, y bebe a sorbo tendido; sólo que el cornac tiene
que andar con cuidado, y no hacerle esperar la botella mucho,
porque le puede suceder lo que al pintor francés que, para pintar
a un elefante mejor, le dijo a su criado que se lo entretuviese
con la cabeza alta tirándole frutas a la trompa, pero el criado
se divertía haciendo como que echaba al aire fruta sin tirarla
de veras, hasta que el elefante se enojó, y se le fue encima a
trompazos al pintor, que se levantó del suelo medio muerto, y
todo lleno de pinturas. Es bueno el elefante de naturaleza, y
se deja domar del hombre, que lo tiene de bestia de carga, y va
sobre él, sentado en un camarín de colgaduras, a pelear en las
guerras de Asia, o a cazar el tigre, como desde una torre segura.
Los príncipes del Indostán van a sus viajes en elefantes cubiertos
de terciopelos de mucho bordado y pedrería, y cuando viene de
Inglaterra otro príncipe, lo pasean por las calles en el camarín
de paño de oro que va meciéndose sobre el lomo de los elefantes
dóciles, y el pueblo pone en los balcones sus tapices ricos, y
llena las calles de hojas de rosa.
En
Siam no es sólo cariño lo que le tienen al elefante, sino adoración,
cuando es de piel clara, que allí creen divina, porque la religión
siamesa les enseña que Buda vive en todas partes, y en todos los
seres, y unas veces en unos y otras en otros, y como no hay vivo
de más cuerpo que el elefante, ni color que haga pensar mas en
la pureza que lo blanco, al elefante blanco adoran, como si en
él hubiera más de Buda que en los demás seres vivos. Le tienen
palacio, y sale a la calle entre hileras de sacerdotes, y le dan
las yerbas más finas y el mejor arrak, y el palacio se lo tienen
pintado como un bosque, para que no sufra tanto de su prisión,
y cuando el rey lo va a ver es fiesta en el país, porque creen
que el elefante es dios mismo, que va decir al rey el buen modo
de gobernar. Y cuando el rey quiere regalar a un extranjero algo
de mucho valor, manda hacer una caja de oro puro, sin liga de
otro metal, con brillantes alrededor, y dentro pone, como una
reliquia, recortes de pelo del elefante blanco. En África no los
miran los pueblos del país como dioses, sino que les ponen trampas
en el bosque, y se les echan encima en cuanto los ven caer, para
alimentarse de la carne, que es fina y jugosa: o los cazan por
engaño, porque tienen enseñadas a las hembras, que vuelven al
corral por el amor de los hijos, y donde saben que andan una manada
de elefantes libres les echan a las hembras a buscarlos, y la
manada viene sin desconfianza detrás de las madres que vuelven
adonde sus hijuelos: y allí los cazadores los enlazan, y los van
domando con el cariño y la voz, hasta que los tienen ya quietos,
y los matan para llevarse los colmillos.
Partidas
enteras de gente europea están por África cazando elefantes; y
ahora cuenta los libros de una gran cacería, donde eran muchos
los cazadores. Cuentan que iban sentados a la mujeriega en sus
sillas de montar, hablando de la guerra que hacen en el bosque
las serpientes al león, y de una mosca venenosa que les chupa
la piel a los bueyes hasta que se la seca y los mata, y de lo
lejos que saben tirar la azagaya y la flecha los cazadores africanos;
y en eso estaban, y en calcular cuándo llegarían a las tierras
de Tippu Tib, que siempre tiene muchos colmillos que vender, cuando
salieron de pronto a un claro de esos que hay en África en medio
de los bosques, y vieron una manada de elefantes allí al fondo
del claro, unos durmiendo de pie, contra los troncos de los árboles,
otros paseando juntos y meciendo el cuerpo de un lado a otro,
otros echados sobre la yerba, con las patas de atrás estiradas.
Les cayeron encima todas las balas de los cazadores. Los echados
se levantaron de un impulso. Se juntaron las parejas. Los dormidos
vinieron trotando donde estaban los demás. Al pasar junto a la
poza, se llenaban de un sorbo la trompa. Gruñían y tanteaban el
aire con la trompa. Todos se pusieron alrededor de su jefe. Y
la caza fue larga; los negros les tiraban lanzas y azagayas y
flechas: los europeos escondidos en los yerbales, les disparaban
de cerca los fusiles: las hembras huían, despedazando los cañaverales
como si fueran yerbas de hilo: los elefantes huían de espaldas,
defendiéndose con los colmillos cuando les venía encima un cazador.
