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LOS
FUNERALES
DEL HERMANO GRANDE

Por Roberto Luque
Escalona *
Columnista
Miami
Florida
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 29, 2009
Toda la vida de
Fidel Castro fue una simulación. A pesar de lo precario de su
coraje, se las arregló para parecer más que valiente,
temerario. De brazos y piernas débiles, que nunca mostraba, se
le tenía por un hombre atlético. Pasó medio siglo
vestido de uniforme, pero era tan militar como Bill Clinton e insignificante
su desempeño como guerrillero.
Parte de esa imagen de superhombre se basaba en su salud, sin duda buena,
pero en franca decadencia desde hacía mucho años, cuando
envió a buscar al famoso cardiocirujano Carlo Marcelletti, que
pasó por Cuba sin que nadie se enterara de su presencia. Parece
que el Dr. Marcelletti hizo un buen trabajo, pues no sería hasta
ya entrado el siglo XXI cuando Fidel comenzó a desmoronarse.
Su largo camino hacia la muerte comenzó durante un discurso en
un pueblo cercano a la capital, cuyo nombre, El Cotorro, es símbolo
de incontrolable verborrea. Luego vino la aparatosa caída en
Santa Clara ante la estatua del Che Guevara, cuando se hizo evidente
que la tierra comenzaba a llamarlo. Por último, en Holguín,
una hemorragia interna y al hospital, del que nunca saldría.
Menos el desvanecimiento y el batacazo, que ocurrieron ante las cámaras
de televisión, lo demás, desde lo hecho por el médico
italiano, sea lo que fuere, hasta la hospitalización de casi
dos años, ha sido "secreto de Estado". Pero el secreto
carece de propiedades curativas y la Señora de la Guadaña
terminó por sacarle la tarjeta roja.
La muerte tardó una semana en anunciarse. No porque tomara por
sorpresa a Raúl Castro y el resto de la camarilla, pues esperada
era. No porque no supieran qué hacer, pues el funeral estaba
planeado hasta sus últimos detalles. Lo que sucedió fue
que, después de haber pasado toda su vida de adultos sometidos
a una voluntad ajena y despótica, la reacción inicial
fue caer en una especie de parálisis espiritual. Como las esposas
de maridos abusivos, pero amados, la muerte trajo dolor y desconcierto
mezclados con cierto alivio. Huérfanos y viudas al mismo tiempo,
y educados en las virtudes del secreto, los miembros de la cupula totalitaria
esperaron, aunque ni ellos mismo sabían los motivos de la espera.
Cuando Raúl salió por fin de su marasmo, dispuso que los
postergados y esperados funerales comenzaran a las seis de la tarde
del día siguiente al anuncio. El féretro fue colocado
en la base del obelisco dedicado a José Martí, la fea
estructura de setenta metros de altura en forma de estrella que tantas
veces había servido de escenografía para los discursos
del difunto. Raúl Castro y los tres hombres que ostentaban el
título de Comandantes de la Revolución, uno de los cuales
era su viejo enemigo Ramiro Valdés, hicieron la primera guardia
de honor: sería la última aparición pública
de Ramiro, para el que ya se había planeado un infarto masivo.
Luego vendrían los ministros, generales, miembros del Buró
Político y del Consejo de Estado, los presidentes de la Asamblea
Nacional y de las organizaciones de esto o de lo otro.
Cuando los jerarcas mayores y menores terminaron sus guardias de honor
comenzó el desfile del pueblo atribulado. Las filas de dolientes
bajaban hasta la Plaza de la Revolución por la avenida Paseo,
subían por el lado oeste la colina donde se levantaba el monumento,
expresaban brevemente su profundo dolor y descendían por el lado
este para luego concentrarse en la plaza.
Entre ellos avanzaba un hombre de pequeña estatura, vestido todo
de negro, lo que resaltaba sus blancos cabellos. Giorgio Barbarelli,
nacido en Castelfranco, Véneto, de profesión fotógrafo,
visitaba Cuba con frecuencia en plan de turista, un turista amante de
la naturaleza de la Isla y nada interesado en las juveniles y baratas
prostitutas, y mucho menos en los opositores. Hacía poco había
comprado un pequeño apartamento en el barrio de Miramar y llevaba
tres meses viviendo en el. El pasaporte italiano le había costado
caro, aunque más hubiese tenido que pagar de no ser por sus contactos
como antiguo agente de la CIA. El nombre y el lugar de nacimiento que
en el aparecían eran un chiste privado: para aquellos que debían
revisar sus papeles la pintura del Renacimiento era un territorio ignoto
y ninguno de ellos sabía quién era Giorgione.
