No hay día que no salga en la tele el problema de si los padres deben hablar a su prole de los problemas del sexo.
Nunca vi a nadie que disentiera, es decir, que todos los opinantes opinaban que sí, que los padres debían de tener como uno de sus deberes primordiales, darles una especie de clases a los hijos sobre el sexo.
Aquello me chocó y retrotraje mi memoria a cuando fui púber y como fue que cuando asistí al debut sexual (con un hetaira, por supuesto) ya en la teoría era un tigre.
Y recordé algo que ya tenía olvidado; las noches parqueriles en que se hablaba en las altas horas, de lo humano y lo divino.
En el parque de mi pueblo tuvieron lugar las clases. A mi padre, un hermético asturiano, aquella tarea que hoy comentan por la tele, le hubiera dado un infarto. En aquella nocturnidad, siempre los había mayores que se acercaban al grupo y contaban sus experiencias. Los aspirantes preguntaban y ellos gentilmernte evacuaban la duda.
Así fue de fácil nuestro aprenizaje de la teoría sexual. Claro, que no existía el sida, ni las mil otras complicaciones que hoy hacen el acto un riesgo casi mortal.
Recuerdo como cuando entonces nuestra diaria comidilla era un libro de Somerset Maughan, llamado “El Filo de la Navaja”.
La búsqueda espiritual del protagonista, nos fascinaba. Muchas noches las pasamos comentando como el héroe en su viaje al Tibet, había adquirido una nueva dimensión terrenal y si era posible para nosotros subiendo al Escambray adquirir aquella dimensión metafísica; así éramos de ingenuos y optimistas.
Esa ingenuidad nos sirvió para caminar sobre el filo de la navaja de lo que vendría después y escapar por un pelo......