El más bravo le vino a un cazador encima, a un cazador que era
casi un niño, y estaba solo atrás, porque cada uno había ido siguiendo
a su elefante. Muy colmilludo era el bravo, y venía feroz. El
cazador se subió a un árbol, sin que lo viese el elefante, pero
él lo olió enseguida y vino mugiendo, alzó la trompa como para
sacar de la rama al hombre, con la trompa rodeó el tronco, y lo
sacudió como si fuera un rosal: no lo pudo arrancar, y se echó
de ancas contra el tronco. El cazador, que ya estaba al caerse,
disparó su fusil, y lo hirió en la raíz de la trompa. Temblaba
el aire, dicen, de los mugidos terribles, y deshacía el elefante
el cañaveral con las pisadas, y sacudía los árboles jóvenes, hasta
que de un impulso vino contra el del cazador, y lo echó abajo.
¡Abajo el cazador, sin tronco a que sujetarse! Cayó sobre las
patas de atrás del elefante, y se le agarró, en el miedo de la
muerte, de una pata de atrás. Sacudírselo no podía el animal rabioso,
porque la coyuntura de la rodilla la tiene el elefante tan cerca
del pie que apenas le sirve para doblarla. ¿Y cómo se salva de
allí el cazador? Corre bramando el elefante. Se sacude la pata
contra el tronco más fuerte, sin que el cazador se le ruede, porque
se le corre adentro y no hace más que magullarle las manos. ¡Pero
se caerá por fin, y de una colmillada va a morir el cazador! Saca
su cuchillo, y se lo clava en la pata. La sangre corre a chorros,
y el animal enfurecido, aplastando el matorral, va al río, al
río de agua que cura. Y se llena la trompa muchas veces, y la
vacía sobre la herida, la echa con fuerza que lo aturde, sobre
el cazador. Ya va a entrar más a lo hondo el elefante. El cazador
le dispara las cinco balas de su revólver en el vientre, y corre,
por si se puede salvar, a un árbol cercano, mientras el elefante,
con la trompa colgando, sale a la orilla, y se derrumba.
Los
dos ruiseñores
Versión
libre de un cuento de Andersen
En
China vive la gente en millones, como si fuera una familia que
no acabase de crecer, y no se gobiernan por sí, como hacen los
pueblos de hombres, sino que tienen de gobernante a un emperador,
y creen que es hijo del cielo, porque nunca lo ven sino como si
fuera el sol, con mucha luz por junto a él, y de oro el palanquín
en que lo llevan, y los vestidos de oro. Pero los chinos están
contentos con su emperador, que es un chino como ellos. ¡Lo triste
es que el emperador venga de afuera, dicen los chinos, y nos coma
nuestra comida, y nos mande matar porque queremos pensar y comer,
y nos trate como a sus perros y como a sus lacayos! Y muy galán
que era aquel emperador del cuento, que se metía de noche la barba
larga en una bolsa de seda azul, para que no lo conocieran, y
se iba por las casas de los chinos pobres, repartiendo sacos de
arroz y pescado seco, y hablando con los viejos y los niños, y
leyendo, en aquellos libros que empiezan por la última página,
lo que Confucio dijo de los perezosos, que eran peor que el veneno
de las culebras, y lo que dijo de los que aprenden de memoria
sin preguntar por qué, que no son leones con alas de paloma, como
debe el hombre ser, sino lechones flacos, con la cola de tirabuzón
y las orejas caídas, que van donde el porquero les dice que vayan,
comiendo y gruñendo. Y abrió escuelas de pintura, y de bordados,
y de tallar la madera; y mandó poner preso al que gastase mucho
en sus vestidos, y daba fiesta donde se entraba sin pagar, a oír
las historias de las batallas y los cuentos hermosos de los poetas;
y a los viejecitos los saludaba siempre como si fuesen padres
suyos; y cuando los tártaros bravos entraron en China y quisieron
mandar en la tierra, salió montado a caballo de su palacio de
porcelana blanco y azul, y hasta que no echó al último tártaro
de su tierra, no se bajó de la silla. Comía a caballo: bebía a
caballo su vino de arroz: a caballo dormía. Y mandó por los pueblos
unos pregoneros con trompetas muy largas, y detrás unos clérigos
vestidos de blanco que iban diciendo así: «¡Cuando no hay libertad
en la tierra, todo el mundo debe salir a buscarla a caballo!»
