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EL RETABLO
DE ELISEO ALBERTO

Félix Luis Viera *
México, DF
México
Colaboración
La Nueva Cuba
Septiembre 11, 2008
La editorial Planeta
Mexicana ha dado a la luz El retablo del Conde Eros, la más reciente
novela del escritor cubano, residente en México, Eliseo Alberto.
La trama de esta obra se desarrolla en La Habana de la década
de 1950 y creo que aquí los buscadores de Anacronismos de Destrucción
Masiva, nada encontrarán: los matices de época, la idiosincrasia,
las costumbres expuestas, los giros del lenguaje, las referencias a
las locaciones, son justos, y nunca excesivos según corresponda;
a menos que mi ojo, que mucho buscó en este sentido, haya tenido
alguna falla; de cualquier manera, convoco a la réplica.
Tres son los personajes principales de la novela: Julián Dalmau,
actor cubano que regresa de Estados Unidos invitado para dirigir una
obra en un teatro habanero, quien trae consigo la firme determinación
de suicidarse luego de concluida la primera función (por razones
que no aviso al lector); el Conde Eros, escritor frustrado, editor de
sus propias novelas más bien funambulescas; y otro artista fallido:
el obseso Pietro Zamorinni, "el mejor tenor de Cuba", según
sus delirios.
A su arribo a La Habana luego de 25 años de ausencia, el azar
llevará al reconocido actor Julián Dalmau a toparse con
el Conde Eros y con Zamorinni, y asimismo con una miríada de
otros personajes que darán vuelta a los destinos que se ha autoimpuesto
Dalmau, eterno sufridor por la muerte de su hijo, de la que se considera,
en parte, culpable.
Más que proyectarme hacia el argumento -sólido, vasto
por sus subtramas y meandros, revelador de las intríngulis en
buena medida del mundo del teatro, y de buen fruto para cualquier lector,
sea o no cubano-, quisiera, en las pocas líneas que me son permitidas,
enrumbar las pupilas hacia los aspectos formales de esta novela que,
en mi humilde opinión, es la mejor de todas las publicadas por
Eliseo Alberto.
Primero, los personajes secundarios y ocasionales juegan un papel decisivo
en la acción narrativa, pueden ser "tantos que se atropellan"
(creo que en 225 páginas resulta casi una hazaña lidiar,
atinadamente, con tanta "gente") pero están llevados
con mano firme, sin excesos ni carencias; algo que es verdaderamente
difícil de lograr en una narración. Quiero decir: uno,
que sean tantos personajes, y dos que ni sobren ni falten ni aburran
ni desaparezcan a conveniencia del autor.
Segundo, si bien en sus obras anteriores Eliseo Alberto se ha apoyado
sobre todo en su capacidad para fabular (es decir, hiperbolizar, crear
tramas de "excepcionalismo" verosímil), en ésta
no abandona esa condición, pero el ingenio, tanto en la estructuración
de la novela como en las exposiciones verbales, le gana a lo primero.
Asimismo, hay una limpieza evidente de frases ampulosas, grandilocuentes.
El diseño de la novela es casi convencional (aunque alguien podría
argüir lo contrario al hallarse con fragmentos de las novelucas
"reparadas" del Conde Eros insertas en el cuerpo narrativo,
amén de fragmentos de libretos de teatro) y eso creo que le aporta
suficiente peso para que el lector no quiera detenerse en ningún
momento. Es decir, la narración va duro y por el medio: las retrospectivas
llegan diáfanas y sólo cuando en verdad se justifican.
Tercero, un narrador omnisciente -que por momentos quizás se
acerca peligrosamente al autor, al narrador o al personaje- funciona
con una concisión que levanta y levanta la narración hasta
llegar con incansable constancia a eso que llamamos intensidad, y a
eso otro que llamamos tensión. Por más que el narrador
nos haga creer que él no es el narrador, sino un "costurero"
de las locuras del trashumante escribano Conde Eros, no es cierto; repito:
el narrador eje de esta novela es su mayor portento. Aun cuando el propio
autor, al final, nos diga que él mismo es el narrador; claro
que no, pero es un buen truco.
Cuarto, no sé si quienes antes han escrito sobre esta obra han
notado la maestría que se alcanza mediante la utilización
del diálogo: ya sabemos que esta condición es una de las
más escabrosas para la creación narrativa, aunque no lo
pareciera. Los diálogos alcanzan un papel preponderante, no sólo
por la concisión que les es inherente, lograda de manera excelente,
sino sobre todo porque en no pocas ocasiones nos ofrecen, con cuatro
golpes de tecla, la información que valdría una cuartilla
si el autor se fuese por el camino de la narración llana. Para
apoyar lo antes dicho, remito a las primeras 60 páginas: con
cuatro palabras, los personajes (valer de los personajes ocasionales,
enfatizo) con que se va topando Dalmau, nos dan un flashazo que de inmediato
nos ubican en el entorno, tentativamente en lo que sucederá,
oblicuamente en lo que ha sucedido antes del arribo del actor a La Habana.
Esto puede parecer secundario, pero mantengo que es difícil de
alcanzar y a lo largo de toda la novela se convierte en uno de los factores
que obran a favor de su calidad.
