Antonio M. Rivera
 
Evi Jimenez
 
 
 




HUMILLADOS Y OFENDIDOS,
¿HASTA CUÁNDO?










Por
Abel German *
Colaboración

España
La Nueva Cuba
Junio 7, 2008



Todas las dictaduras, sean de izquierdas o de derechas, religiosas o militares, del color y de la textura que se trate, tienen algo en común: humillan al pueblo que las padece. Esta especie de ley no la cambia ni el supuesto respaldo casi unánime con que muchas veces se suelen producir, porque entonces, cuando eso ocurre, simplemente estamos ante uno de los tantos rostros de esa humillación, sólo que enmascarada por el disimulo y/o el error. La masa como gigante tonto seducido (y abducido) por consignas; o como gigante atado que intenta sobrevivir a golpe de astucia. Así pues ello no cambia ni disminuye un ápice su significado. Y la dictadura de Cuba, aunque se presenta como y en el contexto que lo hace, no es ni mucho menos una excepción.
Si echamos un vistazo, por muy somero que éste sea, a la historia de la isla, no podemos si no preguntarnos, con embarazo, cómo es posible que pueda caber tanta afrenta junta en tan poco espacio de tiempo. Es una curiosidad casi física.
Ni siquiera es preciso mirar muy atrás. Del mismo modo (y no estoy comparando) que en 1952 Fulgencio Batista humilló al pueblo cuando a sólo unas pocas semanas de las elecciones perpetró el golpe de estado contra el gobierno de Prío, Fidel Castro comenzó a hacerlo el 1º de mayo de 1960 con aquella famosa frase tan parecida a un escupitajo: "¿Elecciones para qué?", y continuó haciéndolo el 15 de abril del año siguiente, cuando, de un modo magistralmente oportunista, dio un vuelco al destino de Cuba, como todos los suyos sin consultar a Cuba. Es más, como si él fuese Cuba. Ese día, aprovechándose de la irracionalidad del momento -el entierro de las víctimas de los bombardeos que preludiaron la invasión de Girón-, hizo una de las más burdas, humillantes y -hay que decirlo- efectivas de sus manipulaciones: de un solo golpe encajó hasta el cabo el carácter socialista del régimen. Por supuesto, si entonces, en circunstancias tan especiales, hubiese consultado a los cubanos sobre el particular, lo más probable es que habría obtenido un SÍ limpio y, por tanto, incuestionable. Pero no lo hizo. Y ahí, en ese desprecio a la opinión del pueblo que decía representar, se halla lo humillante. Ahí, y en haber presentado ante la inteligencia de la época el aplauso adulador, eufórico, impensado de la masa, como si de la respuesta a un referéndum se tratase. Luego continuó haciéndolo y, pese a su retiro de enfermo, no ha parado, aunque sólo sea por su arrogante y pretendidamente didáctica presencia periodística a través de esos artículos que se le atribuyen.
Pero ya ahí, en aquellos primeros hechos, estaban nítidos, totalmente incubados, los huevos de la humillación que vendría. Ahí quedaron marcadas manifiestamente las pautas que tienen, entre sus cotas más recientes, la "primavera negra de 2003", cuyas consecuencias aún continúan casi intactas; y la liberación selectiva meses después de unos pocos condenados entonces, a cambio de la suspensión de sanciones de la Unión Europea. Son las mismas pautas que ahora, en pleno 2008 y pese al cambio de timonel, continúan rigiendo las incertidumbres del país.
Y es que las medidas -en realidad simples rehabilitaciones de derechos que nunca debieron ser inhabilitados- que como migajas Raúl Castro ha ido desgranando, no son más que nuevas humillaciones. Humillaciones que una vez más pretenden burlar la inteligencia de la época. Es cierto que el hermano del Comandante podría simplemente estar actuando con precaución para evitar situaciones traumáticas. Es una posibilidad. Pero sucede que difícilmente esa supuesta precaución podría explicar el contenido y, sobre todo, el alcance de esas medidas. Difícilmente podría explicar, por ejemplo, por qué hasta ahora el mensaje que envía está dirigido exclusivamente a la recaudación del peso convertible que, por distintas vías (algunas bastante poco ortodoxas), pero sobre todo gracias a la escasez de ofertas de mercado, los cubanos han logrado acumular. O por qué las pocas libertades esbozadas hasta el momento sólo pretenden estimular, a través de un incipiente consumo, una productividad de la cual depende, más que el bienestar de la población, la preservación del poder del Partido Único. O, ahora, del Hermano Único.
