VIAJERA TERMINAL: Crónicas suizo-cubanas (VIII)

ADIÓS A UNA HISTORIA NO CONTADA

Siempre hay que saber cuándo una etapa llega a su fin
–no importa el nombre que le demos,
lo que
importa es dejar en el pasado
los momentos de la
vida
que ya se han acabado.

(El Zahir, Paulo Coelho)



 



Por Iria González-Rodiles *
Columnista
Berna
Suiza

La Nueva Cuba
Marzo 7, 2009


 

 

 

Cuento esta historia para olvidarla, defintivamente. Muy pocas personas la conocen, pero hay testigos del suceso, dentro y fuera de Cuba. La cuento porque cada bebé suizo me la recuerda, cada niño suizo me la evoca, mi nieto suizo-cubano me la revuelve en la memoria también, y mi otro nieto, ciento por ciento cubano –que aún ni siquiera conozco—, mucho más, porque todavía vive en Cuba. 

Esta historia aún desasosiega mi alma. La cuento, además, porque cada amanecer, cada mañana, al levantarme,  mi desayuno incluye un vaso de la riquísima leche suiza, al modo cubano, con café, azúcar... y vuelvo a recordar aquel incidente.

                                              Sal mi querido amanecer no olvides nada de mi vida
                                              no olvides nada piedra hecha jirones no olvides nada pájaro
                                              sombrío
                                              ni el sueño estremecido sobre la vieja mesa...(1)

A pesar del drama, como debo contarla con el sello de la cubanía,  esta crónica oscilará entre el humor y la tragedia. Así pasará al olvido, en lugar de abrir la herida. Y comenzaré diciendo que la vaca es un animal que no me agrada. No. Porque desde niña siempre he temido ser víctima de una embestida, dada la extrema torpeza de las reses, aunque jamás ninguna vaca me ha corrido detrás, como los toros a los toreros o a la gente en los Encierros de Pamplona.

                                                                Toros rempujan, sin mando,
                                                                vientos de piedra, que muerden
                                                                muros y sombras de muros,
                                                                siglos de perfil y frente... (2)

Claro, un toro es algo muy distinto a una vaca. Los toros no me desagradan. El toro es fuerte, corpulento, varonil, bravo, gallardo. No en balde así llaman al hombre, al varón, cuando posee características similares: es un toro. Pero cuando a una mujer le dicen vaca es debido a su  extrema gordura, sonsera y chambonería.

Otra mayor desgracia para las vacas: en Cuba les están aplicando la inseminación artificial. No pueden ni siquera disfrutar del toro. En portavoz de una queja –a favor de las pobres reses que en silencio sufren la nueva técnica reproductor— se convirtó Pedro Luis Ferrer (3) con su graciosa, pero muy justa canción:

                                                       En una conversación entre vacas y terneras,
                                                       sobre modernas maneras de hacer la inseminación,
                                                       dijo con indignación la vaquita Pijirigua:
                                                       “No salgo de esta manigua ni aunque me cubran de oro,
                                                       ¡a mí que me den el toro para seguir a la antigua!”.

                                                                 
Pero el ganado vacuno goza de especial estima en Suiza. Y no es para menos, por la abundancia y la calidad de la leche que producen. Los suizos bien pueden hacer suya aquella cancioncita –dedicada a otra vaca—,  no sólo por esa magnífica producción lechera, sino, también, por los cencerros que cuelgan al  cuello de todas las reses y que rompen el sepulcral silencio de los campos helvéticos, con un incesante tolón tolón:
                                                                
                                                                 Tengo una vaca lechera,
                                                                 no es una vaca cualquiera,
                                                                 me da leche merengada
                                                                 ay, que vaca tan salada
                                                                 Tolón-Tolón, Tolón-Tolón (5)

Pero, créanme, son vacas normales, comunes, corrientes. Garantizan el alimento con abundancia, pero no son ostentosas, carecen de vanidad: no ocupan un lugar en los Records Mundiales Guinness. Digamos que ninguna es una supervaca, como la difunta vaca cubana Ubre Blanca, a la que ordeñaron –pobre animal— cien litros de leche en un día y 24,268.9 litros en 305 días, aunque nunca garantizó un suministro de leche abundante para toda la población de la Isla, porque una sola vaca no puede lograrlo, caballeros. Por demás, de los veinte a veinticinco años que puede vivir una vaca, la infeliz Ubre Blanca sólo vivió trece (1972-1985). Aunque, quizas, fue mejor así para ella, por el abuso y la explotación que sufría.

