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EN
DEFENSA DEL CASTIGO
Por Carlos Ripoll
El Nuevo Herald
Florida
E.U.
Distribuye:
Paul Echániz
New York
E.U.
La Nueva Cuba
Junio 11, 2008
Toda persona
tiene derecho a manejar a su modo la afrenta que padece. A unos
los llevará al odio y a superar acaso el delito con la venganza;
a otros al aguante y hasta la disculpa de quien les produjo la pena.
Hay delitos unipersonales y hay delitos que afectan a muchos, y
aun a ideas y sentimientos. Se pueden perdonar los primeros, pero
los que no son exclusivos obligan a castigar al culpable. El crimen
de lesa patria no puede quedar impune, es colectivo, y a muchos
obliga la justicia.
La independencia
de Cuba pecó de generosa. Por el cansancio del conflicto,
y con la mano extranjera en el apuro de la codicia, los delitos
de España quedaron impunes. Había Martí prometido
en el Manifiesto de Montecristi que ''la guerra, y después
de ella'', iba a ser ''piadosa con el arrepentimiento e inflexible
con el vicio, el crimen y la inhumanidad''. Pero no pudo el país
ser ''inflexible con el vicio, el crimen y la inhumanidad'', ni
tuvo la compasión cabida para los arrepentidos, porque, sin
los castigos necesarios no floreció el arrepentimiento. Fue
así que muchos de los enemigos de Cuba libre disfrutaron
del poder y siguieron influyentes en el comercio, la prensa y la
enseñanza. De manera indiscriminada, sin excluir a los criminales
de guerra ni a otros responsables de los abusos cometidos durante
la colonia, el Tratado de París obligó a Cuba a respetar
en los españoles de la isla, ''todos sus derechos de propiedad,
y además el derecho de ejercer su industria, comercio o profesión''.
Al ver así el cubano esposada la justicia, cundió
el desánimo y le fue más fácil alternar en
la república, durante 57 años, el desgobierno y el
latrocinio. Aquellos polvos le facilitaron el camino al medio siglo
de fango que aún padece la isla. Más previsores fueron
los padres de la independencia en los Estados Unidos: terminada
la guerra se castigó a los delincuentes, y de por vida se
les prohibió a sus enemigos ocupar puestos públicos,
quienes ajenos a la prosperidad nacional decidieron emigrar.
Para que mañana
en Cuba no llegue un antiguo torturador de prisiones a policía,
o un ladronzuelo a presidente de la banca, o que se les concedan
cargos en la cultura y la educación a miembros de la gavilla
de escribidores, actorcillos y poetines que sin contrición
y hasta el fin apoyaron voraces la tiranía, con toda probidad
se debe castigar a los culpables.
Ante el desastre
del marxismo-leninismo criollo andan allá ahora con recetas
chinas y concesiones capitalistas para mantenerse en el poder. Al
amparo de una dialéctica falsa retroceden, devolviéndole
a gotas al cubano los instrumentos de trabajo, el usufructo de la
tierra y de la vivienda, el acceso a la comodidad y a la juguetería
electrónica que los complejos de un habilísimo orate
le había prohibido. Y ante el miedo de un cambio mayor, bajo
el mando de Castro el chiquito, en control de la economía,
su pandilla se abastece de riquezas nacionales y de cuentas y pasaportes
extranjeros, por si aquello no termina en otro Tratado de París.
Y hasta entre las víctimas de sus excesos buscan apurados
perdonadores oficiosos que movidos por el olor del pesebre andan
con el bolsillo lleno de cordialidades, coloquios e indultos. Ni
a ésos se les debe perdonar, porque como dijo Martí,
``Es criminal quien sonríe al crimen; quien lo ve y no lo
ataca, quien lo sienta a su mesa; quien se sienta a la mesa de los
que se codean con él o le sacan el sombrero interesado''.
Dice la defensa
del perdón incondicional que Jesús perdonó.
Sí, cuenta el Evangelio que, en medio de los agravios, desde
la cruz alzó los ojos al cielo y dijo: ''Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen''. En verdad no lo sabían aquellos
soldados, pero Cristo perdonó porque era suyo el dolor: el
de los clavos en sus manos y sus pies, el de la esponja de vinagre
en los labios, el de la lanza que le atravesaría el costado.
Pero cuando no le fue propia la injuria, cuando vio el sacrilegio
de los mercaderes en el Templo, ni perdonó ni demoró
el castigo: cuentan también los evangelistas que cargó
contra ellos y ''se puso a expulsar a los que allí vendían
y compraban, y derribó las mesas de los cambistas y los asientos
de los mercaderes'', y les dijo: ''Mi casa es casa de oración,
pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones''.
Y en aquel justo castigo, látigo en mano contra los que pecaban
en el Templo, al llegar a oídos de los escribas que ''buscaban
cómo perderle'', cuenta San Marcos, empezó el camino
de la cruz.
Dicen otros
que quien no perdona lleva en el alma el peso de su amargura. Derecho
se tiene a perdonar lo propio, lo que a uno le toca del crimen,
pero no más. Cuba fue el primer muerto del castrismo, el
primer alzado, el primer preso, el primer disidente, el primer exiliado,
y si pesa la defensa del castigo, siempre, en la razón y
la justicia, que pese. Cuba es nuestro Templo.
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