Y por todo eso querían mucho los chinos a aquel emperador galán,
aunque cuentan que eran muchas las golondrinas que dejaba sin
nido, porque le gustaba mucho la sopa de nidos; y que una vez
que otra se ponía a conversar con un frasco de vino de arroz:
y lo encontraban tendido en la estera, con la barba revuelta en
el suelo, y el vestido lleno de manchas. Esos días no salían las
mujeres a la calle, y los hombres iban a su quehacer con la cabeza
baja, como sí les diera vergüenza ver el sol. Pero eso no sucedía
muchas veces, sino cuando se ponía triste porque los hombres no
se querían bien ni hablaban la verdad: lo de siempre era la alegría,
y la música, y el baile, y los versos, y el hablar de valor y
de las estrellas: y así pasaba la vida del emperador, en su palacio
de porcelana blanco y azul.
Hermosísimo
era el palacio, y la porcelana hecha de la pasta molida del mejor
polvo kaolín, que da una porcelana que parece luz, y suena como
la música, y hace pensar en la aurora, y en cuando empieza a caer
la tarde. En los jardines había naranjos enanos, con más naranjas
que hojas; y peceras con peces de amarillo y carmín, con cinto
de oro; y unos rosales con rosas rojas y negras, que tenían cada
una su campanilla de plata, y daban a la vez música y olor. Y
allá al fondo había un bosque muy grande y hermoso, que daba al
mar azul, y en un árbol de los del bosque vivía un ruiseñor, que
les cantaba a los pobres pescadores canciones tan lindas, que
se olvidaban de ir a pescar; y se les veía sonreír del gusto,
o llorar de contento, y abrir los brazos, y tirar besos al aire,
como si estuviesen locos. «¡Es mejor el vino de la canción que
el vino de arroz!» decían los pescadores. Y las mujeres estaban
contentas, porque cuando el ruiseñor cantaba, sus maridos y sus
hijos no bebían tanto vino de arroz. Y se olvidaban del canto
los pescadores cuando no lo oían; pero en cuanto lo volvían a
oír, decían, abrazándose como hermanos: «¡Qué hermoso es el canto
del ruiseñor!»
Venían
de afuera muchos viajeros a ver el país: y luego escribían libros
de muchas hojas, en que contaban la hermosura del palacio y el
jardín, y lo de los naranjos, y lo de los peces, y lo de las rosas
rojinegras; pero todos los libros decían que el ruiseñor era lo
más maravilloso: y los poetas escribían versos al ruiseñor que
vivía en un árbol del bosque, y cantaba a los pobres pescadores
los cantos que les alegraban el corazón: hasta que el emperador
vio los libros, y del contento que tenía le dio con el dedo tres
vueltas a la punta de la barba, porque era mucho lo que celebraban
su palacio y su jardín; pero cuando llegó adonde hablaban del
ruiseñor: «¿Qué ruiseñor es éste, dijo, que yo nunca he oído hablar
de él? ¡Parece que en los libros se aprende algo! ¡Y esta gente
de mi palacio de porcelana, que me dice todos los días que yo
no tengo nada que aprender! ¡Venga ahora mismo el mandarín mayor!»
Y vino, saludando hasta el suelo, el mandarín mayor, con su túnica
de seda azul celeste, de florones de oro. «¡Puh! ¡puh!» contestaba
el mandarín, hinchando la cabeza, a todos los que le hablaban.
Pero al emperador no le decía ni «¡puh!» ni «¡pih!»; sino que
se echaba a sus pies, con la frente en la estera, esperando, temblando,
hasta que le decía «¡levántate!» el emperador.
—¡Levántate!
¿Qué pájaro es este de que habla este libro, que dicen que es
lo más hermoso de todo mi país?
—Nunca
he oído hablar de él, nunca—dijo el mandarín, arrodillándose en
el aire, y con los brazos cruzados:—no ha sido presentado en palacio.
—¡Pues
en palacio ha de estar esta noche! ¿Que el mundo entero sabe mejor
que yo lo que tengo en mi casa?
—Nunca
he oído hablar de él, nunca—dijo el mandarín: dio tres vueltas
redondas, con los brazos abiertos, se echó a los pies del emperador,
con la frente en la estera, y salió de espaldas, con los brazos
cruzados, y arrodillándose en el aire.