Las vacas no son inteligentes. O no lo parecen. Esa es otra razón por la que no me agradan, incluso, aunque sean vacas suizas y aquí les adornen los tarros con flores en celebraciones y a las parejas –sus toros— los galardonen en competencias donde se prueba cuál es el más fuerte.

Ah, pero la leche de vaca, más que gustarme, me encanta. No concibo un desayuno sin leche con café y azúcar. Quizás porque desde que nací, o desde que tengo uso de razón, siempre estaba presente la leche para el desayuno en la mesa de mi casa paterna. Hasta un nefasto día, en que el ya quincuagenario gobierno “de los humildes, con los humildes y para los humildes” (6) la desapareció de la mesa de todos los cubanos, humildes o no.

Lo peor de esta catástrofe es que afectó a los niños. Ya se sabe: un niño es niño en Cuba sólo hasta los siete años, porque hasta esa edad recibe una mísera cuota de leche. Más que la programada, no puede tomar, tiene que dosificarla. Pero puede considerarse afortunado por contar con un poco de leche. Debe recordar que un niño de ocho años, no es ya un niño, al menos, para recibir leche. Y si sus padres quieren que tome leche, pues tendrán que buscarla y pagarla a sobreprecio en el mercado negro –con todos los riesgos que implica— o comprarla en las tiendas dolarizadas del gobierno, si algún familiar le envía moneda dura desde el extranjero.

De lo contrario, tomará una sopa e’gallo que no es, precisamente, un caldo del ave masculina sino el nombre popular que los cubanos damos al agua con azúcar prieta (por cierto, ambos productos también están racionados y el agua hay que hervirla para reducir los peligros de la contaminación).

                                                   Me duele este niño hambriento,
                                                   como una grandiosa espina,
                                                   y su vivir ceniciento,
                                                   revuelve mi alma encina (7)

                                                             
En el caso de los recién nacidos, si la madre no tiene leche en sus pechos o no la suficiente como para alimentar al bebé, recibe una latica de leche materna en polvo, complementaria, también racionada. Al menos, era así por los años setenta, cuando Cuba contaba con el absoluto apoyo de la Unión Soviética y del campo socialista euroasiático, sin que el embargo norteamericano –mal llamado ‘bloqueo’ por el gobierno de la Isla— afectara en el grado que fabrica e inocula la propaganda tendenciosa de los gobiernos (cubano y extranjeros), organizaciones internacionales y medios informativos. (En realidad no funcionan ni el sistema socialista, ni el embargo).

O sea, que un bebé cubano con un poco de apetito, la pasa muy mal. Si es tragoncito, peor. Y, bien se sabe, cada bebé, como cada persona que viene a este mundo, es un ser irrepetible, único, con sus características propias, individuales, aunque quieran meternos a todos los seres humanos un mismo saco de nulidad rebañesca, de un modo u otro. O aunque pretendan clonar las personas: uno es uno siempre. O-ri-gi-nal no es copia. (Solavaya la ciencia inescrupulosa de hoy en día).

Y la bebé de esta historia era tragoncita. Por desgracia –porque, obviamente, es una desgracia nacer en la Cuba de alimentos racionados, de escaseces y hambrunas, aún más si la pobre madre no tiene leche en los pechos—, se acabó la leche de la latica para la bebé de nuestra historia, unas horas antes de lo establecido para la adquisición de otra latica. Cuestión de horas, señores: tres o cuatro, antes de la medianoche que marca el nuevo día.

                                                                  Vuela niño en la doble,
                                                                  luna del pecho,
                                                                  él triste de cebolla
                                                                  tú, satisfecho,
                                                                  no te derrumbes,
                                                                  no sepas lo que pasa
                                                                  ni lo que ocurre (7)

Y la veintiañera madre, con su bebé en los brazos, se fue esa noche en busca de leche a la farmacia, lugar donde vendían las laticas, previa presentación de la tarjeta de control. Tenía que garantizar las tomas de las tres de la madrugada y de las seis de la mañana del siguiente día, porque la bebé  apenas contaba con mes y medio de nacida y debía alimentarse cada tres horas.

En medio de un apagón llegó a la farmacia y pasó directo al mostrador –obviando la tremenda cola que se había formado a causa de la falta de luz—, según lo establecido para las embarazadas y para las recién paridas en aquel entonces. A la tenue luz de un farol de kerosén, presentó la tarjeta de control al único hombre que trabajaba entre las farmacéuticas:

–No le ‘toca’ leche todavía, hasta mañana—, dijo con expresión inmutable.
–Ay, por favor, falta poco para la medianoche y no tengo leche para la niña. Anótela como para
  mañana—, respondió la joven mamá esperanzada.
–Dele el pecho—  agregó el farmacético, con seca dureza.
–No tengo suficiente leche, por eso me han autorizado la latica maternizada— respondió la
  muchacha con cierto desánimo.
–Pues dale agua con azúcar, té o cocimiento de alguna yerba, inventa, pero no te puedo dar la
  lata de leche—, concluyó tajante el farmacéutico y dio la espalda a la joven mamá.

