|
RAZAS,
BOTAS Y NACIONALISMO
Por Mario
Vargas Llosa
Hacer.org
La Nueva Cuba
Enero 18, 2005
La gira por Europa de Evo Morales, presidente electo de Bolivia,
que dentro de unos días asumirá la primera magistratura
de su país, ha sido un gran éxito mediático.
Su atuendo y
apariencia, que parecían programados por un genial asesor
de imagen, no altiplánico sino neoyorquino, han hecho las
delicias de la prensa y elevado el entusiasmo de la izquierda boba
a extremos orgásmicos. Pronostico que el peinado estilo "fraile
campanero" del nuevo Mandatario boliviano, sus chompas rayadas
con todos los colores del arcoiris, las casacas de cuero raídas,
los vaqueros arrugados y los zapatones de minero se convertirán
pronto en el nuevo signo de distinción vestuaria de la progresía
occidental. Excelente noticia para los criadores de auquénidos
bolivianos y peruanos y para los fabricantes de chompas de alpaca,
llama o vicuñas de los países andinos, que así
verán incrementarse sus exportaciones.
Lo que más
han destacado periodistas y políticos occidentales es que
Evo Morales es el primer indígena que llega a ocupar la Presidencia
de la República de Bolivia, con lo cual se corrige una injusticia
discriminadora y racista de cinco siglos cometida por la ínfima
minoría blanca contra los millones de indios aymaras y quechuas
bolivianos. Aquella afirmación es una flagrante inexactitud
histórica, pues por la Presidencia de Bolivia han pasado
buen número de bolivianos del más humilde origen,
generalmente espadones que habiendo comenzado como soldados rasos
escalaron posiciones en el Ejército hasta encaramarse en
el poder mediante un cuartelazo, peste endémica de la que
Bolivia no consiguió librarse sino en la segunda mitad del
siglo XX. Para los racistas interesados en este género de
estadísticas, les recomiendo leer Los caudillos bárbaros,
un espléndido ensayo sobre los dictadorzuelos que se sucedieron
en la Presidencia de Bolivia en el siglo XIX que escribió
Alcides Arguedas, historiador y prosista de mucha garra, aunque
demasiado afrancesado y pesimista para el paladar contemporáneo.
No hace muchos
años parecía un axioma que el racismo era una tara
peligrosa, que debía ser combatida sin contemplaciones, porque
las ideas de raza pura, o de razas superiores e inferiores, habían
mostrado con el nazismo las apocalípticas consecuencias que
esos estereotipos ideológicos podían provocar. Pero,
de un tiempo a esta parte, y gracias a personajes como el venezolano
Hugo Chávez, el boliviano Evo Morales y la familia Humala
en el Perú, el racismo cobra de pronto protagonismo y respetabilidad
y, fomentado y bendecido por un sector irresponsable de la izquierda,
se convierte en un valor, en un factor que sirve para determinar
la bondad y la maldad de las personas, es decir, su corrección
o incorrección política. Plantear el problema latinoamericano
en términos raciales como hacen aquellos demagogos es una
irresponsabilidad insensata. Equivale a querer reemplazar los estúpidos
e interesados prejuicios de ciertos latinoamericanos que se creen
blancos contra los indios, por otros, igualmente absurdos, de los
indios contra los blancos. En el Perú, don Isaac Humala,
padre de dos candidatos presidenciales en las elecciones del próximo
abril y uno de ellos, el teniente coronel Ollanta, con posibilidades
de ser elegido ha explicado la organización de la sociedad
peruana, de acuerdo a la raza, que le gustaría que cualquiera
de sus retoños que llegara al Gobierno pusiera en práctica:
el Perú sería un país donde sólo los
"cobrizos andinos" gozarían de la nacionalidad;
el resto blancos, negros, amarillos serían sólo
"ciudadanos" a los que se les reconocerían algunos
derechos. Si un "blanco" latinoamericano hubiera hecho
una propuesta semejante hubiera sido crucificado, con toda razón,
por la ira universal. Pero como quien la formula es un supuesto
indio, ello sólo ha merecido algunas discretas ironías
o una silenciosa aprobación.
Llamo a don
Isaac Humala un "supuesto" indio, porque, en verdad eso
es lo que han dictaminado que es, sus paisanos del pueblecito ayacuchano
de donde la familia Humala salió para trasladarse a Lima.
Una socióloga fue recientemente a husmear los antecedentes
andinos de los Humala en aquel lugar, y descubrió que los
campesinos los consideraban los "mistis" locales, es decir
los "blancos!, porque tenían propiedades, ganados y
eran, cómo no, explotadores de indios.