Y
el mandarín empezó a preguntar a todo el palacio por el pájaro.
Y el emperador mandaba a cada media hora a buscar al mandarín.
—Si
esta noche no está aquí el pájaro, mandarín, sobre las cabezas
de los mandarines he de pasear esta noche.
—¡Tsing-pé!
¡Tsing-pé!—salió diciendo el mandarín mayor, que iba dando vueltas,
con los brazos abiertos, escaleras abajo. Y los mandarines todos
se echaron a buscar al pájaro, para que no pasease a la noche
sobre sus cabezas el emperador. Hasta que fueron a la cocina del
palacio, donde estaban guisando pescado en salsa dulce, e inflando
bollos de maíz, y pintando letras coloradas en los pasteles de
carne: y allí les dijo una cocinerita, de color de aceituna y
de ojos de almendra, que ella conocía el pájaro muy bien, porque
de noche iba por el camino del bosque a llevar las sobras de la
mesa a su madre que vivía junto al mar, y cuando se cansaba al
volver, debajo del árbol del ruiseñor descansaba, y era como si
le conversasen las estrellas cuando cantaba el ruiseñor, y como
si su madre le estuviera dando un beso.
—¡Oh,
virgen china!—le dijo el mandarín:—¡digna y piadosa virgen!: en
la cocina tendrás siempre empleo, y te concederé el privilegio
de ver comer al emperador, si me llevas adonde el ruiseñor canta
en el árbol, porque lo tengo que traer a palacio esta noche.
Y
detrás de la cocinerita se pusieron a correr los mandarines, con
las túnicas de seda cogidas por delante, y la cola del pelo bailándoles
por la espalda: y se les iban cayendo los sombreros picudos. Bramó
una vaca, y dijo un mandarincito joven:—«¡Oh, qué robusta voz!
¡qué pájaro magnífico!»—«Es una vaca que brama»,—dijo la cocinerita.
Graznó una rana, y dijo el mandarincito:—«¡Oh, qué hermosa canción,
que suena como las campanillas!»—«Es una rana que grazna», dijo
la cocinerita. Y entonces rompió a cantar de veras el ruiseñor.
—¡Ese,
ése es!—dijo la cocinerita, y les enseñó un pajarito, que cantaba
en una rama.
—¡Ese!—dijo
el mandarín mayor:—nunca creí que fuera una persona tan diminuta
y sencilla: ¡nunca lo creí! O será, mandarines amigos ¡sí, debe
ser! que al verse por primera vez frente a nosotros los mandarines,
ha cambiado de color.
—¡Lindo
ruiseñor!—decía la cocinerita:—el emperador desea oírte cantar
esta noche.
—Y
yo quiero cantar—le contestó el ruiseñor, soltando al aire un
ramillete de arpegios.
—¡Suena
como las campanillas, como las campanillas de plata!—dijo el mandarincito.
—¡Lindo
ruiseñor! a palacio tienes que venir, porque en palacio es donde
está el emperador.
—A
palacio iré, iré—cantó el ruiseñor, con un canto como un suspiro:—¡pero
mi canto suena mejor en los árboles del bosque!
El
emperador mandó poner el palacio de lujo: y resplandecían con
la luz de los faroles de seda y de papel los suelos y las paredes;
las rosas rojinegras estaban en los corredores y los atrios, y
resonaban sin cesar, entre el bullicio del gentío, las campanillas:
en el centro mismo de la sala, donde se le veía más, estaba un
paral de oro, para que el ruiseñor cantase en él: y a la cocinerita
le dieron permiso para que se quedase en la puerta. La corte estaba
de etiqueta mayor, con siete túnicas y la cabeza acabada de rapar.
Y el ruiseñor cantó tan dulcemente que le corrían en hilo las
lágrimas al emperador: y los mandarines, de veras, lloraban: y
el emperador quiso que le pusieran al ruiseñor al cuello su chinela
de oro: pero el ruiseñor metió el pico en la pluma del pecho,
y dijo «gracias» en un trino tan rico y vigoroso, que el emperador
no lo mandó matar porque no había querido colgarse la chinela.
Y en su canto decía el ruiseñor: «No necesito la chinela de oro,
ni el botón colorado, ni el birrete negro, porque ya tengo el
premio más grande, que es hacer llorar a un emperador.»
