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CONTRA LA EXCEPCION
CUBANA
Para justificar
que la isla
siga siendo una dictadura pobre,
los gobernantes cubanos rinden culto a la excepción
y reclaman el derecho a la diferencia.
Intentan sustentar sus posiciones
en la especificidad histórica de Cuba
Por Rafael
Rojas *
Tribuna
El País
España
Infosearch:
Fidel Nuñez
Analista
Jefe de Buró
Latinoamérica
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Junio 10, 2007
Entre
los críticos del nacionalismo cubano se ha consolidado el
rechazo a toda idea sobre el "carácter excepcional"
de la isla. Es cierto que haber experimentado una historia, cuando
menos singular, que siguió un curso diferente al de la mayoría
de los países latinoamericanos, muchas veces se convierte
en explicación simple de la existencia, desde hace medio
siglo, de un orden político no liberal y no democrático
en Cuba. Pero si el excepcionalismo cultural o ideológico
resulta insostenible, el excepcionalismo histórico es, a
veces, inevitable.
La relación
de Cuba con España y EE UU es muy distinta a la de cualquier
otro país latinoamericano.
Los cubanos
aún no han decidido si prefieren el futuro que propone la
oposición o el del régimen.
Hace 200 años,
mientras en los cuatro virreinatos hispanoamericanos los súbditos
de Fernando VII se preguntaban quién detentaba la soberanía
en ausencia del Rey, en Cuba se afianzaba el poder de España
y se consolidaba la economía esclavista de plantación
azucarera. También en La Habana hubo criollos, como Francisco
de Arango y Parreño, Nicolás Calvo y José de
Ilincheta, que demandaron al Capitán General, Marqués
de Someruelos, la constitución de una junta fernandina. Y
también allí se produjo una reacción peninsular,
encabezada por el general Juan Villavicencio y el brigadier Francisco
Montalvo, en contra del menor indicio de autonomía criolla.
Pero en Cuba,
a diferencia de Hispanoamérica, el autonomismo de las élites
criollas no se radicalizó mayoritariamente bajo la forma
de un republicanismo separatista. En la isla no estalló la
guerra de independencia, ni los esclavos se sublevaron contra sus
amos, como en Haití, que era el mayor temor no sólo
de los peninsulares sino de los propios criollos. Los pocos que
evolucionaron hacia el separatismo republicano (Félix Varela,
José María Heredia, Gaspar Betancourt Cisneros...)
acabaron exiliados, tras la represión contra las conspiraciones
masónicas de los años veinte y treinta.
Hasta 1868,
cuando estalla la primera guerra de independencia, las dos opciones
de soberanía con mayor fuerza entre las élites criollas
habían sido la anexión a Estados Unidos y la reforma
del régimen colonial vigente. Con la Paz del Zanjón,
en 1878, el separatismo, hasta entonces bastante ligado al anexionismo,
pareció decaer frente al auge de la gran alternativa política
de la época de la Restauración: el Gobierno autonómico.
Rechazada la autonomía en Madrid, resurge en 1895 el separatismo,
esta vez, más desligado de la corriente anexionista, aunque
no -ni siquiera en José Martí- confrontado a la hegemonía
de Estados Unidos sobre la región.
Que la construcción
del Estado nacional en Cuba se haya iniciado casi un siglo después
que en Hispanoamérica, tras una intervención norteamericana
de cuatro años y con una limitación constitucional
de la soberanía como la establecida por la Enmienda Platt,
es un dato de la excepción histórica. Como lo es también
el hecho de que la libertad de asociación y expresión
se haya introducido, parcialmente, en 1878, o que la abolición
de la esclavitud se decretara en 1886. Hasta principios del siglo
XX, la historia de Cuba parecía correr paralela únicamente
a la de Puerto Rico. A partir de 1902, el devenir de la isla abandonó
esa conexión y siguió un camino solitario.
En la primera
mitad del siglo XX, Cuba vivió fenómenos muy similares
a los de cualquier país centroamericano y caribeño:
guerras civiles, raciales y regionales, caudillos y caciques, latifundio,
dictaduras, democracias breves y frágiles, intervenciones
de Estados Unidos... Es por ello que la cultura política
que se produce en la isla -revolucionaria, agrarista, nacionalista-
es muy parecida a la que predomina en toda la región. Esa
semejanza, sin embargo, se manifestó con dos especificidades:
la mayoritaria tendencia de las fuerzas políticas hacia el
populismo y la intensa conexión económica, cultural
y política con Estados Unidos.
A mediados del
siglo XX, Cuba no era una "colonia" o una "neocolonia"
de Washington, como sostiene la historia oficial habanera, ni un
"Estado libre asociado", como Puerto Rico, pero sí
era, como prueba Louis A. Pérez Jr. en On Becoming Cuban
(1999), la nación latinoamericana más interrelacionada
con Estados Unidos. La política cubana de aquellas décadas,
incluida la política de los revolucionarios antibatistianos
y la de los comunistas republicanos, se hizo no sólo en La
Habana y Santiago de Cuba, sino también en Washington, Nueva
York y Miami. Lo mismo para Grau que para Prío, para Batista
que para Castro, contar con el respaldo o la desaprobación
de Estados Unidos era decisivo.
