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BENEDETTI
O EL COMPROMISO EQUIVOCADO

Por Abel
German *
Columnista
España
La Nueva Cuba
Junio 5, 2009
Es sabido que hay
compromisos y compromisos. Pero quizás el de los autores debiera
ser, en cualquier caso, un compromiso con su obra y, en última
instancia, con valores universales asociados a la libertad y a la verdad,
en la medida que eso, la libertad y la verdad, sean humanamente posibles.
Mas es evidente que no suele ser así. La vida no tiende a propiciarlo,
ni muchos autores aciertan en la elección. Un ejemplo especial
lo es, sin duda, y ya para siempre, Mario Benedetti. Un buen hombre
y un buen escritor, cuyas aptitudes han sido ponderadas durante muchos
años y resumidas ahora con el énfasis propio de los homenajes
póstumos, pero tal vez no tanto como sus actitudes políticas.
Sin ánimo de herir susceptibilidades (ni mucho menos de negar
el respeto que como escritor y persona me suscita), me detendré
no obstante en ese aspecto: en cómo él entendió
el controvertido binomio literatura- política. Porque, sí,
encierra una gran lección.
Benedetti nació en Paso de los Toros el 14 de septiembre de 1920
y murió el pasado 17 de mayo de 2009 en su casa de Montevideo,
dejándonos unos 80 libros -algunos traducidos a más de
20 idiomas- y eso: esta imagen de escritor comprometido políticamente.
Compromiso de larga data. Ya en 1949 aparecieron sus primeros brotes.
Pero fue su rápida inserción al proceso de la Revolución
cubana lo que marcó, de forma definitiva, el color y la calidad
de ese compromiso. En 1964 acudió como jurado del Premio Casa
de las Américas. Luego presentó la ponencia "Sobre
las relaciones entre el hombre de acción y el intelectual"
en el Congreso Cultural de La Habana. Y enseguida pasó a formar
parte del Consejo de Dirección de Casa de las Américas.
En 1968 además creó el Centro de Investigaciones literarias
de esa institución y lo dirigió hasta 1971.
¿Debemos inferir de ello que aplaudía las derivas políticas
del régimen, incluidas las que Fidel Castro expuso en la conclusión
del Congreso de Educación y Cultura y que pueden resumirse en
esta frase: "El arte es un arma de la Revolución";
frase lapidaria donde las haya que, en efecto, ha pesado como una lápida
sobre el arte cubano de las últimas cinco décadas? ¿Y
que aprobaba las represalias contra Heberto Padilla y otros escritores
cubanos? ¿y los campos de trabajos forzados de las UMAP? ¿y
la discriminación política en las universidades? ¿y
los fusilamientos?
Manteniéndose en esta tesitura, se enfrentó al Golpe de
Estado del 27 de junio de 1973 en su país; renunció a
su cargo en la universidad y abandonó Uruguay vía Buenos
Aires. Después llegó a Perú donde fue detenido,
deportado y amnistiado. Y en 1976 arribó otra vez a Cuba. Allí
se reincorporó al Consejo de Dirección de Casa de las
Américas y permaneció cuatro años. De pronto, en
1980, se trasladó a Palma de Mallorca. Y dos años más
tarde comenzó a colaborar, no en el Granma, sino en el diario
El País, de España. No obstante, fue entonces cuando el
Consejo de Estado de Cuba le otorgó la Orden Félix Varela.
En 1983 se traslada de nuevo, no a La Habana, sino a Madrid. Los porqués
de este itinerario que lo mantiene alejado geográficamente de
Cuba son un misterio. Al menos para mí, que nunca he podido entender
cómo los "amigos de Cuba" se las arreglan para aplaudir
lo que sucede en Cuba desde las gradas. Todos suelen ir allí
de "turistas" pero vivir, lo que se llama vivir en la revolución,
eso lo menos posible. Ni siquiera pasan allí sus exilios políticos.
Al menos, como es el caso, no todo el tiempo. Por eso sólo puedo
limitarme a trazar su mapa.
Es cierto que en la década de los setenta y principio de los
ochentas ?etapa "revolucionaria" por definición?, era
difícil ser intelectual de izquierdas y, a la vez, objetivo respecto
de lo que ocurría en la isla. Incluso, por inexplicable que parezca,
eso no ha cambiado mucho. La Revolución Cubana aparecía
entonces (y, en alguna medida, continúa apareciendo) como el
símbolo contemporáneo de la esperanza. Un pecado de perspectiva,
sin duda, pero no de fondo. La mayoría de los cubanos lo cometimos.
Lo que vengo a decir es que el pecado capital, por así decirlo,
radica en el después. En la actitud sostenida. En el hecho de
que no asumiese que -pese al "servicio" que la torpeza de
la política de EE UU pueda haberle prestado-, hace mucho tiempo
la ideología dejó de ser una coartada suficiente. Ello
en el supuesto de que alguna vez lo hubiese sido. Es decir, de que alguna
vez determinados fines ideológicos e, inclusive, ciertos logros
sociales, puedan haber justificado la represión y la restricción
de los derechos humanos.