Era el colmo. La muchacha estalló en llanto y comenzó a gritar, una y otra vez, indignada, que ella no podía dar semejante mejunje a su bebé, que necesita la lata de leche.  Al unísono, la cola comenzó a escandalizar, también, a favor de la madre y en contra del farmacéutico. El resto de las doctoras de la farmacia se movían de un lado a otro, nerviosas, en medio de la penumbra. La gritería era tremenda y el farmacéutico amenazó con suspender la venta: punto máximo  como para propiciar una explosión.

                                                                Ríete, niño,
                                                                que te traigo la luna
                                                                cuando es preciso (7)

Pero fue la madre, sólo ella, entre sus lágrimas y gritos reiterados –¡dame la lata de leche, dame la lata de leche para mi hija, dame la lata de leche, coño!— quien agarró el único y apestoso farol de kerosén, que malamente iluminaba la farmacia, y lo lanzó, con toda la fuerza posible, hacia adentro del local, reventándolo contra el piso, para el asombro de todos y la total oscuridad. De milagro no se incendió la farmacia.

La gente de la cola no abandonaba su estupefacción. Entonces apareció un hombre exigiendo a los farmacéuticos la entrega inmediata de la lata a la joven, sin lograrlo.  Luego, pidió a la joven madre su nombre y su dirección, asegurándole que él le llevaría la lata de leche a la casa.  Ni hablar. Ella se mantenía firme, aferrada al mostrador: llorando, gritando, reclamando sin cesar la lata de leche, con la bebé  entre los brazos. Hasta que una farmacéutica, callada, temblorosa, salió  de la trastienda –donde se habían parapetado todos los trabajadores de la farmacia— y trajo en sus manos una latica de leche para la bebé, que no anotó en el control, ni cobró a la joven mamá.

Ocurrió en la farmacia del entronque de La Palma, donde comienza el barrio marginal de Mantilla, en La Habana, un día del año 1972. Y la muchacha era yo. Luego, me fui caminando en medio de la oscuridad, con mi hija Chantal en los brazos, que no lloró, durante todo el tiempo en que libré mi contienda por una latica de leche para ella. Tan solo, a veces, abría los ojos para mirarme y los cerraba de nuevo: 

                                                                Despiertes de ser niño,
                                                                nunca despiertes,
                                                                triste llevo la boca,
                                                                ríete siempre (7).

Dice Paulo Coelho en El zahir, refiriéndose a lo que debe hacerse para olvidar historias pasadas:

Repetirla en voz alta, con todos sus detalles. Y a medida que la contamos, nos despedimos de lo que ya fuimos y –verá usted si decide intentarlo— abrimos espacio para un mundo nuevo, desconocido. Repetiremos esta historia antigua muchas veces, hasta que ya no sea importante para nosotros”.

Adiós, mala historia mía. Adiós.

 


  1. Contemplaciones. Ramón Fernández-Larrea (Cuba, Bayamo, 1958)
  2. ¡Eh, los toros! Rafael Alberti (España, Cádiz, Diciembre 16, 1902-Puerto de Santa María Octube 27, 1999)
  3. Pedro Luis Ferrer (Cuba,Yanguaji, Las Villas,  Septiembre 17, 1952)
  4. Tramelán. Pueblo ubicado en la región montañosa del Jura, parte francesa del cantón Berna.
  5. Canción popular.
  6. Palabras textuales de Fidel Castro, en los primeros años del triunfo insurrecional sobre otro dictador.
  7. La nana de la cebolla. Poema de Miguel Hernández (España, Orihuela, Octubre 30, 1910-Alicante, Marzo 28, 1942), popularizado en Cuba por el compositor y cantante catalán Joan Manuel Serrat (Barcelona, España, Diciembre 27, 1943).

 

 


* Iria González-Rodiles, es periodista independiente. Fundadora de la Agencia CubaPress. Escribe para la prensa alternativa desde 1995. Sus artículos y crónicas han sido publicados en diferentes medios tales como en las páginas WEB de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), CubaFreePress, Nueva Prensa Cubana, Cubaicei.org del Instituto de Economistas Indepiendientes, RSF (Reporteros sin Fronteras) y en revistas como la Hispano Cubana y Nueva Prensa Cubana.

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