En el recinto mortuorio lo esperaba una desagradable sorpresa. El féretro
estaba cerrado. La causa era evidente: la enfermedad, fuese cual fuere,
había destruído al ídolo hasta el punto de dejarlo
impresentable. Eso echaba por tierra sus planes. Durante mucho tiempo
había soñado con matar a Fidel Castro. Cuando el Hermano
Grande fue tragado por un hospital y quedó definitivamente fuera
de su alcance, Barbarelli ideó un sueño sustituto: utilizar
el cadaver que Raúl Castro, siempre imitando a los rusos, seguramente
ordenaría momificar, para convertirlo en la principal atracción
de un resort turístico en las cercanías de Holguín,
su ciudad natal, que cobraría precios exorbitantes a las manadas
de izquierdistas que vendrían a rendir tributo al héroe
epónimo. En un museo, además de la momia, estarían
todos los cachivaches relacionados con la revolución, desde el
yate Granma en que vino de México hasta el fusil de mira telescópica
con el que dispararaba a trescientos metros en la epopeya de la Sierra
Maestra, asi como otros objetos más o menos históricos.
Así, pensaba, aquel hombre abominable podría ser util,
aunque fuese en plan de cadáver.
Ahora, derrotado una vez más por las circunstancias, el falso
italiano pasó ante el féretro y le dirigió una
mirada aviesa, amparado en sus lentes oscuros. "Ni muerto se puede
contar con este desgraciado, maldita sea su alma y la bruja que lo parió",
pensó con amargura mientras se dirigía a la salida.
Cuando faltaban pocos dolientes por desfilar ante los restos mortales
de quien los habia tiranizado durante casi medio siglo, los jerarcas
e invitados comenzaron a ocupar sus asientos en la tribuna. El mundo
entero estaba representado allí para darle un último adiós
al más destructivo de los déspotas. Todos los presidentes
populistas de la América llamada latina, casi todos los tiranos
y tiranuelos africanos y musulmanes, los Premios Nobel de Literatura
Gabriel García Márquez y José Saramago, y de la
Paz Adolfo Pérez Esquivel, Desmond Tutu, Rigoberta Menchú
y Jimmy Carter. Paradójicamente, el grupo más numeroso
era el de los americanos: reverendos negros que odiaban a los blancos
y amaban al blanco Fidel Castro, académicos y periodistas y uno
que otro magnate de la llamada "izquierda exquisita", cantantes
de rock y jefes de tribus indias, actores y directores de Hollywood.
Raúl Castro, tratando de ocultar su satisfacción, dio
orden de comenzar.
Antes del panegírico, a cargo del propio Raúl, se escucharía
la Suite de las Américas, obra para orquesta de cuerdas de Dámaso
Pérez Prado, la misma pieza que había servido de introducción
musical en la velada solemne celebrada cuarenta años atras en
aquel mismo lugar en honor al Che Guevara. La dúctil música
de Pérez Prado servía lo mismo para un funeral que para
el striptease de Nadia Gray en La Dolce Vita.
En el interior del obelisco, un hombre en uniforme de gala, la gorra
de plato con el escudo de la República en la mano izquierda,
se dirigió a la cabina desde donde se controlaba el audio. El
lugar le era familiar. Entró y cerró la puerta tras de
sí. El joven teniente de comunicaciones se volvió. Iba
a decirle que allí no se podía entrar cuando vio las estrellas
de general de brigada: un instante después lo reconoció.
Ignoraba que lo hubiesen puesto en libertad. El era un niño cuando
aquel hombre fue condenado a treinta años de cárcel por
no denunciar la participación de su hermano gemelo en el narcotráfico.
Su hermano fue ejecutado, aunque todos sabían que había
entrado en el negocio de las drogas cumpliendo órdenes del propio
Fidel Castro.
El antiguo general no contestó el saludo militar del joven oficial.
Con la presteza de los viejos tiempos sacó una pequeña
pistola de la gorra y le disparó a la cabeza. Luego colocó
un disco en el CD player y presionó el botón de start.
Cuando salió de la cabina no había estado en ella ni siquiera
un minuto.