Aquella
noche, en cuanto llegaron a sus casas, todas las damas tomaron
sorbos de agua, y se pusieron a hacer gárgaras y gorgoritos, y
ya se creían muy finos ruiseñores. Y la gente de establo y cocina
decía que estaba bien, lo que es mucho decir, porque ésa es gente
que lo halla mal todo. Y el ruiseñor tenía su caja real, con permiso
para volar dos veces al día, y una en la noche. Doce criados de
túnica amarilla lo sujetaban cuando salía a volar, por doce hilos
de seda. En la ciudad no se hablaba más que del canto, y en cuanto
uno decía «rui...» el otro decía «...señor». Y llamaban «ruiseñor»
a los niños que nacían, pero ninguno cantó nunca una nota.
Un
día recibió el emperador un paquete que decía «El Ruiseñor» en
la tapa, y creyó que era otro libro sobre el pájaro famoso; pero
no era libro, sino un pájaro de metal que parecía vivo en su caja
de oro, y por plumas tenía zafiros, diamantes y rubíes, y cantaba
como el ruiseñor de verdad en cuanto le daban cuerda, moviendo
la cola de oro y plata: llevaba al cuello una cinta con este letrero:
«¡El ruiseñor del emperador de China es un aprendiz, junto al
del emperador del Japón!»
«¡Hermoso
pájaro es!» dijo toda la corte, y le pusieron el nombre de «gran
pájaro internacional»: porque se usan estos nombres en China,
pomposos y largos: pero cuando puso el emperador a cantar juntos
al ruiseñor vivo y al artificial, no anduvo el canto bueno, porque
el vivo cantaba como le nacía del corazón, sincero y libre, y
el artificial cantaba a compás, y no salía del vals.
—¡A
mi gusto! ¡esto es a mi gusto!—decía el maestro de música; y cantó
solo el pájaro de las piedras, tan bien como el vivo. ¡Y luego,
tan lleno de joyas que relumbraban, lo mismo que los brazaletes,
y los joyeles, y los broches! Treinta y tres veces seguidas cantó
la misma tonada sin cansarse, y el maestro de música y la corte
entera lo hubieran oído con gusto una vez más, si no hubiese dicho
el emperador que el vivo debía cantar algo. ¿El vivo? Lejos estaba,
lejos de la corte y del maestro de música. Los vio entretenidos,
y se les escapó por la ventana.
—¡Oh,
pájaro desagradecido!—dijo el mandarín mayor, y dio tres vueltas
redondas, y se cruzó de brazos.
—Pero
mejor mil veces es este pájaro artificial—decía el maestro de
música:—porque con el pájaro vivo, nunca se sabe cómo va a ser
el canto, y con éste, se está seguro de lo que va a ser: con éste
todo está en orden, y se le puede explicar al pueblo las reglas
de la música.
Y
el emperador dio permiso para que el domingo sacase el maestro
al pájaro a cantar delante del pueblo, que parecía muy contento,
y alzaba el dedo y decía que el con la cabeza; pero un pobre pescador
dijo «que él había oído el ruiseñor del bosque, y que éste no
era como aquél, porque le faltaba algo de adentro, que él no sabía
lo que era». El emperador mandó desterrar al ruiseñor vivo, y
al otro de la caja se lo pusieron a la cabecera, en un cojín de
seda, con muchos presentes de joyas y de argentería, y lo llamaban
por título de corte «cantor de alcoba y pájaro continental, que
mueve la cola como el emperador se la manda mover.» Y el maestro
de música se sintió tan feliz que escribió un libro de veinticinco
tomos sobre el ruiseñor artificial, con muchos esdrújulos y palabras
de extraña sabiduría; y la corte entera dijo que lo había leído
y entendido, de miedo de que los tuviesen por gente fofa y de
poca educación, y de que el emperador se pasease sobre sus cabezas.
Pasó
un año, y emperador, corte y país conocían como cosa de sí mismos
cada gorjeo y vuelta del «pájaro continental»; y como que lo podían
entender, lo declaraban magnífico ruiseñor. Cantaban su vals los
cortesanos todos. Y los chicuelos de la calle. Y el emperador
lo cantaba también, y lo bailaba, cuando estaba solo con su vino
de arroz. Era un vals el imperio, que andaba a compás, con mucho
orden, al gusto del maestro de música. Hasta que una noche, cuando
estaba el pájaro en lo mejor del canto, y el emperador lo oía,
tendido en su cama de randas y colgaduras, saltó un resorte de
la máquina del ruiseñor; como huesos que se caen sonaron las ruedas,
y paró la música. Se echó de la cama el emperador, y mandó llamar
a un médico. El médico no supo qué hacer: y vino el relojero.
