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HUMILLADOS
Y OFENDIDOS,
¿HASTA CUÁNDO?
Por
Abel German
*
Colaboración
España
La Nueva Cuba
Junio 7, 2008
Todas las dictaduras,
sean de izquierdas o de derechas, religiosas o militares, del color
y de la textura que se trate, tienen algo en común: humillan
al pueblo que las padece. Esta especie de ley no la cambia ni el
supuesto respaldo casi unánime con que muchas veces se suelen
producir, porque entonces, cuando eso ocurre, simplemente estamos
ante uno de los tantos rostros de esa humillación, sólo
que enmascarada por el disimulo y/o el error. La masa como gigante
tonto seducido (y abducido) por consignas; o como gigante atado
que intenta sobrevivir a golpe de astucia. Así pues ello
no cambia ni disminuye un ápice su significado. Y la dictadura
de Cuba, aunque se presenta como y en el contexto que lo hace, no
es ni mucho menos una excepción.
Si echamos un vistazo, por muy somero que éste sea, a la
historia de la isla, no podemos si no preguntarnos, con embarazo,
cómo es posible que pueda caber tanta afrenta junta en tan
poco espacio de tiempo. Es una curiosidad casi física.
Ni siquiera es preciso mirar muy atrás. Del mismo modo (y
no estoy comparando) que en 1952 Fulgencio Batista humilló
al pueblo cuando a sólo unas pocas semanas de las elecciones
perpetró el golpe de estado contra el gobierno de Prío,
Fidel Castro comenzó a hacerlo el 1º de mayo de 1960
con aquella famosa frase tan parecida a un escupitajo: "¿Elecciones
para qué?", y continuó haciéndolo el 15
de abril del año siguiente, cuando, de un modo magistralmente
oportunista, dio un vuelco al destino de Cuba, como todos los suyos
sin consultar a Cuba. Es más, como si él fuese Cuba.
Ese día, aprovechándose de la irracionalidad del momento
-el entierro de las víctimas de los bombardeos que preludiaron
la invasión de Girón-, hizo una de las más
burdas, humillantes y -hay que decirlo- efectivas de sus manipulaciones:
de un solo golpe encajó hasta el cabo el carácter
socialista del régimen. Por supuesto, si entonces, en circunstancias
tan especiales, hubiese consultado a los cubanos sobre el particular,
lo más probable es que habría obtenido un SÍ
limpio y, por tanto, incuestionable. Pero no lo hizo. Y ahí,
en ese desprecio a la opinión del pueblo que decía
representar, se halla lo humillante. Ahí, y en haber presentado
ante la inteligencia de la época el aplauso adulador, eufórico,
impensado de la masa, como si de la respuesta a un referéndum
se tratase. Luego continuó haciéndolo y, pese a su
retiro de enfermo, no ha parado, aunque sólo sea por su arrogante
y pretendidamente didáctica presencia periodística
a través de esos artículos que se le atribuyen.
Pero ya ahí, en aquellos primeros hechos, estaban nítidos,
totalmente incubados, los huevos de la humillación que vendría.
Ahí quedaron marcadas manifiestamente las pautas que tienen,
entre sus cotas más recientes, la "primavera negra de
2003", cuyas consecuencias aún continúan casi
intactas; y la liberación selectiva meses después
de unos pocos condenados entonces, a cambio de la suspensión
de sanciones de la Unión Europea. Son las mismas pautas que
ahora, en pleno 2008 y pese al cambio de timonel, continúan
rigiendo las incertidumbres del país.
Y es que las medidas -en realidad simples rehabilitaciones de derechos
que nunca debieron ser inhabilitados- que como migajas Raúl
Castro ha ido desgranando, no son más que nuevas humillaciones.