Y comenzó la catástrofe. En vez de violines, violas y
cellos, lo que se escuchó por los altavoces fueron dos notas
de trompetas: una pausa y otras trece notas, muy altas, con cl sello
de los poderosos trompetistas de la banda del Rey del Mambo, seguidas
por otra pausa y el grito gutural con que Pérez Prado animaba
a sus músicos. Enseguida un bongó, cinco golpes en el
parche de voz aguda seguidos de tres en el de voz grave, con un leve
fondo de platillos apenas rozados y un bajo. El solo de percusión
se repitio varias veces hasta que un grito concertado de los músicos
rompió la monotonía: "!Vaya!". El bongó
continuó con sus cinco agudos y sus tres graves hasta que de
nuevo se oyó el "!Vaya!" de los músicos, que
esa vez agregaron lo que parecía una invocación: "Caballo
negro. Caballo negro". Una breve pausa y otra vez el grito que
ahora parecía destinado a espantar al caballo invocado: "¡Vaya!"
Rodeado por la perplejidad general, perplejo él mismo, Raúl
Castro se preguntó qué era aquello. No la Suite de las
Américas, por supuesto. Además, ¿qué significaban
aquellas palabras? Al Hermano Grande sus adoradores lo llamaban "el
Caballo", sí, pero el negro era símbolo de luto.
¿Acaso alguien estaba enviando el mensaje de que el Caballo había
enlutado el otrora alegre país y lo conjuraba a que se largara
de una maldita vez, aunque fuese muerto? Raúl Castro se volvió
hacia el nieto, jefe de su escolta.
- Para esa mierda-murmuró.
El joven se movió con rapidez. Mientras se encaminaba a la cabina
de audio se escuchó de nuevo el grito de Pérez Prado y,
siempre con la misma frase del bongó como fondo, los saxofones
altos y tenores ejecutaron una frenética sucesión de notas
en registro bajo y, entonces se produjo la culminación del horror:
el saxofón barítono emitió un sonido que no era
en absoluto una nota musical, sino la imitación de una descomunal
ventosidad. Las trompetas se sumaron al frenesí, y de nuevo el
barítono dejó oír aquel sonido que era como la
suma de todos los desprecios. En ese momento, el joven Castro detuvo
la ignominia. Buscó el disco que debió ser escuchado,
pero no lo encontró. Volvió presuroso donde su abuelo
y le explicó el origen del desastre musical.
- Fusilen hoy mismo a ese hijo de
- No se va a poder-le interrumpió el joven- Está muerto.
Raúl Castro tardó en recuperar el control. Respiraba hondo
mientras miraba hacia la multitud silenciosa. A pocos metros de allí,
alguien había asesinado a un oficial y saboteado los funerales
de Fidel, del Hermano Grande.
Protegido del miedo durante medio siglo por el aparato del poder, ahora
volvía a visitarlo aquel viejo enemigo. A su lado, el general
Julio Casas no esperó más.
- Tienes que hablar-le dijo sin apenas mover los labios.
El menor de los Castro se puso de pie y caminó hacia el podio.
Sujetas con tiras de cinta adhesiva y marcadas con grandes números
en tinta roja para evitar confusiones había cuatro hojas. Su
discurso de alabanza y despedida. Lo leyó lentamente, sin levantar
la vista. Al terminar, se dio vuelta y abandonó la tribuna. Unos
momentos después un helicóptero con el féretro
se elevó de la amplia explanada frente al edificio construido
por Batista que albergaba al Consejo de Estado. El helicóptero
tomó rumbo este, hacia la lejana Sierra maestra.
Abajo, en la plaza, entre la multitud que se disolvia en grupos y murmullos,
un hombre vestido de negro reprimió una sonrisa y, una vez más,
su mente conspirativa comenzó a trabajar.
*
Roberto Luque Escalona, ensayista, profesor, escritor y periodista opositor
cubano, autor de varias obras entre ellas el libro "Fidel y el juicio
de la Historia", fue miembro del grupo contestatario Criterio Alternativo
dentro de la Isla y sufrió arrestos y represión hasta salir al exilio.
Autor de varios libros entre ellos "Fidel:
El Juicio de la Historia" (en ediciones posteriores, incluída
una en inglés, aparece con el título original: "Los Niños
y el Tigre"). "Yo, El Mejor de Todos. Biografía no
autorizada del Che Guevara". El Profesor (novela; la edición en
francés salió con el título de "Une Maison Explosive". Bonpland
#8 (novela). "Lorenzo y El Cordero del Diablo" (novela; publicada
en Italia en edición bilingüe). Rolando Masferrer en el país
de los Mitos", (ensayo en proceso de edición sobre los mitos cubanos,
centrado en la figura de Rolando Masferrer.
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