FUGA MORTAL






Por Jorge Olivera Castillo
Sindical Press
La Habana
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Puente Informativo de Angelica Mora
Especial para
La Nueva Cuba
Nueva York
E.U.
La Nueva Cuba
Mayo 13, 2009



– El mar los devolvió hecho pedazos. Fue en agosto pasado que cayeron en las fauces del océano mientras pretendían alcanzar otras orillas relativamente cercanas, pero custodiadas por olas de intensa musculatura y peces de apetitos insaciables.

Las marejadas hicieron trizas su balsa de madera y tanques plásticos. Seguramente resultó ser el principio de una muerte con los pulmones anegados, el pavor inscrito en la mirada, la desesperación pintando de gris las esperanzas en un mejor destino.

En pocas horas murieron, quién sabe si bajo el influjo de un día sin sol a causa de la tormenta tropical Fay o una noche demasiado oscura como para ver los bordes de la suerte.

Varios pescadores avistaron los restos hace algunos meses. No es difícil imaginar el asombro clavado en el rostro de los descubridores de cuatro cadáveres con la piel marchita y el cuerpo poblado de mordidas.

Es una banalidad pensar si los comensales fueron tiburones o barracudas. Lo que lacera el alma de familiares, amigos y personas con un poco de sensibilidad es el drama del naufragio y su fatal resultado.

Ese espeluznante hallazgo se añade a la enciclopedia de hechos donde quedan reflejados los pormenores de una tragedia nacional. ¿Qué motivaciones llevaron a estos hombres a embarcarse en una empresa de riesgos tan elevados? ¿Entenderán las futuras generaciones de cubanos que más de 50 000 de sus coterráneos pusieron fin a sus vidas queriendo irse de su país en cualquier objeto flotante?

Es duro ver ahora las fotos de Rolando Alberna, Osmani Segura e Iván Peláez, tres de los cuatro occisos regurgitados por el mar en trozos deformes y pensar en su agonía envueltos entre la espuma del oleaje e intentando zafarse de los brazos de la muerte.

En total eran ocho hombres que iban rumbo a los cayos de la Florida, hartos de la persecución y del peligro de ser llevados a la cárcel a partir de sus actividades en las filas de la disidencia.

Eran cubanos de a pie que apostaron por sumar sus voces y su voluntad en favor de que Cuba se transformara en una nación sin exclusiones motivadas por razones ideológicas y políticas.

Querían ser ciudadanos de un país donde no fuera posible ser maltratado y excluido por no comulgar con la filosofía que la élite de poder impone y administra a sus antojos.

Optaron por evadirse de lo que es Cuba: una prisión donde el rigor se funde con los aires de una cotidianidad aparentemente soportable.

Ellos determinaron borrar de sus vidas las pesadillas del encierro y la falta de expectativas. En cada paletazo de los remos sobre el agua quedaban sepultados los ruidos del amplio arsenal represivo. De lejos miraban el infierno con sus prohibiciones, sus candados camuflados con cintas de colores y las rejas hechas a golpe de decretos y odios macizos.

Tenían la vista en el horizonte. El pensamiento sobre un futuro digno sin el lastre de la esclavitud.

La fatalidad se interpuso. No pudieron satisfacer sus más caros deseos. Hoy engrosan la larga lista de fallecidos en el Estrecho de la Florida en el intento de abandonar la Isla.

Esos cuerpos magullados e irreconocibles, tienen excelente dicción.

Ofrecen el testimonio desde la morgue o ya desde la tumba de que Cuba bajo el liderazgo del partido comunista ha sido y es una amarga experiencia. Un desastre. Una obra de terror con infinidades de capítulos y sin un final previsible.

oliverajorge75@yahoo.com






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