Y Benedetti, como muchos otros, pecó. Benedetti apoyó
de forma inalterable e incondicional a la llamada Revolución
cubana. Jamás reconoció en Cuba aquello que en Uruguay
lo llevó al exilio. Actuó como si aquel "O te vas
o te meten preso" que lo sacó de Uruguay, no resonara en
toda la isla como un inconcebible estribillo desde hace cincuenta años,
haciendo que escritores como él tengan que abandonar su país
como él hizo. Y que lo hagan por un tiempo que supera con mucho
el sufrido por él. Tanto que a no pocos les ha tocado morir,
no en el país natal (como él), sino en tierras de acogida.
Fernández Retamar, en sus palabras de homenaje a Benedetti en
La Habana, citó lo siguiente: Con razón un biógrafo
suyo, a propósito de esa expulsión del Perú, pudo
decir: "Mario se irá, pues, a Cuba, que sigue siendo su
patria política y el lugar donde ocurre la Revolución,
a la que se siente ligado por un doble compromiso de admiración
y lealtad". -Entre "pecadores" andamos.
Y el propio Benedetti había dicho: "Cuba ha sido siempre
una palabra muy importante para mí. Incluso antes de viajar a
este país, la Revolución cubana fue para muchos uruguayos
una alerta, nos sacudió porque vimos la posibilidad de enfrentar
de alguna manera esa presión que es política, económica,
militar, cultural... de los Estados Unidos".
Esta declaración es particularmente significativa. Devela en
qué consiste la columna vertebral del error político-intelectual
por excelencia de esa izquierda caducada respecto de esta problemática:
tomar a Cuba (a la llamada Revolución cubana) como lanzadera
para herir a Estados Unidos. No importa que en la maniobra se hieran
también las manos de quien la empuña, ni que se destroce
a la propia Cuba al ser usada como tal. Lo que importa en esa regla
de tres por cuatro es que sirve para "enfrentar de alguna manera
esa presión (
) de los
Estados Unidos". Hiela la sangre oírlo.
También lo que dijo el señor Retamar es revelador. En
ese contexto la utilización del término lealtad sugiere,
obviamente, acatamiento, fe, fidelidad, fanatismo, observancia
sumisión. Términos desalentadores, sobre todo cuando hay
que aplicarlos a un hombre que escribe.
Así, por estos días en Cuba se suele destacar (quizá
más que a sus valores culturales) la vehemencia con que Benedetti
denunció las amenazas del presidente George W. Bush contra Cuba
y el llamado bloqueo de EE UU. Lo malo es que del otro lado no se pueda
decir que, al mismo tiempo y con igual vehemencia, pidió al régimen
cubano que no encarcelase a las personas por escribir (ni siquiera con
el pretexto de que EE UU les pagase por hacerlo); que no fusilase; que
no acosase a los cubanos que sólo quieren expresarse e informar
libremente; que no obligase a la gente a huir del país con esa
frase que él escuchó en el suyo y que los agentes de la
Policía política de la isla repiten, con una leve variación,
a quienes se les oponen pacíficamente: "O te vas o te metemos
preso".
Algo similar podríamos decir de la complacencia con que recibió
la "Condecoración Francisco de Miranda", la más
importante que concede el gobierno venezolano por el aporte a la ciencia,
la educación y al progreso de los pueblos, de manos de Hugo Chávez
(ese extraño híbrido cuyas intenciones antidemocráticas
no escapan ni a los menos perspicaces).
"No fue una vida fácil, francamente", dijo recientemente
hablando de su vida. Razón de más. ¿Acaso es fácil
la vida de tantos intelectuales cubanos que han tenido que escoger entre
el servilismo ideológico, la doble moral, la cárcel y
el exilio, y han escogido la cárcel y, sobre todo, el exilio?
¿Por qué entonces Benedetti nunca manifestó preocupación
alguna por ellos? ¿Por qué ni siquiera intentó
comprenderlos, mientras que se manifestaba absolutamente comprensivo
con los represores?
Cuesta (ya que hablo de comprensión), cuesta comprenderlo.
Y RESUMO
Aún así la explicación parece ser que Mario Benedetti
se comprometió. Y que lo hizo con una idea política que,
erróneamente, él encarnó en el acontecimiento socio-político
cubano y, últimamente, más allá, en sus supuestos
retoños. O sea, que encarnó esa idea en un proyecto fallido.
En un régimen totalitario que ni siquiera ha sido capaz de independizar
económicamente el país y, mucho menos (razones aparte,
puesto que en política las disculpas no valen), de sacarlo de
la penuria.
Y es una lástima. Porque si hubiese comprendido que toda encarnación
de esta naturaleza implica, tarde o temprano, una conjunción
imposible -y hasta perversa-, ahora estaríamos hablando, no de
un buen escritor y de un buen hombre que eligió mal su compromiso,
sino de un santo.
* Abel
German (Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día
siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick"
(Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También ha
publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas,
así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia
de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor y
articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press,
Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra
exiliado en España.
Fuente
Proyecto Sukhoi T-60s -
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