EL DESPRECIO
DE CASTRO A LA OEA
En lugar de valorar el gesto histórico,
el régimen cubano insiste
en el recelo contra el organismo
y se niega a integrarlo
Editorial
La Nación
Argentina
Distribuye:
Paul Echániz
New York
E.U.
La Nueva Cuba
Junio 6, 2009
No sorprende el léxico destemplado de Fidel Castro en celebrar,
pero no aceptar, la posibilidad de que su país acceda nuevamente
a una banca en la Organización de Estados Americanos (OEA), de
la cual había sido expulsado en 1962. Sorprende el tono con el
cual descalificó a sus miembros, tildados en forma implícita
de cómplices de "toda la basura de 60 años de traición
a los pueblos de América latina". Es uno de sus tantos calificativos,
volcados por escrito, contra una institución señera que,
mal que nos pese, no siempre estuvo a la altura de las circunstancias,
como ocurrió con la fallida aplicación del Tratado Interamericano
de Asistencia Recíproca (TIAR) durante la Guerra de las Malvinas.
La OEA, surgida en 1890 de la Primera Conferencia Internacional Americana
realizada en Washington con el nombre de Unión Internacional
de Repúblicas Americanas, atravesó diferentes etapas y
superó varias crisis hasta que adoptó, en 1948, la Carta
de la Organización de los Estados Americanos. En esos años
y en los posteriores, ningún organismo de esa magnitud pudo haber
actuado en forma independiente de los gobiernos. Es injusta, entonces,
la crítica de Castro, más allá de que los cancilleres
reunidos en la ciudad hondureña de San Pedro Sula no parecieron
reparar en su opinión cuando aprobaron la reinserción
de Cuba, cual puente hacia su integración regional.
El Grupo de Río, del cual forma parte la Argentina, había
tenido el primer gesto. Luego, en la IV Cumbre de las Américas,
el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, hizo su debut en
la región con una mano tendida hacia los principales detractores
de su país. Si Cuba no participó hasta ahora de ese foro,
no se debe a la falta de voluntad de Castro o de su hermano Raúl,
actual presidente del régimen. Se debe, justamente, a la exclusión
de Cuba de la OEA desde hace 47 años por haber abrazado el comunismo
soviético durante la Guerra Fría. En aquel tiempo, la
democracia y los derechos humanos no eran tan importantes como ahora.
En la isla no existe ni uno ni se respetan los otros ni, menos aún,
las libertades.
La excepción que hicieron los cancilleres en la OEA, regida por
la Carta Democrática como requisito mínimo para todo país
miembro, no debe ser considerada por los hermanos Castro como un cheque
en blanco, sino como una muestra más de paciencia con un régimen
que oprime a un sector de su población y que alienta al otro
a plantear su cosmovisión del mundo como la lucha entre David
y Goliat. ¿De qué vale, por ejemplo, que la prensa oficial
cubana señale que los Estados Unidos intentaron impedir la reinserción
de Cuba en el sistema interamericano? Es falso. Sin el guiño
de Obama, acordado con su presidente favorito, Luiz Inacio Lula da Silva,
los otros mandatarios no hubieran podido hacer mucho más que
insistir en la prédica barata contra "el imperialismo yanqui"
de Hugo Chávez, Daniel Ortega, Rafael Correa y Evo Morales, o
con la posición neutral de gobiernos que jamás quisieron
estar en un extremo ni en otro del arco ideológico.
En el caso argentino, medido en los términos históricos
a los que suele recurrir Fidel Castro por razones seniles, la política
con Cuba se caracterizó por haber sido errática. Los montoneros,
que no congeniaban con el comunismo, le confiaron el botín obtenido
del secuestro de los hermanos Born y, después, el régimen
se mostró cómplice de la dictadura militar, al negar el
escarnio que significaban los desaparecidos. En los noventa, Carlos
Menem exageró su rechazo al comunismo mientras, en privado, intercambiaba
vinos por cigarros; después, el gobierno de Fernando de la Rúa
a punto estuvo de romper las relaciones diplomáticas bilaterales
por haber sido acusado de "lamer la bota yanqui", y los funcionarios
de Néstor Kirchner y su propia esposa, ya presidenta, no ocultaron
la emoción cuando compartieron una foto con él.
De democracia y de derechos humanos, reclamados por los mismos cubanos,
no por "el imperialismo yanqui", ni hablar. No fuera que Fidel
o su hermano se ofendieran, así como Jorge Rafael Videla y los
siguientes generales del Proceso si él osaba hacer se eco de
las lágrimas de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo. Lo
mismo podrían decir los chilenos, los bolivianos, los paraguayos
y los uruguayos mientras padecían el rigor de los gobiernos de
facto. O, en estas horas, los parientes de la doctora Hilda Molina,
anclada en La Habana e imposibilitada de conocer a sus nietos argentinos
por capricho del régimen.
Los Castro han vivido mucho tiempo demasiado concentrados en sí
mismos como para atender las necesidades ajenas. Sobre todo, si esas
necesidades podían tener un efecto bumerán capaz de torcer
el rumbo de la justa revolución que estableció una injusta
dictadura. La histórica decisión de la OEA coincidió
anteayer con el cumpleaños de Raúl Castro. Cumplió
78. E hizo suyo el mensaje de su hermano: señaló que su
país no ha pedido ni quiere regresar a la OEA, "llena de
una historia tenebrosa y entreguista".
Al margen de esa historia, el régimen reconoció con tono
setentista "el valor político, el simbolismo y la rebeldía
que entraña esta decisión impulsada por los gobiernos
populares de América latina". Esa historia no libra a nadie
de pecado si, como los Castro, sólo se mira hacia atrás.
Esta debería ser una oportunidad para mirar hacia delante, pero,
para ello, la vetusta generación en el poder, atada a dogmas
y recelos, tendría que ser generosa con el porvenir. Parece mucho
pedir.
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