Esta es la crónica de un aguafiestas. Esta es una nota contra el regocijo porque lo mejor para todos seria que Oswaldo Payá no hubiera viajado a Estrasburgo, a no ser que él, u Ofelita y los niños decidieran hacerlo como turistas, para conocer esa hermosa región del mundo.
Es verdad que aquí hay fiestas. Y que en Palma y en Caimito y en el Corojal y en Biajacas Gordas la noticia del premio y el viaje del líder opositor ha causado alegría y ha provocado reflexiones. Es cierto que en mi barrio, gente que yo no me podía imaginar me saludaban, algunas por primera vez, para comentar la presencia de Payá en Europa, y muchas zonas de su discurso y de sus mensajes a los cubanos, que aquí se escuchó en vivo a través de Radio Martí y otras emisoras del sur de la Florida.
Sí, hay que aceptar que la oposición interna recibió un corrientazo, y un mensaje directo de respeto, solidaridad y compresión por una parte del planeta que durante muchos años estuvo ciega y sorda, o por lo menos indiferente ante las alternativas de nuestras vidas bajo el totalitarismo.
Nadie duda que se puede hablar de conmoción y versos que inventó Jorge Luis Borges, a veces han sido más que hermanos gemelos. El esplendor del galardón y la destreza política, la honestidad y el contenido plural del desempeño de Oswaldo Paya en aquellas tierras llenan a toda la geografía de la oposición pacífica.
Las vibraciones llegan, desde luego, en primer lugar a quienes suscribieron y sostienen el Proyecto Varela como una de las vías para encontrar soluciones a la encrucijada. Pero tiene resonancias positivas en otros sectores importantes que promueven diferentes caminos hacia la libertad y la democracia.
Hay ondas y reflejos hasta en los filos de las espadas que defienden la paralización y las descoloridas fotos fijas en las que quieren inmovilizar la sociedad. Pero de todas formas, creo que lo mejor es que Payá no hubiera ido a Estrasburgo. Porque su ausencia de aquel foro significaría que no habría tenido que luchar año tras año por los derechos humanos, y por los presos políticos, ni por la libertad de expresión ni por la dignidad y la soberanía individual de sus compatriotas.
Lo ideal es que nadie tenga que recibir fuera de Cuba reconocimientos por trabajar a favor de libertades que nacen con el ser humano, y mucho menos que para salir a aceptar el premio necesite un permiso imperial para ejercer el derecho de salir y regresar a su patria.
Opino que lo mejor para este país es que Paya no hubiera tenido que viajar a Estrasburgo. Y estoy seguro que él también, si viviéramos en un Estado de derecho, en un país libre, preferiría permanecer en su casa de El Cerro, cerca de Dios y de su familia.