Humillaciones que una vez más pretenden burlar la inteligencia
de la época. Es cierto que el hermano del Comandante podría
simplemente estar actuando con precaución para evitar situaciones
traumáticas. Es una posibilidad. Pero sucede que difícilmente
esa supuesta precaución podría explicar el contenido
y, sobre todo, el alcance de esas medidas. Difícilmente podría
explicar, por ejemplo, por qué hasta ahora el mensaje que
envía está dirigido exclusivamente a la recaudación
del peso convertible que, por distintas vías (algunas bastante
poco ortodoxas), pero sobre todo gracias a la escasez de ofertas
de mercado, los cubanos han logrado acumular. O por qué las
pocas libertades esbozadas hasta el momento sólo pretenden
estimular, a través de un incipiente consumo, una productividad
de la cual depende, más que el bienestar de la población,
la preservación del poder del Partido Único. O, ahora,
del Hermano Único.
Es lo que sucede también, y quizás de un modo más
evidente, en el ámbito de las ideas. ¿No es humillante
acaso el recién concluido Congreso de la UNEAC? ¿Que
los artistas y escritores se entusiasmen como lo haría un
hijo pequeño con el regalo del padre generoso por el permiso
para divergir? ¿No son humillantes las reuniones de base
que efectúa la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC)
como plataforma para el próximo VIII Congreso de la organización,
presididas por altos funcionarios del Departamento Ideológico
del Partido y del Poder Popular, cuyos discursos tienen la desfachatez
de asegurar que en dichas reuniones va quedando ratificada la posición
de los periodistas en la batalla ideológica al lado de la
revolución, como si pudiera ser de otra manera? ¿No
es humillante que los periodistas designados copien al dictado las
noticias y los artículos de opinión que el régimen
interesa y que los firmen como suyos sólo para agradar esas
intenciones, entrando así en una dinámica, la del
régimen, que una vez más pretende engañar a
la casi siempre crédula opinión pública?
¿Y no es humillante también que la autorización
a discrepar misma, por venir de donde viene, encierre esa "libertad"
en los límites que siempre han existido? Porque, por ejemplo,
¿puede alguien discrepar, sin temor a represalias (que, por
cierto, están legisladas) del papel autoritario, irresponsable
y
humillante, desempeñado por Fidel Castro durante
estos casi cincuenta años? ¿O del papel que su hermano
y el Partido pretenden, en términos muy similares, continuar
desempeñando? ¿O de los contenidos denigrantes de
ciertas leyes, empezando por la Constitución que, entre otras
lindezas, declara la irrevocabilidad del régimen?
Las respuestas son obvias. Máxime si las preguntas se plantean
a través del prisma que los hechos actuales ponen ante nuestros
ojos. Hechos como el del lunes 21 de abril, cuando las esposas de
los presos políticos, conocidas como "Damas de Blanco",
fueron arrastradas por la policía sólo porque se proponían
entregar al gobernante un documento reivindicativo de los derechos
de sus esposos. O como el del domingo 18 de mayo último,
cuando el régimen, con la arrogancia que le es habitual,
burlándose de nuevo y como siempre de la inteligencia general,
presentó "nuevas pruebas" de la subvención
de EEUU a la disidencia, acusando así de mercenarios a cubanos
que, aun en el supuesto de que reciban esas ayudas, es evidente
que no las utilizan para organizar ninguna forma de violencia, sino
en todo caso para sobrevivir a la violencia (tanto legal como física)
que el régimen sí utiliza contra ellos para impedirles
realizar una oposición que en cualquier lugar realmente civilizado
forma parte de la normalidad política. Acusaciones por cierto
que deben preludiar una escalada inmediata de la represión.
Esos al menos son los preparativos clásicos.
Así pues, la humillación y las ofensas sufridas por
el pueblo de Cuba no han cesado. Eso sólo ocurrirá
cuando cese la dictadura y se consolide la democracia. Momento que
aún no está a la vista y que Raúl Castro, con
la complicidad de las oportunidades y los cómplices de siempre,
hace todo lo que puede para retardarlo.
* Abel German
(Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día
siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick"
(Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También
ha publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas,
así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia
de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor
y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free
Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente
se encuentra exiliado en España.
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