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MORIR EN MIAMI
Por Rafael Rojas
El Nuevo Herald
Mayo 17, 2001
Cuando Manuel Moreno Fraginals pidió asilo político en Miami, en 1994, los
políticos de la isla no se asombraron. Conocían, desde hacía años, el malestar
del historiador, sus reiteradas y cada vez más públicas objeciones a un gobierno
que, a su entender, amenazaba con destruir la riqueza cultural y económica de
Cuba.
Los que sí se sorprendieron fueron sus colegas de dentro y fuera, los
intelectuales y académicos que, mientras residió en La Habana, lo veneraron
como a un gurú, pero que, en cuanto se exilió, le dieron la espalda. ¿Cómo
podía el autor de El ingenio, el marxista flexible y heterodoxo de La historia
como arma, irse a vivir a Miami? ¿Acaso no sabía que esa decisión afectaría su
prestigio intelectual, tan reconocido en los medios universitarios
latinoamericanos, europeos y norteamericanos, y que muchas puertas, incluso
en Estados Unidos, antes abiertas de par en par, ahora se le cerrarían?
En los círculos oficiales de la cultura cubana, el exilio de Moreno se vio como
una señal de decadencia. Algunos discípulos suyos asumieron que era un mal
final para una carrera tan brillante. Cuando en 1997 apareció Cuba/España.
España/Cuba, los más prudentes enmudecieron, ante una narración tan lúcida,
desprejuiciada y plural de la historia de Cuba, entre 1492 y 1898. Aun así, no
faltó quien intentara disminuir el valor de ese extraordinario ensayo histórico,
aludiendo al hecho de que había sido escrito, en Miami, bajo un estado de la
desilusión política con el régimen castrista.
Quienes vimos a Moreno en esos años, en Miami, y antes lo habíamos visto en
La Habana, sabemos que ese libro refleja la liberación que el exilio trajo a su
obra: el viejo maestro se desinhibía, reflexionaba libremente, especulaba con
sutileza de filósofo, divagaba como el sabio que era, opinaba sin aquella
vigilancia ideológica que tanto lo acosó en la isla.
El exilio en Miami fue, por el contrario, el desenlace natural de la biografía
intelectual y política de Moreno Fraginals. El rasgo distintivo de Moreno, como
historiador, fue la curiosidad, el insaciable apetito de saber, la apertura
epistemológica, a riesgo, siempre, de resultar herético a las buenas conciencias
académicas. Su ensayo sobre José Antonio Saco renovó la historia intelectual
del siglo XIX cubano al iluminar el lado reaccionario del patriciado criollo. El
ingenio es la más completa radiografía de la plantación esclavista azucarera, no
sólo como sistema económico, sino como matriz cultural de la nacionalidad
cubana.
Incluso su libro más ideológico, La historia como arma, es revelador de la
aproximación heterodoxa y matizada de Moreno al marxismo que le trajo más de
un problema en La Habana de los 70 --como las reacciones del régimen contra
su crítica a la zafra de los diez millones y su amistad con José Lezama Lima, de
cuyo Oppiano Licario escribió el prólogo a la primera edición-- y lo llevó al exilio
a sus 75 años.
Las desavenencias de Moreno Fraginals con el régimen de la isla no sólo
estuvieron motivadas por su heterodoxia marxista, sino también por su rebelión
intelectual contra el nacionalismo estrecho y maniqueo que controla, desde hace
cuarenta años, la política cultural y educativa en Cuba.
Aunque respetó y admiró a sus maestros y condiscípulos, se opuso siempre a
las interpretaciones oficiales de la historia cubana --postuladas por historiadores
serios, como Ramiro Guerra y Julio Le Riverand, y no tan serios, como Sergio
Aguirre y Oscar Pino Santos-- que atribuían todos los males de Cuba a Estados
Unidos y presentaban el pasado prerrevolucionario como una época miserable.
Quien lo quiera comprobar sólo tiene que leer las páginas que le dedicó a la
intervención norteamericana de 1898 y al primer gobierno re- publicano de Tomás
Estrada Palma. Manuel Moreno Fraginals fue, en efecto, un historiador
nacionalista, pero nunca satanizó a EU ni a la República, como es de rigor en La
Habana de hoy si quiere un intelectual gozar de los beneficios del poder.
Una de las virtudes que más admiré de él y que siempre intentaré preservar,
dentro de su cuantioso legado, fue su insistencia en que la historia es una
ciencia social y, a la vez, un arte literario. Esa doble condición era, a su juicio, la
esencia de las humanidades en la tradición occidental. Por eso defendía el uso
de la poesía y la novela como fuentes documentales de la historia y rechazaba
los estudios cientificistas, tan frecuentes en la academia norteamericana, que
reducían toda la argumentación a unos cuantos datos, cinco tablas y diez
gráficas. Quien haya leído El ingenio sabe que esa crítica venía desde adentro,
es decir, de alguien que había dibujado las curvas del precio del azúcar y
calculado los ingresos arancelarios del puerto de La Habana. Alguien, justo es
reconocerlo, que también criticaba aquellos estudios que, a fuerza de magnificar
la ideología o la retórica, no pasaban de ser meros ejercicios de estilo.
Miami ofreció a Moreno la posibilidad de terminar algunos proyectos que
contemplaba desde los 60 y 70 y de iniciar otros que dejó inconclusos. Quienes
lo vimos en Coral Gables, disertando con el entusiasmo de un niño sobre los
gobiernos ilustrados del Marqués de la Torre y Luis de las Casas --``los dos
mejores políticos que ha tenido Cuba: país de mala política''-- debemos ofrecer el
testimonio de su virtuoso y fecundo final. ¿Cómo podía él sentir alguna deshonra
en el hecho de vivir en la ciudad que tanto admiró Leví Marrero, su querido
maestro, a quien rindió un merecido homenaje en cuanto llegó al exilio?
Teresita Pedraza lo sabe mejor que nadie: morir en Miami, donde descansan
algunos de sus admirados predecesores, como Emeterio Santovenia, Herminio
Portell Vilá, José Manuel Pérez Cabrera, Carlos Márquez Sterling, Rafael
Esténger o Juan J. Remos y Rubio, fue para Manolo motivo de orgullo.
© El Nuevo Herald
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