EL MURO DE LA INDIFERENCIA





Bertrand de la Grange *
La Razón
México
La Nueva Cuba
Noviembre 7, 2009



Cuba ha autorizado la apertura de sus puntos fronterizos para los nacionales que deseen viajar al exterior, informó hoy un alto cargo del gobierno. Los ciudadanos podrán realizar viajes privados sin necesidad de explicar los motivos y sólo necesitarán la visa y el pasaporte extendidos por las autoridades competentes en breve tiempo, precisó.

“¿Cuándo entra en vigor esta medida?”, preguntó un periodista, que asistía a la conferencia de prensa convocada con carácter urgente. El funcionario tuvo una duda, consultó sus apuntes y contestó: “Por lo que yo sé, ahora mismo.”

La noticia era asombrosa, pero no había ocurrido en Cuba, sino en la entonces República Democrática Alemana (RDA). Y fue hace veinte años, un 9 de noviembre. A las pocas horas del anuncio, ya de noche, miles de alemanes del Este caminaron hacia el infame muro que, desde 1961, cortaba Berlín en dos. Después de la incredulidad inicial, y animada por los titubeos de los temibles guardafronteras, la multitud empezó a cruzar los controles hacia el otro lado, Berlín Oeste. Fueron momentos de una euforia indescriptible.

El primer párrafo de esta columna es un plagio del escueto despacho de Prensa Latina, tal y como fue publicado en el periódico cubano Granma, que seguía ocultando a sus lectores lo que estaba ocurriendo realmente en Europa del Este. Me he limitado a sustituir las siglas de la RDA por la palabra Cuba. Desde el punto de vista del régimen de Fidel Castro, la caída del muro de Berlín era una catástrofe, que sería seguida por otra aún más perjudicial: la desintegración de la URSS y la pérdida de los gigantescos subsidios económicos destinados a la isla.

Veinte años después del regreso de la libertad a la antigua Europa comunista, los cubanos siguen sin poder viajar fuera de su país, entre muchas otras prohibiciones. Están hoy en la misma situación que los ciudadanos de la RDA antes de la caída del muro. Sólo puede salir la gente expresamente autorizada por el Gobierno. Esto incluye a los funcionarios de confianza, los médicos que cumplen “misiones internacionalistas” en el extranjero, y algunos artistas y escritores. Los demás no gozan de ese privilegio reservado a una pequeña minoría. Por eso tantos cubanos se lanzan al mar en embarcaciones precarias para llegar a Estados Unidos o intentan casarse con turistas, que los llevarán a su país después de un proceso burocrático engorroso.

¿Qué pasaría si, de repente, el Gobierno cubano decretara la libertad de viajar fuera de la isla? ¿Se precipitaría la gente al aeropuerto José Martí? ¿Se concentrarían en el malecón habanero y en todos los puertos de la isla a la espera de las lanchas contratadas por sus familiares exilados en Florida para llevarles de paseo? ¿Y volver a casa después de comprobar que no se trataba de un rumor, como hicieron hace dos décadas los alemanes, que cruzaron varias veces la frontera en pocas horas?

Antes de 1959, el flujo de viajeros y mercancías entre Cuba y EU era un ir y venir permanente. Varias líneas aéreas tenían vuelos diarios y los barcos transportaban coches de un lado al otro del estrecho de Florida. Tarde o temprano, esas relaciones, dictadas por la geografía y perturbadas por la política, recuperarán su intensidad.

Washington, sin embargo, no parece tener tanta prisa. Cuba ya no es una amenaza para sus intereses. Después de haber sido el Caballo de Troya del imperio soviético en tierras americanas, La Habana se ha vuelto irrelevante en términos geopolíticos. A diferencia de Corea del Norte, el otro sobreviviente del derrumbe del comunismo, la isla no tiene armamento nuclear.

Los 11 millones de cubanos se han convertido en víctimas del desinterés de la comunidad internacional, que no está muy dispuesta a aumentar sus presiones para forzar el cambio en la isla. Algunos países, especialmente España y Canadá, parecen incluso conformarse con la situación actual, que permite a sus empresarios pagar salarios miserables a sus empleados cubanos y obtener pingües beneficios.

En junio de 1987, el entonces presidente de EU, Ronald Reagan, pronunció un discurso memorable en Berlín, que iba dirigido a su colega soviético. “¡Señor Gorbachov, abra esta puerta! ¡Señor Gorbachov, derrumbe este muro!” Nadie, entonces, se atrevió a pensar que el maldito muro caería dos años después. Parecía estar ahí para la eternidad, como decían los dirigentes de la RDA. Con toda su popularidad y su flamante Nobel de la Paz, ¿no podría Barack Obama hacer un gesto comparable, esta vez para derribar el muro de la indiferencia que rodea Cuba?

 



* Bertrand de la Grange. Maestría en Ciencias Políticas en el Instituto de Estudios Políticos de Grenoble (Francia). Corresponsal del periódico Le Monde en Canadá (1979-1986) y en México y Centroamérica (1987-1999). De junio de 1999 a julio de 2000 ocupó el cargo de portavoz y jefe de prensa de la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala. Productor y realizador de reportajes y documentales para varias televisoras. Es coautor de los libros "Marcos, la genial impostura" (México, París y Madrid, 1998) y "¿Quién mató al obispo? Autopsia de un crimen político" (México, 2003, y Madrid, 2005).


 

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