Tampoco el señor
Evo Morales es un indio, propiamente hablando, aunque naciera en
una familia indígena muy pobre y fuera de niño pastor
de llamas. Basta oírlo hablar su buen castellano de erres
rotundas y sibilantes eses serranas, su astuta modestia ("me
asusta un poco, señores, verme rodeado de tantos periodistas,
ustedes perdonen"), sus estudiadas y sabias ambigüedades
("el capitalismo europeo es bueno, pues, pero el de los Estados
Unidos no lo es") para saber que don Evo es el emblemático
criollo latinoamericano, vivo como una ardilla, trepador y latero,
y con una vasta experiencia de manipulador de hombres y mujeres,
adquirida en su larga trayectoria de dirigente cocalero y miembro
de la aristocracia sindical de su país.
Cualquiera que
no sea ciego y obtuso advierte, de entrada, en América Latina,
que, más que raciales, las nociones de "indio"
y "blanco" (o "negro" o "amarillo")
son culturales y que están impregnadas de un contenido económico
y social. Un latinoamericano se blanquea a medida que se enriquece
o adquiere poder, en tanto que un pobre se cholea o indianiza a
medida que desciende en la pirámide social. Lo que indica
que el prejuicio racial que, sin duda, existe y ha causado
y causa todavía tremendas injusticias es también,
y acaso sobre todo, un prejuicio social y económico de los
sectores favorecidos y privilegiados contra los explotados y marginados.
América
Latina es cada vez más, por fortuna, un continente mestizo,
culturalmente hablando. Este mestizaje ha sido mucho más
lento en los países andinos, desde luego, que, digamos, en
México o en Paraguay, pero ha avanzado de todos modos al
extremo de que hablar de "indios puros" o "blancos
puros" es una falacia. Esa pureza racial, si es que existe,
está confinada en minorías tan insignificantes que
no entran siquiera en las estadísticas (En el Perú,
los únicos indios "puros", serían, según
los biólogos, el puñadito de urus del Titicaca). En
todo caso, por una razón elemental de justicia y de igualdad,
los prejuicios raciales deben ser erradicados como una fuente abyecta
de discriminación y de violencia. Todos, sin excepción,
los de blancos contra indios y los de indios contra blancos, negros
o amarillos. Es extraordinario que haya que recordarlo todavía
y, sobre todo, que haya que recordárselo a esa izquierda
que, arreada por gentes como el comandante Hugo Chávez, el
cocalero Evo Morales o el doctor Isaac Humala están dando
derecho de ciudad a formas renovadas de racismo.
No sólo
la raza se vuelve un concepto ideológico presentable en estos
tiempos aberrantes. También el militarismo. El presidente
de Venezuela, Hugo Chávez, acaba de hacer el elogio más
exaltado del general Juan Velasco Alvarado, el dictador que gobernó
el Perú entre 1968 y 1975, cuya política, ha dicho,
continuará en el Perú su protegido, el comandante
Ollanta Humala, si ganase las elecciones.
El general Velasco
Alvarado derribó mediante un golpe de Estado el gobierno
democrático de Fernando Belaunde Terry e instauró
una dictadura militar de izquierda que expropió todos los
medios de comunicación y puso los canales de televisión
y los periódicos en manos de una camarilla de mercenarios
reclutados en las sentinas de la izquierda. Nacionalizó las
tierras y buena parte de las industrias, encarceló y deportó
a opositores y puso fin a toda forma de crítica y oposición
política. Su desastrosa política económica
hundió al Perú en una crisis atroz que golpeó,
sobre todo, a los sectores más humildes, obreros, campesinos
y marginados, y el país todavía no se recupera del
todo de aquella catástrofe que el general Velasco y su mafia
castrense causaron al Perú. Ese es el modelo que el comandante
Chávez y su discípulo el comandante Humala quisieran
con la complicidad de los electores obnubilados ver
reinstaurado en el Perú y en América Latina. Además
de racistas y militaristas, estos nuevos caudillos bárbaros
se jactan de ser nacionalistas. No podía ser de otra manera.
El nacionalismo es la cultura de los incultos, una entelequia ideológica
construida de manera tan obtusa y primaria como el racismo (y su
correlato inevitable), que hace de la pertenencia a una abstracción
colectivista la nación el valor supremo y la
credencial privilegiada de un individuo. Si hay un continente donde
el nacionalismo ha hecho estragos es América Latina. Esa
fue la ideología en que vistieron sus atropellos y exacciones
todos los caudillos que nos desangraron en guerras internas o externas,
el pretexto que sirvió para dilapidar recursos en armamentos
(lo que permitía las grandes corrupciones) y el obstáculo
principal para la integración económica y política
de los países latinoamericanos. Parece mentira que, con todo
lo que hemos vivido, haya todavía una izquierda en Latinoamérica
que resucite a estos monstruos la raza, la bota y el nacionalismo
como una panacea para nuestros problemas. Es verdad que hay otra
izquierda, más responsable y más moderna la
representada por un Ricardo Lagos, un Tabaré Vásquez
o un Lula da Silva que se distingue nítidamente de
la que encarnan esos anacronismos vivientes que son Hugo Chávez,
Evo Morales y el clan de los Humala. Pero, por desgracia, es mucho
menos influyente que la que propaga por todo el continente el Presidente
venezolano con su verborrea y sus petrodólares.
|