El relojero, mal que bien, puso las ruedas locas en su lugar,
pero encargó que usasen del pájaro muy poco, porque estaban gastados
los cilindros, y el ruiseñor aquel no podía en verdad cantar más
de una vez al año. El maestro de música le echó encima un discurso
al relojero, y le dijo traidor, y venal, y chino espurio, y espía
de los tártaros, porque decía que el pájaro continental no podía
cantar más que una vez. En la puerta iba ya el relojero, y todavía
le estaba diciendo el maestro de música malas palabras: «¡traidor!
¡venal! ¡chino espurio! ¡espía de los tártaros!» Porque estos
maestros de música de las cortes no quieren que la gente honrada
diga la verdad desagradable a sus amos.
Cinco
años después había mucha tristeza en la China, porque estaba al
morir el pobre emperador, tanto que tenían nombrado ya al nuevo,
aunque el pueblo agradecido no quería oír hablar de él, y se apretaba
a preguntar por el enfermo a las puertas del mandarín, que los
miraba de arriba abajo, y decía: «¡Puh!» «¡Puh!» repetía la pobre
gente, y se iba a su casa llorando.
Pálido
y frío estaba en su cama de randas y colgaduras el emperador,
y los mandarines todos lo daban por muerto, y se pasaban el día
dando las tres vueltas con los brazos abiertos, delante del que
debía subir al trono. Comían muchas naranjas, y bebían té con
limón. En los corredores habían puesto tapices, para que no sonara
el paso. No se oía en el palacio sino un ruido de abejas.
Pero
el emperador no estaba muerto todavía. Al lado de su cama estaba
el pájaro roto. Por una ventana abierta entraba la luz de la luna
sobre el pájaro roto, y el emperador mudo y lívido. Sintió el
emperador un peso extraño sobre su pecho, y abrió los ojos para
ver. Vio a la Muerte, sentada sobre su pecho. Tenía en las sienes
su corona imperial, y en una mano su espada de mando y en la otra
mano su hermosa bandera. Y por entre las colgaduras vio asomar
muchas cabezas raras, bellas unas y como con luz, otras feas y
de color de fuego. Eran las buenas y las malas acciones del emperador,
que le estaban mirando a la cara. «¿Te acuerdas?» le decían las
malas acciones. «¿Te acuerdas?» le decían las buenas acciones.
«¡Yo no me acuerdo de nada, de nada!» decía el emperador: «¡música,
música! ¡tráiganme la tambora mandarina, la que hace más ruido,
para no oír lo que me dicen mis malas acciones!» Pero las acciones
seguían diciendo: «¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?» «¡Música, música!»
gritaba el emperador: «¡oh, hermano pájaro de oro, canta, te ruego
que cantes! ¡yo te he dado regalos ricos de oro! ¡yo te he colgado
al cuello mi chinela de oro! ¡te ruego que cantes!» Pero el pájaro
no cantaba. No había uno que supiera darle cuerda. No daba una
sola nota.
Y
la Muerte seguía mirando al emperador con sus ojos huecos y fríos,
y en el cuarto había una calma espantosa, cuando de pronto entró
por la ventana el son de una dulce música. Afuera, en la rama
de un árbol, estaba cantando el ruiseñor vivo. Le habían dicho
que estaba muy enfermo el emperador, y venía a cantarle de fe
y de esperanza. Y según iba cantando eran menos negras las sombras,
y corría la sangre más caliente en las venas del emperador, y
revivían sus carnes moribundas. La Muerte misma escuchaba, y le
dijo: «¡Sigue, ruiseñor, sigue!» Y por un canto, le dio la Muerte
la corona de oro: y por otro, la espada de mando: y por otro canto
más, le dio la hermosa bandera. Y cuando ya la Muerte no tenía
ni la bandera, ni la espada, ni la corona del emperador, cantó
el pájaro de la hermosura del camposanto, donde la rosa blanca
crece, y da el laurel sus aromas a la brisa, y dan brillo y salud
a la yerba las lágrimas de los dolientes.
Y
tan hermoso vio la Muerte en el canto a su jardín, que lo quiso
ir a ver, y se levantó del pecho del emperador, y desapareció
como un vapor por la ventana.