Quinto, si como afirman muchos -afirmación a la que me sumo-,
una novela esencialmente entretiene, pero además educa, forma,
modela, informa, subvierte
he aquí la totalidad que alcanza
El retablo
Lejana de la onda (¿o la moda?) de hoy día
de las novelas "epocales", "históricas",
de vacuos chismes "políticos", neutrales en cuanto
a la exposición de las honduras sociales o de las trabazones
de la existencia humana; en fin, lejana de esas novelas "masivas"
que bien se venden pero que, por su insipidez, poco jugo dejan en las
aurículas. Esto, sin demeritar el humor -"acubanado",
pero asequible- que salta en uno y otro punto de la narración,
así como el recurso del sexo (no del erotismo), el cual, en mi
opinión, es tratado de manera descarnada pero, he ahí
el detalle, cuando las almas de quienes lo ejecutan se hallan asimismo
descarnadas, necesitadas de agarrarse del clavo ardiente que resulta
el hecho sexual para sobrevivir al menos un instante más. Es
decir, de ninguna manera el sexo por el sexo, o el sexo como efectismo
narrativo.
Sexto, las novelas de la sapiencia suelen aburrirnos; las de la sabiduría
nos hacen cimbrar los adentros constantemente. El retablo del Conde
Eros es de las segundas. Mi ejemplar está marcado con más
de treinta frases de suma profundidad, que te paran del asiento por
su poder para, reflexiones en sí mismas, hacerte reflexionar
sobre los vaivenes de la vida, y de la muerte. Frases, digámoslo
de una vez, que te muestran ese lado de la existencia en que no habías
reparado. He aquí otro de los elementos que colaboran para hacer
de El retablo
, a mi juicio, una de las novelas cubanas más
interesantes de la actualidad, amén de dar vida a personajes,
convincentes, sólidos, pero sobre todo inéditos en la
literatura isleña más reciente.
Prostitutas, homosexuales, proxenetas, alcohólicos, extasiados,
estafadores, paranoicos, cornudos no confesos, locos sublimes, pragmáticos,
románticos a tiempo completo, saltan hacia nosotros desde la
década cubana de 1950 por medio de la acción narrativa.
Y suma y sigue.
Desde que se iniciara, hace más de dos décadas, con La
Fogata roja, Eliseo Alberto ha cosechado una obra novelística
que lo ubica entre los más destacados cultivadores del género
de (no digo "en" por si acaso) Cuba. Pero al leer su más
reciente novela, considero que esto no es lo más importante.
Lo más importante es que a lo largo del camino ha sabido despojarse
de todo lastre que pudiera recargar negativamente sus creaciones: El
retablo del Conde Eros así lo demuestra de manera rotunda. La
nave ha quedado lista para seguir el viaje con toda limpidez y precisión.
Se agradece.
*
Félix Luis Viera Poeta, cuentista y novelista, nació en Santa Clara,
Cuba, el 19 de agosto de 1945. Ha publicado los poemarios: Una melodía
sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la UNEAC*,
1976, Ediciones Unión, Cuba), Prefiero los que cantan (1988, Ediciones
Unión, Cuba), Cada día muero 24 horas (1990, Editorial Letras Cubanas),
Y me han dolido los cuchillos (1991, Editorial Capiro, Cuba) y Poemas
de amor y de olvido (1994, Editorial Capiro, Cuba); los libros de cuento:
Las llamas en el cielo (1983, Ediciones Unión, Cuba), En el nombre del
hijo (Premio de la Crítica 1983. Editorial Letras Cubanas. Reedición
1986. ) y Precio del amor (1990, Editorial Letras Cubanas); las novelas
Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la UNEAC 1987 y
Premio de la Crítica 1988. Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista,
pero te quiero (1995, Ediciones Unión, Cuba), Un ciervo herido (Editorial
Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003) y la noveleta Inglaterra Hernández (Ediciones
Universidad Veracruzana, 1997. Reediciones 2003 y 2005). El Premio de
la Crítica es el mayor reconocimiento que recibe un libro en Cuba. Su
libro de cuentos Las llamas en el cielo es considerado un clásico de
la literatura de su país. Varias de sus creaciones han sido traducidas
a diversos idiomas y forman parte de diversas antologías publicadas
en Cuba y en el extranjero. En su país natal recibió diversas distinciones
por su labor en favor de la cultura. Fue director de la revista Signos,
de proyección internacional y dedicada a las tradiciones de la cultura.
Su más reciente novela, Un ciervo herido -que aborda el tema de las
Umap, eufemísticamente llamadas Unidades Militares de Ayuda a la Producción
y, en realidad, campos de trabajos forzados establecidos en Cuba en
la década de 1960-, ha recibido un notable reconocimiento de la crítica
y de los lectores y ha circulado en España, Puerto Rico, México y otros
países; durante cinco meses estuvo entre los libros más vendidos en
Miami y recientemente ha sido traducida al italiano por la editorial
L´Ancora del Mediterráneo. En Italia ha sido objeto de un notable reconocimiento
de la crítica especializada, así como de los lectores. Recientemente
ha concluido su novela El corazón del rey, que refleja los primeros
pasos de la instauración del socialismo en Cuba, en la década del 60,
y actualmente trabaja en el poemario La patria es una naranja, inspirado
en la añoranza de su tierra natal y en sus vivencias en México, donde
radica desde 1995. En México, ha colaborado en diversos periódicos con
artículos de crítica literaria y de contenido cultural en general, ha
impartido talleres literarios y conferencias, y asimismo se ha desempeñado
como asesor de variadas publicaciones periódicas.
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