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EL FEDERALISMO
Y LAS AUTONOMIAS
OPCIONES DEMOCRATICAS
Y PARTICIPATIVAS
Por Gerardo
E. Martínez-Solanas
*
Columnista
E.U.
La Nueva
Cuba
Junio 8, 2008
La democracia
participativa es un sistema político que utiliza frecuentemente
el mecanismo plebiscitario de consulta popular pero, sobre todo,
uno que aplica el "principio de subsidiariedad", por el
que la autoridad establecida debe asentarse en las instancias más
cercanas a los interesados. Por tanto, la autoridad central asume
su función subsidiaria sólo en aquellas cuestiones
que, por diferentes razones, no puedan resolverse eficientemente
en el ámbito local o más inmediato. Es un principio
que sugiere la descentralización del gobierno mediante mecanismos
federales o confederados que den mayor autoridad a las entidades
provinciales (estatales) o municipales en la aplicación de
políticas y en la toma de decisiones públicas. Muchas
de estas decisiones se resuelven mediante el plebiscito y el referendo.
Es así como el Tratado de la Comunidad Europea (TCE) lo adoptó
en su Artículo 3B, acordando que "la Comunidad intervendrá,
conforme al principio de subsidiariedad, sólo en la medida
en que los objetivos de la acción pretendida no puedan ser
alcanzados de manera suficiente por los Estados miembros, y, por
consiguiente, puedan lograrse mejor, debido a la dimensión
o a los efectos de la acción contemplada, a nivel comunitario."
Al otro lado
del océano, otra Unión de Estados quedó constituida
hace más de dos siglos en un sistema federal ampliamente
descentralizado que ha ido evolucionando hasta aplicar más
que en ninguna otra parte del mundo (incluyendo a Suiza) la consulta
popular para tomar decisiones a nivel comunitario, municipal y/o
estatal (provincial). Los Estados Unidos son un conglomerado de
Estados federados con sus propias Constituciones, su milicia (articulada
como "Guardia Nacional"), senadores, legisladores, tribunales
supremos y, además, el privilegio de tener cada uno su peso
específico de "electores" (basado en una fórmula
favorable a los Estados menos poblados) que da carácter singular
a un proceso eleccionario donde cada Estado "vota" a nombre
de la mayoría obtenida en las urnas, en lugar de sumar votos
populares para determinar una mayoría nacional. Esto le da
autoridad al Estado frente al conglomerado de la nación.
No obstante, tales líneas divisorias, aunque muy precisas
y definitorias, se disipan hasta fundirse en una firme voluntad
nacional que aúna los propósitos hacia una meta común.
Este sistema
federal, con diversas variables, se aplica en algunos otros países
y se ensaya tímidamente en pocos más. No es el caso
de España, aunque pueda parecerlo. En la península
se da un fenómeno de autonomías con identidad "nacional".
Es un nacionalismo en miniatura que se alimenta de rivalidades.
Lejos de buscar la coordinación a nivel nacional, se disgrega
y debilita en la búsqueda de identidades separatistas. Este
fenómeno no redunda en beneficio de una mayor participación
democrática sino de un hipertrofiado burocratismo y una lamentable
y reiterada duplicación de funciones.
España
es más pequeña que el Estado de Texas y poco mayor
que California, Montana o Nuevo México. Con tan escasa extensión
territorial y menos del 13% de la población de EEUU, pretende
mantener 17 entidades autónomas con sus respectivos presidentes,
su cortejo de más de 350 ministros (sin contar a los provinciales),
71 parlamentos, 18 consejos de Estado, con sus correspondientes
fiscalías (defensores del pueblo), tribunales de cuentas,
diplomáticos, estaciones públicas de radio y TV, organismos
autónomos, etc.
La enorme burocracia
resultante desborda aún más con los costos del mantenimiento
de 69 boletines oficiales, 69 aparatos de propaganda y publicidad
institucional, 69 editoriales de publicaciones oficiales e infinidad
de otros gastos derivados de este redundante aparato democrático.
Una controversial
crítica de este atiborrado sistema en un largo ensayo de
reciente publicación ("Crisis planetaria: la quiebra
del Estado de bienestar", por Enrique de Diego; Rambla Media
Ediciones) me ha inspirado a denunciar esta aberración "democrática"
distorsionada por el burocratismo. Si bien España ha dado
al mundo un notable ejemplo de transición a la democracia,
a partir de la dictadura de Franco, las libertades adquiridas se
han desbocado en un frenesí de pugnas políticas que
la alejan de esa democracia participativa que se nutre de un consenso
nacional unificador de las leyes, el orden y los propósitos
comunes.
Es curioso que
esto se haya producido en un sistema donde ha predominado la tesis
socialista, que tiende a ser centralizadora del poder del Estado.