—¡Gracias,
gracias, pájaro celeste!—decía el emperador.—Yo te desterré de
mi reino, y tú destierras a la muerte de mi corazón. ¿Cómo te
puedo yo pagar?
—Tú
me pagaste ya, emperador, cuando te hice llorar con mi canto:
las lágrimas que arranca a las almas de los hombres son el único
premio digno del pájaro cantor. Duerme, emperador, duerme: yo
cantaré para ti.
Y
con sus trinos y arpegios se fue durmiendo el enfermo en un rueño
de salud. Cuando despertó, entraba el sol, como oro vivo, por
la ventana. Ni uno solo de sus criados, ni un solo mandarín, había
venido a verlo. Lo creían muerto todos. El ruiseñor no más estaba
junto a su cama: el ruiseñor, cantando.
—¡Siempre
estarás junto a mí! ¡En el palacio vivirás, y cantarás cuando
quieras! ¡Yo romperé al pájaro artificial en mil pedazos!
—No
lo rompas en mil pedazos, emperador: él te sirvió bien mientras
pudo: yo no puedo vivir en el palacio, ni fabricar entre los cortesanos
mi nido. Yo vendré al árbol que cae a tu ventana, y te cantaré
en la noche, para que tengas sueños felices. Te cantaré de los
malos y de los buenos, y de los que gozan y de los que sufren.
Los pescadores me esperan, emperador, en sus casas pobres de la
orilla del mar. El ruiseñor no puede ser infiel a los pescadores.
Yo te vendré a cantar en la noche si me prometes una cosa.
—¡Todo
te lo prometo!—dijo el emperador, que se había levantado de su
cama, y tenía puesta la túnica imperial, y en la mano su gran
espada de oro.
—¡No
digas que tienes un pájaro amigo que te lo cuenta todo, porque
le envenenarán el aire al pájaro!—Y salió volando el ruiseñor,
y echando al aire un ramillete de arpegios.
Los
mandarines entraron de repente en el cuarto, detrás del mandarín
mayor, a ver al emperador muerto. Y lo vieron de pie, con su túnica
imperial; con la mano de la espada puesta al corazón. Y se oía,
como una risa, el canto del ruiseñor.
—¡Tsing-pé!
¡Tsing-pé!—dijo el gran mandarín, y dio dieciocho vueltas seguidas
con los brazos abiertos, y se echó por tierra, con la frente a
los pies del emperador. Y a los mandarines, arrodillados en el
aire, les temblaba en la nuca la cola.
La
galería de las máquinas
Los
niños han leído mucho el número pasado de La Edad de Oro,
y son graciosas las cartas que mandan, preguntando si es verdad
todo lo que dice el artículo de la Exposición de París.
Por supuesto que es verdad. A los niños no se les ha de decir
más que la verdad, y nadie debe decirles lo que no sepa que es
como se lo está diciendo, porque luego los niños viven creyendo
lo que les dijo el libro o el profesor, y trabajan y piensan como
si eso fuera verdad, de modo que si sucede que era falso lo que
les decían, ya les sale la vida equivocada, y no pueden ser felices
con ese modo de pensar, ni saben como son las cosas de veras,
ni pueden volver a ser niños, y empezar a aprenderlo todo de nuevo.
¿Que
si es verdad todo lo de la Exposición? Una señora buena le armó
una trampa al hombre de La Edad de Oro. Iban hablando del
artículo, y ella le dijo: «Yo he estado en Paris.» «¡Ah, señora,
qué vergüenza entonces! ¡qué habrá dicho del artículo!» «No: yo
he estado en París, porque he leído su artículo.»Y otro señor
bueno, que está en París, dice «que a él no lo engañan, que La
Edad de Oro estuvo en París sin que él la viera, porque él
se pasaba la vida en la Exposición y todo lo que había en la Exposición
que ver está en La Edad de Oro.»
Pero
el señor bueno dice que faltó un grabado, para que los niños vieran
bien toda la riqueza de aquellos palacios; y es el grabado de
la «Galería de las Máquinas», que era el corredor adonde daban
las puertas diferentes de las industrias del mundo, y allá al
fondo tenía el edificio más hermoso, donde estaban en hilera,
como elefantes arrodillados, las máquinas de todo lo que el hombre
sabe hacer. Quien ha visto todo aquello, vuelve diciendo que se
siente como más alto. Y como La Edad de Oro quiere que
los niños sean fuertes, y bravos, y