La otra especificidad
histórica de Cuba, a mediados del siglo XX, es la homogeneidad
ideológica del campo político. A diferencia de la
mayoría de los países latinoamericanos, se hace difícil
encontrar allí una clara polarización entre derecha
e izquierda. Casi todas las corrientes políticas (auténticos
y ortodoxos, 26 de Julio y Directorio, batistianos y antibatistianos)
gravitaban hacia esa amalgama de socialdemocracia y populismo que
postulaba la Constitución de 1940. Entre 1957 y 1959, la
Revolución acentuó las diferencias políticas
entre aquellos grupos, pero ideológicamente los unió
aún más. Unos y otros convergían en el deseo
de reemplazar a Batista con un gobierno que restableciera el orden
constitucional, convocara a elecciones, aplicara una reforma agraria
y gastara más en educación y salud. Sobre esa homogeneidad
Fidel Castro edificó su inmenso poder.
Pero lo que
en la historia republicana de la isla (1952-1959) se presenta como
especificidad, en la historia revolucionaria (1959-2008) aparecerá
como catarsis del excepcionalismo. La alianza del Gobierno cubano
con la Unión Soviética agudizó la Guerra Fría
en América Latina de un modo imprevisto por Washington y
las élites de la región. El anticomunismo de los años
cincuenta quedaría como un juego de niños ante la
avalancha de guerrillas y dictaduras que generó el experimento
cubano por acción o reacción. El socialismo insular
se planteó como "excepción" y, a la vez,
como "vanguardia" de la izquierda latinoamericana. El
Che Guevara trató, infructuosamente, de resolver esa paradoja
que, como ha visto Robert Service, es muy parecida al dilema estalinista
del "socialismo en un solo país".
Desde entonces,
y, sobre todo, tras la desaparición de la URSS, la existencia
de un régimen de partido único, economía de
Estado e ideología "marxista-leninista" en el Caribe
ha sido defendida con el discurso de la excepción. El "derecho
a la diferencia", anulado para la oposición democrática
de la isla y el exilio, es demandado por La Habana para justificar
la persistencia de una anomalía política. En este
sentido, el concepto de excepción podría ser aplicado
al socialismo cubano, a partir de las tesis de Carl Schmitt y Giorgio
Agamben, como una normalización jurídica del estado
de emergencia. Cuba, de acuerdo con esta idea, sería un país
sin democracia y sin mercado porque su legalidad es excepcional
o está condicionada por la coyuntura del diferendo con Estados
Unidos.
La idea, no
carente de sentido, contiene dos equívocos. El primero es
que el socialismo cubano no es una mera reacción al conflicto
con Washington, sino una elección ideológica de las
élites insulares. El segundo es que el discurso de la excepción
provoca demandas de normalidad, lo mismo desde la perspectiva del
régimen que desde el amplio espectro opositor. El Gobierno
cubano pide al mundo que lo acepte como es, como algo normal, mientras
que la oposición y el exilio suponen que una transición
a la democracia y al mercado reintegrará a Cuba en la comunidad
internacional y hará de la isla un país más
parecido a sus vecinos. Esta idea, curiosamente, la de volver a
ser un país latinoamericano y caribeño -algo que ya
es constatable en la sociedad insular-, espanta a unos y a otros.
Los gobernantes
cubanos prefieren que Cuba siga siendo lo que es -una dictadura
pobre de América Latina- antes de que se convierta en otra
democracia pobre del Caribe. Los líderes de la oposición
y el exilio, mayoritariamente, están convencidos de que una
transición a la democracia y al mercado sacará a Cuba
de la pobreza -lo que para algunos significa también sacarla
de América Latina y el Caribe-. ¿Qué desea
la mayoría de los cubanos en la isla y en la diáspora?
¿Cualquier cosa antes que el actual estado de excepción?
No lo creo. La ciudadanía de la isla, a pesar de la falta
de libertades, también calcula costos y beneficios y elige
racionalmente entre diversos futuros. Sólo que todavía
no se decide. Cuando lo haga, sabremos.
* Rafael
Rojas es historiador cubano exiliado en México.
* (Santa Clara, Cuba, 1965) Director de la Revista "Encuentro".
Es historiador y ensayista, Licenciatura en Filosofía, Universidad
de la Habana, septiembre 1985-julio de 1990. Diploma en Desarrollo
y Relaciones Internacionales, FLACSO, Cuba, 1990. Doctorado en Historia
en Centro de Estudios Históricos El Colegio de México, 1991-1994..
Es autor de varios libros sobre historia de Cuba. Es también autor
de la tesis doctoral Cuba mexicana. Historia de una anexión imposible.
Reside en Ciudad de México desde 1991, donde trabaja como profesor
e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas
(CIDE).
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