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CUBA: LA REVOLUCION
QUE SE COMIO LOS ALIMENTOS
El
Nuevo Herald
Florida
E.U.
Infosearch:
Fidel Nuñez
Analista
Jefe de Buró
Latinoamerica
Dept. de Investigaciones
La Nueva Cuba
Junio 8, 2008
Desde hace algún tiempo está presente un aumento constante
de los precios de muchos alimentos a nivel mundial, en especial
cereales y oleaginosas, lo cual ha incidido, a su vez, en un impresionante
encarecimiento de productos derivados como los lácteos, cárnicos
y aceites comestibles entre otros.
Esta coyuntura
ha beneficiado a muchos agricultores e incluso a países productores
de alimentos que han visto elevarse sus exportaciones a niveles
altos y con gran rentabilidad. Es el caso de Brasil y Argentina,
en una lista relativamente larga de agraciados.
Sin embargo,
al mismo tiempo, este engrosamiento de los precios de los alimentos
ha significado para segmentos poblacionales en partes del mundo
y países en su conjunto, una verdadera catástrofe
agudizadora de la pobreza y el hambre, con turbulencias sociales
en algunos que podrían incrementarse si la comunidad internacional
no toma medidas concretas de ayuda. Una situación derivada,
por lo general, de malas políticas que, en tiempos de grandes
progresos tecnológicos en materia agropecuaria, desatendieron
la producción de alimentos, o inexplicablemente destruyeron
los avances logrados por otras generaciones en esa actividad, como
es el caso de Cuba, que de país exportador neto de alimentos
fue transformado en importador del 84 por ciento de sus racionadas
necesidades.
La actual crisis
mundial de los alimentos es muy compleja. No sólo por los
elementos apuntados, sino también por la interacción
de múltiples factores provenientes tanto de la demanda, como
de la oferta.
Desde el lado
de la demanda está el notable incremento del consumo en populosas
naciones, como China y la India -- con el 40 por ciento de la población
mundial --, al conjuro de prodigiosos crecimientos del PIB que han
permitido la sustancial reducción de los niveles de pobreza.
China en apenas 30 años de reformas se ha convertido en la
segunda potencia económica del planeta
si se calcula
su PIB en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) de Estados Unidos,
según el Fondo Monetario Internacional.
Como consecuencia,
si China en 1997 tenía un consumo per cápita de 9.5
litros de leche, en el 2007 fue de 32 litros, casi 4 veces más,
y se prevé un 15 por ciento de crecimiento anual en el futuro,
proceso alentado por el aumento de los ingresos de la población
y de la influencia de modelos de vida occidentales, según
datos de la FAO.
Podrá
imaginarse el volumen de piensos necesarios para alcanzar la demanda
de productos lácteos y por consiguiente de oleaginosas, cereales
y harinas de origen vegetal y animal, sólo para satisfacer
este requerimiento alimentario, en una nación con más
de 1.3 miles de millones de habitantes. La India, a tenor con el
alza de su potencial económico, ha incrementado las importaciones
de alimentos en tres veces en los últimos 10 años.
La disminución
de los niveles de pobreza también se evidencia en otros países
asiáticos como Viet Nam, unidos a los avances logrados con
anterioridad por Japón y los famosos Tigres de Asia. En América
Latina pueden constatarse progresos importantes en la reducción
de la miseria en países como Chile, Brasil y otros. En el
subcontinente y el Caribe la pobreza ha declinado del 48 por ciento
del total de los habitantes en los años 1990 al 37 por ciento
en la actualidad. Un porcentaje inaceptable, al igual que en otras
partes del mundo, pero que indica una tendencia al avance hacia
un mundo sin hambre ni menesterosidad.
La demanda también
se ha ampliado con el uso de plantas oleaginosas y cereales en la
producción de biocombustibles, con sensibles presiones al
alza sobre las cotizaciones de los alimentos. Una situación
que ha sido diferente con el empleo por Brasil de la caña
de azúcar para la elaboración de etanol, sin efectos
negativos en la producción azucarera y el precio del azúcar.
Con la aparición de tecnologías de segunda generación
basadas en el empleo de la celulosa existente en desperdicios de
cosechas, como podría ser el bagazo y la cachaza del procesamiento
de la caña de azúcar, y elementos de la biomasa de
plantas más fáciles de cultivar, resulta probable
una considerable disminución de los alimentos como fuentes
para producir combustibles.
Desde el punto
de vista de la oferta tampoco han faltado factores impulsores del
aumento de los precios de los alimentos. Entre estos se encuentra
un imparable encarecimiento de los combustibles fósiles con
incidencia negativa sobre los costos de producción, transporte
y distribución de los alimentos, así como los perjudiciales
efectos de los cambios climáticos en la agricultura. A ello
se añaden elementos financieros y comerciales, como la debilidad
del dólar estadounidense y movimientos especulativos centrados
en el alza de los precios de los alimentos.
En este preocupante
escenario resulta urgente la toma de decisiones por parte del gobierno
cubano para enmendar radicalmente una política agraria que
ha conducido a la nación a la absoluta dependencia del exterior
en un asunto tan estratégico como son los alimentos. Ante
una delicada y peligrosa situación, que todo indica se mantendrá
y eventualmente podría complicarse más, ha llegado
el momento de los hechos concretos. Hay que proceder a la liquidación
del nefasto latifundio estatal que ha transformado los campos en
inmensos marabuzales. Debe entregarse, sin mayor dilación,
la tierra a quienes deseen cultivarla con plena libertad, en beneficio
propio y de todo el país.
Con consignas,
lamentaciones y argumentos sin contenido será imposible resolver
la problemática agrícola. Tampoco resulta racional
continuar con la práctica de condenar a factores externos
de los problemas generados por errores internos. Los niños
tienen dificultades para tomar leche y los cubanos en general no
consumen carne por la absurda destrucción de la ganadería
vacuna que llegó a tener más de 7 millones de cabezas
y ahora no sobrepasa los 3.8 millones, según las dudosas
estadísticas oficiales.
Hoy Cuba, la
otrora azucarera mundial, increíblemente importa azúcar
para enfrentar el racionado consumo. Una de las tradicionales instalaciones
insignias de la industria procesadora de alimentos, La Conchita,
fundada en los años 30 del siglo pasado y orgullo de la provincia
de Pinar del Río, ha tenido que depender de la importación
de miles de toneladas de tomate de China, coco de Sri Lanka y guayaba
del Brasil para seguir funcionando; hechos que se repiten frecuentemente
con las provisiones de alimentos demandadas por el turismo.
Estos son ejemplos
de una larga lista de daños ocasionados a la agricultura.
La tierra, su fundamental sustento, ha sido masivamente degradada
por un manejo altamente inadecuado que ha ocasionado la reducción
de la fertilidad de enormes áreas a lo largo y ancho de la
isla. Todo por la obstinada aplicación de un sistema disfuncional
y bloqueador del enorme potencial productivo presente en la campiña
cubana.
La alternativas
que Cuba enfrenta ante el creciente aumento de los precios de los
alimentos son evidentes: proceder a la aplicación de una
reforma radical de las relaciones productivas en la agricultura
y a la liberación del potencial existente para aumentar la
oferta de alimentos de procedencia interna y exportar los excedentes,
o sufrir las consecuencias de una coyuntura internacional que no
parece tener término cercano.
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