El anuncio es oficial: Cuba está entrando nuevamente en un período de austeridad, lo que algunos han comenzado a ver como un retorno al Período Especial de los años noventa, mientras otros señalan que el mismo todavía está vigente. Como quiera que lo cataloguemos la realidad es que los cubanos se están enfrentando a nuevos ajustes del cinturón, ya que la política oficial tal como se ha anunciado indica restricciones para los consumidores y también para el gasto del gobierno, sin que al mismo tiempo se mencionen medidas dirigidas a mejorar la economía. Todo parece indicar que la nueva crisis es resultado de una caída de los ingresos externos del país, que se derivan principalmente de sus exportaciones de níquel, el turismo y las remesas de los cubanos en el exterior. A la vez, el lado energético de la crisis parece deberse a que Venezuela, como resultado de sus propios problemas financieros, no puede mantener sus suministros de petróleo a Cuba sin que ésta le pague algo por los mismos. Todo esto representa muy malas noticias para los cubanos residentes en la isla que temen una caída en su ya precaria calidad de vida, desde el deterioro de sus niveles de consumo, las dificultades de transporte y el regreso de los apagones eléctricos. Muchos cubanos notan la contradicción entre una política de austeridad y la falta de medidas que faciliten la producción agrícola o que por lo menos evite la incidencia de medidas, a todas luces arbitrarias, que impiden u obstaculizan algunos procesos productivos. Por ejemplo, nos llegan informaciones desde la isla donde un apicultor que estaba logrando niveles notables en la producción de miel encontró un día que todas sus abejas habían muerto porque alguien había envenenado sus colmenas. En otro relato, también de fuentes confiables, se indica que un pequeño agricultor vio toda su cría porcina misteriosamente envenenada después de haberse destacado por sus niveles extraordinarios de producción. No tenemos idea de cuán generalizados son estos incidentes y cuesta trabajo creer que puedan ser parte de una política oficial, especialmente en las actuales circunstancias en que la economía cubana entra en otro ciclo de crisis. A pesar de todo, en medio de estas tendencias negativas, hay que destacar el hecho de que muchos trabajadores, cubanos y cubanas, con iniciativa (hay que destacar la crítica importancia de la mujer cubana en la economía), demuestran su capacidad para sobreponerse a tantas dificultades y desarrollar actividades productivas eficientes y de gran valor para la sociedad. Esto debe servir de estímulo para que otros cubanos busquen y desarrollen actividades productivas en la amplia gama de necesidades que tienen los consumidores y las propias empresas estatales que se beneficiarían de una mayor producción. A propósito, el periódico cubano Juventud Rebelde acaba de publicar un reportaje bajo el cintillo Experimentarán nueva fórmula para el acopio y comercialización de productos agrícolas escrito por Marianela Martín y Haydée León, en que se anuncia y analiza extensamente lo que las autoras llaman un reordenamiento de la producción, acopio y comercialización de productos agropecuarios. El reportaje plantea que dicho ordenamiento estará basado en la demanda de los productos del agro por parte de la población, lo cual es novedoso porque tradicionalmente la dirección del aparato productivo del país ha estado basada en la definición prioritaria de la oferta de bienes y servicios como un factor exógeno, sin reconocer la importancia del factor demanda precisamente para lograr un equilibrio eficiente entre los dos lados de toda ecuación productiva. Aunque este programa de reordenamiento se anuncia como un experimento, limitado por ahora a las provincias de La Habana y Ciudad de La Habana y no necesariamente como una nueva política nacional, debe constituir una buena noticia para los que residen en esas provincias, pues les aliviaría o eliminaría la angustia diaria que involucra conseguir los alimentos que necesitan. El programa también abre oportunidades para los productores cubanos que tendrían más grados de libertad no sólo en lo tocante a la producción del agro, sino también en las fases de cosecha y acopio, transporte y comercialización. Este experimento, si no corre la misma suerte de aquel otro de los años ochenta, que por tener demasiado éxito fue suspendido, y si además puede extenderse al resto de la isla en caso de tener éxito, Cuba no sólo podría disminuir su dependencia de los subsidios externos, sino que también lograría una mayor estabilidad y holgura en el consumo de los cubanos. Al mismo tiempo, el plan debiera abrir nuevas oportunidades para aquellos ciudadanos preocupados por su futuro y el de sus hijos, pues les daría un grado mayor de participación en asegurar que algunos de los recursos económicos del país puedan estar de alguna manera a su disposición. Cualquiera que sea el futuro de Cuba, esta iniciativa debiera ser favorable para todos si la dejan tener éxito y se extiende al resto de la isla, pues es inconcebible que un pueblo indigente que depende permanentemente de la caridad del extranjero pueda construir una sociedad más justa y más acorde con los intereses personales de sus ciudadanos. Aunque el reordenamiento anunciado por Juventud Rebelde deberá ser complementado con muchas otras medidas oficiales, por ejemplo, una reducción de los procesos burocráticos, la disponibilidad de transporte y una mayor agilidad y flexibilidad en la comercialización de los productos agropecuarios, es también una oportunidad para mostrar las capacidades productivas de los cubanos, factor indispensable en desarrollar la confianza que se necesita para construir un país mejor.
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