Semejante dicotomía provoca aún mayor burocratismo
porque la redundante tendencia centralizadora se manifiesta entonces
dentro de esa multitud de mini naciones "españolas".
No cabe duda
de que no es previsible en el futuro próximo una marcha atrás
en el proceso de las autonomías, pero considerando que España
ya es parte de ese asombroso y ejemplar experimento de "confederación"
europea, bien podrían sus dirigentes nacionales y regionales
despertar a la realidad prometedora de un federalismo ibérico
que acercara las autonomías a un concepto nacional de colaboración
política, social y económica.
En esta dirección
puede tomar impulso dentro del molde paradigmático europeo
una genuina democracia participativa que obligue a los políticos
españoles a optar por una mayor conciencia nacional ante
la exigencia de iniciativas populares sometidas a la consulta ciudadana.
Se trata de dar forma al saludable concepto democrático de
"unidad en la diversidad". Al ampliar el proyecto democrático
hasta un alto grado participativo, la diversidad de las autonomías
en una unidad nacional podría llegar a abarcar a toda la
península en una gran nación ibérica, incluyendo
a Portugal y sus regiones.
Estas reflexiones
sobre dos países (Estados Unidos y España) que, desde
sus divergentes perspectivas políticas, son paradigmas de
la democracia, provocan una lastimosa comparación con otros
que padecen el autoritarismo y la omnipotencia del Estado bajo el
engañoso disfraz de la "democracia participativa",
una calificación autoproclamada que no tiene base sobre los
hechos. Así se apropian del concepto, como modelo propio,
los gobernantes de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia.
En Bolivia,
por ejemplo, el gobierno nacional intenta ferozmente centralizar
el poder y llega al extremo de proceder a la exclusión forzosa
de los constituyentes de la oposición, a quienes se impidió
violentamente participar en los debates, para "aprobar"
sin más negociaciones una Constitución que confirme
este autoritarismo. El propósito centralizador se manifiesta
con mayor crudeza ante la agresiva reacción del poder central,
que desconoce y denuncia como "ilegal" y "separatista"
la consulta popular en referendo celebrada en algunas regiones del
país, convocada como reacción a ese ejercicio de la
fuerza en la constituyente. Muy lejos están los promotores
de las autonomías regionales en Bolivia de emular los fueros
nacionalistas de las autonomías españolas. Solamente
aspiran a que se aplique en sus regiones el principio de subsidiariedad
y no buscan en modo alguno una identidad cultural, étnica
o política que divorcie a esas regiones de su carácter
intrínsecamente boliviano.
Mientras tanto,
los gobernantes de Cuba y Venezuela han proclamado una "democracia
participativa" en sus respectivos países, pero la participación
democrática estructurada y efectiva brilla por su ausencia.
Se gobierna mediante la movilización de las masas y la aprobación
a mano alzada y por aclamación de los dictámenes del
poder central. En ambos países se ha creado una Asamblea
Nacional que supuestamente actúa de conformidad con los mandatos
emanados de la base popular; no obstante, lo que se observa son
cuerpos "legislativos" monolíticos y unipartidistas
que responden unánimemente al líder y aprueban sin
discusión sus dictados.
En cuanto a
la consulta popular, las iniciativas surgidas en Cuba, dentro de
las exigencias constitucionales para la recogida de firmas y la
presentación formal de la petición de referendo ante
la Asamblea Nacional, han chocado con el más absoluto hermetismo
y desprecio de las autoridades de facto. En Venezuela, donde el
centralismo autoritario no ha triunfado del todo todavía,
las pocas consultas populares realizadas han sido manipuladas para
promover las ambiciones del Presidente Chávez con una serie
de presiones e irregularidades electorales, pero también
mediante la casi absoluta centralización de los medios de
comunicación y propaganda, así como de la utilización
de los recursos del Estado para promover la gestión política
del líder venezolano.
En tales circunstancias
no podemos los amantes de la democracia tolerar que los regimenes
de fuerza pretendan aplicar demagógicamente la calificación
de democracia participativa a su lamentable sistema de gobierno.
Tenemos la obligación de defender a brazo partido los conceptos
y principios que promueven la colaboración popular mediante
mecanismos eficaces de participación en un régimen
de derecho. Igualmente debemos enfrentar los esfuerzos por desarrollar
"autonomías" que no tengan un propósito
específico de subsidiariedad mediante un diáfano mecanismo
de participación. Cualquier otra cosa es un fraude y un atentado
a los derechos civiles y las libertades fundamentales de los ciudadanos.
*
Gerardo E. Martínez-Solanas, Economista y Politólogo (CUNY). Ex
Funcionario de las Naciones Unidas. Autor de “Gobierno del Pueblo:
Opción para un nuevo siglo, ”Ediciones Universal, 1997. En proyecto
(en inglés): "Democracy: The Right to Dissent". Director de DemocraciaParticipativa.net
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