Es lo que sucede también, y quizás de un modo más evidente, en el ámbito de las ideas. ¿No es humillante acaso el recién concluido Congreso de la UNEAC? ¿Que los artistas y escritores se entusiasmen como lo haría un hijo pequeño con el regalo del padre generoso por el permiso para divergir? ¿No son humillantes las reuniones de base que efectúa la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) como plataforma para el próximo VIII Congreso de la organización, presididas por altos funcionarios del Departamento Ideológico del Partido y del Poder Popular, cuyos discursos tienen la desfachatez de asegurar que en dichas reuniones va quedando ratificada la posición de los periodistas en la batalla ideológica al lado de la revolución, como si pudiera ser de otra manera? ¿No es humillante que los periodistas designados copien al dictado las noticias y los artículos de opinión que el régimen interesa y que los firmen como suyos sólo para agradar esas intenciones, entrando así en una dinámica, la del régimen, que una vez más pretende engañar a la casi siempre crédula opinión pública?
¿Y no es humillante también que la autorización a discrepar misma, por venir de donde viene, encierre esa "libertad" en los límites que siempre han existido? Porque, por ejemplo, ¿puede alguien discrepar, sin temor a represalias (que, por cierto, están legisladas) del papel autoritario, irresponsable y… humillante, desempeñado por Fidel Castro durante estos casi cincuenta años? ¿O del papel que su hermano y el Partido pretenden, en términos muy similares, continuar desempeñando? ¿O de los contenidos denigrantes de ciertas leyes, empezando por la Constitución que, entre otras lindezas, declara la irrevocabilidad del régimen?
Las respuestas son obvias. Máxime si las preguntas se plantean a través del prisma que los hechos actuales ponen ante nuestros ojos. Hechos como el del lunes 21 de abril, cuando las esposas de los presos políticos, conocidas como "Damas de Blanco", fueron arrastradas por la policía sólo porque se proponían entregar al gobernante un documento reivindicativo de los derechos de sus esposos. O como el del domingo 18 de mayo último, cuando el régimen, con la arrogancia que le es habitual, burlándose de nuevo y como siempre de la inteligencia general, presentó "nuevas pruebas" de la subvención de EEUU a la disidencia, acusando así de mercenarios a cubanos que, aun en el supuesto de que reciban esas ayudas, es evidente que no las utilizan para organizar ninguna forma de violencia, sino en todo caso para sobrevivir a la violencia (tanto legal como física) que el régimen sí utiliza contra ellos para impedirles realizar una oposición que en cualquier lugar realmente civilizado forma parte de la normalidad política. Acusaciones por cierto que deben preludiar una escalada inmediata de la represión. Esos al menos son los preparativos clásicos.
Así pues, la humillación y las ofensas sufridas por el pueblo de Cuba no han cesado. Eso sólo ocurrirá cuando cese la dictadura y se consolide la democracia. Momento que aún no está a la vista y que Raúl Castro, con la complicidad de las oportunidades y los cómplices de siempre, hace todo lo que puede para retardarlo
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* Abel German (Morón, 1951). Escritor y periodista cubano. Ha publicado "El día siguiente de mi infancia" (Editorial Letras Cubanas); "Cubo de Rucbick" (Editorial Unión) y "Curiosidades" (Ediciones Extramuros). También ha publicado poemas en revistas culturales cubanas, mexicanas y colombianas, así como en antologías de México y Cuba. Trabajó en la Agencia de prensa independiente "Cuba Press" desde su fundación como editor y articulista, colaborando, entre otros, con Radio Martí, Cuba Free Press, Cubanet y Revista HC de la Fundación Hispano Cubana. Actualmente se encuentra exiliado en España.


 


 

 

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